Driss, uno más en la familia Fernández Calvo

"Metimos a un mena en casa y ahora hay otros 15 acogidos en El Puerto"

El joven Driss llegó en patera a las costas andaluzas y a punto estuvo de acabar durmiendo en la calle, pero entonces aparecieron ellos para abrirle las puertas de su hogar

Foto: Driss, con toda la familia Fernández Calvo. (Fernando Ruso)
Driss, con toda la familia Fernández Calvo. (Fernando Ruso)

Y en mitad del Estrecho, después de haber perdido de vista la costa de Tánger, Driss se echó a dormir.

Serían las cinco de la madrugada cuando el sueño le venció. A oscuras y mecida por el oleaje, la patera en la que viajaba junto a otros cuarenta africanos siguió avanzando sin que tampoco se viese, ni de lejos, rastro alguno de Europa en el horizonte. Llevaba meses esperando su barco, malviviendo por Tánger, a unos 200 kilómetros de su Kenitra natal. Así que creyó que ya en alta mar, lejos de Marruecos, podía entregarse al descanso

Driss siguió durmiendo. Ni siquiera las voces y llantos de sus iguales lo despertaron. Tampoco el miedo. “El Corán dice que nada se debe temer cuando Alá está de tu parte”, repetía antes de quedar exhausto. Su fe se mantuvo férrea incluso cuando el agua empezó a inundar la precaria embarcación, ya de día y después de cuatro horas movido por las cada vez más altas olas.

Los niños lloraban, las mujeres lloraban, los mayores también lloraban, pero Driss permaneció impasible, adormilado por el cansancio, y convencido de que su Dios lo llevaría a puerto seguro. Así fue, cuando todo pareció perdido, apareció Salvamento Marítimo; y, con ellos, España.

La primera vez que Isabel y Driss se vieron él estaba a punto de caer en las fauces de la vida en la calle. Ella y su marido, Juan, entraban en una reunión con otras familias para tratar de hacer algo con una patera que acaba de llegar a El Puerto de Santa María, Cádiz, repleta de inmigrantes. Verlos deambular por las calles, sintiéndolos tan cerca, los conmovió. Fuera, en la puerta, estaba Driss. Nadie sabe cómo llegó a allí.

Driss, con su padre de acogida. (Fernando Ruso)
Driss, con su padre de acogida. (Fernando Ruso)

“Pensábamos que debíamos darle voz al problema, hablar por ellos con las autoridades, sensibilizar a los jóvenes con los que trabajamos en el instituto —ambos son profesores de secundaria—, pero ni por asomo pensamos que íbamos a acoger a alguno de ellos en nuestra propia casa”, recuerda Juan, de 58 años, médico de formación, maestro de profesión y padre de dos chicos de 15 y 17 años.

De la calle a un hogar

En la reunión surgió el nombre de Driss. Nadie sabía qué hacer. Entonces Gregory, un belga que trabaja becado como auxiliar de conversación en un instituto de la zona, ofreció un cuarto libre que tenía en su piso. “Nos sorprendimos por su valentía; incluso llegamos a decirle que se lo pensara, lo preveníamos de que estaba a punto de hacer una locura. ¡No sabía nada de ese chico! Pero él nos tranquilizó diciéndonos que en su país era algo habitual y eso fue lo que se hizo”, recuerda Juan. “Su determinación nos dejó a cuadros y nosotros nos comprometimos en costear todos los gastos que Driss le acarrease”.

Pocos meses después, Driss vive con ellos. Primero, compartiendo dormitorio con Ignacio; luego, ocupando un antiguo cuarto de baño que la familia ha adaptado con unas obras para ganarle un nuevo cuarto a la casa.

“¿Cómo íbamos a dejar a Driss en la calle, si tiene la misma edad que nuestros hijos?”, se pregunta Isabel, de 51 años. “Porque era cuestión de días que acabase en la calle”, asegura.

Driss estuvo muy cerca de acabar durmiendo en la calle. (F. R.)
Driss estuvo muy cerca de acabar durmiendo en la calle. (F. R.)

El primer día que Driss pisó suelo español, sintió haber cumplido un sueño. Tres de sus amigos ya habían conseguido el objetivo antes que él. Cuando volvían a Marruecos, le contaban cómo era la vida en Europa. El entusiasta relato de los jóvenes hizo que no se lo pensara dos veces cuando un primo lejano le propuso cruzar el Estrecho. Él trabajaría a cambio del dinero que piden las mafias. “Un millón de dírhams”, asegura. Unos 90.000 euros. Una cifra a todas luces inverosímil, pero que Driss detalla convencido.

Driss nunca fue un buen estudiante. En Marruecos cursaba el equivalente a segundo de la ESO. A veces aprobaba, otras no. De no haberse enrolado en el sueño europeo, habría acabado en el campo, trabajando de agricultor, o en el mar, de marinero en alguno de los barcos pesqueros que faenan en la costa de Kenitra.

56.145 llegadas, récord histórico en 2018

En su familia, la marroquí, comen de lo que gana el hermano mayor, de oficio policía. Ni el padre ni la madre trabajan y el escuálido sueldo apenas da para saciar las ocho bocas de los ocho hijos. Por eso Driss decidió irse, para librar a los suyos de una carga y para labrarse un porvenir en España. El día que hubo que marcharse, no se lo dijo a nadie. Era principios de julio de 2018.

Ese año se batió el récord histórico de entradas de inmigrantes por las costas del sur de España: 56.145 llegadas. De ese total, el 23% son marroquíes como Driss; le siguen otros africanos de Guinea Conakry, Mali, Costa de Marfil o Argelia. Solo el 9,9% son mujeres; el 13,9% son menores de edad. Según el dato de abril del Registro de Menores Extranjeros No Acompañados (mena) del Ministerio del Interior, en España hay en torno a 12.300 menores tutelados. La mayoría, casi la mitad (5.183) están en Andalucía; le siguen Cataluña, con 1.938 menores; y Melilla, con 1.607.

Por la casa en la que vive Driss con los Fernández Calvo pasan frecuentemente amigos del marroquí. Chicos que, como él, también llegaron a España bajo la promesa de un futuro mejor, pero que estuvieron a punto de acabar en la calle o en alguno de los recursos de menores que los atienden. Entre ellos se ayudan, hacen las veces de traductores y hasta de peluqueros.

Kamal corta el pelo a varios jóvenes, también habla perfectamente el español. (F. Ruso)
Kamal corta el pelo a varios jóvenes, también habla perfectamente el español. (F. Ruso)

Kamal corta el pelo a varios jóvenes, también habla perfectamente el español con un característico acento andaluz de la zona del Campo de Gibraltar. Su forma de expresarse delata sus movimientos, primero pasó varios meses en La Línea de la Concepción, en un centro de menores —“eso fue chungo”—; después fue a parar a El Puerto de Santa María, a la casa de otros como los Fernández Calvo. Ahora vive en San Fernando, donde estudia un módulo de formación profesional.

España, "donde se cumplen los sueños"

“En España es donde se cumplen los sueños”, certifica Kamal, un bereber de Agadir, una ciudad costera del sur de Marruecos. Con 16 años entró a Ceuta, después pasó a la península en el vientre de una caravana después de burlar el control de la policía un domingo de mucha lluvia. Ya lo había intentado antes. “Al salir del camión siempre te encontrabas con un porrazo en la cabeza”, explica riéndose.

Ahora relata con la tranquilidad del que está a salvo lo bien que durmió la primera noche que volvió a una cama en una casa. Casi se emociona al recordarlo. Sus ojos se hacen gigantes, su pupila se humedece y apenas encuentra palabras con las que describir tal sensación de gozo.

“Es sorprendente la ola de solidaridad que se levantó cuando nosotros decidimos acoger a Driss”, explica Juan casi un año después de abrirle las puertas de su casa al joven marroquí. Su experiencia ha servido como “catalizadora” de otras muchas surgidas a su alrededor. Tanto que ya son 16 los menores acogidos por una red de familias en El Puerto de Santa María en diez casas. Ellos les brindan cama y comida, pero también formación, ayuda con la burocracia y, sobre todo, afecto. “Cuanto antes consigan su libertad, mejor”, apunta Isabel.

—Europa ve la inmigración como un gran desafío. Si hubiese más familias como la suya…

—[Isabel]. El problema de la inmigración no sería un problema, porque no lo es.

—[Juan]. Lo ideal sería que gubernamentalmente hubiese un plan serio de atención, pero ya que no lo hay, las acciones individuales son muy válidas.

—¿Creen que se puede abordar un problema colectivo desde acciones individuales?

"Ya que no hay un plan serio de atención, las acciones individuales son muy válidas"

—[Juan]. La sensación que nos ha dado es que es una multiplicación más que una suma de gestos individuales. El hecho de unirnos y compartir algunas inquietudes, el conformar una red nos ha ayudado muchísimo.

Más allá de las familias que han acogido en sus propios hogares a estos chicos, han surgido otras que suman su esfuerzo con aportaciones económicas o prestando su colaboración y experiencia profesional. Así han conseguido alquilar un piso para alojar a cuatro jóvenes. Lo han llamado ‘Piso Piloto’ porque esperan que sea el primero de muchos.

—¿Qué debe hacer una familia que quiera colaborar?

—[Isabel]. Pues ponerse en contacto con la red de acogida más cercana a sus hogares, porque siempre hay alguna. Solo basta entrar en Internet para detecta cuál es. Madrid, Algeciras, Jerez, El Puerto de Santa María, Sevilla, Málaga, Cádiz… Solo hace falta querer. Es una experiencia que te hace sentir útil. Basta ya de palabras. Al hacerlo, adquieres autoridad.

“Dicen que lo que hacemos es ilegal”

Aunque la respuesta ha sido abrumadoramente positiva, su experiencia no ha estado exenta de juicios de valor en contra de su acogida. “Nos han reprochado, en contadísimas ocasiones, que lo que hacemos es ilegal y que favorecemos a las mafias —apunta Juan—; y nos sentimos muy mal”. “A mí también me ha pasado, con antiguos compañeros de trabajo, y me quedé muy triste al escucharlos y descubrir su verdadera naturaleza”, añade Isabel.

Driss Bouziani, junto a Ignacio Fernández, de 17 años, a quien ya considera un hermano. (Fernando Ruso)
Driss Bouziani, junto a Ignacio Fernández, de 17 años, a quien ya considera un hermano. (Fernando Ruso)

—¿Se está intoxicando mucho desde la política como para que la gente acepte un discurso de odio?

—[Isabel]. No, la mayoría de la gente es buena. Los españoles somos gente solidaria, ante cualquier situación de necesidad estamos dispuestos a ayudar.

—Hay un discurso, que ha tomado auge desde el crecimiento de la ultraderecha en este país que invita, con sorna, a que quienes quieran ayudar a los inmigrantes les abran las puertas de sus hogares. “Si tanto quieren a los inmigrantes que los metan en sus casas”, dicen. Ustedes han hecho precisamente eso. ¿Cómo se sienten con estas afirmaciones?

—[Juan]. A mí me ha ocurrido, gente cercana a Vox me ha expuesto ese discurso. Yo les respondo que yo ya lo he hecho, no me ha pasado nada, y los invito a que ellos hagan lo mismo. Porque pueden hacerlo.

—[Isabel]. Creo que, con independencia de las creencias políticas, cuando conoces a una persona y ves que está en la calle… la respuesta debería estar por encima de ideas políticas. No se debería jugar con eso.

La primera vez que Isabel habló, vía videollamada de WhatsApp, con la madre de Driss, ambas enmudecieron. Emocionadas, se fueron entendiendo por gestos. La marroquí agradecía a la española el trato que le brindaba a su hijo. “No encontraba palabras ni en árabe”, recuerda. “Aunque de madre a madre tampoco hacen falta, porque nos entendemos con solo mirarnos ¿Qué iba a decirme? Pues lo mismo que yo le diré a la madre que acoja a mi hijo cuando se vaya al extranjero a estudiar”, resuelve Isabel.

—¿Qué ha cambiado en casa desde que está Driss?

—[Isabel]. Estamos mucho más contentos, más felices.

—Personalmente, ¿cómo os ha cambiado?

>—[Juan]. Nos ha abierto la mente, somos un poco mejores. No somos héroes ni nada por el estilo.

Ignacio, Esteban y Driss hablan de todo un poco en uno de sus dormitorios. Un año después de la acogida mantienen conversaciones fluidas, pero los primeros días se comunicaban con miradas. A los padres les sorprendió la complicidad que había entre ellos en momentos en los que no hace falta hablar, mientras cocinaban o cuando jugaban al fútbol. También les impactó gratamente la respuesta de sus hijos cuando entre todos decidieron incluir a Driss en sus vidas.

“Driss forma parte de mi familia”

Ignacio puso su habitación. Esteban fue más bromista: “Pero si ya tenemos a la abuela como refugiada, cómo vamos a acoger a otro”. Ahora ambos aprenden palabrotas en árabe entre risas.

En el instituto, Esteban responde a aquellos compañeros de pupitre intrigados por el hecho de que comparta vida con Driss. “Me preguntan cosas estúpidas, como por el color de su piel, por las cosas que hace, que si tiene algo raro, que por qué ha venido a España… como quien no ve a una persona bajo el nombre de inmigrante”, relata el menor de los Fernández Calvo.

—¿Te han dejado ver algunas reticencias?

—[Esteban]. Lo ven como algo solidario, pero no los veo dispuestos a acoger a alguien. Nadie me ha criticado y si lo han pensado no me lo han dicho. Me parecería una falta de respeto que insultaran a un familiar mío, y Driss es eso. Forma parte de mi familia.

¿Te imaginas la casa sin Driss?

—[Esteban]. Se quedaría vacía, quedaría su espacio y faltaría su presencia.

El primer regalo que Driss recibió de manos de los Fernández Calvo fue un Corán en árabe y en español. Muy creyentes y activos miembros de su parroquia, no son pocas las veces que Isabel y Juan invitan al joven musulmán a participar en cultos y demás eventos religiosos. Les gusta que otras familias tomen ejemplo y se sumen. “Animamos a otras familias a que abran sus puertas y acojan porque la experiencia es muy muy enriquecedora”, apunta la madre.

Siempre hay un vacío en nuestras vidas que se puede llenar con la persona que menos te lo esperas”, razona Ignacio a sus 17 años. “Dentro del desorden en el que vivimos —sigue—, puede que alguien nuevo nos aporte ese equilibrio y Driss ha llegado para llenar la mitad de mi cuarto, pero también me ha llenado a mí”.

—Ignacio, ¿te ha cambiado esta experiencia?

—Sí, me ha cambiado, mucho. Dentro de la palabra inmigrante tenía una sensación de lejanía. Cuando encuentro que ese inmigrante está en mi casa, que lo incluyo en mi familia, que me siento bien con él, la palabra adquiere otro significado.

—¿Y te da miedo de que algún día Driss se vaya?

Es como un pájaro que se ha caído del nido, lo cuidas, tratas de darle estabilidad y, una vez que vuela, te alegras porque ha conseguido la libertad.

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