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Las lecciones de Jon Rahm o los consejos de Sergio García en la Ryder Cup

Sergio García fue seleccionado a pesar de su calamitosa temporada para que patroneara un grupo de jóvenes de talento innegable pero dudas en el carácter entre los que destaca Jon Rahm

Foto: Sergio García y Jon Rahm, en la presentación de la Ryder. (EFE)
Sergio García y Jon Rahm, en la presentación de la Ryder. (EFE)

La última moda, para bien o para mal, es hacer vídeos cada vez más ingeniosos para exponer las cosas más mundanas. El equipo europeo de la Ryder Cup decidió abrazar esta modernidad y anunciar los jugadores seleccionados por el capitán Thomas Bjorn, con un pequeño clip en el que un artista callejero pintaba las caras de los afortunados en una especie de túnel destartalado. Todo muy bonito y conceptual. El caso es que, entre esos cuatro hombres -el resto de participantes entran por la orden de mérito- se coló Sergio García. Y cientos de miles de aficionados se llevaron las manos a la cabeza.

¿Sergio? ¿En serio? No cuadra, no, su temporada está siendo horrorosa, y no hay muchos más adjetivos para calificarla. No pasó el corte en ninguno de los cuatro grandes, y en ocho de los once torneos que ha disputado desde marzo no ha llegado al fin de semana. No ha dado una con el palo en la malo, con actuaciones calamitosas como un óctuple bogey en el Masters de Augusta muy poco digno de un profesional. Y ojalá fuera solo eso.

García está completamente desubicado en el circuito, el problema es grave y no solo se ha traducido en un nivel de juego impropio, muy por debajo de lo que se espera e un talento como el suyo, sino que también ha tenido diversas salidas de tono que no son aceptables en ningún deporte, pero probablemente menos todavía en el golf, envarado y lleno de sobreentendidos y tradiciones. Sergio está muy fuera de onda y, sin embargo, el técnico no ha dudado: tenía que llevarle.

La explicación está en la experiencia, que es lo que se suele decir en estos casos, pero también en el torneo, la Ryder, que tiene muy poco que ver con todo lo que se imaginan. No se juega como en los demás torneos, la concepción del equipo es básica y en ella reside también la clave del éxito reciente de los europeos. Ocho de las últimas once victorias fueron para el viejo continente, y la explicación no siempre estuvo en la calidad de los jugadores. El circuito está atestado de jugadores estadounidenses, que normalmente llegan al gran evento con un mejor equipo en apariencia. Pero Europa, durante mucho tiempo, ha creído mucho en la fuerza del conjunto, en los muchos detalles, en la capacidad de ganar una gran ventaja en los dos primeros días, en los que se compite por parejas.

Sergio, entrenando en París. (EFE)
Sergio, entrenando en París. (EFE)

El embrujo de Severiano

Y en todo esto, por supuesto, surge la figura de Severiano Ballesteros. Tiene casi un halo de sobrenatural, aunque el golf se juega desde hace siglos, parece que él lo reinventó. Ganó mucho, sí, pero no mucho más que otros. No importa, la figura del cántabro supera con mucho la de un golfista, no tiene que ver directamente con su juego sino con el carisma y el liderazgo. Esto último es algo en principio residual en este deporte, uno compite por sí mismo y no tiene a nadie a quien liderar. Eso, al menos, cuando no es la Ryder. Pero es que la cosa va un poco más allá, si esta competición es como es se debe a Ballesteros, ya que en los setenta solo jugaban británicos contra estadounidenses y, lógicamente, arrasaban los yanquis. Los organizadores del torneo vieron que la competición moría y que dejar fuera a Ballesteros empezaba a ser indecoroso. Tampoco es cosa de sorprenderse, antes de que llegasen Seve y Bernhard Langer prácticamente no había jugadores competitivos en la Europa continental. Llegó Seve, cambió la brújula del deporte y le dio lustre a la competición hasta convertirla en la más atractiva del calendario golfístico.

"Sergio es mi Seve", decía estos días Thomas Bjorn, el capitán europeo. La sola invocación de Ballesteros tiene un punto taumatúrgico en el equipo Europeo. Es el emblema, la guía, y su condición de español, aunque parezca algo menor en este contexto, ha revestido a sus sucesores de un poco de ese enganche. "Lo tuvo Seve, también Ollie [Olazabal] y ahora es Sergio, no hay mucha gente así, uno que lidere las tropas desde el miércoles al sábado por la noche, alguien que cuando vas cuatro puntos por encima grita 'Esto no está ganado", explicaba estos días el danés.

Sergio acude por su pasado, porque en el tiempo ha demostrado que es un excelente jugador de Ryder. 19 victorias, 11 derrotas y siete empates, García, a lo largo de sus ocho participaciones previas siempre ha tirado del equipo, especialmente en las jornadas de viernes y sábado. Cuando era joven, por su entrega, ya de veterano, por la capacidad de dirigir a los que jugaban junto a él, que volaban cuando estaban al abrigo de Sergio. Eso es lo que le pide Bjorn, que lidere, que sea fuerte, que cuando el silencio se imponga sea él quien lo rompa para dar el consejo adecuado.

Bjorn, además, buscaba experiencia. La orden de mérito le colocaba en el equipo ocho jugadores, él tenía que elegir cuatro más. Da la casualidad que los europeos que ahora mismo dominan esa lista son buenísimos, pero también jovencísimos. Así que cuando tuvo que designar buscó todo lo contrario: Poulter, Casey, Stenson y, sí, García. Todos ellos con mucho pasado, victorias en la Ryder y experiencia. Por delante de otros como Rafa Cabrera o Matt Wallace, que probablemente se lo merecían más por su juego reciente. "Sé que la gente se pregunta la calidad que llevará al campo Sergio, creo que mucha, pero también sé que él será quien se levantará en medio de la habitación y conseguirá que todos le escuchen", cerraba en una entrevista con el Telegraph inglés el capitán europeo. Iba un poco más allá: "Si vamos a ganar a los estadounidenses, será por personalidades como la suya".

Las enseñanzas para Rahm

Detengámonos un momento en Jon Rahm. Hay una tradición importante en los europeos de la Ryder de emparejar a los jugadores de la misma nacionalidad. Tiene una lógica deportiva, casi psicológica. Normalmente el joven admira a su mayor, ha oído hablar de él durante años y es probable que le nombre como un referente personal. Coincidir en idioma materno y en experiencia común es importante, porque lleva a algo que en estos dos primeros días suena a crucial: la química. Existió entre Olazabal y Seve, entre Sergio y Olazabal y, ahora, se espera que la dinastía siga y esa capacidad para el juego colectivo, innegable en todos los anteriores, también se transmita a Rahm.

El vizcaíno, ya dos años en el circuito, se enfrenta por primera vez a esta competición. Su talento es demasiado evidente, lo que puede dar al equipo europeo un jugador así no tiene mucho misterio. Cuando está bien, puede mirar a los ojos a cualquier otro jugador. También tiene cierta tendencia a desbarrar, especialmente en competiciones importantes, en las que todo el mundo está mirando. Como la Ryder. Es cosa de la juventud, al menos en parte, él sabe que los matices que tiene que controlar para llegar a lo más alto están en su carácter. En la competición entre continentes tiene una pequeña ventaja, y es que en los equipos siempre hay alguien que puede calmarte, pasarte la mano por los hombros y decirte: "Tranquilo, también esto pasará". Ese, en buena lógica, tiene que ser Sergio García, aunque solo sea porque Bjorn le ha llamado pensando exactamente en esa situación.

Rahm sabe lo que es jugar en equipo, fundamentalmente porque tiene un pasado universitario. En la NCAA se juegan ligas y él representó en multitud de ocasiones a Arizona State, su equipo. Lo hizo como individuo, pero también formando parte del conjunto, en fourballs y foursome. La parte técnica la tiene, sin duda, ahora está el tema emocional. Ahí, más que en ningún otro sitio, se encontrará con García, que por edad y experiencia conoce mejor que nadie los bamboleos a los que se somete un golfista. Él sabe lo que es ganar a lo grande, lo que es ser regular, pero también todo lo contrario, conoce el desplome de cuando nada sale bien y los caminos que existen para volver a estar entre los mejores. Los consejos que le de Sergio a Jon servirán para esta Ryder, pero no se quedarán ahí. Muchos jugadores, especialmente los europeos, explican la importancia que tuvo la Ryder en sus carreras, las enseñanzas que en una semana de convivencia con los mejores lograron aplicar en el resto de sus calendarios. Llegar a la Ryder es un máster que sirve para mucho más que jugar una competición preciosa.

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