La gran decepción
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2011-2021, del cambio a la frustración

La gran decepción

Tras un trienio de movilizaciones que amenazaron el statu quo y tres olas de intento de canalización política, el 15-M cierra un ciclo, diez años después, con tintes de restauración

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Vista de la Puerta del Sol el 18 de mayo de 2011. (Getty: Dusko Despotovic)

4 de diciembre de 2018 a las 19:00 horas. Puerta del Sol. El Ayuntamiento de Madrid, encabezado por su entonces alcaldesa, Manuela Carmena, inaugura una placa conmemorativa con la inscripción 'El pueblo de Madrid, en reconocimiento al movimiento 15-M que tuvo su origen en esta Puerta del Sol. Dormíamos, despertamos'. A unos metros de distancia, algunos activistas que participaron en aquellas movilizaciones corean “nada que celebrar si hay detenidos por luchar”, en referencia a los detenidos en la manifestación del 15-M en Madrid que todavía estaban pendientes de juicio acusados de desórdenes públicos. Políticos que se decían herederos del 15-M a un lado, protagonistas de aquel movimiento al otro. Los primeros celebrando a modo de reapropiación, los segundos afeándoselo.

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El 15-M, como otros hitos de movilizaciones históricas previas, del mayo del 68 a las primaveras árabes, se decía irrepresentable, y cuando surgieron nuevas ofertas políticas que lo intentaron capitalizar fueron efímeras en sus expectativas, acabaron absorbidas dentro del sistema o contrarrestadas por movimientos reactivos. Diez días antes del décimo aniversario del 15-M, tras las elecciones en Madrid, en un grupo de WhatsApp surgido de una asamblea de barrio de aquel movimiento, uno de sus integrantes reflexionaba a modo de epílogo: "Solo hace 10 años que el 15-M nos unió y pensamos que todo era posible.... y vaya si han reaccionado".

placeholder Pancarta por la libertad de los detenidos del 15-M, en diciembre de 2018. (Getty: Lito Lizana)
Pancarta por la libertad de los detenidos del 15-M, en diciembre de 2018. (Getty: Lito Lizana)

En abril de 2011 nada hacía presagiar que el bipartidismo imperfecto pudiese eclosionar para dar paso a un sistema multipartidista. Menos todavía que nuevos partidos amenazasen la hegemonía de las dos grandes actores políticos desde la vuelta de la democracia o que se acelerasen recambios generacionales en buena parte de las estructuras de poder, además de en la monarquía. En el CIS previo a la ola de indignación popular que estalló hace ahora una década, con una amalgama de protestas intermitentes en el trienio 2011-2014 caracterizadas por el cuestionamiento de las élites gobernantes, PSOE y PP sumaban el 77,2% de la intención de voto. IU se situaba en un testimonial 5,2% y UPyD y CIU en el 3,5%.

El CIS del pasado mes de abril volvió a situar la suma de los dos grandes partidos por encima de la barrera del 50%, mientras que las dos últimas encuestas publicadas tras las elecciones del 4-M (Sigma dos para 'El Mundo' y 'NC Report' para 'La Razón'), lo sitúan en el 55,9% y el 53%. Del bipartidismo imperfecto, apoyado en minorías nacionalistas, se ha pasado al bipartidismo con extremos, con Podemos y Vox a cada lado del tablero y sin opciones de ocupar su centralidad.

Entre medias, las movilizaciones “sin siglas ni banderas” se canalizaron políticamente poniendo en solfa el statu quo y abriendo una fase de inestabilidad en el sistema político. Podemos se situó como primera fuerza en intención directa de voto en el CIS de noviembre de 2014, coincidiendo con su asamblea constituyente, irrumpió un movimiento municipalista llevando a las alcaldías de las grandes ciudades a plataformas ciudadanas referenciadas en el 15-M, se produjo la abdicación del rey Juan Carlos I y una moción de censura que descabalgó a Mariano Rajoy de la presidencia del Gobierno. De los vientos de ruptura a la restauración con leves concesiones lampedusianas.

“Hay un orden que sucumbe, pero no uno alternativo que lo sustituya. Hubo un momento de expectativa, de que se podía generar una alternativa, entre 2014 y 2016, pero fracasó”, concluye la politóloga y cofundadora de Podemos, Carolina Bescansa. El también cofundador del partido morado, activo participante en el 15-M y actualmente europarlamentario, Miguel Urbán, habla directamente de “cierre de ciclo” y le pone fecha: “La entrada de Unidas Podemos en el Gobierno”. “Del ‘PSOE y PP la misma mierda es’”, dice parafraseando uno de los lemas más repetidos en aquellas protestas, “a gobernar subordinados a ellos”.

placeholder Podemos anuncia que se presenta a las Elecciones Europeas de 2014. (Reuters: Andrea Comas)
Podemos anuncia que se presenta a las Elecciones Europeas de 2014. (Reuters: Andrea Comas)

El exdirigente Ramón Espinar replica esta misma conclusión: “El ciclo del 15-M se cierra con el gobierno de coalición”. Apunta como preludio las últimas elecciones municipales, por la pérdida de la “mayoría de ayuntamientos del cambio que no resisten”, y como epílogo la dimisión de Pablo Iglesias. “Su dimisión a diez días del aniversario del 15-M le da tintes de epílogo. Era un ciclo cerrado y la salida de Iglesias es como un cierre del ciclo de Podemos dentro del ciclo del 15-M”. Por si era preciso simbolizar este epílogo a nivel estético, Iglesias también se ha cortado la coleta.

El politólogo Pablo Simón, quien también participó de este movimiento en sus primeros compases en las plazas, mira más allá de la traducción política del 15-M, rechazando además que Podemos sea su consecuencia directa. Remarca así la capacidad que tuvo para condicionar la agenda introduciendo nuevas demandas sociales, especialmente la corrupción. Con todo, a modo de balance, entiende que “la polarización y el bibloquismo han roto la posibilidad de reformas que se abrió en el periodo 2014-2019”.

Una época en la que los nuevos partidos compartían elementos de regeneración, y pone como ejemplo un debate cara a cara entre Pablo Iglesias y Albert Rivera en 2015. El debate en el bar del Tío Cuco. “Parecía que se podían poner de acuerdo en muchas cosas, que era posible un efecto reformista, pero esa magia se rompió, se aterrizó en prácticas de bibloquismo”, concluye para enumerar como varios de los consensos del 15-M que se metieron en la agenda han quedado sin atender, como la reforma del sistema electoral o las propuestas sobre una banca pública o mayor separación de poderes.

placeholder El 22 de mayo de 2011 en Sol, Madrid. (Getty: David Ramos)
El 22 de mayo de 2011 en Sol, Madrid. (Getty: David Ramos)

En el CIS previo al 15-M, los encuestados señalan como los principales problemas del país, por este orden, el paro, los problemas de índole económica y la “la clase política, los partidos políticos”. “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros” fue uno de los principales lemas del movimiento, y esa desafección se asociaba en buena medida a la corrupción. Así, el barómetro recogía que en una escala de 0 a 10, donde el 0 significa no estar 'nada implicado en casos de corrupción' y el 10 estar 'muy implicado en casos de corrupción', el 22,2% colocaba al PP en el 10 y el 14,5% al PSOE. (a la Ciu del 3% el 8%).

En total, el 74,8% suspendía en corrupción a los socialistas y el 77,4% a los populares. En el barómetro del CIS del pasado mes de abril, el orden de los problemas señalado por los españoles no variaba al de hace diez años, con la introducción de la pandemia: crisis económica en primer lugar, seguido del coronavirus, paro y problemas políticos en general.

En la batalla cultural abierta por el 15-M también se presentan síntomas de restauración. De “contra ola”, en palabras de Bescansa, “como consecuencia del fracaso de la primera propuesta de cambio alternativo”, en referencia al fallido sorpasso en la repetición electoral de 2016 y el posterior abandono de la transversalidad para pasar del "ni de izquierdas ni de derechas" a plegarse a la identidad clásica de IU. Una contra ola que, dice, “no nos acerca a la estabilización, no va a venir para generar un proceso de integración, sino que va a convulsionar aún más”. Para Urbán, “si bien las diferentes crisis que abrieron la ventana de oportunidad para el surgimiento del 15-M siguen ahí o incluso se han agrandado, el sentido común construido durante el 15-M está en franco retroceso desde hace tiempo, buena prueba de ello es el dinamismo de la ola reaccionaria que expresa desde Vox a Ayuso”.

placeholder Manifestantes del 15-M duermen en Sol en mayo de 2011. (Getty: David Ramos)
Manifestantes del 15-M duermen en Sol en mayo de 2011. (Getty: David Ramos)

El cierre de ciclo del 15-M tiene tintes de gran decepción, pero como todos los hitos de movilizaciones históricas, como mayo del 68 o la primavera árabe, deja otros posos más allá de las lecturas centradas solamente en sus resultados, como el de una ciudadanía activa, que se levanta ante lo que considera excesos y sitúa sus demandas en la agenda política. Sus reivindicaciones siguen vigentes, de las derrotas surgen aprendizajes y más allá de los hitos concretos, es preciso hace una lectura por olas o ciclos, pues la historia no se para y el 15-M habría sido solo una batalla dentro una guerra permanente. Aquello del "vamos despacio porque vamos lejos".

Primera ola: la Syriza gallega

Tras el primer ciclo de movilizaciones, Xosé Manuel Beiras fue el primer político en dar con la tecla para canalizar en las instituciones el 15-M. El verdadero ‘big bang’ debe buscarse en tierras gallegas. En el verano de 2012, el dirigente histórico del nacionalismo gallego rompía definitivamente con el entonces anquilosado Bloque Nacionalista Galego (BNG), tras haber sido el presidente de su Consejo Nacional, su portavoz en el Parlamento de Galicia y su candidato a la Presidencia de la Xunta de Galicia. Tras su abandono de las filas que había dirigido y representado largo tiempo, inmediatamente sentó las bases de un proyecto político, la coalición Alternativa Galega de Esquerdas (AGE), que construyó con la colaboración de la entonces coordinadora de IU en Galicia y hoy vicepresidenta tercera del Gobierno, Yolanda Díaz.

Bautizada coloquialmente como ‘la Syriza gallega’, fue el movimiento que inspiraría un par de años después el nacimiento de Podemos. Pablo Iglesias, que contribuyó a su éxito electoral en las autonómicas como asesor de campaña, conoció muy en profundidad el nacimiento de la Alternativa Galega de Esquerdas, su gestación y desarrollo. “La experiencia de AGE es una de las que más me marcaron y me ha hecho creer que lo de Podemos puede funcionar porque, independientemente de que esté protagonizado por figuras que venían de estructuras políticas tradicionales, entendieron que había cosas que habían cambiado. También que había que apelar a otros sujetos que permitieran la ruptura del régimen y la experimentación de formas políticas totalmente nuevas”, explicaba a la prensa, preguntado por esta cuestión, antes de celebrar un acto de campaña para las europeas en Galicia ya como cabeza de lista de su nuevo partido.

placeholder Xose Manuel Beiras. (Getty: Xurxo Lobato)
Xose Manuel Beiras. (Getty: Xurxo Lobato)

Entre quienes decidieron volar con Beiras, además de Díaz, tuvieron también un papel protagonista la sindicalista agraria Lidia Senra, posteriormente eurodiputada que compartió grupo parlamentario con Podemos, y Martiño Noriega, quien se convertiría en uno de los “alcaldes del cambio” como regidor de Santiago de Compostela. Beiras estaba convencido del advenimiento de la denominada "nueva política", un nuevo contexto que leía en los cambios sociológicos desde el inicio de la crisis y, principalmente, en la irrupción del movimiento 15-M. Anova y posteriormente la coalición AGE nació así con la vocación de convertirse en la herramienta política de la ciudadanía y las organizaciones sociales gallegas que habían salido a la calle al calor del 15-M.

“Beiras fue en las últimas elecciones el candidato más joven, paradójicamente. Fue el que mejor entendió cómo estaba cambiando la política, no solo por cuestión de alianzas, sino porque sabía que podía generar una nueva política apelando a elementos nuevos que entendían que el régimen del 78, el de la Transición, estaba caduco”, reconocería posteriormente Iglesias.

La voluntad de crear una suerte de frente popular, dejando a un lado la división de la izquierda respecto al planteamiento de la cuestión nacionalista, llevó a Beiras a buscar la alianza con Esquerda Unida (EU), liderada por Yolanda Díaz, próxima en aquel momento al sector de Izquierda Unida que luego fundaría Podemos y compañera de los tiempos de Juventudes Comunistas de Pablo Iglesias. El resultado fue la coalición AGE, en la que además de Anova y EU -sin representación en O Hórreo, el Parlamento gallego, desde 1982-, se sumaron Equo y Espazo Ecosocialista. La antesala que propició las condiciones necesarias para el surgimiento de las plataformas municipalistas llamadas "Mareas" en Galicia y "Ganemos" en el resto del Estado.

El coportavoz de Anova, Martiño Noriega, definía así a la formación, en un artículo publicado en Sin Permiso, que no deja lugar a dudas sobre la intertextualidad con Podemos y las plataformas municipalistas: “No tenemos nada, pero podemos tenerlo todo. Anova es una organización que ha decidido ser coherente con el reto marcado hace dos años [el 15-M]. Una organización con un discurso identificado, sin deuda bancaria, con un claro relevo generacional y con un importante capital simbólico ciudadano en cuanto a sus referentes. Una organización que apuesta con todas sus contradicciones por explorar la nueva cultura política y por participar en la acumulación de fuerzas para hacer frente a la bestia, en un proceso que no espera por nadie y donde Galiza como nación, corre el riesgo de quedar excluida. Si nosotros no somos capaces de hacerlo, otras lo harán”.

placeholder La ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz. (Ana Beltrán)
La ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz. (Ana Beltrán)

Pablo Iglesias aportó el argumentario a Yolanda Díaz, tanto a nivel del discurso como en lo referente a las formas de la "nueva política". Con la perspectiva del tiempo, la líder gallega de Izquierda Unida afirmó que Iglesias “incidió principalmente en nuestro discurso, y la grandeza de AGE fue precisamente eso. Su papel también fue fundamental en la estrategia comunicativa, porque el discurso por sí solo no es suficiente si no se sabe comunicar, y la riqueza de Pablo es que sabe cómo comunicar de un modo diferente al habitual, de forma directa y clara, para que se sea entendido por todo el mundo. La gente lo escuchaba y se identificaba rápidamente con nosotros. Tuve mucha suerte de tenerlo como asesor, además de amigo”.

Los discursos de campaña de la entonces número dos de Beiras, Yolanda Díaz, incidían constantemente en conceptos como “emergencia social”, “ilusión”, “combatir la troika” o “disputar el poder”, vocablos todos ellos recuperados más tarde por Podemos. Y es que los discursos que verbalizada Díaz desde el atril eran plenamente los de la "La Tuerka". Pero no sólo los discursos. También parte de la imagen, del modo con el que se envolvía el mensaje. Así, Iglesias fue quien decidió que la número dos de AGE saliese en el cartel electoral con su hija pequeña en brazos, para representar que se trataba del “partido de la gente común”.

El anuncio del adelanto electoral de las autonómicas gallegas, a octubre de 2012, cogió a AGE en pañales, sin apenas tiempo de organizarse. Pero no por ello se apearon de sus objetivos. De inmediato, Iglesias interrumpió todo lo que llevaba entre manos para desplazarse a Galicia tras recibir la llamada de Díaz y el beneplácito de la cúpula de Izquierda Unida, de la que un año antes ya había sido asesor de cabecera. En su maleta llevaba los "marcos discursivos" ensayados por La Promotora, la asociación universitaria que sería el germen de Podemos, y que por primera vez se iban a poner a disposición de un partido político de nuevo cuño, casto, sin interferencias de lo viejo ni vicios adquiridos.

placeholder Pancartas en una concentración del 15-M en la Puerta del Sol, en el primer aniversario del movimiento. (EFE: Luca Piergiovanni)
Pancartas en una concentración del 15-M en la Puerta del Sol, en el primer aniversario del movimiento. (EFE: Luca Piergiovanni)

Los resultados electorales fueron un éxito sin precedentes. Un partido con apenas un mes de vida había conseguido colarse en el Parlamento gallego con nueve diputados y situándose como la segunda fuerza más votada en A Coruña, Santiago de Compostela y otra veintena de ayuntamientos. “La señal de que las cosas eran posibles”, resumió Iglesias. El éxito electoral de una formación recién nacida fue la constatación palpable de que había espacio para superar el bipartidismo, para batir los reductos de la izquierda más radical, aunque “el centralismo arrogante español haga que se mire con desdén, o que directamente no se mire, lo que ocurre en otros lugares de España”, añadía Iglesias en aquellas fechas. “Yo no me cansé de repetir cada vez que tuve ocasión, en mis análisis y artículos, que lo que había ocurrido en Galicia era la señal de que las cosas (en el resto de España) eran posibles”.

La propia Carolina Bescansa argumentó que el éxito de AGE y otras iniciativas en el resto del país ponían de manifiesto que sí era posible alterar el status quo del sistema de partidos, que hasta entonces parecía inamovible. “En ese sentido sí, ese movimiento y otros pusieron sobre el tapete que los cambios eran posibles y que, por lo tanto, lo que había que hacer era impulsar una nueva opción”. El asalto institucional de AGE en Galicia convenció a los promotores de Podemos de la ventana de oportunidad abierta para dar forma a “nuevas herramientas políticas” con el objetivo de “disputar el poder”, es decir, con opciones verdaderamente posibles de conseguir el gobierno. Habían acertado en el diagnóstico, y las soluciones propuestas lograron rebasar las expectativas.

La experiencia de Iglesias en Galicia fue una revelación extraordinariamente esclarecedora para él. Fue su campo de pruebas, donde pudo asesorar desde el principio. Sin esta experiencia previa no se hubiese transitado por los mismos derroteros. Y la influencia del líder de Anova fue determinante en este sentido. “Beiras es un monstruo. Es el político vivo que más admiro junto a Julio Anguita. Sin Beiras seguramente no habría sido posible Podemos”, llegó a asegurar Iglesias con el paso del tiempo.

Segunda ola: la apuesta municipalista

El apartidismo fue una de las señas de identidad del 15-M durante sus inicios. El “no nos representan” fue un lema destituyente que ponía en duda la democracia interna de las formaciones tradicionales, su distanciamiento de la sociedad y los problemas reales de la gente, así como la limitación de voces impuestas por el bipartidismo, o “turnismo” como lo denominaría Iglesias. Con la intención de no reducir el movimiento a una protesta “anti”, sino de hacerlo propositivo, se remarcó que apartidismo no era sinónimo de apoliticismo. Todo lo contrario, se ponían sobre la mesa conceptos como regeneración democrática, separación efectiva de poderes y participación, condensados en el nombre de la plataforma impulsora: Democracia Real Ya.

placeholder Manifestación de Democracia Real Ya en la Piazza de Spagna en Roma, en mayo de 2011. (EFE: Guido Montani)
Manifestación de Democracia Real Ya en la Piazza de Spagna en Roma, en mayo de 2011. (EFE: Guido Montani)

Este carácter apartidista fue solo un punto de partida. La reforma de la ley electoral se coló ya entre los consensos de mínimos o “tres puntos básicos”, junto a la “verdadera separación de poderes” y la regeneración política, aunque no obtuvieron el respaldo generalizado de las distintas asambleas. Estas propuestas abrían ya el camino a la exploración de la vía institucional, una opción minoritaria durante los primeros meses pero que muy lentamente, y ya en un estadio de desmovilización, fue asumiéndose como necesaria.

Los primeros 'indignados' en apostar por la vía institucional fueron algunos de los miembros fundadores de Democracia Real Ya. Su iniciativa generó un fuerte rechazo en las asambleas y colectivos vinculados al 15-M y acabó por fracturar la plataforma en dos. Los que defendían mantener la esencia apartidista se quedaron en la plataforma y los que apostaron por la batalla institucional se constituyeron como asociación. Su proyecto no acabó de fraguar. Entre quienes más férreamente se opusieron, criticando los supuestos intereses personalistas de este sector, destacan integrantes de Juventud Sin Futuro, otro de los principales colectivos que impulsaron las movilizaciones. Muchos de sus integrantes han ocupado puestos de responsabilidad institucional de la mano de Podemos.

placeholder Protesta de Juventud Sin Futuro en Madrid, en abril de 2011. (EFE: Ballesteros)
Protesta de Juventud Sin Futuro en Madrid, en abril de 2011. (EFE: Ballesteros)

La vía institucional tardó en calar, habiéndose producido previamente evoluciones y mutaciones varias del movimiento. La más inmediata fue la descentralización del movimiento de las plazas a los barrios y pueblos (expansión para unos, repliegue para otros). De esta primera fase se pasó a la de las luchas sectoriales, con el arcoíris que representaron las mareas ciudadanas: educación (verde), sanidad (blanca), emigrantes (granate) o azul (agua pública). Es en este momento en el que coge un mayor impulso la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). La que era entonces su líder nacional y ahora alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, se mostró siempre reacia a dar el salto institucional, rechazando incluso la oferta lanzada por el entorno de Pablo Iglesias, antes de crear Podemos, para que formara parte del proyecto en ciernes. Los que eran sus portavoces en Madrid, el ahora diputado Rafa Mayoral y la ahora ministra de Igualdad, Irene Montero, sí se integraron en la organización.

Varios meses antes del surgimiento de Podemos, otras iniciativas de carácter municipalista habían puesto los mimbres para explorar la vía institucional, pero desde un punto intermedio que apaciguaba las voces críticas: los ayuntamientos. Existía el convencimiento de que las instituciones locales, por su cercanía, eran más propicias para llevar a cabo una democracia directa y experimentar con una nueva cultura política alejada de los partidos tradicionales.

placeholder Protesta de Stop Desahucios. (Getty: Marcos del Mazo)
Protesta de Stop Desahucios. (Getty: Marcos del Mazo)


Las plataformas municipalistas nacieron de espacios como En Red, posteriormente Municipalia, Alternativas desde Abajo o la Fundación de los Comunes, en los que se teorizó durante meses la opción institucional, tratando siempre de atraer a los sectores con un carácter más libertario y por tanto reacio al asalto institucional. Una vez recorrido este largo camino se constituyeron, siempre de forma autónoma y desde una lógica quincemayista, los movimientos municipalistas. Guanyem Barcelona (luego Barcelona en Común), Ganemos Madrid (luego Ahora Madrid) o las mareas gallegas fueron iniciativas que se vieron rápidamente replicadas en todas las grandes ciudades. Todas ellas eran independientes, aunque bebían del trabajo hecho en los lugares más activos.

El ensayo-manifiesto 'La apuesta municipalista' (Observatorio Metropolitano) acabó por dotar de base teórica a estos movimientos. El salto de las plazas a las instituciones locales, con el impulso de partidos políticos tradicionales, chocó con aquel lema quincemayista del “somos apartidistas”. Si bien, todas estas candidaturas intentaron resaltar que no eran un frente de partidos de izquierda, al modo de una “sopa de siglas”, sino de un movimiento-partido que buscaba el cambio desde abajo. Pablo Carmona, del think tank Observatorio Metropolitano y uno de los autores del manifiesto municipalista, lo definía así en palabras a El Confidencial ocho meses antes de aquellos comicios municipales: “La potencia de estos procesos de confluencia se debe a que no se basan en una negociación de despachos, como si fuese un intercambio de cromos entre partidos, sino en unas reglas de juego marcadas por todos los participantes en el propio espacio, de abajo hacia arriba”. El 15-M reclamaba su mayoría de edad para acudir a las urnas.

placeholder Manuela Carmena (i) y Ada Colau en un acto en Barcelona. (EFE: Quique García)
Manuela Carmena (i) y Ada Colau en un acto en Barcelona. (EFE: Quique García)

Tercera ola: la irrupción de la hipótesis Podemos

La brecha para abrazar la opción representativa fue abierta desde estas plataformas y los promotores de Podemos aprovecharon la oportunidad para colarse sobre ella y llevarse el gato al agua. La formación emergente tomó el atajo y se escapó del pelotón quincemayista que, con paciencia y fieles a sus principios, llevaban meses tejiendo esta vía. Demasiado tiempo y demasiado dogma movimentístico, como llegó a reprochar Juan Carlos Monedero en uno de los plenarios constitutivos de Ganemos Madrid, anteponiendo la eficacia a los lentos procesos asamblearios.

El lanzamiento de la 'herramienta' Podemos cogió por sorpresa a los 'think tank' quincemayistas que llevaban tiempo cocinando esta posibilidad, a fuego lento, y con la paciencia de que la institucionalización del movimiento surgiese de un amplio consenso y una demanda social clara. Entonces ya tomaron la iniciativa, una capacidad que demostraron en las elecciones europeas, primero, y en Vistalegre I, después.

El partido Izquierda Anticapitalista (2008), cuyos militantes se involucraron en el 15-M desde sus inicios, aunque sin conseguir capitalizarlo, fue fundamental en la génesis de Podemos. La andaluza Teresa Rodríguez o el eurodiputado Miguel Urbán eran algunas de sus principales caras visibles. Ambos muy activos en el 15-M, en Madrid y Cádiz, respectivamente. Su estructura sirvió de lanzadera, aunque pronto se convirtió en un lastre para la estrategia diseñada por la promotora del partido, el 'clan de la Complutense'. En la asamblea constituyente de Vistalegre confrontaron con el modelo defendido por Pablo Iglesias, pero sus apenas dos centenares de militantes poco podían hacer ya con el indiscutible liderazgo que había adquirido Pablo Iglesias.

placeholder Protesta durante el tercer aniversario del 15-M. (Getty: Rodrigo García)
Protesta durante el tercer aniversario del 15-M. (Getty: Rodrigo García)

La vía institucional tardó en consumarse tres años. Podemos supo aprovechar 'la ventana de oportunidad' y ahora, coincidiendo con el décimo aniversario del 15-M, forma parte del Gobierno, pero no por un sorpasso al PSOE como se pretendía, sino como socio minoritario y con un “desgaste” que ha desembocado en la dimisión de su secretario general. Cierre de ciclo.

Otro de los preludios de la hipótesis Podemos se produjo en 2012 de la mano de Julio Anguita, con el impulso del denominado Frente Cívico ‘Somos Mayoria’. Una plataforma impulsada por el viejo profesor que pretendía rearticular el formato de partido-movimiento aprovechando el éxito del 15-M y el fracaso de IU para materializar en votos el contexto sociopolítico. Tanto Juan Carlos Monedero como Pablo Iglesias apoyaron esta iniciativa, llevándose de ella conocimientos, propuestas, lenguajes y recursos humanos para luego fundar Podemos. Tanto es así que hasta el propio Julio Anguita llegó a afirmar que Podemos “ha sido en el discurso y en las propuestas que marcan su aparición y fundación, el continuador de lo que el Frente Cívico planteó”. El cuestionamiento del “relato mítico de la Transición”, que en los años noventa apenas teorizaban Julio Anguita y un reducido número de militantes del PCE cercanos a él, fue otro de las grandes marcas que el califa rojo dejó sobre el líder de Podemos.

Tras irrumpir en las elecciones europeas de 2014 con cinco eurodiputados y un millón de votos, sin apenas estructura y una papeleta con el rostro de Pablo Iglesias, Podemos abogó por una estructura más vertical que la teorizada por los municipalistas, AGE o el propio Frente Cívico de Anguita, con una dirección rígida que marcó la toma de decisiones y la hoja de ruta. Se confrontó por un lado el modelo de movimiento-partido, aunque con líderes, frente al de partido a secas, con dirigencia clásica.

placeholder Los dirigentes de Podemos celebran el resultado de las elecciones europeas de 2014. (EFE: Emilio Naranjo)
Los dirigentes de Podemos celebran el resultado de las elecciones europeas de 2014. (EFE: Emilio Naranjo)

La eclosión del 15-M había cogido a Pablo Iglesias a medio camino entre Madrid y Ginebra, lo que no le impidió combinar su habitual empeño por la observación participante, estando en las calles y poniendo la lupa académica sobre lo que en ellas estaba ocurriendo. El movimiento de los indignados en España, primer reflejo en Europa de las primaveras árabes y antecedente de su salto al otro lado del charco, mediante el movimiento Occupy Wall Street.

En aquel momento, y en consonancia con los argumentos esgrimidos en su tesis doctoral, Iglesias todavía no entendía la institucionalización de los movimientos como una tendencia inevitable ni tampoco como característica de las nuevas formas de acción colectiva o desobediencia. Es más, veía en la flamante emergencia de los nuevos movimientos sociales un duro revés a quienes teorizaban su institucionalización como condición de supervivencia. Unas posturas marcadas por el poso de su militancia en el movimiento antiglobalización, cuyos ecos libertarios dejaban en un segundo plano, cuando no se criticaba directamente, la organización en partidos políticos.

Más en profundidad, el académico y militante había entendido, según las conclusiones de su tesis doctoral defendida dos años antes del 15-M, “que los movimientos globales europeos, a día de hoy, no pueden (y dudamos que sus activistas lo deseen) plantearse nada parecido a asumir responsabilidades de gobierno, siendo una cierta colaboración con algunas fuerzas electorales minoritarias de izquierda que no tienen aspiraciones políticas en solitario, una de sus pocas posibilidades (no exentas de problemas y polémicas) de una cierta interlocución con las instituciones. Sin embargo, ello no anula su capacidad de impacto y, sobre todo, sus posibilidades de interacción con movimientos sociales y proyectos políticos de otros lugares del planeta, en especial, de América Latina”.

Un “ni se puede ni se quiere” que comenzaría a cuestionarse a partir de aquel mes de mayo de 2011. Los cambios socioculturales operados transversalmente en la sociedad española por el 15-M no se reflejaron en el plano institucional. El PP de Mariano Rajoy se alzó con la mayoría absoluta en las elecciones de noviembre de aquel año. Iglesias, por su parte, seguía citando a Gramsci, para quien cada revolución ha estado precedida de un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeación de ideas a través de agregaciones de personas y sus vínculos de solidaridad, pero la “emergencia” requería de atajos. Simplificar este proceso, pasaba indefectiblemente por aceptar las reglas de la democracia representativa, denostada por el grueso de los activistas de estas organizaciones asamblearias basadas en la democracia directa de tradición anarquista.

placeholder Los Mossos d'Esquadra desalojan la Plaza Cataluña, en Barcelona, en mayo de 2011. (Getty: David Ramos)
Los Mossos d'Esquadra desalojan la Plaza Cataluña, en Barcelona, en mayo de 2011. (Getty: David Ramos)

“Nos da la impresión de que los sistemas demoliberales tienen sus propios mecanismos de control. Un ejemplo, cuando en Chile la Unidad Popular toma el poder político mediante unas elecciones democráticas, EEUU organiza un golpe de Estado. Por otra parte, no parece que los gobiernos tengan ninguna soberanía frente a instituciones multilaterales como el FMI, el Banco Mundial o la OMC, a quienes no se puede elegir”, respondía el propio Pablo Iglesias en un encuentro con prensa tras regresar de la cumbre antiglobalización de Génova, en 2001, preguntado el por entonces portavoz de aquellos activistas por el motivo de no dar la batalla electoral y limitarse a la protesta callejera.

Los politólogos del departamento de Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad Complutense comenzaron a señalar tras el ciclo de movilizaciones 2011-2014 que el repudio de los indignados a los liderazgos como una de las debilidades de este movimiento. Suntuosa amenaza hacia cualquier partido que quisiese recoger sus banderas y erigirse como el partido del movimiento estricto sensu. Tanto Íñigo Errejón como Juan Carlos Monedero subrayaron esta carencia desde un primer momento. Al principio, en reducidos círculos de debate político, para evitar el rechazo desde las filas quincemayistas, y a medida que se fue abriendo la discusión autocrítica y los interrogantes sobre los pasos a seguir comenzaron a plantearlo en público, aunque siempre resguardando sus opiniones de cientifismo ideológico.

Aquella mayoría absoluta de Mariano Rajoy el 20 de noviembre de 2011 comenzó a utilizarse como el principal argumento para justificar la necesidad de canalizar a través de un partido político las reivindicaciones de la calle que, contrariamente a lo expresado en las urnas, reflejaban un considerable apoyo en las encuestas del CIS.

Durante este período, Pablo Iglesias publicaría dos ensayos con elocuentes títulos: '¡Que no nos representan!'. 'El debate sobre el sistema electoral español y Desobedientes. De Chiapas a Madrid'. En ellos trazaba una genealogía de los movimientos sociales tratando de reivindicar el EZLN del subcomandante Marcos y a los desobedientes italianos como herencias del 15-M. Fuentes de inspiración “necesarias”, aseguraba Iglesias, para afrontar los nuevos desafíos políticos. Asimismo, contribuiría con el artículo 'Repeat Lenin: del 68 a los movimientos globales' en la obra colectiva 'Recuperando la radicalidad'. Un encuentro en torno al análisis político crítico. En el texto, Pablo Iglesias partía de las enseñanzas de Slavoj Zizek para reivindicar la reflexión leninista y defender como principal legado del mayo del 68 “el haber puesto en cuestión las estrategias históricas de los movimientos antisistémicos centradas en el Estado, en tanto que instrumento para la transformación social, depositario del poder soberano”. Nada más lejos de las pretensiones de Podemos, solo tres años después, que por el contrario sigue entendiendo el Estado como institución fundamental hacia la que enfocar su estrategia política.

placeholder Los discursos en público eran comunes durante las movilizaciones de mayo de 2011. (Getty: David Ramos)
Los discursos en público eran comunes durante las movilizaciones de mayo de 2011. (Getty: David Ramos)

La hipótesis Podemos fue despejándose, a lo que no sólo contribuyeron los resultados del 20N, sino también la persistencia de la crisis, las muestras de debilidad del PP muy afectado por la corrupción, y, al surgimiento, ahora sí, de líderes reconocidos por el 15-M. En un primer momento, los ojos se centraron en el caso extraordinario de Ada Colau, en la que el grupo promotor de Podemos en la Complutense llegó a pensar seriamente como la más adecuada para colocar al frente de su proyecto. Aquello quedó pronto en nada. El empuje mediático de Pablo Iglesias les hizo cambiar de opinión.

Las oportunidades florecían y el “no nos representan” se tradujo más bien en la necesidad de un relevo generacional, en la deslegitimación de las instituciones construidas "por sus padres" y de los actores que operaban en ellas. El propio rey Juan Carlos señaló que uno de los motivos para ceder la corona a su hijo era que merecía la pena “pasar a la primera línea una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación reformas que la coyuntura actual está demandando y afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana”. Palabras que, dado que se produjeron poco después de los sorprendentes resultados electorales de Podemos en las elecciones europeas, Pablo Iglesias se encargó de repetir para justificar su atrevida incursión en la política institucional.

Era el momento de poner sobre la mesa todo el corpus teórico de La Promotora, la asociación universitaria en la Complutense de varios de los fundadores de Podemos, que cuestionaba el “régimen del 78” y pasar a una fase más ofensiva en el ámbito institucional. Tirar abajo la puerta de una Transición “cerrada en falso” para ayudar a instaurar una nueva hegemonía. Uno de los principales fines con los que nació Podemos. Y una de las principales razones por las que en el décimo aniversario del 15-M se puede concluir el cierre de un ciclo.

placeholder El movimiento de los indignados en Sol, el 19 de mayo de 2011. (Getty: Jasper Juinen)
El movimiento de los indignados en Sol, el 19 de mayo de 2011. (Getty: Jasper Juinen)

“Sea como fuere, el régimen del 78 con su Rey, sus Pactos de la Moncloa, su bipartidismo, sus bases de la OTAN (aunque tras adaptar el discurso a la “centralidad”, Podemos se ha desmarcado de las protestas contra las bases de Rota “porque crean empleo”), su innegable consenso entre una buena parte de la población española está hoy en crisis. De hecho, el surgimiento de nuestra fuerza política, Podemos, solo puede entenderse en este contexto”, argumentaba Pablo Iglesias. La revisión académica del papel jugado por los actores políticos de la Transición se había puesto en marcha, por tanto, ya unos años antes en la Universidad Complutense, mediante la retahíla de seminarios, conferencias, ensayos e investigaciones anteriormente citadas. Con la irrupción de Podemos, sin embargo, se entendió que era el momento de que todo aquel trabajo académico saliese de los muros universitarios para llegar a la opinión pública. “Toca devolver la palabra al pueblo y abrir un proceso constituyente para construir el futuro de nuestro país”, afirmó el líder de la formación en su discurso durante la noche electoral de las europeas.

A medida que la Gran Recesión iba arrancando hojas al calendario y tomaba tintes de crisis institucional, con una fuerte falta de legitimación, los nuevos movimientos sociales, sobre todo los que mutaron del 15-M en 25-S (nombre que tomó la multitudinaria y polémica manifestación "rodea el Congreso" del 25 de septiembre de 2012) comenzaron a enmarcar este contexto como una “crisis de régimen”. Un concepto al que se aferraron los ideólogos de Podemos, grandes contribuidores a la desmitificación de este periodo histórico, para demandar un papel protagonista en la apertura de un hipotético proceso constituyente. “Esta idea de la crisis de régimen como cáncer terminal del sistema político surgido de la Transición no es, ni mucho menos, un planteamiento voluntarista propio de jóvenes que queremos ajustar cuentas con la veneración de la Transición española por parte de buena parte de las fuerzas políticas españolas”, según trataba de aclarar Iglesias.

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Primer aniversario del 15-M en Madrid. (Getty: Pablo Blázquez Domínguez)

Ahora que Los Verdes en Alemania vuelven a estar de moda, como referente político en España de Más País, el proyecto de Íñigo Errejón que pretende escalar a nivel estatal con el impulso del 4-M, no estaría de más revisar su pasado. Quizá como analogía o preludio del devenir del “espacio del cambio” o de las fuerzas a la izquierda del PSOE. En la década de los ochenta, Los Verdes acabaron divorciándose de sus bases por preservar la eficacia al precio de sacrificar su participación interna. Todo ello después de haber cosechado unos magníficos resultados electorales gracias a un contexto, como ocurrió tras el 15-M, marcado por la deslegitimación de la clase política y las instituciones, la resaca de la crisis económica de los años setenta y los fuertes niveles de movilización callejera.

La tensión entre la pata movimentística y la orgánica -es decir, el partido en las instituciones-, acabó por romperse en favor de la segunda, burocratizada y resistente a permitir un control desde abajo, en nombre del oportunismo y de la efectividad que garantiza la centralización. Del rupturismo al pragmatismo. De proponer un “cambio de régimen”, a integrarlo como muleta del PSOE. De los 69 escaños, el sorpasso y el objetivo de abrir una segunda transición, a los 35 diputados y gobernar como socios minoritarios del PSOE.

Cuarta ola en forma de contra ola

El exdiputado de Podemos y profesor universitario especializado en movimientos sociales, transiciones y teoría política, Raimundo Viejo, define la "fase baja" actual como "la fase en la que, ante la crisis de la movilización empieza a cobrar fuerza el contramovimiento (no puede ser de otro modo, tal como sabemos desde los estudios de la acción colectiva)". Primero se expresaría, según continúa, "con el auge de un clima de opinión reactivo, muy marcado por los liderazgos comunicativos de la derecha mediática, pero también por los efectos de la readaptación de las redes a la lógica algorítmica que por fin ha metabolizado la sorpresa de la ola global de movilizaciones, como la Primavera Árabe, Generaçao à Rasca, 15-M, Occupy Wall Street o Yo soy 132".

En primera persona, el también activista, añade con tono académico en una respuesta a través de Telegram que esta fase "se ve además reforzada por el agotamiento de los proyectos que habían operado como un exterior constitutivo de nuestras hipótesis (Syriza en Grecia, la América Latina de Lula, Chaves, Evo, etc.) y, sobre todo, despega con Trump y las intervenciones de Bannon en Europa".

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Manifestación por el quinto aniversario del 15-M. (Getty: Marcos del Mazo)

Tras el estallido de las movilizaciones contra el estado de alarma por la pandemia, las protestas de los apodados como "cayetanos", comenzó a visualizarse una suerte de 15-M invertido. Una canalización del descontento y la desafección con una características opuestas a las del movimiento 15-M, más nihilistas, individualistas, en busca de liderazgos fuertes, pero con un caldo de cultivo similar, como la crisis económica y la creciente falta de expectativas.

Si para Espinar "el ciclo del 15-M se cierra con el gobierno de coalición”, con el epílogo en la dimisión de Iglesias, apunta que en la reacción, "la última parte, es Vox". "Un refugio electoral de una energía del 'que se vayan todos', aunque no parece tener la fuerza del 15-M, porque Podemos le deja ese carril vacío con la conversión de partido 'outsider' a partido de gobierno y de orden. Quien ocupa ese espacio en términos de discurso de impugnación va a ser la extrema derecha". Se cierra el ciclo del 15-M y con ello, concluye Espinar, se acaba también "la anomalía española de que era de los pocos países sin una extrema derecha fuerte".

El director general de Public, Abelardo Bethencourt, quien ha trabajado en numerosas campañas electorales y ha sido jefe de gabinete del Secretario de Estado, director del gabinete del presidente del Gobierno y secretario del Consejo de Seguridad Nacional en la etapa de Mariano Rajoy, lo explicaba así: "Se han dado cuenta de que viene una crisis económica terrible y lo que quieren es convertirse en el partido de 'los de abajo'. Se están 'podemizando', replicando la misma actitud que Podemos en 2014 con la crisis anterior". Hacía referencia a unas manifestaciones de Espinosa de los Monteros negando que en España haya partidos de derechas. "Eso recuerda al lema de que no somos de izquierdas ni de derechas, sino que somos los de abajo. Quieren recuperar el eje de los de arriba contra los de abajo". En palabras de los dirigentes de Vox, "una alternativa patriótica y social" al "socialcomunismo" de Sánchez e Iglesias.

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Protesta del movimiento en Madrid, en agosto de 2011. (Reuters: Sergio Pérez)

Además de los cambios que empezaban a percibirse a nivel discursivo, Bethencourt ponía el foco en el marketing digital del partido, concretamente en la campaña 'seguimos indignados', coincidiendo con el noveno aniversario del 15-M. "En ella habla gente que participó en el 15-M y que votó a Podemos, pero que ahora se reconocen defraudados. El mensaje es que el único partido que ahora puede recoger el malestar contra el sistema es Vox", relataba este analista político en las páginas de este diario.

El cierre de ciclo del 15-M tiene tintes de gran decepción para sus protagonistas y las amplias capas de la sociedad que respaldaron sus revindicaciones. Deja también aprendizajes, introducción de demandas en el debate público y la agenda política y avisos ante la tentación de los gobernantes de cometer excesos. "A una década vista, está claro que hemos vivido mucho, aprendido un montón de lecciones", reconoce Viejo, que quizá sea de los pocos optimistas. "La siguiente ola de movilizaciones, considerada en base al progreso histórico de las dos siguientes, apunta ya a que será un desbordamiento más potente aún", augura. La célebre reflexión de Albert Camus, en cambio, apunta en otra dirección con una visión más cíclica y descarnada: "Fue en España donde mi generación aprendió que se puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma y que a veces el coraje no obtiene recompensa".

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