Drogas, barullo y cargas policiales: vuelven las juergas sin restricciones
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VUELVE LA NOCHE

Drogas, barullo y cargas policiales: vuelven las juergas sin restricciones

Lleva toda la noche lloviendo y el piso va transformándose lentamente en un arroyo, pero el agua de los charcos no puede apagar las ganas de reventar la noche que tienen muchos

Foto: Los jóvenes no fallaron a su cita con la noche madrileña sin horarios.
Los jóvenes no fallaron a su cita con la noche madrileña sin horarios.

Desde la puerta de uno de los pubs más famosos de Madrid, una de las mecas de la noche en la capital, se respira el horrible olor del suelo sucio empapado, aunque la gente lo ignore. Lleva toda la noche lloviendo y el piso va transformándose lentamente en un arroyo, pero el agua de los charcos, que ya supera los primeros ojales de las botas de los muchachos, no puede apagar las ganas de reventar la noche. Ya no hay horarios, hay que disfrutarlo.

De repente, se acerca a trompicones un hombre de más de 40 años. Va vestido con un chaleco militar y unos pantalones anchos que no le quedan bien. Está solo e intenta darme conversación: “Y tú, ¿qué?”, me pregunta. Le digo que estoy esperando a alguien. “Yo espero que esta noche haya cocaína. Y putas”, dice muy borracho este hombre, que solo es capaz de soltar sintagmas inconexos y sonrisas vastas.

Foto: Epicentro del botellón de botellones que se desató ayer por la noche en Madrid tras año y medio de pandemia. (Alejandro Mata)

Es viernes. Viernes, 24 de septiembre, y da inicio el primer fin de semana sin restricciones horarias para el ocio nocturno en Madrid desde que el lunes 20 se eliminaran. A partir de ahora, los pubs y discotecas de Madrid pueden volver a cerrar a las horas habituales que, dependiendo de su tipo de licencia, tenían antes de que empezara la pandemia.

Aunque se hayan eliminado estas restricciones, todavía es obligatorio el uso de mascarilla en el interior de los locales, además de que las pistas de baile y las barras aún no pueden usarse. Pero esta medida es solo papel mojado.

placeholder Varios jóvenes, a las puertas de un local de ocio nocturno en Madrid.
Varios jóvenes, a las puertas de un local de ocio nocturno en Madrid.

A primera hora de la noche, mientras la lluvia golpea con contundencia el asfalto, la gente abarrota las terrazas de la zona de bares de Marqués de Vadillo. A pesar de que las medidas que ahora han entrado en vigor no tienen ningún efecto teórico sobre la hostelería, pues ellos ya habían recuperado sus horarios habituales, puede verse a la gente más tranquila, apurando las jarras heladas de cerveza sin preocuparse por salir corriendo a la discoteca porque cierren pronto. “A nosotros la medida también nos ha venido bastante bien”, asegura la camarera de uno de estos bares. “Ya estamos volviendo a la normalidad”.

A primera hora de la noche, mientras la lluvia golpea el asfalto, la gente abarrota las terrazas de la zona de bares de Marqués de Vadillo

Es cierto que, en los soportales bajo los que se cobija la terraza de aquella cervecería, ya se respira un ambiente que poco tiene que ver con el que se vivía hace no muchos meses. Aunque la pandemia todavía sigue dando coletazos, la preocupación ya no es el virus. Según el último barómetro publicado por el CIS, el coronavirus ha descendido hasta la tercera preocupación entre los españoles.

De hecho, tanta es la normalidad allí que las míticas escenas de bar protagonizadas por los de siempre, valiosísimas muestras del folclore español que deberían estar documentadas y guardadas en una filmoteca, se empiezan a ver de nuevo: un camarero, a empujones, saca a un cliente demasiado borracho del bar; otro personaje, buscando ligar con un grupo de chicas que se encuentran sentadas a una mesa alta, coge uno de los taburetes y juega a hacer equilibrios con él sobre su cráneo; más tarde, un señor aparentemente sexagenario cruza las terrazas de los soportales completamente desnudo de cintura para abajo.

Foto: La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)


A la una de la mañana, mientras los camareros aún están recogiendo las terrazas de los bares de la capital, la fiesta empieza en otro punto: los bajos de Argüelles. Conocidos por ser uno de los puntos calientes de la noche madrileña, los bajos de Argüelles son unos soportales y túneles bajo los cimientos de una gigantesca urbanización de Moncloa. En ellos, solían —ahora: suelen— darse cita miles de jóvenes cada fin de semana para emborracharse dentro y fuera de los lúgubres garitos que los pueblan.

“Nuestra licencia es hasta las tres de la mañana”, asegura un portero grandote de uno de los locales, “pero ya sabes bien cómo funciona esto”, termina de decir, riéndose tras su mascarilla —la única que se ve por la zona—, haciendo referencia a que la hora de cierre estipulada no se suele cumplir allí.

En el principal túnel de los bajos, es casi imposible estar. Como si del concierto de una superestrella se tratara, incontables personas lo abarrotan, cantando y brincando y bailando al lado de un punki con cresta verde que, tirado en el suelo, hace las funciones de DJ. Mientras, decenas de chavales hacen cola para poder entrar a los garitos de los laterales.

“¡Ahora se liga más!”, asegura una chica que lleva los zapatos completamente sumergidos en un charco de barro, pero no se da cuenta

¡Ahora se liga más!”, asegura una chica con un vestido verde y una cazadora negra. Lleva los zapatos completamente sumergidos en un charco de barro, pero no se da cuenta. “La gente sale a tope esta noche, no sé. Están todos locos”, termina de decir antes de volver con sus amigas, que también llevan los zapatos completamente embarrados.

En ese túnel en el que se respira orín reseco y tabaco de liar, el tiempo pasa rápido. La pandemia que se originó en marzo del 20 solo es un tema de conversación pasado de moda. Ya nadie habla de virus, solo de Jagger, cocaína y “lo buena que está esa, voy a pedirle fuego”.

Foto: Reabre el ocio nocturno en Madrid, pero con limitaciones. Foto: Efe

Desde uno de los soportales superiores de la urbanización, consigo una vista privilegiada del foso. Me pongo a contar mascarillas, pero no encuentro ninguna. Mientras, empieza a llover con más fuerza y la gente se refugia como puede, aunque algunos se resbalen y se peguen el costalazo de su vida por ponerse a bailar 'Tusa', de Karol G.

En ese soportal hay también un par de chavales tirados en el suelo. Visten de negro, estilo 'emo', y llevan las manos tatuadas. Están destrozados, no pueden ni moverse, pero uno de ellos lleva una dosis de cocaína entre sus dedos. Cuando ve que lo observan, coge el pollo y se la mete en la nariz. Se ríen forzando la garganta.

Los porteros, en las puertas de los pubs del túnel, no dejan pasar a nadie. Se va acercando la hora del cierre y tienen aforos completos

“Hasta tu abuela se mete”, dice el otro. “Todo el mundo se mete cocaína. Tu padre, tu madre, tu abuela muerta y tu tía”. Risas otra vez. Les pregunto si conocen algún 'after' al que ir cuando la fiesta acabe. Se encogen de hombros. “El 'after' es en algún parque. O en un 'puti”. Se vuelven a reír. Con los nuevos horarios, pareciera que la gente le ha cogido un gusto especial ala prostitución.

Los porteros, en las puertas de los pubs del túnel, no dejan pasar a nadie. Se va acercando la hora del cierre y tienen aforos completos, única norma que se cumple en el interior de los locales. En ellos, la gente se apelotona, brinca, salta, canta, baila y bebe. Es la más antigua normalidad de todas.

Uno de los porteros de los locales, al menos, está contento. “Tenía ganas de volver a trabajar, tío”. En la noche madrileña, con o sin restricciones, no todo es fiesta: también hay que trabajar para mantenerla.

Foto: Una zona de terrazas en la calle Castelar, de Santander. (EFE)

A las tres de la mañana, los bajos de Argüelles empiezan a decaer, por lo que la gente pone rumbo a la zona de pubs de Malasaña, donde poder echarse unos tragos en los múltiples pubs. Por el camino, se repite hasta la saciedad el panorama normal de la noche madrileña antes del covid: gente saliendo de discotecas hasta la bandera a echarse unos cigarros, borrachos cantando y gritando y pegando patadas a contenedores, amigas que les sujetan el pelo a otras amigas para que poten, jóvenes comprando litronas de cerveza a precio de champán en los carísimos 24h. Nada reseñable.

En Malasaña, por fin, se ve una gigantesca cola para entrar en una de las discotecas más famosas de la ciudad. Allí todavía queda un buen rato de fiesta, pues la ley les permite abrir hasta las seis de la mañana.

La cola es inmensa. Cola que entiendes rápido cuando la puerta se abre, pues, al igual que pasaba con los locales de los bajos, también está completamente abarrotada, sin que se mantenga ninguna distancia de seguridad en su interior ni ningún tipo de medida, más allá del aforo. Una nueva normalidad que se parece muchísimo a la vieja.

Foto: Imagen de la preparación para la reapertura del piano bar Toni 2, mítico local de la noche madrileña. (Ana Beltrán)

Siguiendo por el corazón de Malasaña, la cosa se repite. Colas largas para entrar a locales abarrotados en una ciudad que, como si hubieran dado un pistoletazo de salida, se ha echado a la calle a recuperar la vieja juerga de siempre.

Ya más tarde, cuando las seis de la mañana se aproximan, las calles del barrio se empiezan a llenar de miles de personas que buscan 'afters' a la desesperada. Todos los famosos del barrio, como el Astronauta, han cerrado por culpa de la pandemia o se han reconvertido en discotecas, por lo que a esas horas tan intempestivas no parece haber ningún sitio al que ir. Aunque para eso están las calles.

Cuando las seis de la mañana se aproximan, las calles del barrio se empiezan a llenar de miles de personas que buscan 'afters' a la desesperada

La calle de San Andrés es un hervidero de miles de personas, cada una más borracha que la anterior, que beben y fuman y ligan. “Con las discotecas abiertas como antes, estamos menos tiempo pasando frío en la calle y haciendo botellón”, asegura un treintañero con un sombrero de paja. Quienes antes estaban en los pubs y discotecas, ahora abarrotan la calle, que se convierte en un improvisado botellón en pleno centro de la ciudad por culpa de la falta de 'afters'. Hasta que viene la Policía.

Tras unas pasadas por la zona de una patrulla de la Policía Municipal para intentar despejar la calle, finalmente se presenta un furgón de la UAS (Unidad de Apoyo a la Seguridad) que inicia una fugaz —pero feroz— batalla campal contra los fiesteros, que luchan por su indiscutible derecho al 'afterhours'. Un bando lleva porras y escudos, el otro, litronas.

Después de un par de cargas policiales, la gente se va, acabándose la primera gran fiesta sin horarios de Madrid. La nueva normalidad se diferencia de la vieja en que ahora las fiestas no se acaban de 'after', sino contra los antidisturbios.

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