ATENCIÓN A LOS EXTRANJEROS

La vida del mena: "Hay gente mala y buena. No nos deben juzgar por nuestra cara"

Un centro de menores inmigrantes abre sus puertas para derribar falsos mitos. Ni paga mensual, ni drogas, ni menudeo ni fugas. "El mayor problema ha sido controlarles el móvil"

Acaban de ver la película '14 kilómetros', que retrata el infierno que viven muchos subsaharianos para llegar a España. Armel sabe bien lo que es cruzar Nigeria, Níger, Malí, Argelia y Marruecos. Sus amigos también conocen el desierto del Sáhara, las mafias y las milicias. Les toca comentar lo que han visto. En una actividad guiada por Damián y Said, sus educadores.

“Es muy chula”, aciertan a decir. Los dos subsaharianos del grupo añaden que lo que han visto es verdad. "Es real". Son ocho adolescentes. La mayoría marroquíes. Los famosos menas, menores inmigrantes no acompañados, tutelados por la Junta de Andalucía en un centro dirigido por la Fundación Aproni, que abrió sus puertas hace justo un año. La llegada de menores desbordó el sistema. Se abrió como un recurso de emergencia y ha acabado convertido en un centro de inserción social y laboral, donde los entrenan para vivir con autonomía la vida adulta que a ellos, sí o sí, les llegará a los 18 años.

No quieren volver a casa

El verano pasado, Ratiba Mkhazni, la directora del centro, interrumpió sus vacaciones en Marruecos, de donde salió hace más de una década, para asumir el reto que le planteó Aproni, con quien llevaba años trabajando como educadora, de acoger a estos menores. No lo dudó. Bajo la responsabilidad de su equipo, 18 trabajadores, hay en estos momentos 26 menores de entre 11 y 17 años. Chicos que hablan una vez a la semana con sus familias, siempre bajo la vigilancia de algún educador, y que dejan muy claro que no quieren volver a sus países. “Solo de visita”, sentencian.

Llegaron en los bajos de un camión, en una lancha neumática, con un visado... Pero viéndolos se distinguen poco de cualquier otro chico de su edad

Llegaron en los bajos de un camión. En una lancha neumática. Con un visado para visitar a un familiar. Eluden la palabra 'patera'. Dejan claro que se han jugado la vida para quedarse. Lo más difícil es estar lejos de sus familias, pero ninguno dice que quiera volver a reunirse con ellos. “Cuando tenga un trabajo, iré de visita”. Hablan Lahhasni, Armel, Youne, Chennaki, Karim, Mohamed, Aymane... Llevan cortes de pelo que imitan a sus ídolos del fútbol. Se atusan los flequillos cuando tienen que intervenir.

A los que les toca piscina tienen más prisa. Ya han jugado un triangular en un polideportivo a pocos metros del centro. Todos los grupos políticos del Ayuntamiento de Écija (Sevilla), donde están estas instalaciones de Aproni, colaboran para integrar a estos menores, subrayan desde la fundación. En temporada escolar acuden al instituto o realizan cursos de Formación Profesional.

"Mi futuro es bueno"

Quieren ser mecánicos, enfermeros, informáticos, atletas. “Mi futuro es bueno”, dicen cuando se les pregunta cómo se imaginan dentro de unos años. Se imaginan en España. Trabajando. “Aquí hay leyes. En Marruecos solo sobornos y no hay derechos humanos”, relatan para explicar por qué vinieron.

Saben del rechazo que despierta en algunos sectores de la sociedad su acogimiento en España. Vox reclama que los menores inmigrantes no acompañados sean devueltos a sus países de origen con sus familias. El PP se mueve hacia ese discurso. Incluso la expresidenta de la Junta, la socialista Susana Díaz, pidió en plena explosión de llegadas el pasado verano que se permitiera llevarlos de vuelta a sus países. La ley no permite su devolución. Pasan a ser tutelados por la Administración en cuanto se comprueba que no han cumplido los 18 años. Abandonan los centros cuando alcanzan esa edad. Estén o no preparados.

Said El Yahyaoui Dib, educador y mediador del centro. (Foto: Fernando Ruso)
Said El Yahyaoui Dib, educador y mediador del centro. (Foto: Fernando Ruso)

La violación en grupo a una joven en Bilbao a manos de seis magrebíes ha vuelto a encender los discursos del odio contra estos extranjeros. Los chicos lo saben. Desde Aproni no les ocultan la realidad, señala Jaime Fernández-Portillo, director general de la fundación. “Les contamos la realidad. Si van cinco de nuestros chicos por la calle pegando voces, algún vecino lo grabará con el móvil y lo subirán a Facebook, que es uno de nuestros grandes enemigos. Ellos saben que, por su acento, por su color de piel, por su origen, están más mirados que otros de sus compañeros de instituto. Les hablamos muy claro. Para ellos, todo se multiplica por cien”.

La clave para que un centro de menores extranjeros sea bien acogido es “la transparencia y evitar el oscurantismo”, explica Jesús López, jefe de gabinete técnico de Aproni. La fundación habló con los vecinos, con los negocios colindantes a su centro, con el ayuntamiento. Les explicó quiénes venían, qué hacían, las puertas están abiertas. Hasta la fecha, no han tenido ningún problema grave más allá de los incidentes propios de los adolescentes. No han contabilizado ninguna fuga. “Lo más difícil ha sido controlarles el móvil”, dice Ratiba.

“Hay españoles buenos y malos. Igual nosotros. Algunos venimos buenos y otros malos. No nos pueden juzgar a todos igual solo por nuestra cara”, dice uno de los adolescentes. “Hay que probar a las personas. No nos pueden tratar a todos como si fuéramos malos”, añade otro. Su español suena aún a francés. El idioma es la principal herramienta para derribar barreras. “No nos jugamos la vida para venir a hacer cosas malas. No he venido para fumar hachís o hacer el tonto”, dice quien es ya una joven promesa del atletismo en la localidad. El club que lo acogió a su llegada y con el que compite le ha facilitado mucho su integración.

"No nos jugamos la vida para venir a fumar hachís o hacer el tonto", dicen estos adolescentes, que reclaman una oportunidad

Said, el educador, vuelve sobre la película. Él llegó en 1998 desde Tánger. Entonces estos centros eran mucho más escasos. "Trato de hacerles ver que tienen una oportunidad. Trato de ser una referencia", explica mientras entrecomilla esto último con los dedos. Quiere hablarles sobre los 14 kilómetros que separan África y Europa en el Estrecho. Sobre la importancia de que no olviden por qué vinieron, por qué se jugaron la vida, cuál es su proyecto. Sobre lo fácil que es "bajar la guardia y coger un camino fácil, más goloso, más rápido". “No voy a echar a perder mi camino por las drogas”, señala otro de los jóvenes.

Del Ramadán a la Navidad

Se acabó comentar la película. Tocan otras actividades. Siempre están ocupados. Incluso en verano. Las habitaciones están más ordenadas que las de la media de los adolescentes de su edad. En unos días celebrarán la fiesta del cordero y lo harán con una jornada de puertas abiertas. Muchos son musulmanes y se les ha ayudado para que hagan el Ramadán. El día que terminó cocinaron e invitaron a amigos, a padres de sus compañeros, a sus monitores con las familias. Disfrutaron mucho mostrando su cultura. Tanto como el día de Reyes, cuando descubrieron la tradición de intercambiar regalos envueltos por Melchor, Gaspar y Baltasar. “Claro que hay un choque cultural. Ellos tienen que adaptarse y nosotros también”, dice Damián. Los menores agradecen en sus turnos de palabra el trabajo de sus educadores y de la fundación.

Andalucía cuenta en su sistema, a 30 de junio, con 2.172 menores extranjeros no acompañados. Solo 220 son niñas

La Consejería de Igualdad, Políticas Sociales y Conciliación de la Junta de Andalucía señala que, a fecha de 30 de junio de 2019, había en el sistema de protección de menores 2.172 extranjeros no acompañados, 1.952 niños y 220 niñas. El dato concreto de los recursos públicos destinados para atender a estos menores tutelados no es fácil de obtener. La red atiende tanto a menores extranjeros como españoles. Al margen de esta partida, en 2019, según datos oficiales, la Junta gastó 26,3 millones de euros en recursos específicos de atención a menas. Para evitar la situación límite del pasado verano, con menores hacinados y sin plazas de acogida, el Gobierno andaluz planificó entre abril y julio 1.620 plazas para estos inmigrantes. “El porcentaje de menores extranjeros que cometen algún acto delictivo que conlleve medidas de internamiento es muy bajo, un 0,54%”, señalan desde la Junta.

Uno de los jóvenes, a su regreso al centro tras haber jugado un partido de fútbol sala. (Foto: Fernando Ruso)
Uno de los jóvenes, a su regreso al centro tras haber jugado un partido de fútbol sala. (Foto: Fernando Ruso)

Desde este departamento del Gobierno andaluz aseguran que "no saben" de ninguna partida, aprobada por Vox vía enmiendas al Presupuesto, de 800.000 euros para “reforzar la seguridad”. En el caso del centro de Écija, no es una cárcel, no hay rejas ni se puede adivinar para qué podría destinarse ese dinero, porque los menores no son delincuentes.

La consejera de Igualdad, Rocío Ruiz, ha invitado a los diputados andaluces de Vox a visitar las residencias de estos menas. Aviso: encontrarán niños y adolescentes. Poco más. Amantes del fútbol, preocupados por su físico, con pelados tipo champiñón, camisetas de sus ídolos en el campo, que se enfadan cuando se les retira el móvil o cuando se les interrumpe el ocio para que se pongan a estudiar. Y no. No cobran ningún tipo de paga mensual con cargo a los fondos públicos. Tienen todos sus gastos cubiertos, alojamiento, manutención, ropa... “El centro lo que les da son seis euros a la semana basándonos en su comportamiento, cumplimiento de normas... que pueden utilizar ellos como quieran”.

Andalucía

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