Entrevista a Gabriel Tortella

"El socialismo se ha quedado sin causa porque todo lo que pedía se ha cumplido"

El economista e historiador repasa los tres últimos siglos de historia desde el 'liberalismo por estrangulamiento' de Adam Smith hasta el actual Estado del bienestar

Foto: Gabriel Tortella
Gabriel Tortella

La economía global se encuentra ante una encrucijada. La recuperación necesita afianzarse después de una de las peores crisis globales de todos los tiempos. La globalización y la robotización amenazan el mercado laboral. La baja productividad limita el crecimiento de largo plazo. El elevado endeudamiento genera episodios frecuentes de inestabilidad. Las políticas proteccionistas amenazan la inversión. El crecimiento se concentra en unas pocas manos generando situaciones de grave desigualdad.

El mundo se enfrenta hoy a todos estos problemas, pero ¿son realmente nuevos? ¿Cuantas veces se resolverán y volverán a originar los mismos interrogantes? El economista e historiador Gabriel Tortella repasa tres siglos de evolución económica en su último ensayo 'Capitalismo y Revolución' (Gadir, 2017), desde los albores de la Revolución Industrial británica hasta la actualidad… y las incógnitas del futuro. Las que nunca se han resuelto, se entiende.

Javier G. JorrínJavier G. Jorrín

PREGUNTA. En estos años de crisis y de desigualdad hemos vuelto la vista a los siglos XIX y XX y a sus altas tasas de crecimiento inclusivo. ¿La economía ha perdido la capacidad para crecer a un ritmo alto y reducir la desigualdad al mismo tiempo?

RESPUESTA. Yo creo que no, lo que pasa es que la economía está cambiando constantemente, adaptándose a nuevas situaciones, en gran parte creadas por ella misma. Hay momentos en los que tienen lugar contracciones. Sabemos que la economía crece cíclicamente, no linealmente. La teoría de los ciclos se desarrolla también cíclicamente: cuando hay una situación de prosperidad, la cuestión de los ciclos se olvida y los economistas empiezan a decir que hemos dado con la tecla para vencer al ciclo, pero después, cuando viene la crisis, los economistas vuelven a preguntarse si estamos en un ciclo o es que vamos definitivamente para abajo. El ser humano tiene la tendencia a extrapolar el presente.

P. Después de décadas analizando la Revolución Industrial británica, los economistas habéis llegado a la conclusión de que lo más importante fue el capital humano.

R. Adam Smith ya dijo que un hombre muy educado era como una máquina perfecta y otros grandes economistas lo han ido repitiendo. Pero eran manifestaciones aisladas. La teoría del capital humano nace en la posguerra de la II Guerra Mundial y, sobre todo, en los años 50, que es cuando Theodore Schultz y Robert Solow empezaron a hacer hincapié en esto. La evidencia fue el gran éxito que tuvo el Plan Marshall de ayuda a Europa. Entonces se pensó que lo que había que hacer era un gran Plan Marshall para los países del tercer mundo, pero eso se hizo y fracasó. Eso llevó a la conclusión de que la diferencia era que en Europa había capital humano, aunque el capital físico estuviera destruido. En los países del tercer mundo lo que hay que hacer es enviar capital físico, esto es, hay que educarles primero. El primer autor al que yo leí sobre capital humano es Milton Friedman, muy odiado por la izquierda, pero que era un gran economista.

P. Sus relaciones con el régimen de Pinochet en Chile no le ayudaron mucho…

R. Siempre se olvida que también tuvo relaciones con China. Deng Xiaoping le llamó y estuvo varias veces en China y les dijo que iban por el buen camino de liberalizar los mercados y, sobre todo, la agricultura. Es uno de los economistas a los que más admiro, junto a Keynes, porque escribieron lo que había que escribir en el momento que había que hacerlo y cambiaron la economía. Friedman y otros economistas se encargaron de poner al capital humano en el centro y cuando esto se asume, nos fuimos al pasado para ver hasta qué punto fue importante en la Revolución y efectivamente, lo fue.

El liberalismo puro del siglo XIX producía mucho crecimiento, pero la mano invisible operaba por estrangulamiento

Detrás está la discusión de si lo más importante fue la ciencia y el capital humano no fue tan importante. Pero uno piensa que el factor diferencial de Inglaterra era el capital humano, que era el más alto de Europa, seguramente porque era un país mucho más comercial. Lo que se olvida es que antes de la Revolución Industrial estuvo la comercial. En España ocurrió algo similar en Castilla La Vieja, Cantabria o País Vasco, donde había una tradición de alfabetización mucho mayor que en el resto del país. Hasta muy entrado el siglo XX había una ventaja fundamental desde el punto de vista del capital humano y eso se atribuye a la exportación de lana y el comercio.

En Inglaterra y en Holanda tiene lugar la gran revolución comercial y esto crea capital humano, porque hacían falta contables, escribientes, comerciales… Eso crea esa acumulación de capital humano que hace que la gente piense más y que ante una máquina empiece a dar vueltas a cómo se puede perfeccionar. Además, Inlgaterra era uno de los países más alfabetizados por el protestantismo, porque uno de los principios es que los fieles deben leer la Biblia y, por tanto, deben saber leer.

P. Al final no fue tanto una revolución, como una evolución, y no fue industrial, sino que afectó a todos los sectores.

R. En sus últimos años, mi maestro Rondo Cameron, tenía esa obsesión: que no se debía llamar 'Revolución Industrial' porque ni fue revolución ni fue industrial. Literalmente es así, pero no es completo. Es una sinécdoque, porque no solo fue industrial, pero al decir industrial, nos estamos fijando en la parte más lustrosa. Y no es exactamente una revolución, porque en la Edad Media se inventan una gran cantidad de cosas (vidrio, anteojos, herradura, collera, vela latina, molinos de viento…), pero en el siglo XVIII en Inglaterra hubo una gran aceleración, por lo que yo creo que el término revolución está justificado.

Carlos SánchezCarlos Sánchez

P. Poco después de la Revolución Industrial aparece la idea de que las máquinas destruyen el empleo, una opinión que vuelve a estar muy extendida hoy. ¿Hasta qué punto estamos volviendo a exagerar con esto que ya se vivió en el pasado y que se demostró que en ese momento estaban exageradando?

R. Efectivamente, desde mediados del siglo XVIII la introducción de máquinas sustituye al trabajo humano, eso genera paro y surgen protestas y movimientos como los luditas ingleses que quieren destruir las máquinas. Sin embargo, eso es cierto solo a corto plazo, pero como yo soy economista de largo plazo, sé que el desempleo no ha aumentado, que la tasa media de empleo en los países industriales se ha mantenido en en 90/95%. Es porque el crecimiento económico que tiene lugar por la mecanización hace que surja demanda de trabajo por otro lado. Además, a largo plazo, otro de los beneficios que ha tenido es que se ha recortado la jornada laboral extraordinariamente. En el siglo XVIII se trabajaba siete días a la semana de sol a sol. El aumento de la productividad que se deriva de la mecanización a la larga beneficia a los trabajadores, pero es cierto que a corto plazo se generan desajustes muy dolorosos. Para eso tenemos los seguros de desempleo y toda una serie de ayudas para paliar lo que Schumpeter llamaba "la creación destructora". Estamos renovando constantemente y dejando obsoletas una serie de industrias.

P. Pero esto saca del circuito a una parte de la población.

R. El progreso económico es así: va dejando en la cuneta unas industrias y creando otras que las sustituyen. A la larga el mercado acaba equilibrándose. Entonces, si lo llevamos al extremo, imaginémonos que las máquinas lo hicieran todo y los hombres no tuvieran que hacer nada, ¿estaríamos todos en el paro muertos de hambre? Evidentemente no, lo que pasaría es que no trabajaríamos pero viviríamos. Otra cuestión es por qué no somos más flexibles en todo. Por ejemplo, ¿por qué nos tienen que jubilar a los 70 años?

A veces, si se deja actuar al mercado, se palían los efectos más duros de la mano invisible de Adam Smith. Aunque, como decía Joan Robinson, algunas veces funciona por estrangulamiento. Lo que hay que hacer es resolver las fricciones, pero no tratar de cortar las tendencias de largo plazo. Yo no soy nada pesimista respecto a la robotización, simplemente, aumentará la productividad, mejorará nuestro nivel de vida, trabajaremos menos…

No estoy seguro de que el impacto de la robotización haya tenido todo su recorrido, todavía estamos en los albores

P. Pero ese aumento teórico de la productividad gracias a la robotización no lo estamos viendo en las últimas dos décadas.

R. Eso es cierto, pero yo no estoy seguro de que el impacto de la robotización haya tenido todo su recorrido, todavía estamos en los albores. Por ejemplo, el sector servicios tiene una productividad muy baja, si se generalizara la robotización, probablemente aumentaría muchísimo. Queda todavía mucho por desarrollar en ese sector.

P. Eso significaría que el discurso del estancamiento secular está equivocado.

R. El motor del crecimiento es la productividad, es decir, el progreso técnico, que es relativamente impredecible. No sabemos decir cuáles van a ser las grandes innovaciones del siglo XXI. Si no se producen, está claro que habrá una tendencia al estancamiento. La teoría del estancamiento nació en los años 30 con la fórmula de la propensión al consumo descendiente de Keynes: cada vez se consume menos, por lo que cada vez hay menos demanda y ese ahorro no se invierte porque no hay posibilidades de retorno. Esta visión en aquel momento era cierta, pero a partir de los años 50 eso se acabó, se produjeron grandes avances tecnológicos y ocurrieron Treinta Gloriosos ('Trente Glorieuses') en Francia, que es como llaman a los años de la posguerra. Eso puede volver a ocurrir en el futuro, pero si realmente se produce un estancamiento de la creatividad y la innovación, efectivamente entraríamos en una etapa de crecimiento relativamente bajo. A mí tampoco me preocupa demasiado, porque hemos alcanzado un nivel de vida bastante alto en el mundo desarrollado.

P. El problema entonces es el reparto de la renta. Durante el siglo XX se confiaba mucho en la idea de la convergencia del tercer mundo hacia los niveles de vida y productividad del primer mundo, pero ha pasado mucho tiempo y vemos que eso no es así. ¿Esto significa que la convergencia en realidad no existe?

R. Convergencia ha habido en el siglo XX y XXI, aunque no de todos. Las potencias tradicionales como Inglaterra, Alemania o Francia han visto que aparecían otros rivales como Japón, que empezó a incorporarse al mundo moderno muy a finales del siglo XIX, y después Corea del Sur, Malasia, etc. Todos ellos sí han convergido. Hay otras zonas que es mucho más difícil que converjan, principalmente por razones físicas y geográficas. Por ejemplo, se dice que África es un continente muy rico, pero en realidad no lo es, porque el suelo en muchas zonas es selvático y en otras es desértico y ninguna de ellas se presta bien al cultivo de los cereales, que ha sido la agricultura básica sobre la que se ha construido el bienestar en Europa. Hay quien dirá que eso no tiene importancia hoy, pero la agricultura ha sido la base del crecimiento. En África tienen diamantes y oro y otro tipo de materias primas, y así es posible hacer fortunas, pero es muy complicado construir naciones prósperas.

África está haciendo lo que ha hecho toda su vida, pero de otra forma diferente: exportar mano de obra sin cualificar

P. Además están los problemas demográficos.

R. Eso, eso. Un crecimiento demográfico brutal en condiciones de pobreza, desde el punto de vista del capital humano, es un desastre. Resulta que África tiene una mano de obra muy poco adaptada al mundo desarrollado. Al final, África está haciendo lo que ha hecho toda su vida, pero de otra forma diferente: exportar mano de obra sin cualificar. En forma de esclavos hasta el siglo XIX y ahora en forma de emigrantes desesperados. Esa situación es bastante grave.
Después de tantos años, ¿no hemos encontrado una solución apropiada o no la hemos buscado?

Hay soluciones que habría que aplicar pero que, por los prejuicios, son difíciles de poner en marcha. Una de las cosas que son tabú son los programas de limitación de la natalidad. Y por otro lado, la educación femenina, porque las mujeres educadas tienen menos hijos, los educan mejor y crean ciudadanos de mayor nivel. El problema es que, en el tercer mundo, las mujeres están tremendamente discriminadas, mucho menos educadas y son víctimas de violaciones, matrimonios forzados, etc. Todo esto es muy grave. Yo creo que las soluciones no son tan difíciles pero deben vencerse una serie de prejuicios. Y no me parece que sea un remedio que vaya en contra de la moral. Preocuparse de que todas las mujeres estén escolarizadas no creo que atente a los derechos humanos, lo que afecta es lo que se tiene hoy. Eso es mucho más sencillo que repartir condones o realizar programas de limitación de la fertilidad.

P. Otra idea que parece nueva pero que en realidad ha sido recurrente durante más de medio siglo es la globalización.

R. Como ocurre siempre, todas las mejoras tienen su lado negativo: siempre hay alguien afectado por el progreso. Pero repitiendo la máxima de Adam Smith de que la división del trabajo están en función de la extensión del mercado, entonces, cuanto mayor sea el mercado, mayor la productividad, menores los costes medios, precios, etc. Por ejemplo, lo que ha hecho Inglaterra con el Brexit es un disparate. La globalización desde ese punto de vista es bueno. Y para esos países deprimidos, la globalización les va a beneficiar, tanto por vender en otros mercados como por la llegada de capitales. Pero claro, la globalización perjudica a los productores y los monopolistas locales sí tienen que competir con el resto del mundo pero, en cambio, beneficia al resto de la población. El choque de la globalización debe ser paliado, si es posible, y hacer un esfuerzo para que las empresas del tercer mundo que se ven afectadas por las multinacionales tengan fórmulas para minimizar esos efectos. Hay que tener en cuenta que el crecimiento del mercado es bueno, por ejemplo, para España la entrada en la Unión ha sido muy beneficiosa.

C. OttoC. Otto

P. En los últimos años han regresado a Europa y EEUU movimientos políticos extremistas que creíamos superados después de la II Guerra Mundial. Desde entonces la socialdemocracia ha conseguido una buena parte de sus aspiraciones, ¿es que este sistema ha muerto de éxito?

R. Siempre ocurre que, cuando no tenemos una cosa, nos jugamos la vida por ello y cuando ya la tenemos, nos aburre y nos parece normal. La sociedad socialdemócrata en la que vivimos es una mejora enorme sobre las alternativas, por ejemplo el liberalismo puro del siglo XIX que producía mucho crecimiento pero la mano invisible operaba por estrangulamiento. En los ciclos económicos depresivos, los trabajadores se iban despedidos y no tenían ningún sustento ni protección. El seguro de desempleo es uno de los grandes inventos sociales, además de ser un gran estabilizador del ciclo.

Pero es cierto que los socialistas se han quedado sin causa, porque lo que ellos pedían se ha cumplido con creces. Ahora los trabajadores votan, tienen acceso al poder, sindicatos… No hay manera de decir que la sociedad no cumple con esos puntos. Hay una crítica desde la derecha que ve que es excesivo el Estado del bienestar, porque desincentiva al trabajador, crea déficits, elimina incentivos al ahorro, etc. Todas estas críticas tienen un punto de razón, pero la verdad es que los seres humanos descuentan mal el futuro. Si fuéramos perfectamente racionales, no harían falta planes de pensiones, porque ahorraríamos nosotros, pero mucha gente no lo hace y, si no hubiera pensiones, habría mucha gente mayor que se moriría de hambre.

P. ¿Está en riesgo el Estado del bienestar?

R. No, de ninguna forma. Cualquier gobernante que tratara de acabar con la Seguridad Social o reducirla sutancialmente perdería las elecciones. Pero vamos, por goleada. Nadie lo va a hacer. La socialdemocracia está aquí para quedarse.

Dado que el tamaño del planeta no va a cambiar, el crecimiento demográfico tiene rendimientos decrecientes

P. La solución ideal para todos es alcanzar tasas de crecimiento elevadas e inclusivas, pero esto choca con otra idea que es recurrente desde el siglo XVIII, la de las 'trampas malthusianas': los rendimientos son decrecientes.

R. Sí, la tierra es un factor limitativo. Dado que el tamaño del planeta no va a cambiar, el crecimiento demográfico tiene rendimientos decrecientes. Tenemos un problema de superpoblación; en Europa el crecimiento es muy pequeño pero en África, lo vemos todos los días, se juegan la vida para salir del continente. A mí me alarma tremendamente el calentamiento global, porque las curvas de temperatura media del planeta ascienden inexorablemente. El problema está en que esa subida de temperaturas se convierta en algo irreversible.

Tenemos que preocuparnos por eso porque, como digo en el libro, resolviendo unos problemas hemos creado otros. Es muy preocupante lo de la Isla de Pascua, porque estuvo poblada y se despobló sola, los habitantes de esa isla agotaron los recursos y se extinguieron. Eso puede pasar también con la Tierra. No es inconcebible que la sociedad humana se suicide por agotamiento de los recursos.

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