"Junqueras simula y disimula, lo llamamos cardenal Mazarino"
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ENTREVISTA A Joan Coscubiela

"Junqueras simula y disimula, lo llamamos cardenal Mazarino"

El exdiputado ha dedicado toda su vida al sindicalismo, pero se le conoce por los pocos años en el Parlament y, en concreto, por su aplaudida intervención dirigida a Carles Puigdemont

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Joan Coscubiela, en una imagen de archivo. (EFE)

La vocación política en el franquismo aparecía muchas veces de la forma más abrupta, como el despertar de la infancia cuando viene a detener a tu padre, a tu madre, una siniestra patrulla de policía. A Joan Coscubiela le ocurrió algo así: siendo un niño, detuvieron a su padre en febrero de 1965 por haber sido uno de los fundadores de Comisiones Obreras, un año antes, en la clandestinidad. Ese día, de esa conmoción, nació un vínculo eterno con Comisiones Obreras en el que lo sentimental y lo ideológico no han podido separarse jamás. Hasta la facultad la eligió pensando en el sindicato: "Estudié Derecho para poder ser abogado de CCOO". Ha sido así: Joan Coscubiela Conesa (Barcelona, agosto de 1954) ha dedicado toda su vida al sindicato y, en la actualidad, sigue vinculado a Comisiones como director de la Escuela del Trabajo. Pero no es por eso por lo que se le conoce, sino por los pocos años en que estuvo en el Parlamento de Cataluña y, más concretamente, por la intervención de un día, el del debate de las leyes para la independencia. Coscubiela, portavoz de Catalunya Sí Que Es Pot, se levantó de su escaño, señaló a Puigdemont y pronunció un discurso que aplaudieron a izquierda y a derecha: "Estoy aquí porque mis padres me enseñaron a luchar por mis derechos. No quiero que mi hijo Daniel viva en un país donde la mayoría pueda tapar los derechos de los que no piensan como ella".

PREGUNTA. Le he oído decir en varias ocasiones que "quien piense que negociar es conseguir todo lo que se pretende, es que no conoce qué es una negociación". Como sindicalista antiguo, ¿no le parece que ese principio elemental está olvidado en la política española?

RESPUESTA. A ver, es que se trata de algo fundamental, pero no para el sindicalismo o para la política, sino para la vida misma, en cualquier familia o en toda pareja: negociar y pactar supone renunciar, por supuesto. Yo siempre defino el sindicalismo como un artilugio de tres patas: la fuerza, que es lo que proporciona la movilización; la negociación, para canalizar esa fuerza, y el acuerdo, para convertir la fuerza en energía que modifica las cosas. La política española atraviesa una crisis importante en la que se ha instalado la idea de que se puede hacer política sin pactar, sin acordar, y eso es una barbaridad. En fin, en la vida hay que pactar y es imposible pactar sin renunciar; pactar y renunciar forman parte de un todo. Un pacto sin renuncia es un oxímoron.

P. Le he visto defender los Pactos de la Moncloa en algún debate con dirigentes de Podemos. Y al oírlo, me di cuenta de que existe una gran ignorancia sobre esa etapa. ¿No le frustra que sea la izquierda actual la que diga que la Transición fue una claudicación ante el franquismo?

R. Yo siempre he calificado ese tipo de lecturas de adanistas y de ucrónicas, porque hay quien piensa que el mundo empieza cuando llega él y analiza el pasado con las gafas del presente, que es absurdo. Como si los derechos hubieran existido siempre… De todas formas, yo creo que quienes hacían las lecturas adanistas de la Transición están revisando esos planteamientos, quizá por las consecuencias que tienen. Me explico: imputarle los problemas de la actualidad a lo ocurrido hace 40 años lo que revela es una concepción estática de la política. Y eso es muy peligroso, sobre todo para la izquierda, porque cada generación es responsable en su lucha de la falta de derechos y del retroceso en libertades que se pueda producir. No vale echar la culpa a generaciones anteriores. Lo ocurrido entonces lo sintetizo siempre diciendo que fue un pacto de impotencias mutuas. La oposición que, desde la clandestinidad, perseguía la ruptura tuvo claro que no tenía fuerza suficiente para ejecutarla; de hecho, Franco se muere en la cama. Y quienes perseguían la continuidad del régimen franquista se dieron cuenta de que no podían hacerlo. El pacto de esas dos impotencias fue la Transición. Para quienes no son conscientes de la complicación de aquellos años, solo recordaré que estos días se ha cumplido el aniversario de la matanza de Atocha de abogados laboralistas, que fue en enero de 1977… En fin, que fueron momentos de mucha dificultad, mucho sacrificio y una enorme complejidad.

"La Constitución española tiene artículos que, contemplados desde la actualidad, parecen revolucionarios"

P. El mejor ejemplo de las lecturas simplistas está en aquellos Pactos de la Moncloa, que fueron dos y que incluyeron aspectos tan distintos como la eliminación del adulterio de la mujer como delito o la asistencia de un letrado en las detenciones…

R. En la actualidad, al valorar la Transición, hay dos lecturas sesgadas, a izquierda y a derecha, que, a mi juicio, manipulan y distorsionan lo ocurrido. Hay quien presenta la Transición como una traición y una renuncia ante el franquismo, y hay quienes la interpretan como una gran operación democrática de las cúpulas del poder encabezada por el rey Juan Carlos. Ninguna de esas dos lecturas soporta un análisis histórico. Fue ese pacto de impotencias mutuas el que explica lo ocurrido; un pacto alcanzado tras una batalla muy dura que le costó al movimiento obrero muchos despedidos, muchos muertos y muchos años de cárcel. Los Pactos de la Moncloa son una expresión del equilibrio de fuerzas a que se llega tras la muerte del dictador. Su importancia es tanta que, en muchos aspectos, los acuerdos alcanzados se transfieren posteriormente a la Constitución española en forma de algunos artículos que, contemplados desde la actualidad, parecen revolucionarios, como el que establece que la propiedad privada tiene que estar al servicio del interés general. O el artículo 129.2, que recoge, dentro del título de Economía y Hacienda, el acceso de los trabajadores a los medios de producción. Mucha gente ignora todo esto, que supone aspectos muy avanzados desde el punto de vista de la izquierda. Aunque reconozco que, en sentido contrario, también nos encontramos con rémoras para el progreso de la sociedad, como los privilegios y prebendas que se conceden a la Iglesia católica. Pero, vaya, de forma general, la potencialidad de la Constitución para promover un gran cambio social es enorme, si hubiera una correlación de fuerzas políticas más favorable.

P. Ya decía Anguita que lo revolucionario en España era aplicar la Constitución española…

R. Pero ¿sabe cual es el problema? Que, en España, como país, tenemos una desgracia: que nuestros ciclos históricos van contra los ciclos históricos del mundo. Ha sucedido en varias etapas, pero, por centrarnos en la Transición, fíjese que la apertura española se produce cuando el mundo comienza a girar en sentido contrario: a consecuencia de la crisis del petróleo de 1973, empieza una reacción conservadora que se manifestaría en Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Esa ola conservadora nos coge muy pequeños y enclenques, en plena transición económica y política, nada menos que de una dictadura a una democracia y de una economía autárquica a una economía abierta, mientras que a los demás países les pilla con un estado de bienestar social consolidado. Hay gente que aún está viva y que ha conocido tres formas de medir el tiempo: el tiempo agrario, el industrial y el digital. Los españoles hemos hecho ese proceso en un tiempo infinitamente más corto que nuestro entorno y es evidente que eso explica muchas de las debilidades que tenemos en este momento.

placeholder Joan Coscubiela, en una foto de archivo. (EFE)
Joan Coscubiela, en una foto de archivo. (EFE)


P. Hablaba antes del rey Juan Carlos. ¿Qué papel le concede usted en la Transición?

R. Cuando se dice que el rey Juan Carlos fue el piloto de la Transición, yo lo acepto siempre que se añada que quien le marcó el rumbo que debía tomar fue el copiloto; es decir, la sociedad española, el movimiento obrero y las luchas vecinales. Lo que, desde luego, no se puede decir de Juan Carlos es que fue el motor de la Transición. Lo del piloto, vale, pero el rumbo lo marcó el copiloto, no él, que podría haber ido hacia otra parte.

P. ¿Cuál es su análisis de la polémica actual en torno a Juan Carlos por la existencia de cuentas opacas en el extranjero?

R. Pues se trata de un comportamiento absolutamente reprobable que pone de manifiesto que cuando un poder no tiene límites, se termina abusando del poder. Eso es lo que ha ocurrido con el rey Juan Carlos, que no tuvo límites ni legales ni sociales porque durante mucho tiempo estaba 'prohibido' criticar la figura del jefe del Estado. El silencio de la política y de los medios de comunicación contribuyó a que la inmunidad legal se convirtiera en impunidad social. Eso es lo más preocupante, a mi juicio, de lo que ha ocurrido. Por esa razón, debe aprovecharse esta polémica para promover cambios importantes en la jefatura del Estado. No me refiero al cambio del modelo de Estado, que es legítimo plantearlo, pero que no veo viable; me refiero a una ley sobre la jefatura del Estado que corrija las graves carencias legales que han provocado el abuso del poder. Sería dramático que toda esta polémica se pasara sin avanzar en esa reforma para el control democrático de la jefatura del Estado.

P. Es decir, que usted no respalda que todo esto desemboque en una campaña a favor de la república…

R. Es evidente que en la Transición mi deseo era que se instaurase en España la república que se cargaron los fascistas. Pero en el pacto de impotencias mutuas, se optó por la monarquía parlamentaria. En estos momentos, como le decía, no es viable un cambio del modelo de Estado porque estamos muy lejos de conseguir las mayorías sociales que se necesitarían para cambiar la Constitución. Con lo cual, lo deseable, lo más útil, es aprovechar la fuerza que existe en la actualidad para aprobar ya una Ley de la Jefatura del Estado. Mire, la corrupción y el abuso de poder no son algo intrínseco a una institución, sino que corresponden a las personas que la ocupan, y puede ocurrir tanto en la jefatura del Estado de una monarquía parlamentaria como de una república. Un rasgo fundamental de un sistema democrático es que cualquier poder, sea grande o pequeño, tiene siempre otro poder que lo contrapesa y lo limita. En el momento en que existe un poder sin contrapeso, es la propia democracia la que se debilita. Por tanto, aprovechemos la fuerza moral que nos otorga la falta de moral de Juan Carlos para conseguir ese objetivo y acabar con la inmunidad.

"El vínculo sentimental de los ciudadanos con España es muy débil. ¿Ha visto usted cómo cantan los franceses su himno, 'La Marsellesa'?"

P. Hablemos ahora de Cataluña, a ver si usted me consigue explicar qué ha ocurrido, esa deriva independentista, porque también esto se arrastra desde la Transición: el agravio nacionalista por el hecho de que otras regiones tengan autonomías gracias al ‘café para todos’…

R. La asimetría está en la Constitución y, a mi juicio, no hay posibilidad de resolver el problema territorial de España si no se avanza hacia un modelo de federalismo asimétrico. No tiene sentido que exista la misma fórmula de gobierno para una comunidad como Castilla y León, con una ciudadanía que en un gran porcentaje pide volver a un Estado centralista, y para otra como Cataluña, que lo que pide es la independencia. No se pueden tratar igual realidades sociales y políticas que son profundamente diferentes. Ese es el problema que existe...

P. A ver, que donde hay un problema es en Cataluña, no en el resto de España…

R. En absoluto, ese es un error de concepto, el problema está en España, que no ha sabido resolver y satisfacer las inquietudes de Cataluña. Y creo que tengo autoridad moral para decirlo, porque no habrá dudas de lo que pienso del independentismo desde hace años. España tiene un Estado que siempre ha sido débil emocionalmente a consecuencia de las fuerzas reaccionarias que han malogrado los avances en los dos últimos siglos, el XIX y el XX. A diferencia de otros países, el vínculo sentimental de los ciudadanos con España es muy débil. ¿Ha visto usted cómo cantan los franceses su himno, 'La Marsellesa'? Pues eso… En el caso de Cataluña, añádale la insatisfacción por demandas no resueltas históricamente. Repito: discrepo profundamente del diagnóstico independentista, pero es un error la simetría institucional en España para tratar realidades distintas. Es perfectamente posible garantizar la igualdad de los ciudadanos en derechos al tiempo que se apuesta por la asimetría institucional en la configuración del autogobierno. Es el federalismo asimétrico. Hay gente preocupada por la supuesta desigualdad que genera el Estado autonómico y no se da cuenta de que lo que sigue generando la desigualdad es la clase social a la que perteneces. De hecho, ahí es donde yo creo que la izquierda tiene un boquete de cojones, porque se ha dejado llevar por el debate territorial cuando lo que sigue primando es el debate social.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

P. Ha dicho usted en alguna ocasión que los independentistas habían conseguido que las elecciones catalanas tuvieran siempre un carácter plebiscitario. ¿Eso se mantiene en estas próximas, del 14 de febrero?

R. Se ha producido un fenómeno llamativo porque, hasta final del pasado año, todo el debate giraba en torno a qué sector del independentismo iba a ganar las elecciones y, de golpe y porrazo, el movimiento de los socialistas con Salvador Illa lo ha cambiado todo. Vamos, que si hay plebiscito, es sobre si el candidato socialista va a ser presidente de la Generalitat o no, que es lo único que se debate ahora en Cataluña.

P. ¿Cuánto puede haber influido la fatiga ciudadana ante el 'procés' en que haya cuajado el 'efecto Illa'?

R. Bueno, primero hay que ver si el 'efecto Illa' cuaja o no, y solo se sabrá cuando se cuenten los votos tras las elecciones. Es verdad que hay cansancio, pero, sobre todo, lo que ha influido es la pandemia, que lo ha trastocado absolutamente todo. Lo que me da miedo es que la abstención vuelva a producirse de la manera que lo hacía antes de 2012, con menor participación del electorado de las áreas metropolitanas, por lo general castellanoparlantes. Con una abstención elevada en esos sectores de población, el resultado electoral se condiciona seriamente, que es lo que ocurría, por ejemplo, con las sucesivas mayorías de Jordi Pujol. Que vuelva a producirse una abstención así es lo que me preocupa.

P. Es decir, usted lo que teme es lo contrario de lo que le planteaba, que la 'fatiga' esté en aquellos que no respaldan la independencia.

R. Lo que percibo en la sociedad catalana es que ha desaparecido el miedo, el pánico, que produjo el 'procés' en algunos sectores de la sociedad. Como ese peligro ya no se ve cercano y la pandemia, además, ha cambiado radicalmente las preocupaciones, no sé cómo se va a plasmar todo ello en el sentido del voto. Ni lo sé yo ni creo que lo sepa nadie.

"Esquerra siempre ha tenido dos almas que determinan su comportamiento, la del Ave Fénix y la de Peter Pan. ¿Va a crecer esta vez? No lo sé"

P. Y el miedo a que a una persona se la tache de traidora, de 'botifler', como ocurría en 2017, si no se suma a la corriente independentista, ¿sigue existiendo?

R. No, además, uno de los efectos que produjo el conflicto de 2017 es que mucha gente que antes estaba callada, que no expresaba sus opiniones, comenzó a decir abiertamente lo que pensaba. Esa imagen que se transmite en algunos medios de comunicación españoles de una Cataluña partida en dos partes no es real. Hay una situación de fractura social, sí, pero es como si la sociedad catalana se hubiera roto en muchas piezas, como un puzle. Es una situación mucho más compleja. Y no tiene que ver con esa imagen simplista e irreal del aplastamiento del castellano, o imposición dictatorial de los independentistas… Esa es una exageración interesada que no se corresponde con la realidad.

P. La normalización de la política catalana solo se alcanzará, según mi interpretación, cuando Esquerra renuncie a la unilateralidad, aunque sigan siendo independentistas, y se forme un Gobierno con el Partido Socialista. ¿Está de acuerdo?

R. Bueno, pero es que yo creo que Esquerra ya ha renunciado a la unilateralidad, al igual que Junts per Cataluña, aunque continúen jugando a una dinámica de confrontación inteligente. Yo lo que pienso es que la solución al conflicto político en Cataluña tiene que ser transversal. Los dos bloques, aunque internamente estén compuestos de fuerzas muy diferentes, están fosilizados, son muy estáticos, de forma que no es posible pensar que tras las elecciones uno de ellos pueda doblarle el espinazo al otro. Con lo cual, la única posibilidad de romper esa rigidez kafkiana es una solución transversal, como le digo. ¿Qué va a hacer Esquerra? Pues esa es la gran duda, porque Esquerra siempre, a lo largo de toda su historia, ha tenido dos almas que determinan su comportamiento, la del Ave Fénix y la de Peter Pan. En los momentos de decadencia, cuando parecía que iba a desaparecer como fuerza política, resurge inesperadamente, y, por el contrario, en los momentos de esplendor, cuando podía convertirse en el partido hegemónico en la sociedad catalana, su complejo de Peter Pan, de no querer crecer, le hace volver a caer. ¿Va a crecer esta vez? No lo sé. Tengo claro que Salvador Illa no va a poder sumar los escaños suficientes para gobernar. Ni siquiera contando con los comunes suma la mayoría, necesitará a Esquerra, y a partir de ahí ya veremos si aparece Peter Pan o el Ave Fénix.

P. ¿Ese es el 'doble lenguaje' que le ha reprochado usted alguna vez a Oriol Junqueras?

R. No, eso tiene que ver con algo muy distinto, la influencia vaticanista en la política catalana. ¡No se ría, que lo digo en serio! En la legislatura en la que estuve en el Parlament, recuerde usted que un grupo de diputados nos pusimos el nombre de 'la patrulla nipona', para definir, de una forma divertida, lo abandonados y solos que nos sentíamos. Pues en la 'patrulla nipona', a Oriol Junqueras lo llamábamos el cardenal Mazarino, que fue aquel político italiano que comenzó luchando contra Francia y acabó sustituyendo al cardenal Richelieu al servicio de la corona francesa. Pues así es Oriol Junqueras, simula y disimula.

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