FRANCISCO LLEGA A TOKIO, HIROSHIMA Y NAGASAKI

Alberto Álvarez, 95 años: la vida del jesuita más anciano de Japón que conocerá al Papa

Malagueño, llegó en 1950 al país nipón tras siete cartas de rechazo. Misionero en la Hiroshima pos bomba atómica, fue durante cuatro años secretario del padre Arrupe

Foto: Alberto Álvarez, en la residencia de la Compañía de Jesús en Tokio, el pasado 12 de agosto. (Agustín Rivera)
Alberto Álvarez, en la residencia de la Compañía de Jesús en Tokio, el pasado 12 de agosto. (Agustín Rivera)

“¡Soy el padre Álvarez!”.

“¡Soy el padre Álvarez!”.

Y a la tercera, viendo que el padre Pedro Arrupe no contestaba, dijo en voz alta, al oído del general de los jesuitas en todo el mundo y su amigo:

“¡Hiroshima, Hiroshima, Hiroshima!”.

Entonces a Arrupe, en uno de sus últimos gestos de lucidez, en su dolorosa y prolonga enfermedad, se le abrieron los ojos. Entendía quién era Álvarez, y este sabía lo que significaba la palabra Hiroshima para el ‘Papa negro’ de la Iglesia católica, el jefe de la Compañía de Jesús.

Fue a Roma a despedirse de su maestro. Una parte clave de la vida de ese sacerdote de 95 años estaba unida al hombre que convirtió el noviciado de Hiroshima en un hospital para atender a los heridos de la bomba atómica. Álvarez fue durante cuatro años secretario personal de Arrupe y es el jesuita con más edad de Japón.

Cristianos ocultos

Alberto Álvarez nació en Málaga, y lleva desde 1950 en Japón. Y aunque conserva el acento de su tierra natal y echa de menos las raíces, su pasaporte es japonés: renunció a la nacionalidad española para implicarse lo más a fondo posible en la complicadísima tierra de misión que es Japón.

El papa Francisco llegará el fin de semana a Japón y visitará Hiroshima y Nagasaki. En Tokio, está previsto que acuda a la residencia de ancianos donde Álvarez atiende a El Confidencial, un edificio construido hace 40 años, frente a una soberbia biblioteca de Teología. Su Santidad sabe que el archipiélago japonés siempre ha sido esquivo para la Iglesia católica. San Francisco Javier (Zabieru, como se le conoce en Japón) fue quien primero cristianizó el país. Los cristianos se han ocultado durante siglos y aún apenas el 1% de los japoneses profesa la religión católica.

En los años cincuenta, llegó a haber cerca de 30 novicios japoneses de la Compañía de Jesús, relata Álvarez. Ahora, en Japón no queda ni uno. Cerró el noviciado de Hiroshima para trasladarlo a Tokio. En realidad, el noviciado de Tokio ahora está en Manila. "Allí tenemos un novicio japonés que está haciendo la mitad del noviciado en inglés y la mitad en tagalo. No sé qué clase de noviciado habrá hecho el pobre...".

Alberto Álvarez, en su habitación de la residencia de ancianos de los jesuitas en Tokio. (Agustín Rivera)
Alberto Álvarez, en su habitación de la residencia de ancianos de los jesuitas en Tokio. (Agustín Rivera)

Álvarez no tenía vocación de jesuita. Planeaba hacerse militar, pero una tarde de invierno, con un cierto frío húmedo en la calle, entró en la Iglesia del Sagrado Corazón de la calle Compañía de Málaga para estar un poco más caliente. “No lo hice para orar, qué vergüenza… Me situé en el último banco de detrás, a la derecha. Al entrar en la iglesia, me encontré a cerca de 200 jóvenes en plenos ejercicios espirituales”.

El padre Martín Prieto daba un sermón sobre la elección de vida de San Ignacio de Loyola. “Mirad este crucifijo”, dijo Prieto. “Era un crucifijo muy grande y nos dijo que algunos de nosotros íbamos a ser abogados, arquitectos o militares. Yo quería ser militar. El sacerdote pidió que mirara el crucifijo. Me dijo que si no habría ni un solo joven entre estos 200, ni uno solo, para enseñar el amor de Jesucristo a los infieles que quisiera ser misionero en Japón. Mi corazón dijo: 'Ese voy a ser yo”.

Y ese era Alberto Álvarez, un joven que era campeón de ping-pong… y que tenía novia. Se llamaba Pepita y vivía en Pedregalejo, un coqueto barrio de la ciudad andaluza. Ingresaría en el noviciado del Puerto de Santa María (Cádiz), pero antes tenía que dejar a Pepita, la hermana menor de la mujer de su hermano Evaristo. “Nos íbamos a casar dos hermanos y dos hermanas… Cuando se lo conté ella, me dijo que si yo me iba de misionero a Japón, se hacía monja”.


—No, Pepita, por Dios, que la vocación la he recibido yo y no tú. Déjame pensar.

Una semana después, su ya exnovia le animó a que cumpliera con la “llamada del Señor, que es más importante que nuestro noviazgo”. En el noviciado, se dio cuenta de que el sueño de ser misionero en Japón tendría que esperar. El padre maestro de novicios le dijo que lo primero era la obediencia y que estaba por ver si le enviaban o no al Lejano Oriente.

A la octava carta, la última que podría escribir antes de tener que renunciar a su vocación de misionero en Japón, recibió la aprobación del general jesuita

En aquel momento, los novicios tenían un privilegio: una vez al año, podían escribir una carta al padre general de Roma expresando sus deseos de destino. Durante siete años, escribió siete cartas, pero siempre le contestaban que no era posible cumplir su sueño japonés. Ocho años era el tope. Y a la octava carta, la última que podía enviar antes de tener que renunciar a su vocación de misionero, recibió la aprobación del general. La escribió con su propia sangre.

Llegó la carta y sus manos empezaron a temblar. “Si tú tienes tanto amor al Japón y estás dispuesto a ofrecer el no serlo por él, yo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, te envío a Japón”. Eso fue en 1950. Varias semanas después tomaba un avión de hélices, que hizo la ruta Madrid-Roma-Tel Aviv-Pakistán-Bombay-Manila-Tokio.

Conoció los gestos de generosidad de Arrupe. Recuerda verlo en cuclillas limpiando los zapatos a los novicios. "A mí eso no se me olvida", confiesa

Álvarez pronto conoció muy de cerca a Arrupe y sus gestos de generosidad. Recuerda verlo en cuclillas limpiando los zapatos a los novicios. Llora el jesuita al rememorar aquella escena. "Cuando me vio a mí, dijo con un gesto que no se lo dijera a nadie. A mí eso no se me olvida".

Arrupe se levantaba a las cuatro o cuatro y media de la mañana e iba a la capilla y se sentaba a la japonesa. Al menos dos horas de oración antes de la misa. Él había hecho una promesa al Sagrado Corazón de Jesús de que siempre que pudiese, cada dos horas, visitaría al Santísimo hasta que muriese, y lo cumplió hasta que falleció en Roma.

Los "bienhechores" de la misión

El jesuita malagueño se dedica a mantener correspondencia con los "bienhechores" de los jesuitas que respaldaban la misión de Japón. "La limosna venía de Japón, Alemania, California y México, y así pudimos montar una escuela y una iglesia".

Guarda mucha ilusión el padre Alberto Álvarez con la visita oficial del papa Francisco a Japón. La agenda del Pontífice asegura que visitará a los jesuitas más mayores, y él estará allí deseando hablar con él en español y recordarle sus vivencias con Arrupe y en Hiroshima... ¡Hiroshima!

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