EL PROBLEMA DE TOCAR Y SoLO TOCAR

La España que se parece más al Barça que el propio Barcelona no sabe arrancar cerrojos

La Selección se encontró problemas para atacar la defensa numantina de Irán, un clásico para los equipos que basan su juego en el toque y la posesión. Diego Costa, diferente, clave para el éxito

Foto: Isco lanza una falta en Kazán. (Reuters)
Isco lanza una falta en Kazán. (Reuters)

Luis Aragonés descubrió casi por casualidad la España de los bajitos. O del tiki-taka, como se prefiera. Su idea original, la que llevaba utilizando en la clasificación, pasaba por un equipo algo más rocoso, con David Albelda en la medular. Le daba vueltas y vueltas a "la condición física de base", esa que, en su teoría, le faltaba a España. Por obra y gracia de Koeman, que lo mandó unos meses a la grada, desapareció esa opción. Y, como no encontró una alternativa que emulase a su hombre en la medular, decidió acumular a todos los talentos posibles. Xavi, Iniesta y Silva. Bajitos, sí, pero con cabeza. De golpe y porrazo, lo del físico pareció no tener relevancia y este juego se convirtió en el credo de un equipo.

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Luego llegó el éxito, adherido a un estilo que por fin cuadraba. Más que buscar emular las soluciones del resto, se encontraron alternativas propias. Y funcionó casi a modo de la navaja de Ockham, los mejores jugadores hacen el mejor fútbol posible. De esto han pasado ya 10 años, suficientes para tener más que testado lo que puede dar de sí el mismo estilo. Porque los nombres han cambiado, pero las ideas siguen encima de la mesa. La serie estadística, además, puede sumar al Barcelona, que también abrazó sin dudarlo y con verificable éxito la misma doctrina. Incluso de la Alemania campeona en 2014, heredera también de ese estilo.

Tanto se sabe que funciona como que, cuando todos los rivales se atrincheran en el área, el equipo sufre. La circulación del balón, que no deja de ser el centro de todo esto, se entorpece mucho cuando se vive en una yincana constante, en un bosque de piernas en el que la única intención del rival es tratar de sobrevivir 90 minutos sin encajar un gol. Es muy complicado siempre atacar un cerrojazo, si no tuviese nunca éxito, a nadie se le ocurriría ponerlo sobre el campo. Ese ha sido siempre el antídoto que mejor funciona contra este tipo de juego, aunque también tiene sus riesgos.

En ese entorno complejo, Diego Costa se encuentra más o menos cómodo. Todo lo que se puede estar en un mundo en que tienes dos centrales acosándote todo el rato. El delantero, que tiene muy poco que ver con el concepto de juego de pase y baile de salón, logró el gol de España a su estilo, que es el que funciona contra defensas. Mucha fe, no dar un balón por perdido y siempre estar dispuesto a aprovechar un error. O forzarlo, si es menester. En el fútbol de la Selección, la casualidad es residual, se busca el gol desde la programación y el toque. En el universo de Diego Costa no, de cualquier esquina puede salir el balón y con cualquier parte del cuerpo se le puede rematar.

El central como palomero

El partido contra Irán no fue muy distinto a aquellos en los que el Barcelona de Guardiola y de Xavi terminó doblando la rodilla. Aquella semifinal en la que el Inter de Mourinho, con 10 jugadores en el campo, resistió con el autobús ante la falta de recursos de los azulgrana para atacar la muralla. Porque con el toque no suele valer. Era histórica, en aquellas, la intención de Piqué, casi siempre estéril, de irse al área para rematar unos centros que nunca llegaban a aparecer. España, a estas alturas, ya sabe que esa no es la solución, que un tipo como el central molesta, pero no entiende el oficio del ariete lo suficiente para sacar el bisturí y encontrar la incisión correcta.

Hay otro problema que suele tener España en este tipo de encuentros, que coincidió con la explicación que Hierro intentó darle a este partido: el ritmo. Cuando los 22 jugadores se concentran en un terreno reducido, las interrupciones son constantes, más aún si, como suele ocurrir, el equipo que ha decidido que su vida pende de una defensa numantina se dedica a pararlo más aún. Con faltas, con despejes, con más faltas, con más despejes. Es parte del antídoto, aunque se tiene que contar con cierta aquiescencia arbitral para llevarlo adelante. Y la suelen encontrar, los colegiados no acostumbran a tarjetear las faltas tácticas, y con ellos consiguen hacer casi ilimitado el arsenal de faltas del equipo que está poniendo el muro en la frontal.

Los jugadores de toque pierden un poco la concentración cuando no pueden encontrar su fútbol y no hilvanan las jugadas porque no se lo permiten. En eso, además, se ve la suma de que algunos jugadores no terminan de estar todo lo finos que debieran. Es el caso de Andrés Iniesta, una gloria nacional, centro inevitable en la forja de todos los éxitos y el héroe final en Johannesburgo. Tan cierto es todo aquello como que con 34 años ya no es ningún jovencito. No aguanta 90 minutos seguidos de fútbol y bien hará Hierro en reservarle para las noches más calientes; por el momento, no suma demasiado. Lo bueno es que no han dejado de aparecer jugadores que, sin ser Iniesta, entienden el estilo y pueden implementarlo.

Como Llorente contra Portugal

Lo de Irán puede quedar en una simple anécdota de un campeonato mundial. Se vio que España no tiene todos los recursos necesarios para no preocuparse ante el fortín, pero tampoco es probable que sean muchos los equipos que se planten con esa idea en el campo. Porque Irán puede trabajar todos esos conceptos defensivos durante mucho tiempo sin ningún rubor, ellos llegarán siempre a la gran competición como los débiles y nadie les reprocharía un cerrojazo así. Los equipos que aspiran a llevarse la copa no lo tendrán tan fácil. Por imagen, pero también porque el empate es un objetivo menor en este deporte.

Jugar en función del rival, que no deja de ser lo que hizo Queiroz en Kazán, es algo reservado a los rivales menores. Por eso, aunque a España bien le vendrían algunas sesiones para actualizar algunas cosas sobre el ataque a las defensas rocosas, lo más probable es que no sean muchos los que dispongan una táctica tan conservadora en el campo.

Y, si lo hacen, estará Diego Costa, con alma, corazón y vida, peleándose por todos y cada uno de los balones que por ahí aparezcan y luchando contra los centrales para abrir espacios donde no los hay. Es algo similar a lo que hizo Llorente en aquellos octavos de 2010 contra Portugal. Un jugador corpulento para mosquear a los rivales, para bajar balones a la segunda línea. Aquello fue uno de los millones de detalles necesarios para que España fuese campeona del mundo. Diego Costa puede ocupar ese papel.

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