Jesús Gil cambió todo tras su llegada en 1987

Futre en Jácara: escándalos, chanchullos y un profeta en una discoteca pija

Hace unos días se desmanteló la última piedra que quedaba en pie del estadio Vicente Calderón. Habría que retroceder al verano de 1987 para encontrar la génesis de esa demolición

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Hace unos días se desmanteló la última piedra que quedaba en pie del estadio Vicente Calderón. Habría que retroceder al verano de 1987 para encontrar la génesis de esa demolición. En junio de ese año, las elecciones a la presidencia del Atlético de Madrid transformaron no sólo el club, sino el fútbol español con la llegada de un nuevo candidato, Jesús Gil y Gil.

Un hombre con arrolladora demagogia, estilo populista y una habilidad innata para captar los derroteros por donde iría la política mediática, utilizó todos los medios a su alcance, convencionales u objetables, para conquistar el palco del Manzanares. El fenómeno Gil se gestó durante aquel verano singular. La historia de aquel ascenso incluye firmas falsas, sobornos encubiertos, insultos, fiestas, marrullerías y aviones privados.

1987, el año que vivimos peligrosamente

Para definir con trazo rápido la España de 1987, cabe recordar que fue uno de los años en que más duramente golpeó el terrorismo de ETA, con atentados como el de la casa cuartel de Zaragoza o el de Hipercor. En primavera ocurrieron los incidentes de Reinosa, producto de una desindustrialización, acelerada por el ingreso de España dos años antes en la CEE. También se empezaron a vislumbrar las grietas en la virginidad obrerista del PSOE, cuando Nicolás Redondo, al frente de la UGT, acusó a Solchaga, ministro de Economía, de cohabitar con la patronal. Lo que sonaba en las radios en aquel verano era ‘La Bamba’, en la versión de Los Lobos.

En lo futbolístico, el Madrid de la Quinta del Buitre acaba de conquistar la segunda de la serie de cinco ligas consecutivas que ganó en aquellos años, ayudada por esa otra oficiosa ‘Quinta de los Machos’ que Hugo Sánchez acuñó, por celos, junto a Gordillo, Camacho y Buyo. Precisamente Hugo era la gran llaga por la que supuraba el colchonerismo, tras su fichaje dos temporadas antes por el eterno rival. Una herida que se amplió con el “hurto” de Paco Llorente, un extremo que deslumbró en el Atlético aquel curso y que acabó en el club merengue mediante el recurso al polémico artículo 1.006. La sangría venía de lejos. En 1982, el Barcelona había pescado en el Manzanares dos jóvenes talentos: Julio Alberto y Marcos.

El Atleti era por tanto un club vendedor, económicamente débil, venido a menos en lo deportivo e inmerso en un proceso de decadencia que arrancó a finales de los 70, y que se agudizó con el polémico período del Doctor Cabeza, del 80 al 82, momento en que una gestora se hizo cargo del club como puente hasta el regreso de Vicente Calderón. Ese era el convulso panorama en que habitaba el Atlético de 1987. No tenía un duro: su deuda alcanzaba los 1.600 millones de pesetas y comprometía su viabilidad. A la crisis económica, se unía la social y deportiva. Había desafección entre los aficionados, mientras que la plantilla se quejaba de los retrasos en el cobro o del mal ambiente que les tocaba padecer cuando jugaban como locales.

Calderón, enfermo, desapareció a comienzos de año durante dos meses para hacerse un chequeo médico en Houston e ingresar en una clínica. Para entonces había perdido gran parte del respaldo popular. En marzo llegaron a verse pancartas en el Fondo Sur, abucheadas desde la Tribuna, en las que se leía “Calderón, jubiliación”, “Calderón, dimisión” o “Calderón, vete”. ¿El motivo? Sus declaraciones en prensa unos días antes en las que se mostraba partidario de que el Atlético jugara en el 'Estadio Municipal Santiago Bernabéu'. El decano de los presidentes vio claro que el fútbol español consistía en dos grandes y “dieciséis cobayas de laboratorio”, y que el sino rojiblanco era pelear por ser “la cobaya más gorda”. ¿Su apuesta? Que los clubs se convirtieran en sociedades anónimas y que los grandes estadios pasaran, como en Italia, a ser propiedad de los ayuntamientos, con menos gastos para los clubs. Si Real y Atlético compartieran campo, pensaba, atraerían más gente con menos gastos. En respuesta, hubo quien propuso que se retirara su nombre del estadio. Calderón, que ya destilaba un discurso pesimista, parecía resignarse a la condición subalterna del Atlético. Sin embargo pensaba presentarse a las elecciones de ese año, pospuestas desde 1986.

La campaña electoral de hecho se había iniciado cuatro años antes. Calderón había reclutado para la directiva, en su regreso a la presidencia, a un constructor y empresario soriano de maneras poco ortodoxas, recomendado por el vicepresidente Salvador Santos Campano. Se trataba de Jesús Gil y Gil. Don Vicente chocó enseguida con aquella impetuosa reencarnación del Willie Stark, el corrupto personaje protagonista de la película ‘El político’, de Robert Rossen. Su obsesión era hacer un bingo en el club y que el equipo hiciera las pretemporadas en Los Ángeles de San Rafael.

"Calderón tiene el poder, nosotros la razón"

Gil ya era por entonces un outsider, un incordiante de lengua afilada con un pasado turbio. Concebía el palco del Atlético como un trampolín desde el que dar el salto a Marbella, localidad en la que empezaba a hacer negocios inmobiliarios. Gil había sido juzgado y encarcelado por un delito de homicidio involuntario a causa de la muerte de 58 personas en 1969, cuando un salón de la urbanización Los Ángeles de San Rafael, de la que era promotor y propietario, se derrumbó. Las prisas hicieron que se inaugurara sin que el cemento hubiera secado y Gil carecía de los permisos de obra reglamentarios. La investigación concluyó además que la obra se había realizado sin la supervisión de un arquitecto y sin un plan de construcción. A los 18 meses de estar en prisión, y tras haber pagado 400 millones de pesetas, fue indultado por Francisco Franco.

Su paso por la directiva fue fugaz y salió de ella por las malas. En 1983 la lió en la Asamblea rojiblanca y denunció a Calderón y a su directiva por la emisión de unos pagarés. “Calderón ya no tiene garra”, decía en un acto público a principios de 1984 junto al abogado José Luis Sierra, su mano derecha y eminencia gris que diseñó el asalto político a la alcaldía de Marbella, así como la trama de corrupción que hubo detrás.

“No quiero chanchullos. Confío en que se imponga un sistema nuevo y que no tengan entrada los medradores”. Su interés en conquistar la presidencia del Atlético era un hecho. En enero del año siguiente presentó en la Federación una demanda en la que pedía “la inhabilitación absoluta a perpetuidad de la totalidad de la actual Junta directiva del Atlético de Madrid”. Su eslogan era: “Calderón tiene el poder, nosotros la razón”. La guerra había comenzado.

Comenzó a elucubrar sobre su proyectada Ciudad Deportiva “para el pueblo de Madrid y labor social para cien mil familias”. Arremetía contra las peñas, que sólo “sirven a los intereses bastardos del directivo de turno”. Sus planes para el estadio pasaban por construir en él piscinas convertibles para la época estival, así como un gigantesco auditórium para espectáculos. Tampoco escatimaba críticas a los aficionados: “Yo estoy seguro de que ese campo no se llena ni con los cinco mejores jugadores del mundo. Calderón ha echado al socio, y además hay que tener en cuenta que el aficionado madrileño es de lo peor de España, y el del Atlético, el peor de todos”. La muerte de Vicente Calderón, el 24 de marzo, precipitó la campaña por la sucesión. Los precandidatos empezaron a formalizar sus propuestas y a apretar el acelerador de la campaña. Cinco hombres se perfilaron en la lucha por el sillón presidencial.

Sánchez León era el precandidato favorito para obtener la victoria.
Sánchez León era el precandidato favorito para obtener la victoria.

Los cinco precandidatos

Agustín Cotorruelo, hijo del socio número 1 y presidente de la Junta Gestora en 1982, era miembro de una familia ligada históricamente al club desde su fundación. Ministro de Comercio en el gobierno de Carrero Blanco, su candidatura era apoyada por Gárate, Calleja y Germán, y encarnaba de algún modo “el calderonismo sin Calderón”. Preocupado por la deserción de los socios rojiblancos, se le acusaba de continuista, conservador e inmovilista.

Salvador Santos Campano, conocido como ‘El Pastelero’ por la cadena de pastelerías de la que era propietario, era un industrial dedicado también a la exportación e importación de porcelanas y cristales, además de ex jugador del equipo de balonmano rojiblanco. Había sido vicepresidente del Atlético con Calderón, cargo que abandonó por diferencias con este, y su principal aspiración era remodelar el estadio, construir un polideportivo, potenciar el balonmano y alcanzar los cien mil socios.

Manuel Herrero, empresario peletero y vicepresidente del club con el Doctor Cabeza, se autodefinía como self made man y presumía de contar con el poderoso respaldo de los créditos del Banco Urquijo, por valor de varios cientos de millones, para reflotar el club. Más tarde ingresaría en la candidatura de Cotorruelo.

Enrique Sánchez de León, como gran favorito, que había sido directivo durante seis meses con el Doctor Cabeza. Ministro de Sanidad y Seguridad Social en el gobierno de Adolfo Suárez tras las elecciones generales de 1977, era respaldado por la Federación de Peñas. Con retintín, y para quien quisiera entender, decía que en su lista “no había ningún golfo”.

Jesús Gil y Gil, por último. Un precandidato a la americana. Se le acusaba de advenedizo por su número de socio (el 16.386), demasiado alto como para acreditar suficiente pedigrí colchonero. “Esto no es como el buen vino, que se hace con la solera. Con cinco años tengo los mismos derechos que otro”, respondía. Apelaba de continuo a la masa social, a la que prometía una Ciudad Deportiva en la que “bañarse, jugar al tenis, convivir y disfrutar”, y exigía que 700 millones de la deuda fueran pagados por los directivos del club por ser los responsables de la misma, según la documentación que obraba en su poder. Se jactaba de que era el único al que Calderón nunca habría apoyado.

Así se ganaba los votos Jesús Gil.
Así se ganaba los votos Jesús Gil.

El primer obstáculo era la recogida de firmas. Se precisaban al menos 1.251 firmas para poder presentarse a los comicios, pero Gil prometió que no concurriría a las elecciones si no obtenía 5.000 rúbricas de socios. Se requería ser mayor de edad, tener más de un año de antigüedad como socio y que la firma fuera auténtica (se contrató a peritos calígrafos). Todos pasaron la criba y la Junta Electoral proclamó cinco candidaturas para las elecciones del 26 de junio. Tras eliminar las firmas duplicadas (Gil presentó 248, el que más), se rechazaron a continuación las fraudulentas o inválidas (también Gil, con 684 firmas, fue el que más destacó en este apartado). El resultado fue esclarecedor de por dónde iban las preferencias del aficionado: Sánchez de León, con 2.918 firmas, fue el candidato con más avales de los socios, seguido por Jesús Gil, con 2.684. Pese a todo, el soriano incumplió su promesa de abandonar si no llegaba a las 5.000, y anunció que impugnaría las papeletas presentadas por Enrique Sánchez de León.

El cariz de la campaña quedó fijado desde ese momento. Hubo insultos. Gil llamó “defraudador” y “chanchullero” al antiguo ministro de la UCD. Denunció que las papeletas habían sido manipuladas. Pidió los nombres de los socios que habían votado al ex ministro y anunció que revisaría una a una las papeletas. “Todo está podrido, la Junta Electoral está vendida”, proclamó. Al día siguiente, impugnó las firmas de Sánchez de León y Santos Campano por incumplir la Ley del Deporte. Según Gil, se había producido un pucherazo. De golpe y porrazo, había metido a todos sus rivales en el barro. Sánchez de León solicitó pruebas periciales y pidió que los análisis técnicos los realizara la Dirección General de la Policía. Faltaban dos semanas para las elecciones y Gil arrastró a un torbellino de marrullería e insultos a sus rivales. En aquel momento no tenía claro que fuera a conquistar la presidencia.

Gil anuncia el 'principio de una nueva era' a las puertas del Calderón (Efe)
Gil anuncia el 'principio de una nueva era' a las puertas del Calderón (Efe)

“De no haber entrado yo en las elecciones hubiera parecido un funeral”, se jactaba Gil, que contrató una avioneta publicitaria de campaña para que sobrevolara la plaza de toros de Las Ventas en las tardes de corrida. En los primeros días de campaña gastó 30 millones de pesetas, y prometió invertir lo mismo en la segunda vuelta. Celebró un cocktail-mitin gigante en los Salones Manzanares. Le gustaba hacerlo todo a lo grande. Recibía a los periodistas en su despacho y, delante de ellos, telefoneaba a Ricardo Fuica, el agente del madridista Martín Vázquez. “Oye, ya está bien de largas. Quiero una contestación. Quiero a Martín Vázquez. Ofrezco más que nadie, pero le quiero rápido”.

Gil llamaba a los portavoces de sus rivales los llamaba “los sobrecogedores”, porque decía que cobraban en sobres

A los portavoces de sus rivales los llamaba “sobrecogedores”. Consiguió que varias peñas se opusieran a Sánchez de León. “El caos es tal que sólo es válida una revolución. Hay que cambiar prácticamente todo”, proclamaba. Había que traer un crack para dejar de ver cemento en el estadio. Construir un polideportivo en los terrenos adyacentes al campo, explotar comercialmente el estadio, llegar a 50.000 abonados, y hacer un parking como el de Wembley, con 4500 plazas. ¿Los 1.600 millones de deuda? Había que cobrárselos a los directivos del club.

Gil pagaba de su bolsillo páginas en el diario MARCA para denunciar corruptelas, como que Núñez estaba conchabado con Sánchez de León para difundir la noticia de que Schuster iría cedido al Manzanares si aquel ganaba las elecciones. En un debate en la Agencia EFE casi llegó a las manos con Santos Campano. Mientras, los jugadores manifestaban su disgusto por la falta de respeto que suponían las declaraciones de los candidatos en vísperas de la final de Copa del Rey que les enfrentaría a la Real Sociedad. Aquel partido fue una oportunidad de comprar literalmente votos: a todos aquellos socios que le dieran su apoyo les pagaría un billete de tren para acudir al partido. Sánchez de León denunció la maniobra como propia “de la tradición de la política caciquil de la España del siglo XIX". Pero fue a dos días de las elecciones cuando Gil decidió echar el resto.

A todos aquellos socios que le dieran su apoyo les pagaría un billete de tren para acudir al partido.
A todos aquellos socios que le dieran su apoyo les pagaría un billete de tren para acudir al partido.

Futre, el deseado

Paulo Futre era una antigua ambición rojiblanca. Lo descubrió Ángel Castillo, el secretario técnico, que le seguía desde que el portugués, con 15 años, jugaba en las categorías inferiores del Sporting de Lisboa. Él y Víctor Martínez, de la comisión deportiva, intentaron traerlo al Atlético para suplir a Hugo Sánchez en 1985. Futre acababa de renovar por cuatro temporadas por el Oporto, a razón de 40 millones de pesetas por cada una, y su precio había ascendido a 250 millones. Se firmó un preacuerdo con el jugador, pero a la hora de la verdad el club rojiblanco fue incapaz de afrontar la operación. En la caja sólo había telarañas. En su lugar se fichó al Polilla Da Silva por 320.000 dólares.

El 24 de junio, a dos días de las elecciones, estaba previsto un almuerzo-coloquio entre los candidatos en el Club Siglo XXI, una institución de prestigio pero de solemnidad carca, que sería retransmitido en un programa regional de TVE. Allí se hizo palpable la certeza de los candidatos de que el enemigo era Gil. Y eso que su rival no compareció. En su lugar se subió a un avión con destino a Oporto para negociar el fichaje de la estrella portuguesa. Antes de despegar anunció que al día siguiente habría una fiesta de cierre de campaña en la discoteca Jácara. También declaró a la agencia Efe que daría una prima de su bolsillo de 250.000 pesetas a los jugadores rojiblancos y de 500.000 al entrenador por ganar la Copa del Rey, a disputarse el día posterior a la noche electoral.

Al día siguiente, a toda prisa, voló hasta Milán, donde el Oporto disputaba el Mundialito de clubes, y se abrió paso en el hotel de concentración de los portugueses. Un muchacho que bajaba de dormir la siesta fue interceptado por un señor voluminoso que exclamó: “¡Hombre, tú eres Futre!”. Lo había leído en sus chanclas. El jugador, que ya había alcanzado un acuerdo con el Inter para jugar en Italia al año siguiente, cambió de opinión cuando Gil le ofreció el doble a él (120 kilos al año, más un Porsche amarillo y un chalet) y al Oporto, que cerró su traspaso a un hipotético Atlético de Gil por 500 millones. Cifras astronómicas para la época. “Futre, adiós, niño”, tituló al día siguiente con rencor el rotativo portugués ‘A Bola’.

A toda prisa Gil y Futre se metieron en el avión que los llevó a Madrid, con tiempo apenas para aparecer en la discoteca Jácara Plató Madrid, donde 3.000 aficionados los esperaban, entre ellos miembros del Frente Atlético, cuyos gastos Gil se comprometió a sufragar, al grito de “¡Futre sí, Hugo no!”. Jácara, en la calle Príncipe de Vergara, era una de las discotecas más pijas de Madrid, el lugar donde desfilaron en concierto David Bowie, James Brown, Mecano, Radio Futura, Presuntos Implicados o Héroes del Silencio. Un templo en el que, en horario juvenil, se podía pillar cacho entre las niñas bien del barrio, que se maquillaban en la puerta misma para parecer mayores. En la discoteca, Gil anunció que intentaría fichar también al belga del Bayern Jean-Marie Pfaff, el portero estrella del momento.

Que un jugador como Futre, a quien se comparaba con Maradona, y que venía de proclamarse campeón de Europa con el Oporto tras una final en la que él, aislado en la delantera, aturdió con ataques eléctricos a todo un Bayern de Múnich, era un sueño demasiado hermoso como para ser despreciado por la hinchada rojiblanca. Frente a un fichaje así, de nada sirvieron las propuestas de sus rivales. Todos alertaron contra el “salto al vacío” y el “aventurerismo”. Santos Campano, en un show presentado por Raffaella Carrà, dijo haber llegado a un acuerdo con Ricky Hill, el futbolista del Luton, y con el ex entrenador del United, Ron Atkinson. Sánchez de León, a la vez que apelaba a la prudencia para no lastimar la moral del equipo de cara a la final de Copa, anunció el fichaje del brasileño Mirandinha y la continuidad de Luis Aragonés.

Cotorruelo, en cuya candidatura terminó ingresando Manuel Herrero, preocupado por la “locura electoral” defendió una “política de pies en el suelo” y se lamentó del rumbo de las elecciones: "Los directivos de la Juventus, el Milán, el Liverpool, el Bayern y los clubes españoles son idiotas. Sólo los candidatos del Atlético tienen las fórmulas mágicas. ¿Que se deben 1.600 millones? Mañana, arreglado. ¿Que hay que gastar 500 en fichajes? Está a nuestro alcance. Sólo falta Maradona. Verdaderamente, somos el asombro de Europa". Era un caballero metropolitano, un dinosaurio de otra época al que el mundo moderno le estaba pasando por encima. Esa misma noche, en la radio, José María García, que ya había hecho campaña por Gil durante meses, cerró su influyente programa con estas palabras: “quien mañana no vote a Gil no es del Atleti”.

Una nueva era en el Atlético

Jesús Gil y Gil se alzó con la victoria en las elecciones con 6.219 votos frente a los 3.465 de Sánchez de León, seguido por Cotorruelo con 1.885 (fue el candidato preferido por los socios de más antigüedad) y los 907 de Santos Campano. Se presentó como un profeta dispuesto a acabar con las golferías del mundo del fútbol. Consciente de que ser presidente del Atlético era una forma de promoción personal, declaró que era “un medraje lícito”.

Nacho Carretero recoge en ‘Fariña’ las declaraciones de Luis Manuel Rubí Blanc, administrador judicial del club en la temporada del descenso, sobre su paso por el Atlético de Madrid. Se trata del hombre que había sido nombrado por el juez Garzón como administrador de los bienes incautados al narcotraficante gallego Laureano Oubiña, entre ellos el Pazo de Baión. Según Rubí, al frente del Atleti recibió “amenazas de todo tipo, también mi familia. Con el pazo y los narcos no tuve ningún problema. Dame los narcos antes que el fútbol, sin ninguna duda”.

Rubí llegó a declarar que prefería trabajar con narcotraficantes a con la familia Gil

Dicen que tras conquistar la presidencia, Gil juró que nunca más se celebrarían elecciones en el club. Es quizá una de las pocas promesas que cumplió. En su primera visita al estadio como presidente, dando un codazo de complicidad a su hijo Miguel Ángel, exclamó: “mira lo que hemos comprado por 500 millones”. Ese mismo verano dejó claro lo que pensaba de los aficionados que le habían elegido presidente en una entrevista en la revista ‘Cambio 16’: “los socios del Atlético suelen ser personas de un estrato social bajo, porque el que no tiene un drogadicto en la familia a lo mejor tiene una prostituta”.

Siguió haciendo promesas, como la de hacer navegable el Manzanares para los socios del club, instalando en él un barco-restaurante. También la de construir un aparcamiento (no tardó en vender las dos parcelas aledañas al estadio donde los aficionados dejaban sus coches en los días de partido). Expedientó y expulsó a los socios díscolos e invitó a los descontentos a “bajar al césped y meter la bolita con los cuernos”. Años después, se apropió del club sin poner un duro. Para entonces el Atlético era ya irreconocible.

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