EN WALL STREET

Camino a la 'macrocurva' invertida: el bono a tres meses ya le pisa los talones al de 30 años

Meses después de que la primera curva invertida hiciese acto de presencia, la euforia de la renta fija sigue haciendo sus estragos y los bonos a tres meses y tres décadas ya cotizan a la par

Foto: Un trader en Nueva York. (Reuters)
Un trader en Nueva York. (Reuters)

El vaivén comercial tiene a las bolsas girando cual tiovivo de feria pero, en el caso de la renta fija, la tendencia es clara: seguir subiendo hasta nueva orden. Y es que en aras del brote de volatilidad que ha surgido en el último año, los inversores prefieren dejar atrás los dolores de cabeza —cambio de ciclo económico, guerra comercial, política monetaria...— y apostar por puerto seguro.

Prueba de la euforia por la renta fija son las anomalías que ya se están empezando a dar en los mercados: cantidades ingentes de deuda soberana y privada a tipos negativos, títulos por debajo de los tipos de interés de referencia, curvas de rentabilidad invertidas… De hecho, el absurdo de la deuda ya ha alcanzado a los títulos más dispares en el tiempo: rondando la rentabilidad del 2%, el bono a tres meses ya le pisa los talones al título a 30 años.

El precio de los bonos está inversamente relacionado con su rentabilidad. Es decir, si el precio sube, la rentabilidad baja. En un momento de incertidumbre sobre lo que va a ocurrir con la economía en los próximos meses, los inversores se lanzan a comprar títulos a largo plazo en detrimento de los papeles a corto. Por lo tanto, los precios de los bonos a décadas suben (ley de la oferta y demanda), y la rentabilidad cae. Mientras, lo contrario ocurre con los activos a corto plazo (el precio cae por las ventas y la rentabilidad sube).

Esto desemboca en un raro encuentro entre los vencimientos de la deuda: actualmente el título a tres meses cotiza en un 1,9%, mientras que el de treinta años alcanza el 2%. Es decir, en un mercado lógico, un inversor requeriría mayor tipo de interés al Gobierno por prestarle dinero a 30 años que por dejárselo a 3 meses. No en vano, no es lo mismo recuperar la inversión a los tres meses que recuperarla a tres décadas —en el primer caso se supone que el partícipe tiene mucha más visibilidad sobre lo que va a ocurrir de aquí a que se le devuelva su dinero—.

Sin embargo, en el actual sinsentido del mercado, estos dos títulos ya cotizan al mismo rendimiento, apuntando a una anomalía del mercado que envía un mensaje claro: miedo al corto plazo y miedo a invertir más allá de la seguridad de la deuda soberana. Todo esto en un entorno de tipos de interés a derribo.

Tal es la euforia de los bonos, que algunas voces ya están empezando a avisar de una posible burbuja. La creación de una burbuja implica una situación en la que los inversores no compran el activo por sus cualidades, sino que por la especulación que ofrece su comportamiento en el mercado. Pero el miedo es potente: al igual que las curvas que se invierten con el bono a 10 años, la de 30 años también suele preceder la eclosión de una crisis económica.

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