ANÁLISIS

Ni Sánchez ni Iglesias quieren eurobonos, pero todavía no lo saben

El Gobierno de PSOE y Podemos se ha agarrado a la bandera de los eurobonos, pero ha olvidado lo que traen consigo: una cesión de soberanía proporcional a la deuda compartida

Foto: Pablo Iglesias (i) y Pedro Sánchez (d) en su primera sesión de control del Senado. (EFE)
Pablo Iglesias (i) y Pedro Sánchez (d) en su primera sesión de control del Senado. (EFE)
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Pedro Sánchez y Pablo Iglesias quieren eurobonos. Los quieren muy fuerte. Los eurobonos como bala de plata para acabar con el destrozo económico causado por la Covid-19. Los quieren tan fuerte que quien se oponga a ello tiene que estar en ese punto intermedio entre cortoplacista insolidario y neofascista austero. Perdonadles, porque no saben lo que dicen. Ni Sánchez ni Iglesias quieren eurobonos. El problema es que todavía no lo saben.

Un eurobono es una emisión de deuda conjunta. Emisión y pago conjunto, claro. Imagínese que usted y sus dos mejores amigos piden un crédito al banco: 10.000 euros cada uno, para un total de 30.000 euros. Los tres tienen que pagar su cuota mensual, pero con una salvedad: si uno falla, los otros deben responder por el importe impagado. Y si son sus dos amigos los que se dan mus, es usted el que debe pagar tres cuotas, cada mes, durante el tiempo que dure el impago. ¿Empiezan a entender un poco el recelo de los alemanes y holandeses?

Otra cuestión distinta es pedir solidaridad a un amigo en caso de emergencia, que se parece mucho más a lo que está pasando en Europa con el coronavirus. Y en ese caso, los llamados coronabonos —una especie de mutualización temporal— podrían tener cierto sentido económico y sobre todo, político. Los países del sur, más golpeados por la crisis sanitaria y económica, necesitan no poner más en riesgo la sostenibilidad de su deuda y escuchar un mensaje de que estamos juntos en esto.

Pero hay otras fórmulas al margen de los coronabonos para ejercer esa solidaridad y que se pueden explorar también, especialmente cuando los países del sur saben que las opiniones públicas del norte se oponen, y que es muy difícil para sus políticos tomar una decisión en ese sentido, especialmente si no hay reformas previas en el sur.

Sin ir más lejos, un gran Programa de Recuperación europeo, a lo Plan Marshall, que proponía el grupo socialdemócrata europeo esta misma semana o un programa específico de créditos blandos a través del fondo de rescate europeo, que planteaban el mes pasado Antonio García Pascual y Toni Roldán, y por el que España podría recibir hasta 200.000 millones de euros. Ninguna alternativa está libre de problemas, pero la mutualización de deuda, especialmente si es de un tamaño suficientemente grande para ser efectiva, trae necesariamente grandes contrapartidas. Y esas son las que no van a gustar a Sánchez y a Iglesias.

Para que la eurozona comenzara a emitir eurobonos al igual que España emite su propia deuda soberana, haría falta una cosa que no existe en estos momentos: algo parecido a un Tesoro único europeo con legitimidad democrática —elegido por los europeos y que responda ante ellos—, con capacidad de recaudar impuestos y para controlar lo que se gasta.

No se engañen. La mayoría de países otorgan a las normas fiscales de la Unión Europea (el llamado Pacto de Estabilidad y Crecimiento) la misma fuerza vinculante que al consejo que dan algunas madres a sus hijos un viernes por la noche: "No bebas mucho".

Ahora mismo Bruselas no tiene apenas fuerza coercitiva más allá de una eventual capacidad de imponer sanciones. Un poder que nunca ha acabado de usar y que, vistas las experiencias fallidas con Alemania, Francia, España o Portugal, es muy probablemente nunca use.

Si las normas no se aplican, o se aplican de aquella manera, la emisión eurobonos requiere confianza entre los socios. Para ello hará falta un proceso de convergencia 'a priori', al igual que se hizo con el euro, y probablemente otro de control 'a posteriori', para certificar que no se producen abusos. Y aquí convergencia es un eufemismo de reformas y reducción de déficits públicos estructurales. La lógica tiene pocas fisuras. Parte de dos principios. El primero, cada euro de más que se destina a pagar intereses de la deuda pública es un euro de menos para sanidad y educación. El segundo: para poder gastar más en tiempos de crisis, el Estado debe ahorrar en fases de crecimiento. Socialdemocracia y keynesianismo puro. Respectivamente.

Los eurobonos exigirían a España ceder soberanía fiscal y hacer reformas incompatibles con su discurso

Si se están preguntando qué implicaría, en la práctica, ese proceso de convergencia para España, este es un buen manual de aproximación: el mínimo, minimísimo sería cumplir con las normas fiscales y los programas de reformas en vigor. Es decir, con lo que ya nos hemos comprometido a cumplir y, que aun así, nos cuesta Troika y ayuda hacerlo.

En el mundo precoronavírico, cumplir con Bruselas consistía en hacer un ajuste fiscal estructural en 2020 (subidas de impuestos permanentes, recortes de gasto crónico o una mezcla de las dos) por casi 10.000 millones de euros. El precedente del año anterior no hablaba a nuestro favor. Lo que hicimos el año pasado fue todo lo contrario: gastarnos 33.200 millones más de lo que ingresamos, 9.000 millones más de lo que prometió el Gobierno y 17.000 millones por encima del objetivo pactado inicialmente con la UE.

Un vistazo rápido a las cuentas de nuestros socios nos arroja que recaudamos menos que la media en IVA y en IRPF, y gastamos de más en un generoso sistema de pensiones. Hagan cuentas de por dónde podrían ir los tiros del ajuste.

Porque si hablamos de reformas estructurales, la convergencia con Europa supondría no tocar la reforma de las pensiones de 2010 y 2012 (Zapatero y Rajoy), ni tampoco derogar la última reforma laboral. En este último caso podrían pedirnos incluso que profundizásemos en ella e ir hacia un sistema de contrato único o de mochila austriaca, donde no sean los trabajadores jóvenes, temporales y precarios, las víctimas de la primera carnicería laboral cuando llega una crisis.

Y haciendo esto simplemente cumpliríamos con lo que ya nos habíamos comprometido sin eurobonos. Imagínese si estuviésemos hablando de avanzar aún más en la integración y emitir deuda conjunta. Una mayor mutualización de riesgos conlleva una mayor cesión de soberanía, por lo que compartir riesgos es compartir la toma de decisiones. Tanto en cómo recaudar como en cómo gastar. ¿Cómo suenan ahora lo de los eurobonos?

Otra cosa es que Sánchez e Iglesias crean que los eurobonos son un 'deme usted el dinero que ya haré yo lo que me dé la gana con él, y si un día no puedo pagar, para eso está la tía Angela'. Hacer creer que ese tipo de cheque en blanco es posible es populismo. Y del que aviva un euroescepticismo difícil de apagar una vez prendido. Tanto al sur, porque genera frustración con el proyecto europeo, como al norte, porque carga de argumentos a los eurófobos más radicales. Ver Reino Unido.

Pero ahí el norte no está libre de culpa tampoco. Tanto populismo hay en la petición de eurobonos a las bravas, como en el negarlos de plano como posibilidad futura. Los eurobonos, bien entendidos y bien desarrollados, tras (o durante) un proceso de convergencia real de políticas económicas y fiscales, tienen todo el sentido del mundo en una unión monetaria como el euro. Y si el mercado común europeo, de 500 millones de personas, se llega a romper un día por falta de un mecanismo que ayude a mitigar 'shocks' externos, las economías 'modélicas' del norte también sufrirán. Y mucho.

Además, la convergencia fiscal y política también supondría reformas para los ortodoxos. Probablemente, Alemania debería adoptar medidas para reducir sus tasas de ahorro y promover su consumo interno y reducir el superávit comercial; y Holanda tendría que abandonar ciertas prácticas fiscales predatorias con la recaudación pública de sus socios. Por mencionar a dos de los halcones habituales.

La realidad es que con coronavirus o sin él, Europa no está preparada ahora para los eurobonos. Para ello hace falta un debate serio. Al Norte y al Sur. Sureños calzándose los zapatos de norteños y dándose cuenta de que los déficits estructurales crónicos son incompatibles con una mutualización de riesgos. Y norteños calzándose los zapatos de sureños, admitiendo que sus propios desequilibrios —fiscales y tributarios— y que cuanto más profundo sea el mercado común, más ricos seremos todos y más estado del bienestar podremos pagar.

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