Sobre unicornios (Cabify), dragones (Stratio) y el 'padrino' de Melendi en el Ibex 35
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Sobre unicornios (Cabify), dragones (Stratio) y el 'padrino' de Melendi en el Ibex 35

El mundo del dinero encierra claves de poder y de intereses que explican el sentido de muchas operaciones, movimientos y desenlaces. Ibex Insider ofrece pistas para entender a sus protagonistas

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Siempre hay ejemplos que inciden en la importancia del tamaño para medir el éxito empresarial de un proyecto, como presumía hasta hace una semana WeWork. Más aún si además ocurre en un periodo corto de tiempo, como suele atribuirse a casos de firmas con base disruptiva. Con los referentes de Facebook, Amazon o Google presentes, cualquier emprendedor tecnológico aspira a debutar en bolsa a lomos de su unicornio (más de 2.000 millones de euros de valoración) en menos de 10 años para cumplir con los estándares de Silicon Valley.

Sin embargo, ni la rentabilidad la garantiza el tamaño, ni la cordura es inherente a un proyecto exitoso. Adam Neumann fundó WeWork hace casi nueve años, escalando el concepto de 'coworking' a un nivel de desarrollo que nunca antes había existido. Por el camino, fruto de la borrachera de valoraciones milmillonarias, tuvo tiempo de gastarse ya cerca de 100 millones de dólares en propiedades residenciales por EEUU, como se detalla estos días para justificar su relevo al frente de la compañía. Si no hay salida a bolsa, se acabaron las bromas.

A diferencia de otro unicornios, Cabify quiere hacer coincidir su debut en bolsa con la entrada en rentabilidad del negocio

Aunque esas magnitudes siempre quedan lejanas, el ecosistema español cuenta al menos con un destacado unicornio. La irrupción de Cabify como alternativa en el negocio del transporte urbano (frente al taxi) lleva entre nosotros varios años, aunque su fundación se remonta a 2011, lo que por calendario la empuja ya a convertirse en una empresa cotizada, como lo son sus rivales Uber y Lyft, para dar salida (y plusvalías) a los accionistas que han financiado su desarrollo durante este periodo, con el fondo japonés Rakuten a la cabeza.

A diferencia de otros unicornios, Cabify quiere hacer coincidir su debut en bolsa con la entrada en rentabilidad del negocio. Por suerte para sus intereses, el fundador, Juan de Antonio, no responde a las veleidades de muchos emprendedores de Silicon Valley. Este madrileño del barrio de Tetuán, alumno aplicado de los Salesianos y padre primerizo hace unos meses, eligió el modesto barrio de su infancia para vivir de regreso a España, tras varios años en México comandando el desarrollo de la compañía por todo el mercado latinoamericano.

Pero mientras el primer unicornio español acapara la atención mediática, otros proyectos tecnológicos con pasaporte local consiguen abrirse camino en el mercado internacional. No son tan grandes, pero ya han conseguido ser sostenibles e incluso rentables para sus inversores. Los casos de mayor éxito se conocen en el sector como dragones, es decir, aquellos proyectos que generan plusvalías a sus inversores equivalentes —al menos— a los recursos de todo un fondo, que suele contar con otras participadas no siempre viables.

Más que unicornios, lo interesante para un inversor es siempre dar con dragones, aunque ambas referencias no sean incompatibles

El ejemplo más destacado lo protagoniza Alien Vault, una compañía española de ciberseguridad vendida el año pasado al gigante de las telecos AT&T (en lugar de salir a bolsa) por más de 600 millones de dólares 10 años después de su creación. Durante ese viaje, el primer fondo de Adara Ventures acompañó a los emprendedores durante su crecimiento, un caso de éxito muy similar al que la gestora aspira a repetir con Stratio, la firma de 'big data' e inteligencia artificial que forma parte del portafolio de su segundo vehículo de inversión.

Por fundamentales, más que unicornios, lo interesante para un inversor es siempre dar con dragones, aunque ambas referencias no sean incompatibles. Otra cosa es que cualquier elefante con pasaporte disyuntivo tenga cabida en los mercados públicos de capitales. El caso de WeWork es una señal clara, por más que le pese a su inversor de referencia, Softbank. Como en otras ocasiones, el desenlace final será ajeno al del fundador, desalineado de los intereses del resto de socios que le acompañan por disfrutar la gloria del dinero antes de tiempo.

El susto de Hatchwell

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David Hatchwell. (EFE)

Es uno de sus caseros de referencia, aunque no el único. El inversor David Hatchwell (Excem Grupo) quiso subirse a la ola del fenómeno WeWork antes que nadie en nuestro país. Tiró de contactos en la comunidad judía de Nueva York para llegar a Adan Neumann y convertirse en su socio para la Península. Pero lo que parecía la apuesta por un caballo ganador es ahora un saco de dudas respecto a la solvencia de su modelo de negocio, con pérdidas operativas en el primer trimestre de 700 millones. Su modelo inmobiliario de 'coworking', con rentas más altas que un inquilino convencional, tensó precios al alza e hizo que algunos propietarios vivieran el cuento de la lechera.

El 'business' de Molina

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En el mercado español, es el socio inmobiliario con la cartera de clientes más cotizada. Pese a no gastar galones de jefe y estar afincado en Londres, Rafael Molina ha sido el abogado que más ingresos generaba en Linklaters durante los últimos años. Desde el verano pasado, el cordobés es una de las bazas de Latham & Watkins para tirar del proyecto lanzado por el fallecido Juan Picón, a quien se recordó esta semana en la puesta de largo de la nueva sede del despacho, cuya dirección ha asumido Ignacio Gómez-Sancha. Y es que mientras el negocio del ‘real estate’, en sus diferentes versiones, siga teniendo el peso actual, buena parte de la cuenta de resultados será suya.

El 'flow' de Riberas

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Jon Riberas. (EFE)

Es un empresario muy diferente a la mayoría del Ibex. Solo así puede explicarse que Juan María (Jon) Riberas, la mitad menos pública de Gestamp, sea responsable de una de las carreras musicales más populares de este siglo en la industria española. Junto a su socio Javier Valiño, a través del sello Carlito Records, participó en el descubrimiento, allá por el año 2002, de un joven compositor asturiano llamado Ramón Melendi. Su olfato y dinero estaban detrás de aquel primer disco, ‘Sin noticias de Holanda’, convertido en superventas de la noche a la mañana. Ahora espera repetir éxito con Santiago Segura, José Mota y Luis Alvarez en los teatros de Príncipe Pío.

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