ENTREVISTA AL PROFESOR JORDI PALAFOX

"La estrategia de reindustrialización en España es un despilfarro de recursos"

Catedrático de Historia Económica y experto en globalización, el profesor Jordi Palafox cree que las cadenas de valor globales garantizan eficiencia y España debe competir en servicios de valor añadido

Foto: Jordi Palafox, en el apartamento de París en el que está pasando el confinamiento.
Jordi Palafox, en el apartamento de París en el que está pasando el confinamiento.
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Al profesor Jordi Palafox le ha tocado vivir el confinamiento del coronavirus desde un apartamento en París, donde la ansiedad del encierro, al contrario que en España, se combate con la concesión de un paseo callejero de una hora al día. Profesor visitante en Berkeley, Roskilde o universidades de Dinamarca, ha ejercido como catedrático de Historia Económica en la Universidad de Valencia. Desde hace algunos años, pasa algunas temporadas en la capital francesa con su mujer, Teresa Carnero, catedrática de Historia Contemporánea de la misma universidad, donde ambos complementan sus actuales investigaciones sobre el impacto de la globalización económica en la sociedad y en las estructuras políticas y civiles.

Autor de la obra 'Cuatro Vientos en Contra: el porvenir económico de España' (Pasado y Presente), Palafox mantiene una visión crítica en torno al modelo y el discurso imperante de la reindustrialización de España, ahora en boga de tantas voces por la dependencia de China de los suministros sanitarios para combatir al coronavirus y la necesaria reactivación económica que seguirá a la pandemia.

PREGUNTA. ¿Supondrá el covid-19 un freno a la globalización económica o una transformación hacia un modelo distinto?

RESPUESTA. Algunos vienen hablando de desglobalización ya desde 2008 y todavía más desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2016. Pero dado lo imprevisible de los hitos que marcan este inicio de siglo XXI, parece conveniente ser cauto. Las cadenas de valor globales, que son el centro de la globalización, constituyen un aumento espectacular de la eficiencia hasta el punto de que no es descartable que sean uno de los factores relevantes no ya de la ingente oferta de productos hoy disponibles, sino del mundo sin inflación que estamos viviendo. Algo inaudito desde la perspectiva de lo ocurrido en el siglo pasado.

Si el auge del populismo y la demagogia no alcanzan fuerza suficiente para conformar los gobiernos de los países más influyentes en la economía mundial, lo más probable es que el cambio se limite a una modificación de la competencia desigual que dominó la globalización hasta la crisis de 2008. China es un país de costes laborales bajos y, gracias al apoyo estatal y el capital invertido por los países avanzados, muy competitivo. Pero aunque muchos prefieran soslayarlo, también es una dictadura sin los derechos humanos habituales en Europa, ni libertad sindical, de reunión o de expresión. Y además ha infringido masivamente derechos económicos básicos para una competencia entre iguales como el de propiedad intelectual. Y nadie le ha dicho nada. Quizá esto cambie a partir de ahora. Pero si el populismo se expande, la interrelación entre economías sin duda se reducirá para beneficio de China y Estados Unidos y en perjuicio de Europa.

El dilema ante el futuro es entre los propios servicios: de alto valor añadido (vinculados o no a la fabricación) o los que tenemos ahora

P. ¿Cómo piensa que va a afectar la crisis, una vez se haya superado, a las grandes cadenas de valor y suministros de la industria?

R. Se quiera reconocer o no, la industria, en tanto que manufactura ajena a servicios como la I+D+i o la imagen de marca y el servicio, es un sector en declive en las sociedades avanzadas. Se denomine 'servitización' o con otro palabro, los ingresos de cada vez mayor número de empresas 'industriales' por la venta de servicios asociados a sus productos son superiores a los obtenidos por la venta de estos. El fabricante de motores de aviación Rolls Royce es quizá el caso que mejor conozco. El reto para economías intermedias como la española, es pasar a ocupar un lugar más favorable dentro de la conocida como la 'smiling curve' del valor añadido: esto es, más I+D+i o más imagen de marca y servicios, y menos fabricación. Esta, con la tecnología actual, siempre va a ser más competitivo en economías menos avanzadas. Y Asia no es solo China.

La 'smiling curve' del valor añadido.
La 'smiling curve' del valor añadido.

P. ¿Pero es factible la recuperación de industrias nacionales estratégicas sanitarias (material de protección, tecnología, farmacia, I+D+i)? ¿Qué costes puede tener?

R. En estos momentos de carencia de material sanitario, es difícil que alguien se oponga a una propuesta de recuperación de ese tipo. Pero lo que se soslaya es que esta carencia se ha dado en todos los países afectados por la pandemia. Sin duda en España, pero también en Estados Unidos en donde el enfrentamiento entre estados y entre estos y el gobierno federal está todos los días en la prensa. Por no hablar de Italia, Francia o Reino Unido. Ante un aumento brutal y súbito de la demanda, la oferta no ha podido adaptarse con la misma rapidez.

"Si el populismo se expande, la interrelación entre economías sin duda se reducirá para beneficio de China y Estados Unidos y en perjuicio de Europa"

La pregunta es si a partir de este hecho imprevisible se va a defender la autosuficiencia. En el terreno sanitario, en primer lugar, pero también en cualquier otro en donde los grupos de presión consigan articular un relato, como pedantemente se dice ahora, de que son estratégicos para una supuesta independencia nacional, la cual es imposible en un mundo tan interrelacionado. Tanto como economista y como historiador de la economía, opino que ello representaría una pérdida considerable de eficiencia y un aumento considerable de los costes y los precios de los que muchos ciudadanos que la defienden no son conscientes. La historia económica de España es un magnífico ejemplo de las nefastas consecuencias de esta defensa de la producción nacional, cuando afecta a sectores centrales de la actividad. En gran medida, el menor bienestar de los españoles frente a otros países del viejo continente en el siglo XX fue el resultado de la protección alcanzada por sectores como la energía o los alimentos, cuando en el mercado internacional, excepto en coyunturas extraordinarias parecidas a la actual, se podían adquirir a unos precios muy inferiores.

P ¿No cree, por tanto, en el debate de la reindustrialización?

R. El debate está ahí y no va a desaparecer porque una de los dos partes, la defensora de la reindustrialización, no defiende ideas ni el interés general sino sus propios intereses en forma de ayudas y subvenciones. Pero hay que decirlo claro: la reindustrialización, en tanto que estrategia para aumentar el peso de la manufactura en el PIB, es sinónimo de despilfarro de recursos. Desde los años 80, este peso —y lo mismo ha sucedido con el empleo— ha caído de forma espectacular en todas las economías avanzadas. Y en muy pocas de ellas se han planteado políticas de reindustrialización, 'a la Trump', que es como se plantean en España. Y que han sido un fracaso en EEUU.

¿Por qué no se acaba el falso debate? Pues en buena medida porque en España o la Comunidad Valenciana u otras regiones la industria se contrapone a un sector servicios dominado por actividades de bajos salarios y bajo valor añadido y ello favorece el espejismo de que con un aumento de su peso ganaríamos bienestar. Esto es una falacia. Si no hay más industria es porque no ha sido posible dada su falta de competitividad, porque ayudas no han faltado. El dilema ante el futuro es entre los propios servicios: de alto valor añadido (vinculados o no a la fabricación) o los que tenemos ahora en donde, como pasa en hostelería, el salario medio es un 40% inferior al del conjunto de actividades.

Jordi Palafox.
Jordi Palafox.

P. ¿Puede jugar la Administración un papel en el fomento de esas actividades de servicios de alto valor añadido? ¿Debería ir por ahí la famosa ‘reconstrucción’ de la que se habla tras la crisis sanitaria?

R. Sin duda podría, pero no es previsible. La dificultad para que fuera así es, al menos, doble. Por un lado, la inercia de cualquier administración, y muy especialmente la de las sociedades mediterráneas, en donde su reforma siempre ha sido aplazada. Por otro, la fuerza de los grupos de presión para defender lo existente, dado que aquello que todavía no existe, o su peso es menor, tiene una capacidad de influencia modesta o nula. La combinación de ambos rasgos con el hecho de que los dirigentes políticos deben dar cuenta de su gestión cada cuatro años, un plazo insuficiente para la transformación, les inclina a ser muy conservadores o conservacionistas de lo existente. Pero entre pedirles que sean unos mártires y no hacer nada para modificar la situación, que es lo que ha ocurrido desde la crisis del ladrillo, hay una galaxia de posibilidades.

"Las cadenas de valor globales constituyen un aumento espectacular de la eficiencia y, es probable, que de un mundo sin inflación"

En estos momentos en que la economía está colapsada, la tarea principal es mantener, en lo que se pueda, la demanda y la liquidez de las sociedades para permitirles aguantar la que se nos ha venido encima a familias y empresas. Con recursos limitados, y los financieros siempre lo son, no parece momento de romper lo existente. Pero dentro de lo existente también están esos sectores de mayor valor añadido. Concentrar todo, o la mayor parte, del esfuerzo en, por ejemplo, el turismo con el argumento del peso que representa en el PIB como empieza a hacer la patronal del sector, es volver a hacer lo mismo que tras la crisis 2008/2012. Lo cual, aunque no sea la única causa, es relevante para explicar la mayor gravedad de esta nueva crisis en España respecto a otras economías.

P. En cualquier caso, tampoco se percibe un consenso comunitario a la hora de enfocar la estrategia en política económica y tejido productivo. El peso de España es el que es. ¿Qué papel debe jugar la Unión Europea cuando el mundo bascula entre China y Estados Unidos?

R. En España la opinión publicada, no tanto por lo que indican las encuestas la opinión pública, hacia la UE cuando esta no cede a las pretensiones planteadas, por el gobierno o una fuerza política relevante, se caracteriza por un enorme tremendismo; por la tendencia a exagerar los aspectos más dramáticos de la situación. Ocurrió en 2012 y vuelve a ocurrir ahora con los denominados coronabonos. En estas situaciones, incluso economistas de demostrado prestigio tienden a plantear la discrepancia como una última trinchera frente al desastre. En fechas recientes, ha sido algo así como o coronabonos o el caos.

No comparto ni esta actitud ni este diagnóstico. Ni es creíble entre el resto de socios. Saben que cualquier alternativa a la pertenencia de España a la UE sería mucho peor para nuestro bienestar. Por otro lado, nuestro prestigio, y capacidad de influencia en la Unión sería mucho mayor si desde 2016 se hubieran hecho los deberes. A pesar del crecimiento de la economía en los últimos cinco años no se han abordado ninguno de los desajustes pendientes, desde la reforma fiscal a la contención del déficit. Por otro lado, la perspectiva histórica permite ser más optimista. Aunque algunos lo situarán en la prehistoria, no hace tanto que los dos países centrales de la UE, Alemania y Francia, combatieron militarmente en el último de una larga serie de conflictos con millones de muertos.

"Concentrar el esfuerzo en el turismo con el argumento del peso que representa en el PIB es hacer lo mismo que tras la crisis 2008/2012"

Cuestión distinta, es la preocupación por su papel decreciente en el mundo global con Estados Unidos como potencia decadente y China como potencia ascendente. Si no hay avances en las instituciones supranacionales, esta pérdida de peso es, me temo, inevitable. En 1900 el continente representaba el 20% de la población mundial y hoy no llega al 8%. En 2050 no llegaremos al 5%. Y lo mismo cabe decir de su PIB dentro del mundial: las estimaciones señalan que pasaremos del 20% actual a menos del 10% a mediados del siglo XXI. En ese contexto si Alemania, y no digamos España, siguen actuando como Estados nación individuales corren un riesgo elevado de ser irrelevantes. Ahora bien, la articulación de ayudas a Italia y España ha demostrado las dificultades para aceptar cesiones de soberanía y superar los Estados-nación. Pero tampoco la unificación de Alemania e Italia se hizo de la noche a la mañana. El problema es la velocidad actual de los cambios y el que Europa ha dejado de ser el centro de la economía mundial, un lugar que ha ocupado, al menos, en los últimos doscientos años.

P. Italia ha puesto al frente del equipo que debe diseñar la reconstrucción a Vittorio Colao, ex consejero delegado de Vodafone. ¿Cree en la creación de estos grupos de apoyo en ejecutivos de grandes multinacionales para definir las políticas públicas?

R. No conozco suficiente la experiencia italiana ni la trayectoria de Colao como ejecutivo para opinar. Sí he leído acerca de la creación de un comité de expertos por parte de la presidencia de la República en la que se combinan académicos, empresarios (muy pocos) y funcionarios dirigido por él con ese cometido. En mi opinión, consultar con los expertos no debería ser noticia sino la actividad habitual de los dirigentes políticos. En especial si desean abandonar el fundamentalismo de pretender conocer desde su despacho mejor que nadie la política económica necesaria para afrontar el futuro.

Ahora bien, aun a riesgo de que se me malinterprete, tanta proliferación, y con tanta publicidad, de comités técnicos me hace recelar. No sé si, al menos en parte, se pretende también amparar las decisiones adoptadas con el criterio de los técnicos como contrapuesto a la responsabilidad política. Y en nombre de criterios técnicos se han cometido grandes tropelías en el pasado. Sin ir más lejos en la crisis financiera que llevó a la desaparición de las cajas de ahorro en España.

P. Reivindicaba el portavoz de Vox, Iván Espinosa de los Monteros, en un debate con Nadia Calviño en el Congreso, el Instituto Nacional de Industria, creado por el ministro franquista Juan Antonio Suanzes, como instrumento estatal para impulsar la industria. ¿Tiene sentido una entidad así hoy en día?

R. Volver la vista al pasado es demostrar que no se tienen ideas para afrontar el futuro. Ignoro los detalles de la propuesta pero espero que no pretenda también impulsar industrias "que se dirijan al desenvolvimiento de nuestra autarquía económica" como se señalaba en la ley fundacional del INI. Y confío en que la siguiente ocurrencia no sea la creación de una nueva Fábrica de Carburante Nacional para producir gasolina con agua y alcohol con acetona, naftalina y algodón de pólvora como se intentó en 1940.

Como comentaba ante una pregunta anterior, el objetivo ante un colapso económico como el actual es tratar de moderar los daños de forma que la crisis no se transforme en una recesión prolongada. Si nos vemos obligados a convivir con el virus durante un período dilatado ante la falta de una vacuna, las repercusiones en una economía con un peso de los servicios de bajo valor añadido y de las microempresas como la española van a tener una gravedad y una duración con muy pocos precedentes históricos. Tengo confianza en que el desarrollo alcanzado por la investigación en biología celular, química, bioquímica o microbiología dará con la solución pronto. Pero no debiera descartarse que no sea así. Mejor saberlo, y reconocerlo, que después sorprenderse por las consecuencias.

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