"¿Somos el fracaso de Cataluña?". Vida y opiniones de un profesor de castellano en Gerona
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Iván Teruel

"¿Somos el fracaso de Cataluña?". Vida y opiniones de un profesor de castellano en Gerona

Iván Teruel sacó una oposición y empezó a dar clases de lengua española en Gerona. Pero cuando llegó el procés, lo que toda su vida había sido una presión sutil para que abjurase de sus orígenes fue revelada, y entonces se quebró

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Iván Teruel. (Cedida)

"De alguna forma sentía la necesidad de exhibir la calidad de mi asimilación. El castellano, por tanto, quedó definitivamente reducido para mí a la esfera de aquellos con los que tenía más confianza". Iván Teruel relata un proceso de conversión fallido: el de un catalán hijo y nieto de la emigración andaluza, criado en un barrio obrero de Gerona que, años después de entrar como profesor en la escuela pública de Cataluña, en pleno procés, se rebela contra la "presión sutil" que trataba de neutralizar su identidad mixta, para volverla monolítica.

Sus abuelos ("colonos", según algunos líderes de la derecha nacionalista y algunos fundamentalistas de la lengua) se instalaron en chabolas y criaron a sus hijos en un país que no parecía ser el suyo. Sus padres pertenecían por tanto al gueto, a la clase obrera, a la comunidad castellanoparlante que en aquellos tiempos votaba en masa al PSC. Él, paleta en obras, y ella sirviendo en casas de gente bien, ninguno de los dos logró aprender el catalán. No les hacía falta: su mundo era el del barrio trabajador, el de las fiestas populares, el de los suburbios que crecen extramuros junto a la torre de marfil del nacionalismo.

Iván Teruel fue el primer miembro de su familia en estudiar en la Universidad. Cursó Filología, sacó una oposición y empezó a dar clases de lengua española en Gerona. Pero cuando llegó el procés, lo que toda su vida había sido una presión sutil para que abjurase de sus orígenes fue revelada, y entonces se quebró. En "¿Somos el fracaso de Cataluña?" (Libros del lince) hace examen de conciencia, relata la historia de su familia y la suya propia, y trata de dar sentido a todos los diminutos desprecios, a las caras de sorpresa de algunos interlocutores cuando lo oían hablar en un perfecto catalán, a comentarios como "es que tú eres diferente" que fueron demostrándole que había vivido en la exclusión social sutil destinada a los llamados "charnegos". Tan catalanes como Jordi Pujol, sí, pero nunca catalanes de verdad para el nacionalismo.

P. ¿Tu familia y tú asistíais a las Diadas?

R. Mi padre asistió, en representación del sindicato USO, a la primera Diada en democracia tras la dictadura, celebrada el año 1977. Allí, un compañero y él sufrieron un desprecio que detallo en el libro (Se refiere a esto: Su padre había llevado una nota con una proclama de los trabajadores del sindicato y una bandera andaluza para mostrar su apoyo a la germinal Cataluña autónoma del 77. "Cuando el organizador se creyó a salvo de las miradas de mi padre y su compañero, arrugó la nota, hizo un gurruño con la bandera andaluza y las tiró a un rincón del escenario", pag 113). Mi padre se prometió no acudir nunca más a una celebración de aquellas. Y así fue. De modo que no hemos asistido nunca en familia a esas celebraciones. En nuestro caso no cambió nada: sentíamos que aquella fiesta no nos interpelaba.

P. Naciste en Gerona, hablas catalán, enseñas lengua española en Gerona, ¿qué es lo que falla aquí?

R. En mi caso, lo único que falla, creo, es que no he comulgado con el credo nacionalista y no he apostatado de mi lengua y cultura originarias. Sin embargo, como tampoco he renunciado a aprender bien el catalán y hablarlo habitualmente en ciertos contextos, tengo la sensación de que podría pasar por un catalán ejemplar —siempre desde la óptica del nacionalismo— si no hablara de política o, en caso de hacerlo, no mostrara mi desacuerdo con el pensamiento dominante. Por tanto, el problema está en que el modelo de sociedad al que aspira el nacionalismo depende fuertemente de lo identitario y de la asunción de ciertos principios incuestionables.

Foto: Numerosas personas se concentran en la plaza de España de Barcelona. (EFE)

P. Déjame hacer de abogado del diablo: ¿no hubiera sido más fácil adaptarte, renunciar a tu identidad y asimilar la que te ofrecían?

R. Sin duda. De hecho, aunque fue de manera inconsciente y durante un periodo no demasiado extenso, yo llegué a mimetizarme con el paisaje: cambié mi lengua de relación habitual en ciertos ámbitos al catalán, e incluso reproduje algún tic del argumentario nacionalista, como que en Cataluña no existía ningún problema lingüístico o que no era necesario que el castellano funcionara como lengua vehicular porque los alumnos ya lo aprendían en casa, en la calle y a través de los medios de comunicación. De repente, como por ensalmo, desaparecieron las franjas de conflicto a las que me había enfrentado hasta entonces, cuando hablaba con todo el mundo en castellano y me definía como español sin demasiados complejos.

P. ¿Existe algo parecido al orgullo charnego?

R. El orgullo charnego es un intangible. Otra cosa es que ante el uso despectivo del término “charnego”, uno, para darle la vuelta, lo asuma para sí mismo con naturalidad, como una forma de mostrar que esa designación no es motivo de vergüenza. Pero, mira, la identidad es algo complejo, poliédrico, se compone de múltiples rasgos. Yo solo puedo sentirme orgulloso, o más bien responsable, de lo que depende de mi voluntad, de mis acciones, no de aquellos atributos arbitrarios que me emparentan con un colectivo y supuestamente me definen. Por ejemplo: yo no he elegido mi lengua materna. De mí ha dependido alcanzar cierto dominio. Pero tan absurdo como sentirse orgulloso de hablar español —o cualquier lengua— sería avergonzarse de ello. Y esto último, sin embargo, ocurre en Cataluña en ciertos ambientes.

P. ¿Se deja de ser emigrante en Cataluña?

R. Pues depende. Si te “integras” —un concepto que desde hace mucho me provoca bastante repelús—, puedes dejar de ser emigrante. Pero, ¿en qué consiste esa integración? ¿Basta, por ejemplo, con hablar habitualmente el catalán? No siempre. Porque incluso hablando el catalán, en ocasiones—hablo de la realidad que conozco de la provincia de Gerona— hay un empeño por tasar la calidad de su ejecución, por decirlo así. En el libro refiero cómo la inspectora que evaluó mi periodo de prácticas como funcionario alabó mi dicción en catalán, concretamente la articulación de ciertos sonidos distintivos, a pesar de que ella estaba allí para valorar mis capacidades como profesor de Lengua Española. Pero, aun hablando catalán con el acento adecuado y habitualmente —sería más o menos mi caso—, a mí no se me considera un catalán fetén porque cuestiono los principios del nacionalismo catalán. Y en esos casos, entre los sectores más radicales, vuelve a esgrimirse el origen como estigma.

placeholder El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès (c), a su llegada al Parlament. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès (c), a su llegada al Parlament. (EFE)

P. ¿Cuál fue tu proceso personal? ¿Cómo te diste cuenta de lo que cuentas en tu libro?

R. Durante muchos años me moví en el ambiente de los barrios obreros, donde el castellano era la lengua abrumadoramente mayoritaria y donde casi todas las familias eran de un origen muy parecido al mío. Allí no existía la Cataluña nacionalista. Se trataba de una especie de burbuja. El paisaje fue cambiando para mí a medida que superaba etapas académicas, y alcanzó su culmen cuando entré en el mundo de la enseñanza. En ese momento, debido a la uniformidad lingüística entre docentes y a la sensación de unanimidad imperante con respecto a las premisas básicas del nacionalismo, mi actitud cambió, como te he dicho antes. Confundirse con el entorno era lo más cómodo. Y no sé exactamente cuándo se produjo el punto de inflexión. Creo que en 2012, a raíz de la primera gran manifestación del 11-S. Quizás, aquella exhibición impúdica de todo el arsenal simbólico nacionalista me hizo comprender que aquello estaba muy alejado de la Cataluña en la que yo había crecido y a la que me sentía más apegado.

P. ¿Cómo es el día a día de un profesor de español en Gerona?

R. El hecho de ser profesor de español en Cataluña no supone, por sí mismo, un problema. En los institutos de Cataluña hay filólogos catalanes, con doble titulación, impartiendo la asignatura. Hay profesores de español a favor de las tesis del nacionalismo catalán. El español, de hecho, siempre que no le dispute el espacio preeminente reservado para el catalán en la enseñanza y en la administración, se tolera sin demasiados problemas. Por eso hay mucha gente que sostiene que no existe ningún problema en Cataluña por hablar en castellano o español. Claro, no existe ningún problema si lo hablas en determinados ámbitos, como me ocurrió a mí en mi infancia y adolescencia. Pero solo hay que observar, por ejemplo, la reacción del nacionalismo cuando alguien exige mayor presencia del castellano en la enseñanza para comprobar que existe hostilidad hacia esa lengua en el ámbito de las instituciones públicas, porque se considera que pone en peligro el uso y difusión del catalán.

P. ¿Cuál es el ambiente político en los centros públicos en los que tú has trabajado?

R. En los años de mayor efervescencia del procés la situación fue complicada. Hablamos de situaciones como la que se produjo el 2 de octubre, cuando la mayoría de mis compañeros, en horario lectivo, salieron al patio junto con sus alumnos a protestar por la actuación policial del día anterior. A nadie se le escapa que aquellos pocos que no salimos quedamos de algún modo señalados ante compañeros, alumnos y familias.

Hablamos, también, de situaciones como la que me ocurrió, el mismo día, con mi hijo mayor, que entonces tenía ocho años, quien me preguntó, al llegar a casa, y tras comentarme que lo habían hablado en clase, por qué la policía pegaba a gente inocente.

Antes, o en la actualidad, como ya te he dicho, se podría decir que el ambiente político siempre se ha caracterizado por la sensación de unanimidad con respecto a ciertas cuestiones: el Estado —utilizando la jerga nacionalista— aparece muy a menudo, en las conversaciones entre docentes, como el culpable de todos y cada uno de los males de Cataluña.

Cuando se habla de adoctrinamiento la gente suele imaginar algo similar a la asignatura de Franco, la Formación del Espíritu Nacional

P. Sugieres que la escuela pública está más politizada de lo que algunos creen, pero no de la forma en que suele salir en la prensa.

R. Exacto. Para explicar ese fenómeno funcionaría aquella imagen socorrida del pez y el agua: el pez no es consciente del líquido en el que está inmerso porque ese líquido, el agua, es su medio, y, por tanto, resulta indistinguible de sí mismo.

P. La gente cree que el adoctrinamiento es meter propaganda burda con calzador, pero tú describes algo mucho más sutil.

R. Claro. Siempre digo que cuando se habla de adoctrinamiento la gente suele imaginar algo similar a la asignatura aquella de los tiempos de Franco, la Formación del Espíritu Nacional. Lo de la enseñanza en Cataluña ha funcionado de una forma mucho más sutil, más gradual. Aquí serviría la metáfora de la rana hervida. En cualquier caso, algunos principios del nacionalismo —la idea de nación, el carácter exclusivo del catalán como lengua vehicular, la convicción de que España ha conspirado contra Cataluña desde siempre— están tan naturalizados en múltiples detalles del temario y del día a día en los centros que cuesta discriminar su marcado sesgo ideológico. Muchos de mis compañeros se burlan de esa acusación porque no creen, sinceramente, que esas ideas sean partidistas.

P. Tu padre y tu madre reaccionaron de forma distinta a la presión sutil del nacionalismo. Tu padre se dio cuenta pronto, en sus tiempos del sindicato, y devolvió hostilidad a la hostilidad. Tu madre deseaba que os integrarais. ¿Son las dos posiciones arquetípicas del "charnego"?

R. No sé muy bien qué decirte. Al final es todo mucho más complejo y depende de muchos factores que incluyen particularidades de carácter. También hay posiciones intermedias. Y, de hecho, mi padre no devolvió la hostilidad que recibió, porque, más allá de algunos comentarios que hacía en casa sobre el contenido de algunos libros, él se limitó, tras abandonar el sindicato, a seguir con su vida: del trabajo en la obra a casa y de casa al trabajo. Y mi madre, efectivamente, mostraba un orgullo incluso exacerbado por que mi hermano y yo habláramos en catalán. Y aun así aquello no fue suficiente para colmar las expectativas de algunos: la mujer del matrimonio, de clase medio-alta, cuya casa mi madre iba a limpiar, le recriminó que, después de llevar tantos años en Cataluña, aún no hablara en catalán. Reproche, por cierto, que le han hecho también bastantes veces a mi suegro, natural de Cádiz, y residente en Cataluña desde los ocho años.

placeholder Iván Teruel. (Cedida)
Iván Teruel. (Cedida)

P. ¿Qué piensas de las iniciativas surgidas en el procés para atraer hispanohablantes al independentismo?

R. Pues que responden a un más que evidente cálculo político. No acaba de casar demasiado bien ese intento de captación de catalanes hispanohablantes con la política lingüística aplicada en la enseñanza y en la administración pública catalana. Vamos, que me parecen un camelo, por decirlo en plata.

P. Hablas de una presión sutil, y realmente algunos de los detalles de tu vida, algunas anécdotas, podrían parecer exagerados y sacados de quicio. ¿Por qué son importantes?

R. He reflexionado mucho sobre la naturaleza de esas anécdotas. Durante un tiempo, me convencí de que eran situaciones puntuales, poco significativas. Es más, incluso creí que todo se debía a un exceso de suspicacia por mi parte. Es una sensación que alguna gente que ha leído el libro me ha confesado haber experimentado también a menudo, aquello de: “¿seré yo?”. A lo largo del libro insisto mucho en los sesgos a los que nos pueden conducir la memoria y la interpretación a posteriori de los recuerdos. Sin embargo, en el último capítulo intento darle una cobertura teórica al análisis de todas esas situaciones acudiendo a campos como la sociología o la neurociencia. Digamos, simplificando mucho, que, debido a nuestra sociabilidad, nuestros cerebros disponen de múltiples mecanismos de alta precisión para detectar el rechazo social. Una mirada, un gesto, incluso la inflexión de voz, pueden condicionar nuestra conducta, lo que resultaría determinante para fenómenos como la espiral de silencio, estudiado por Noelle-Neumann y que también refiero en ese capítulo.

P. Para mucha gente la lengua no es un problema en Cataluña. ¿Consiguen unos cuantos que se convierta en un problema? ¿O es un problema para más gente de la que lo admite?

R. La lengua no es un problema en Cataluña porque la mayoría de castellanohablantes hemos asumido en algún momento, por ingenuidad, buena voluntad o interés, que nuestra lengua era una lengua impropia de Cataluña, una lengua extranjera. Está claro que la situación es diferente según la zona —no es lo mismo Gerona que Barcelona— y que en la calle, cuando las lenguas funcionan como lenguas anónimas, la percepción del problema puede ser menor (más allá de los policías lingüísticos que denuncian a aquellos trabajadores, generalmente de la hostelería, que no utilizan el catalán). Pero creo que no deja de ser una anomalía que las instituciones no reflejen la realidad bilingüe de la sociedad catalana.

Foto: Enfrentamientos en Barcelona entre los Mossos y manifestantes, en la Diada de 2019. (Getty)

P. Tu familia lleva tres generaciones en Gerona. Vivieron en chabolas. Trabajaron sin parar. ¿Qué piensas cuando se les llama "colonos"?

R. Resulta doloroso, la verdad. A mí no me afecta demasiado que me endosen ese calificativo, aunque haya nacido en Cataluña, porque yo ya no he pasado penurias. Pero sí que me duele cuando pienso en mis abuelos y mis padres. En el libro detallo las condiciones tan precarias en las que vivieron a su llegada a Cataluña. Creo que es suficiente para entender lo ignominiosa que resulta esa atribución.

P. ¿El nacionalismo te hacía charnego y el procesismo te hace botifler?

R. No soy capaz de percibir la diferencia entre nacionalismo y “procesismo”. El sustento doctrinal del “procesismo” es el pensamiento nacionalista: tenemos derecho a separarnos del resto, sin que nuestros conciudadanos del resto de España tengan ni voz ni voto, porque somos diferentes. La distinción entre “charnego” y “botifler”, términos incomprensibles sin la asunción de la cosmovisión nacionalista, simplemente añade un matiz sobre el origen: el charnego lleva consigo el pecado original de la impureza, que solo puede expiar a través de la asimilación cultural e ideológica, mientras que el botifler comete el pecado de la deslealtad a la nación prístina.

placeholder Los bomberos apagan un contenedor que arde en el barrio de Grácia. (EFE)
Los bomberos apagan un contenedor que arde en el barrio de Grácia. (EFE)

P. ¿Crees que el Procés ha empujado a gente como tus padres, de clase trabajadora, a posiciones españolistas duras y reactivas, incluso a la ultraderecha?

R. Después de las últimas elecciones catalanas Kiko Llaneras publicó un análisis en El País en el que se detallaba la relación entre voto y renta. Vox fue el partido con mayor porcentaje de votantes en secciones censales de renta baja. También fue el que mayor porcentaje de voto concentró entre votantes de renta baja y media-baja (el 50% entre las dos extracciones sociales contiguas). Curiosamente —o no tan curiosamente por lo que te diré ahora— el partido más semejante —casi idéntico— en esa topografía social fue el PSC. Y digo que no resulta tan chocante esa similitud si atiendo a la siguiente realidad: yo, que sigo teniendo trato con gente que vive en barrios humildes, conozco casos de votantes tradicionalmente socialistas que en las últimas elecciones votaron a Vox. Algunos me lo reconocían casi entre disculpas.

P. ¿Se puede permanecer en este conflicto sin radicalizarse?

R. Aquí intervendría un fenómeno de la psicología social que se ha estudiado bastante: la polarización de grupo. Dice Dean Burnett, un neurocientífico que cito en el libro, que cuando nos sentimos parte de un grupo siempre tendemos a adoptar posiciones mucho más radicales y hostiles que las que adoptaríamos de forma individual. Robert Sapolsky, otro experto en el campo de la neurociencia al que también recurro, describe otra realidad inquietante: cuanto mayor es la hostilidad de un grupo hacia otro, menor es el conflicto entre los integrantes del grupo en cuestión. O por decirlo de otro modo: la belicosidad hacia fuera favorecería la cooperación y el acuerdo internos. Creo que con eso respondo a tu pregunta.

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