la agenda política de la pandemia

100 días de Gobierno: del progreso a la reconstrucción

El primer Ejecutivo de coalición de la historia constitucional y el primero de partidos de izquierdas desde la República se ve obligado a abandonar su agenda para afrontar la crisis

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), y el vicepresidente segundo, Pablo Iglesias (d), durante el último pleno del Congreso. (EFE/Mariscal)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), y el vicepresidente segundo, Pablo Iglesias (d), durante el último pleno del Congreso. (EFE/Mariscal)

Ni la fortuna ha respetado los 100 cien días de periodo de gracia del Gobierno de Pedro Sánchez. El próximo miércoles 22 de abril se cumplirán los 100 días desde su toma de posesión y ya parecen 100 años por todo lo que ha ocurrido en este tiempo y por los diferentes escenarios en los que ha tenido que gestionar en ese breve espacio temporal.

Del Gobierno de progreso hasta el de la reconstrucción en solo 100 días, porque se le ha cruzado una pandemia mundial con un insólito estado de alarma y, sobre todo, con más de 20.000 muertos. Un relato político en continuo proceso de rediseño.

Es el primer Gobierno de varios partidos de izquierdas desde la Segunda República y la Guerra Civil, una esperanza para una parte importante de la población, según el resultado de las últimas elecciones generales. Y el primero de coalición de la historia constitucional española, una experiencia única cuyo balance final quedará definitivamente lastrado por la catástrofe mundial, especialmente devastadora en España.

Ha normalizado la polifonía del Gobierno convirtiendo en rutina la noticia de las disensiones y aprovechándolo comunicativamente

"La política es como el jazz, si cometes un error en una nota, insiste, sigue tocando esa nota y se convertirá en una obra maestra y todo el mundo lo aplaudirá", asegura el protagonista de 'Baron Noir', una serie de HBO sobre enredos políticos en Francia, que tuvo éxito en la Moncloa, antes del virus.

Sánchez tocó la nota del doble Gobierno, con peleas internas que trascienden abiertamente, y ha persistido hasta convertirlo en un valor, el de la pluralidad y el debate enriquecedor, según su versión. El Gobierno de coalición es Gobierno y oposición, todo al mismo tiempo. Eso acota también el espacio de una oposición incómoda que no encuentra su lugar.

Ha normalizado la polifonía del Gobierno, haciendo de la necesidad virtud, convirtiendo en rutina la noticia de las disensiones y aprovechándolo comunicativamente. Aunque eso a veces tape la trascendencia de las medidas que se aprueben y desgaste a miembros del Gobierno en la explicación de las dudas y rectificaciones entre ellos.

Eso ocurrió desde el principio, en tiempos de normalidad, y se reproduce ahora cuando, en referencia a las series, el presidente del Gobierno se ha visto obligado a ver 'Pandemia', una docuserie de Netflix, que explica la batalla mundial en la búsqueda a contrarreloj de una vacuna para un virus y cuyo contenido impactó a Sánchez.

El dichoso relato, que tanto preocupa a su entorno y condiciona su estrategia, ha cambiado por completo porque el inicial ha volado por los aires. Pero sí se mantiene la pugna entre el relato que pretende Unidas Podemos, el de los ministros del PSOE y el del conjunto del Gobierno. Solo a veces es coincidente y esa pugna por el manido relato estuvo en el anteproyecto de ley de libertad sexual y ahora en las medidas contra los efectos del coronavirus, al identificar a unos como los impulsores del escudo social frente, por ejemplo, a Nadia Calviño como la resistente ortodoxa de las cuentas y el Ibex. La melodía sigue sonando a jazz.

Al partido de Iglesias le va bien el relato de ser quien tira del PSOE para aprobar la subida del salario mínimo interprofesional y acelerar la renta mínima. La idea es hacer buena otra sentencia del protagonista de 'Baron Noir': "Los socialistas todo lo ven radical, es su seña de identidad". Y el PSOE aspiraba a rentabilizar esa solidez y experiencia en el largo plazo, para opacar a Unidas Podemos con el balance final de legislatura. Uno corre carrera de velocidad y otro quería que fuera de fondo o una maratón.

A Unidas Podemos le quedan los anuncios y se anticipa siempre para hacerlo, lo que asombra a miembros del Gobierno que, desde el principio, calificaron a Iglesias de "vicepresidente de estrategia política" por las reflexiones en los Consejos de Ministros sobre la forma de comunicar cada decisión y la oportunidad de hacerlo. Ya dijo Iglesias al inicio que ellos ponían el empuje y el PSOE la experiencia, lo que se traduce en que ellos aceleran, aunque sea con dudas técnicas sobre la medida, y el "sector socialista" ralentiza para darle coherencia y peso técnico. Y Sánchez parece sentirse cómodo tocando la nota de árbitro entre los dos gobiernos que preside, con la oposición dentro de su Gabinete.

Aunque en un Consejo de Ministros se discutiera duramente sobre la declaración de alarma, previa oposición a cancelar los vuelos con Italia, o que un miembro del Gobierno calificara en una de esas reuniones de "histéricos" a los italianos. O que en la Comisión Delegada para Asuntos Económicos el debate suba de tono.

La agenda inicial ha volado por los aires. Del acuerdo por un Gobierno progresista que Sánchez y Pablo Iglesias firmaron en diciembre apenas queda el recuerdo nostálgico. Basta dar un recorrido rápido por las medidas que contenía para ver lo desfasado que ha quedado en poco más de 100 días. Por ejemplo, el primer gran epígrafe hablaba de "Consolidar el crecimiento y la creación de empleo de calidad" e incluía medidas de gasto (moderado en comparación con el actual) para subir las pensiones, las becas o las ayudas a la dependencia, entre otras. Ahora se trata de "reconstrucción" en unos Presupuestos de emergencia para 2021 y en el Gobierno se habla abiertamente de la posibilidad de un rescate de la UE, incluso, con condiciones muy duras.

La renta mínima estaba en aquel acuerdo como "Ingreso Mínimo Vital como prestación de Seguridad Social" y explicaba: "Comenzaremos en un primer momento por el aumento decidido de la prestación por hijo/a a cargo para familias vulnerables, y posteriormente mediante un mecanismo general de garantía de renta para familias sin ingresos o con ingresos bajos". Ahora se replantea y acelera por la urgencia de la depresión económica.

Es un Gobierno con un diseño y un programa para acabar de salir de una crisis, pero dentro de una normas europeas que ya no existen. No parece estar diseñado para el duro sacrificio que viene, una vez que se contengan con gasto los efectos del parón económico. Y menos mal que se aprobó al inicio la subida del salario mínimo, porque ahora ya sería imposible. Cuesta recordar que el Gobierno estaba preocupado con que las protestas del campo acabaran en una especie de "chalecos amarillos" a la española.

Otras propuestas ideológicas, como la eutanasia sobre el que ya se celebró un debate inicial que descolocó a la derecha, quedan aparcadas. O la memoria histórica. Resulta sarcástico que una de las propuestas estrella del Gobierno de coalición, esperada por su electorado desde hace años, fuera la reforma o la derogación de la ley de seguridad ciudadana o ley mordaza y ahora es la norma que se aplica en algunos casos para hacer efectivo el confinamiento.

En breve tendrá que decidir el Gobierno si retoma en el Congreso la tramitación de esas normas, porque ahora sí corren los plazos y entran en periodos de enmiendas proyectos de ley e iniciativas ajenas a la crisis del coronavirus y que, en su mayoría, se presentaron antes de la alarma. Un caso claro es el de la reforma de la educación que sólo dio su primer paso, en un escenario completamente distinto.

De los tiempos felices de la reunión del 8 de febrero en Quintos de Mora, con los ministros vestidos de fin de semana, no queda nada. "Iniciamos la reunión en Quintos de Mora con todos los ministros y ministras para abordar las grandes transformaciones que España necesita, la estabilidad presupuestaria y la agenda legislativa. Un #GobiernoProgresista proactivo y ejecutivo al servicio de la ciudadanía", decía Sánchez al final del vídeo publicitario de aquel encuentro, que ahora parece de otra legislatura. Ni estabilidad presupuestaria, ni agenda legislativa, solo dos meses después.

Antes de la pandemia, el Gobierno estaba también con la mesa de diálogo con Cataluña y ahora será la mesa de la reconstrucción, si es que sigue adelante la próxima semana.

Sánchez había iniciado su estrategia más atrevida y arriesgada de la legislatura: poner fin al proceso independentista por la vía del diálogo, bajo la premisa de que la otra vía, la judicial y del enfrentamiento, no es viable porque hay casi dos millones de votantes independentistas en Cataluña.

La vía pasaba por unas elecciones catalanas en las que pudiera ser ERC el partido más votado y buscar un acuerdo, una vez aislado Carles Puigdemont en Waterloo. El presidente aceptó "desescalar" el conflicto haciendo caso omiso a declaraciones independentistas y ahora "se desescala" la curva de infectados y fallecidos del Covid-19 y se disipa la opción de las elecciones catalanas anticipadas que anunció Joaquim Torra. ¿Dónde quedaron los indultos y las reformas legales sobre el delito de sedición y rebelión?

Y el enfrentamiento con las comunidades es ahora a cuenta de la gestión de la pandemia y el ejercicio de las competencias de sanidad.

En esos 100 días largos y extraños ha desaparecido lógicamente la convocatoria de elecciones en Galicia y País Vasco que ocupaba a los partidos y condicionaba su estrategia, por ejemplo, para unir a PP y Ciudadanos en Euskadi. Y ha distorsionado también a la oposición, donde Vox sigue en el extremo, Ciudadanos ha pasado de ir en una lista con el PP en Euskadi a ofrecerse para un pacto con Sánchez y el GPS del PP recalcula su ruta en busca de reagrupar al centroderecha, como condición previa imprescindible para volver a ganar alguna vez unas elecciones generales.

Salvo Vox, que siempre ha tenido claro su juego sin complejos, el resto de la oposición buscaba su lugar. Sí coincidieron en no dar ni un minuto de respiro al Gobierno de coalición, incluso antes de nacer. "No nos van a atacar por lo que hagamos, nos van a atacar por lo que somos", dijo Iglesias en el debate de investidura el 7 de enero. Luego, la suerte (la mala) ha sumado fuerzas contra el Gobierno de coalición.

Antes del virus estaba claro que los partidos a cortejar desde la Moncloa eran PNV y ERC, los pilares de la investidura, con quienes se iba a negociar los Presupuestos de 2021 y ahora eso también ha cambiado. Se buscan nuevos costaleros para la proclamada nueva etapa política. "En España, debemos abrir paso a una nueva manera de entender la política", dijo la Moncloa el jueves en un premonitorio comunicado sobre el inicio de las conversaciones para el hipotético Acuerdo para la Reconstrucción.

Ese intento de acuerdo, a falta de ver si es sincero o solo un "artefacto comunicativo" para "crear un marco" favorable, ya supone en sí mismo una rectificación por parte de Sánchez, con un camino quebrado desde enero. Primero dialogó solo con los citados aliados, luego gestionó la crisis en solitario sin siquiera consultar previamente a quienes debían convalidar sus decreto y ahora, aparentemente, busca un pacto amplio. No es momento para emboscadas y regates, pero por ahora Sánchez logra con su propuesta de pacto situar en posición incómoda a Casado.

El Gobierno y el PSOE se quejan siempre de la actitud del PP, a veces con fundamento, pero lo cierto es que en los decretos trascendentes de alarma han tenido hasta ahora el voto a ciegas del partido de Pablo Casado.

Los 100 días han servido también para medir la credibilidad de Sánchez y el depósito de reserva que le queda. Desde el "no podría dormir" de agosto de 2019, al acuerdo de Gobierno con Iglesias, hasta llegar a las largas ruedas de prensa en la Moncloa, en busca de la empatía con versos de poeta persa y con el marco (otra vez el marco) y el relato (otra vez el relato) de la guerra que se libra contra el virus y énfasis en las metáforas bélicas, en busca del apoyo al comandante en jefe de las tropas que luchan contra el invasor. Aunque este sábado ha vuelto a cambiar y ya no ha hablado de la guerra, al menos con tanta reiteración como la semana anterior.

A día de hoy, según la encuesta diaria de Metroscopia, el pico de evolución de la pandemia coincidió con el pico de mayor rechazo a la gestión del Gobierno y de Sánchez a principios de abril y ahora remonta. "El 55% de los españoles aprueba la gestión del Gobierno: es el porcentaje más alto desde el inicio de la crisis sanitaria. El Ejecutivo logra, de esta forma, revertir el negativo saldo evaluativo —la diferencia entre quienes aprueban y desaprueban su gestión— que mantenía desde finales del mes de marzo. Este balance vuelve a los números negros: +17 puntos (55% aprueba; 38% desaprueba)", asegura ese estudio del 14 de abril.

Añade Metroscopia que la idea de pacto tiene buena reputación entre los españoles, aunque haya matices sobre la forma en la que Sánchez aborda el arranque de las conversaciones. También para los tratados de técnicas de negociación es fundamental la confianza previa.

Sin horizonte electoral a la vista es inútil hacer cálculos de voto, pero en el Gobierno preocupa el momento en que se junten las inasumibles cifras de muertos; datos como el de parados; familias a las que se les notifican cierres de sus empresas, ERTE y rebajas de sueldo y el dolor de familiares de víctimas, todo ello aumentado por las terribles circunstancias en las que se producen las muertes. Y, posteriormente, las medidas de ajuste económico y el supuesto rescate desde Europa.

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