cinco años desde su presentación en sociedad

Logros, fracasos y retos de Podemos en su quinto aniversario

Las turbulencias que han acompañado a Podemos durante sus cinco años de vida han ido asociadas a la creciente agitación de la política española durante este tiempo

Foto: Íñigo Errejón, Pablo Bustinduy, Pablo Iglesias, Irene Montero, Alberto Garzón y Rafa Mayoral, en la noche electoral del 26-J. (EFE)
Íñigo Errejón, Pablo Bustinduy, Pablo Iglesias, Irene Montero, Alberto Garzón y Rafa Mayoral, en la noche electoral del 26-J. (EFE)

El 17 de enero de 2014, un grupo de profesores universitarios, activistas sociales, representantes de las mareas ciudadanas y miembros de la extinta Izquierda Anticapitalista, liderados por "un tertuliano con coleta", presentaban en el Teatro del Barrio de Lavapiés un proyecto político denominado Podemos, al calor del por entonces ya en declive movimiento 15-M, que la izquierda clásica no había logrado capitalizar ni, mucho menos, representar. "Un método participativo abierto a toda la ciudadanía", "una herramienta" o "una iniciativa" fueron las definiciones que se realizaron desde el escenario evitando siempre el concepto 'partido'.

Sin apenas estructura ni medios, cinco meses después de su presentación en sociedad cosechaban 1.245.948 votos en las elecciones europeas y anticipaban el fin del sistema político bipartidista que había regido la política española durante más de tres décadas, con la vocación de traducir electoralmente el 15-M. Se iniciaba un acelerado viaje, con sus éxitos y fracasos, al que ahora afligen las incertezas ante su próxima parada: un nuevo ciclo electoral con cinco partidos estatales polarizados en dos bloques, marcado por la desmovilización del electorado progresista del que dieron cuenta los últimos comicios andaluces y las alertas internas sobre el "desencanto entre nuestra base social".

Las turbulencias que han acompañado a Podemos durante sus cinco años de vida han ido asociadas a la creciente agitación de la política española durante este tiempo. La irrupción paralela de Ciudadanos como la otra pata de la 'nueva política', la agudización del conflicto catalán, la caída y resurrección de Pedro Sánchez al frente del PSOE, el estallido de los casos de corrupción política en el seno del PP, la primera moción de censura en democracia que hacía caer a un presidente del Gobierno o el cambio en Andalucía después de 36 años de gobiernos socialistas ininterrumpidos. Sin embargo, la vida interna de Podemos, predestinada a dirimir sus cuitas en público, ha competido célebremente en la agenda política, siendo su principal hito Vistalegre II.

Tres meses después de irrumpir en el Congreso con un grupo parlamentario de 69 diputados y un 21% de los votos, la dirección se abría en dos

Tres meses después de irrumpir en el Congreso con un grupo parlamentario de 69 diputados y un 21% de los votos, tras las fallidas elecciones generales de 2015, la dirección se abría en dos: pablistas y errejonistas. El conflicto interno con epicentro en Madrid echaba tierra sobre años de amistad, militancias compartidas —desde el 'No a la guerra' hasta 'La tuerka', pasando por la fundación CEPS o el Movimiento de Resistencia Global— e inquietudes académicas que, precisamente, habían hecho surgir proyectos políticos que tiempo después sentaron las bases de Podemos.

Del núcleo fundador, el G5 de Podemos formado por Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Carolina Bescansa, Luis Alegre e Íñigo Errejón, apenas queda rastro en los órganos de decisión de la formación, por motivos dispares. Tampoco en las listas electorales ratificadas en las primarias para las próximas elecciones generales.

Las disputas ideológicas fueron indefectiblemente de la mano de las disputas por el poder, principalmente cuando se tuvieron que tomar decisiones de peso. La primera y principal fue el sentido del voto de Podemos en la sesión de investidura de Pedro Sánchez en 2015 tras su pacto con Albert Rivera. Errejón apostaba por facilitar este Gobierno mediante una abstención, mientras que Iglesias defendía votar en contra de un "presidente socialista con el programa económico de Ciudadanos", alentado por los cantos de sirena del sorpaso, aunque ello supusiese forzar nuevas elecciones.

Con el tiempo, Iglesias ha asumido errores en la gestión de aquellas negociaciones de investidura, pero no en el resultado, pues entiende que sin haber rechazado el Ejecutivo apoyado por Ciudadanos no se hubiese llegado a "arrastrar" en la actualidad al PSOE hacia posiciones más estrictamente socialdemócratas como las plasmadas en su acuerdo presupuestario. En referencia a la rueda de prensa en la que exige a Sánchez ser su vicepresidente para votar a favor de su investidura, Iglesias recuerda en su reciente libro de conversaciones con el periodista Enric Juliana, titulado 'Nudo España' (Arpa), que "el partido socialista estaba haciendo creer a todos los periodistas que había acordado que nos abstuviéramos para apoyar un Gobierno suyo con Ciudadanos. En una muestra de nuestra falta de experiencia, respondimos dejando claro delante de todos los periodistas que queríamos negociar un Gobierno con ellos. En aquel momento, aquello funcionó. El problema es el relato que se empieza a construir después y que, pasado el tiempo, resulta muy difícil combatir".

Las diferencias se saldaron a través de una consulta interna a los inscritos, que se inclinaron por no votar la investidura de Sánchez, y que acabó por romper cualquier posibilidad de reconciliación entre los dos grandes sectores del partido. La alianza electoral con Izquierda Unida, también rechazada por el errejonismo y ratificada por las bases, hizo el resto junto al desarrollo de la campaña electoral y otras líneas estratégicas. Luego vendrían las dimisiones en bloque de órganos para forzar convocatorias de primarias internas y conflictos cada vez más airados que fueron escalando hasta desembocar en la batalla por el todo o nada de la segunda asamblea ciudadana, Vistalegre II.

El próximo Gobierno va a ser de coalición, sea de nosotros con el PSOE o de Ciudadanos con el Partido Popular

El rupturismo de Iglesias y el posibilismo de Errejón, que se habían dado la mano en el congreso fundacional de Vistalegre, comenzaron a transitar por carriles opuestos. Atrás quedaba el giro ideológico de Pablo Iglesias hacia el pragmatismo, que no se hubiese producido sin la influencia que Errejón ejerció sobre él. Una cuestión que provocó la primera crisis interna dentro del sector oficialista del partido, cerrada unas semanas después con la dimisión de Juan Carlos Monedero.


Paradójicamente, la reconquista de Pedro Sánchez de la secretaría general del PSOE, con unas renovadas tesis que supusieron la orden de levantar el cordón sanitario frente a Podemos, llevó a que la formación morada, ya plenamente controlada por Pablo Iglesias tras el congreso, se acercase a los socialistas como siempre había reclamado Errejón. Las alusiones a la "cal viva" y al PSOE de Felipe González y Susana Díaz quedaban atrás para, tras la moción de censura, convertirse en el socio prioritario del Gobierno socialista en esta legislatura y sentar las bases para un hipotético cogobierno progresista en la próxima. Se iniciaba el giro reformista y pragmático, como el que había reclamado Errejón pero en otro contexto.

Si la irrupción de Podemos en el tablero político español supuso el fin del bipartidismo, su mayoría de edad como socios preferentes del Gobierno de Pedro Sánchez, en un contexto sin mayorías absolutas, trae consigo una reflexión difícil de digerir para ciertos sectores a la izquierda del PSOE: las necesarias coaliciones con los socialistas. "El próximo Gobierno va a ser de coalición, sea de nosotros con el PSOE o de Ciudadanos con el Partido Popular", reconocía Iglesias en el libro antes mencionado.

Sánchez sería consciente de ello, según reitera Iglesias, aunque advierte de que no todos en su partido lo asumen y, menos todavía, ciertos poderes fácticos "nostálgicos" del bipartidismo. En este contexto, Podemos tiene claro que su camino transita por la configuración de pactos electorales, siguiendo el modelo portugués, que no el griego. Para ello, el principal reto del partido pasa por combatir la desmovilización, lo que en un análisis interno tras el 2-D se describía como un distanciamiento entre la formación y la sociedad civil organizada que habría dado lugar "a círculos en la mayoría de los casos convertidos en núcleos de militantes/simpatizantes pequeños", y enfrentarse a la colaboración virtuosa en el bloque de la derecha, apuntalado con el pacto andaluz entre PP, Cs y Vox.

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