la afición empujó a tiger desde el principio

Tiger y Rahm no ganan el PGA, pero dejan sensaciones para ilusionar a cualquiera

Brooks Koepka ganó en Misuri su tercer grande, pero Tiger Woods le quitó protagonismo al llegar a los últimos hoyos con opciones. Rahm fue top-10 en un 'major' por segunda vez en su carrera

Foto: Tiger Woods, en la PGA. (EFE)
Tiger Woods, en la PGA. (EFE)

Hay personas cuyo magnetismo supera su deporte. El golf tiene a Tiger Woods, que es algo más que un jugador, algo más que un golfista. Hace tiempo que se pensó que estaba acabado, que su vida personal turbulenta y una serie de lesiones, más el imperativo de la edad, le iban a dejar solo como una leyenda que viaja por el mundo jugando, pero sin ser competitivo. Como tantos otros. Pero no, él no. En el hoyo 17, quizá porque los nervios todavía pueden a quien tiene dudas, tiró la bola al barro. Ahí terminó una gran historia, la victoria quedó para Brooks Koepka. La memoria será siempre territorio Woods.

Ya se vio en el último British, cuando estuvo rondando la cabeza, acercándose a las posiciones nobles. Cuando eso ocurre, cuando el tigre ruge, todo el mundo mira. Porque no se puede no mirar, él es diferente a los demás, el más llamativo, el que dio la vuelta al golf y lo convirtió en una cosa completamente diferente. Hay figuras transformadoras en el mundo del deporte, Woods es una de las más claras. Logró que un deporte con fama de estirado y peripuesto, de capricho de niño rico, se convirtiese en un fenómeno mucho mayor de lo que era. Él, negro, se convirtió en uno de los dos mejores jugadores de todos los tiempos

Es tan evidente que se nota incluso en cómo la retransmisión televisiva se resistía a ofrecer los golpes de los demás, no importaba siquiera que fuese por detrás de Scott o Koepka, las cámaras le seguían, con su caminar altivo y su polo color rojo sangre. Su polo de los domingos, el que llevó siempre que pensó que podía ganar un gran torneo. Una seña de identidad como otra cualquiera, sin importar que el pelo ya escasee y que en su mirada se noten ya los 42 años que tiene. La mitad de su vida la ha pasado dominando el golf, pues la primera vez que se hizo con un gran torneo, el Masters, tenía solo 21.

Es cierto que su golf, en otros tiempos el más brillante del circuito, ha perdido un punto de calidad. A veces le cuesta cerrar la bola, ya no es capaz de juguetear con todos los efectos. Sus tiros han perdido algo de velocidad, es menos ordenado desde el 'tee', pero sigue siendo un excelente jugador, lo suficientemente bueno por competir contra todos los demás que hay en el campo. Ya no es, por supuesto, el Tiger intocable, pero tampoco se le puede tachar de antemano, como pasaba hace solo un par de años.

Se notó en el ambiente en Misuri, donde la gente le reverenciaba y quería siempre un poco más. El final soñado no se dio, la afición quería que venciese la leyenda. Los aplausos del final del torneo, unánimes, eran el homenaje perpetuo de aquel que ya hace tiempo que hizo del golf un lugar mejor.

En esta resurrección de Woods, quizá la definitiva, se ha encontrado una serie de rivales desconocidos, esos que surgieron cuando él empezó a decaer. Es el caso de Brooks Koepka, que de una manera algo silenciosa se ha metido a fuego entre la más selecta élite del golf. Venció en el PGA, ya había ganado los dos últimos US Open. Tres de los cuatro torneos que ha logrado en su carrera son grandes, lo que habla de la templanza del jugador.

Jon Rahm. (EFE)
Jon Rahm. (EFE)

Un paso adelante de Jon Rahm

Más allá de la estadística él, como todos los normales, sabía en la segunda parte del recorrido que Tiger Woods estaba acercándose. Y eso, que a la mayor parte de la humanidad le hubiese supuesto un buen tembleque, Koepka se lo tomó como el más bonito de los retos. Jugó como los ángeles, tirando 'greenes', acertando en todas las posiciones de bandera. Sus 28 años están muy bien aprovechados, es uno de los favoritos en todos y cada uno de los torneos en los que juega. Tan fuerte es su cabeza que no le importó hacer dos 'bogeys' seguidos al inicio del recorrido, desde ese momento no solo no falló sino que jugó a un nivel altísimo.

Tampoco Jon Rahm estaba en la época dorada de Eldrick Woods. Claro que no, sigue siendo casi un niño grande, pero uno que tiene un talentazo jugando al golf. Esta parte, que nadie pone en duda, tiene que llegar acompañada de torneos como el que ha tenido este fin de semana en Bellerive. Ha fallado poquísimo, dos 'bogeys' en las tres últimas vueltas. Ha estado tranquilo, tanto en las formas como en su golf y se ha metido, por segunda vez en su carrera, entre los diez mejores de un gran torneo. No es el techo, por supuesto, Rahm puede dar bastante más, pero para aspirar de verdad al cielo antes tiene que acostumbrarse a jugar en los días más grandes.

Las aspiraciones de Cabrera están algo menos altas, pero su juego está siendo muy bueno y regular. Ser décimo, después de una sensacional jornada en la que le recortó seis golpes al campo, y eso a pesar de que las banderas estaban muy duras, es un mérito altísimo. Es la segunda vez en su carrera que se mete entre los diez primeros en uno de los torneos importantes, y disputar la Copa Ryder en otoño, que es uno de los objetivos claros de cualquier golfista, perece algo más o menos cercano. Como lo es, sin duda, para el excelente Rahm.

Ese punto, la lucha de continentes, es lo más importante que le queda al golf esta temporada. Los cuatro grandes ya han pasado y hay un protagonista claro, que no es Rahm y tampoco es Woods, es Koepka, tan brillante todo el fin de semana, tan resistente incluso cuando Woods se puso a acecharle.

Golf

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
0 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios