UNA VIDA AL MARGEN DE LA LEY

Dos indultos, sesenta muertos y el Atleti gratis: los primeros años del empresario Gil

Un retrato del 'gilismo' a través de las personas que fueron pioneras en enfrentarse a él

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Mari Carmen, ¿seguro que no quieres venir? Estaremos muy poco, lo justo para comer y volvernos. Recuerda que otros años te lo has pasado muy bien.
No, que por la tarde he quedado con una amiga que se va a casar. Luego os veo.

Esta conversación tuvo lugar el mediodía del 15 de junio de 1969 en la Plaza Mayor de Segovia. Mari Carmen Torquemada, de 23 años entonces, cerró el autoservicio Spar que regentaba junto a sus padres, les dio un beso y se despidieron. Nunca más volvería a verlos.

A continuación Juan Torquemada y María Balandín, los padres, marcharon a Los Ángeles de San Rafael, donde la multinacional holandesa Spar convocaba su comida anual de trabajadores. Tomaron asiento en una mesa enorme, cerca de la presidencia. De hecho, solo les separaba una viga de la familia Pascual, dueños de la marca en España. Para comer había langostinos, trucha, ternera y tarta. Después, champán y helado. Los más de 600 invitados fueron llenando las amplias estancias de la sala de fiestas de Los Ángeles de San Rafael. Acaban de ampliarla y las paredes estaban cubiertas con unas lonas, porque aún no había instalación eléctrica ni ventanas.

Mari Carmen Torquemada perdió a sus dos padres en Los Ángeles de San Rafael. (A.P.)
Mari Carmen Torquemada perdió a sus dos padres en Los Ángeles de San Rafael. (A.P.)

A las 14:45, sin previo aviso, el suelo del primer piso cedió. Lo hizo justo por la viga en la que estaban sentados Juan y María. Después, el techo. Murieron 58 personas y quedaron heridas otras 150. Acababa de suceder una de las mayores tragedias de la historia de España.

Suárez y Gil estuvieron a punto de llegar a las manos en San Rafael

Mari Carmen estaba en casa, comiendo junto a sus cinco hermanos. La radio empezó a hablar de un accidente en San Rafael y uno de los hermanos, el mayor, salió corriendo hacia el coche. Mientras el resto esperaban, la casa empezó a llenarse de gente. "Vino media ciudad. Mis padres eran los tenderos más conocidos de Segovia, llevaban muchos años trabajando y eran queridos", dice Mari Carmen Torquemada.

Entre el gentío se abrió paso uno de los tíos de Mari Carmen. Llegó a la mesa donde estaban todos los hermanos y dejó una sortija. Era de María. "Entonces le gritamos: '¡¿Dónde está mi madre?!' Y él nos dijo que estaba muerta", continúa Mari Carmen, que no puede evitar emocionarse a pesar del paso de los años. Juan apareció horas después, también sin vida. El matrimonio murió aplastado: "Nos dijeron los médicos que tenían la espalda y el pecho juntos. Aparecieron abajo de todos. Al caer, les cayeron encima los escombros y el resto de los invitados".

El estado en el que quedó la sala de fiestas de San Rafael. (Archivo histórico provincial de Segovia)
El estado en el que quedó la sala de fiestas de San Rafael. (Archivo histórico provincial de Segovia)

Mientras policía, ambulancias y voluntarios trasladaban a los afectados a los hospitales, el promotor del edificio permanecía encerrado con escolta de la Guardia Civil. Era Jesús Gil. Tras conocerse la tragedia, Gil acudió al lugar de los hechos y se empeñó en defender su inocencia, una actitud que causó altercados; primero, con los altos directivos de Spar que habían salvado la vida, y después con Adolfo Suárez, gobernador civil de Segovia en aquél momento. Cuentan las crónicas de la época que a Gil y a Suárez hubo que separarlos después de intercambiarse algún manotazo. Su obsesión era demostrar que se trataba de un desgraciado accidente, algo que nadie creyó desde el primer momento.

La obra estaba sin terminar y no contaba con ninguno de los permisos necesarios

Meses después, en el juicio, se supo que el joven promotor, de 36 años, no había pedido ninguno de los permisos necesarios para la ampliación. Que las obras, inconclusas y con el aglutinante aún sin cuajar, habían sido aceleradas hasta el absurdo para llegar al ágape de Spar. Se revelaron informes que aseguraban que, incluso yendo a la máxima velocidad, el nuevo salón no estaría listo hasta finales de julio, un mes y medio después del accidente.

En el sumario también apareció, aunque no fue reseñado en la prensa de la época, una carta que José María del Pozo Cubero, aparejador del complejo de San Rafael y amigo de Gil, le escribió a su jefe antes de la inauguración. Del Pozo y su equipo de arquitectos habían planificado toda la colonia, pero para la ampliación de la sala de fiestas Gil no contó con el respaldo de los técnicos: "Debes coger a un arquitecto o técnico superior que calcule la estructura y revise después la obra que estás realizando, para que se responsabilice de ella, pues no tiene nada de particular que, cuando a esa construcción se le pongan las sobrecargas de una sala de fiestas o restaurante, podría suceder alguna desgracia que todavía hay tiempo de reparar", le advierte Del Pozo.

Gil nunca respondió a esta carta.

Mari Carmen Torquemada está angustiada estos días. La tragedia de Los Ángeles de San Rafael cayó pronto en el olvido, hasta el punto de que tuvo que ser ella la impulsora del reciente homenaje a las víctimas, ya que las autoridades segovianas no estaban por la labor. A diferencia de otras víctimas, que prefieren no recordar, Torquemada siempre se ha mostrado desafiante con Gil: "No entiendo que ahora le hagan una serie y la gente le ría las gracias, para mí siempre será el asesino de mis padres", dice.

Gil fue condenado a cuatro años de prisión por homicidio involuntario, pero apenas pasó siete meses a la sombra. Franco le indultó gracias a que la madre de Jesús Gil, Guadalupe, no paró de enviar cartas a distintas autoridades explicando la injusticia que se estaba cometiendo con su hijo. La hermana de Franco le respondió y Guadalupe no soltó a su presa. Distintas fuentes sostienen que Jesús heredó el poder de persuasión de su madre, además de esa pulsión irrefrenable que les lleva a conseguir lo que desean a cualquier precio.

Cuatro años después del accidente, a Mari Carmen le abordó un desconocido por la calle. Se presentó como un funcionario de la prisión de Segovia. Le dijo: "Tengo que pedirle perdón, señora. Durante el tiempo que ha pasado Gil en la cárcel, muchos funcionarios hemos sentido vergüenza. A Gil se le ha permitido hacer de todo: comer de los mejores restaurantes, tener una televisión en la celda, regular la calefacción... y muchos de mis compañeros iban a las comidas con él". El propio Gil ha reconocido que, durante los meses que estuvo en prisión, consiguió que restaurantes como José María y Cándido le sirvieran todos los días.

Los últimos meses de la condena los pasó en arresto domiciliario. En teoría el empresario no podía abandonar su casa de Mirasierra salvo para acudir al juzgado o a prisión, pero Gil consiguió ganarse la voluntad de los dos policías que le custodiaban y a los pocos días reemprendió su vida empresarial con normalidad. "Iba a reuniones de negocios con los dos agentes, a los que presentaba como sus guardaespaldas, y cuando acabó su condena, los contrató en sus empresas", dice el periodista Juan Luis Galiacho.

El periodista

Galiacho dirige la publicación online 'El Cierre Digital'. (A.P.)
Galiacho dirige la publicación online 'El Cierre Digital'. (A.P.)

Si Mari Carmen fue la primera víctima en levantar la voz, Juan Luis Galiacho fue el primer periodista que se empeñó en aflorar públicamente el reverso oscuro de Gil. Lo hizo en 1993, cuando el 'gilismo' atravesaba su cénit de popularidad, a través de un libro, 'Gil, el gran comediante', que a la postre se ha convertido en la biblia del empresario. El periodista, que entonces trabajaba para la revista 'Época', relató minuciosamente en su obra los pasos que Gil fue dando hasta llegar al ayuntamiento de Marbella, prácticamente todos delictivos. Es, quizá, la persona que más sabe de Gil en España.

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PREGUNTA. ¿Cómo fue enfrentarse tan abiertamente a Gil a comienzos de los 90?
RESPUESTA. Terrible. Para muchas personas Gil era dios y lo que yo contaba era todo mentira. No solo fueron sus seguidores, también muchos compañeros de profesión se me echaron encima, sobre todo los que trabajaban en deportes. Y la propia familia Gil, claro. Recibí cientos de amenazas de su entorno, incluso Miguel Ángel Gil, ahora presidente del Atlético de Madrid, me amenazó en persona.

P. ¿Por qué Gil tenía tantos amigos en la prensa?
R. Normalmente porque les hacía favores, pero también porque siempre estaba disponible para ellos y les daba titulares. Con José María García, por ejemplo, siempre tuvo una magnífica relación porque ayudó al padre de García en un asunto complicado que tenía. Luego a Encarna Sánchez o a Antonio Herrero les había dado casas en Marbella... con todo esto consiguió que hubiese muy poca crítica a Jesús Gil.

P. Después de tantos años siguiéndole... ¿cómo definiría a Jesús Gil?
R. Un embaucador, un delincuente que se valía de su poder de persuasión para conseguir sus objetivos, que normalmente confluían siempre en uno: dinero. Para ello utilizaba las técnicas de la mafia italiana. Nunca rechaza hacer un favor personal a alguien, porque sabe que a través de los sentimientos se consigue la conexión más fuerte con una persona. Después, favor por favor. Y también compartía las esencias mafiosas, en tanto que hacía lo que le daba la gana a cambio de tener al pueblo bien alimentado y contento.

P. Viéndole por televisión parece inofensivo.
R. Muchas personas, las que le conocen de televisión y del fútbol, le ven como un bufón o un tío muy campechano, gracioso, pero Gil en persona era bien distinto. Lo que hacía Jesús Gil no tenía ninguna gracia. Amenazaba a la mínima a tu familia, incluso al letrado que llevaba a las víctimas de San Rafael; quería indemnizar con lo mínimo a los muertos y fueron unas negociaciones muy intensas. Después revendió la comida de aquel banquete, ya que no la pudo servir. Él era así, pero yo creo que esto no corresponde a lo que entendemos por un bufón.

El periodista Juan Luis Galiacho
El periodista Juan Luis Galiacho

P. Imagino que un enemigo temible.
R. El peor. El peor. Aunque le dijeses la verdad a la cara, Gil no se derrumbaba nunca, siempre combatía. Era inagotable. Era muy, muy mal enemigo, por eso la mayoría de la gente prefería no tener conflictos con él.

P. ¿Cómo era Gil personalmente?
R. Un tipo imaginativo, que siempre tenía la cabeza llena de proyectos. Tenía la casa llena de bolígrafos para cuando se le ocurría algo. Con sus amigos debía ser muy amable, con los que no lo éramos, un tío brutal. Yo siempre me negué a darle la mano. Al principio me amenazó y a mi familia, después intentó un acercamiento, pero lo rechacé. Entre medias me hizo varias jugarretas más.

P. Cuente una.
R. Una vez que fui a escribir una historia de Marbella para 'Época' me alojé en el hotel Don Pepe, que por entonces era el mejor de la ciudad. Cuando acabé la crónica, pedí en recepción que por favor la enviasen por fax a la revista. No hubo problema, pero una hora después me llamó el director de 'Época': 'Juan Luis, me ha llamado Jesús Gil para decirme que has intentado comprar a uno de sus concejales con una crónica. Dice que se la has enviado y le has pedido dinero por no publicarla, la tengo aquí delante'. Ese es el tipo de control que Gil ejercía sobre las personas y cómo te atacaba sin miramientos, aunque fuera inventándose las cosas.

P. ¿Y el Gil empresario?
R. Listo e imaginativo, pero también cíclico, muy repetitivo. Allá donde fue, independientemente de si acabó o no por ello en la cárcel, siempre hacía lo mismo, siempre al margen de la ley. Teje redes clientelares, usa una única caja para todos sus negocios, amenaza y defenestra a los disidentes, trata lo público como si fuera suyo... y, por supuesto, intenta comprarlo todo sin poner un duro. Así se hizo con el Atlético de Madrid, así construyó el complejo de los Cipreses del Mar, en Marbella, con un crédito de Caja Postal que nunca se ejecutó o incluso Aval Renta, a cuyos clientes, estafados, les decía que se tirasen por la ventana, que no iban a cobrar.

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Después de salir de la cárcel por San Rafael, Gil inició una intensa actividad inmobiliaria. Ejerció como promotor, constructor e intermediario en diversas operaciones entre las que destaca el caso de Aval Renta, uno de los escándalos menos conocidos del empresario soriano. Gil creó Aval Renta en 1972 como un fondo de inversión, al estilo del de Javier de la Rosa, con el objeto de ampliar y mejorar Los Ángeles de San Rafael. En solo seis meses consiguió levantar 200 millones procedentes de 80 prestamistas, en su mayoría jubilados sin demasiados recursos, al calor de unas promesas de rentabilidad del 12%.

Pagó solo el primer mes. Después, a los que reclamaban, les animaba a "tirarse por la ventana", ya que él no podía hacer nada más. "Lo acabó solucionando dándoles parcelas en San Rafael, con lo que mató dos pájaros de un tiro: se quitó una deuda de encima sin pagar y encima colocó suelo que no conseguía vender en San Rafael", dice Galiacho.

Sin embargo, en una de esas transacciones vendió un chalet que estaba embargado y la Justicia le sentenció a dos meses de prisión. No tenía que entrar en prisión, pero le inhabilitaba para ejercer cargos políticos, de modo que el Gobierno volvió a concederle un indulto. "Debe ser el único español indultado por Franco y por los socialistas... con Gil todo funcionaba así, cobrando favores", dice Galiacho. Años después, el ex ministro Belloch justificó esta decisión: "Era una pena muy pequeña, de dos meses de arresto mayor y, si no se le indultaba, no se podía presentar a las elecciones de Marbella", dijo. "En aquel momento Gil no era Gil, así de sencillo, no sabíamos nadie qué tipo de personaje era y por tanto la decisión fue razonable. Si hubiéramos sabido lo que después hemos sabido es obvio que ni yo lo hubiera propuesto al Consejo de Ministros ni ningún Consejo de Ministros hubiera acordado el indulto", lamentó Belloch.

El administrador

El abogado Luis Rubí Blanc, en su despacho de Castellana. (A.P.)
El abogado Luis Rubí Blanc, en su despacho de Castellana. (A.P.)

A finales de los 80, Gil se encontraba en una disyuntiva. Aunque gozaba de gran apoyo popular, la justicia empezaba a interferir demasiado en sus negocios. La forma de capitalizar su carisma la encontró en el fútbol, y más concretamente en el Atlético de Madrid, que hacía su pretemporada en Los Ángeles de San Rafael. Gracias a este negocio, Gil trabó amistad con Vicente Calderón, quien primero le nombró vicepresidente del club y después le impulsó en las elecciones por la presidencia de 1987. Se presentó como adalid contra la corrupción y, gracias al apoyo de José María García, arrasó en los comicios. "No os preocupéis que, a partir de ahora, no sale una peseta del club sin que yo la firme", dijo a los aficionados durante la toma de posesión.

El Atlético de Madrid es, con diferencia, la gestión más brillante del 'gilismo'. En estos treinta años, primero con Jesús y después con Miguel Ángel al frente, el equipo ha ganado 2 ligas, 3 Europa League (anteriormente copas de la UEFA), 3 Supercopas de Europa y 4 Copas del Rey. Los aficionados, además, han podido disfrutar de algunos de los mejores jugadores del mundo en sus generaciones, como Paulo Futre, Antoine Griezmann, Bernd Schuster, Radamel Falcao o Diego Godín.

Lamentablemente, la gestión económica del Atleti también fue 'gilista'. Quien mejor lo sabe es el abogado Luis Rubí Blanc, quien durante unos meses de 1999 fue el administrador judicial del Atlético de Madrid. El fiscal anticorrupción Castresana le puso al frente del club mientras investigaba a Jesús Gil, Miguel Ángel Gil y Enrique Cerezo por la compra irregular del Atlético de Madrid. "Fue por el caso Mete Saca. Gil puso el dinero cuando los clubes se convirtieron en sociedades y después lo sacó. No puso un duro. Se quedó con el club gratis y solo se libró de ser condenado porque el caso había prescrito", dice Rubí.

Gil, junto a Futre y el entrenador Radomir Antic. (Reuters)
Gil, junto a Futre y el entrenador Radomir Antic. (Reuters)

La labor de Rubí era mantener el valor del club mientras eran investigados sus directivos para que, en caso de embargo, los acreedores tuvieran más posibilidades de cobrar. Y para eso Rubí necesitaba enderezar la contabilidad: "Los libros estaban hechos un cristo, no valían para nada. Un desastre. Había constantes entradas y salidas de dinero anómalas, sin justificación, los contratos no reflejaban la verdad de los gastos... no había una contabilidad fiable, sino apuntes de todo tipo. Había ingresos que en realidad eran gastos, como la deuda que teníamos con Telefónica, a la que Gil había vendido los mismos derechos televisivos que a Asensio", explica.

A los pocos días empezó el desfile de jugadores por su despacho. Le decían que Gil les estaba pagando gran parte de su nómina en negro y que, si no cobraban ese dinero, querían el traspaso inmediato. Rubí sabía del dinero negro, pero no pudo ponerle cifras hasta que consiguió los contratos de Celso Ayala y Hugo Leal: "Son los únicos que me los facilitaron porque acababan de llegar y, a diferencia de sus compañeros, todavía no tenían un delito fiscal. Las diferencias que descubrí me asustaron: los jugadores cobraban un 70% o un 80% más de lo que figuraba en sus nóminas, que se pagaba en sobres", explica Rubí. "Por supuesto, me negué a pagar una peseta más de lo que ponía en los contratos, y debo reconocer que algunos jugadores cobraban muy poco dinero".

Un día se presentó un italiano en mi despacho y me dijo: "Me debes 400 millones de pesetas"

De la gestión de las deudas da fe este episodio: "Un día aparece por mi despacho un italiano, bajito, con chupa de cuero negro y un Ferrari en la puerta. Parecía recién salido del rodaje de 'El Padrino'. Se planta delante de mi mesa y me dice: 'Yo intermedié en los fichajes de Chamot y José Mari con el Milán, me debes 400 millones de pesetas'. Y yo, atónito, pensé: 'Joder, a cuánto sale la hora de trabajo de éste'", ríe Rubí. "Era todo un poco así, a las extravagancias del fútbol le sumas las de Gil y te sale ese cóctel que era el Atlético de Madrid".

En su informe, Rubí también descubrió una trama que finalmente fue archivada. "Fue gracias a Bogdanovic, un futbolista con 30 años que le costó 100 millones de pesetas al Atlético de Madrid y Gil lo valoró en los libros contables en 3.000 millones. ¿Para qué era? Para sacar a Holanda esos 3.000 millones y, desde allí, repartírselo en negro entre todos los que tocasen: directivos, agentes, futbolistas…", explica Rubí. Algo parecido sucedió con Radek Bejbl, que costó 400 pero por el que se pagaron 1.500 millones. Siempre a través de la sociedad holandesa Van Doorn: "Para mí esta era la línea de investigación más interesante, porque era la forma en la que el dinero salía de España y se repartía entre un montón de implicados. Pero se trataba de una operación internacional, desde Van Doorn no respondieron, hubo algún defecto de forma... y aquello se quedó parado".

Con estos sobrepagos, Gil y el resto de la directiva se aseguraban un ingreso extra en sus nóminas, lo que hizo que el volumen de fichajes se disparase a medida que se perfeccionaba el flujo del dinero. El Atlético pasó de los cuatro fichajes en la última temporada de Vicente Calderón a los 18 del último ejercicio de Jesús Gil. En total, Jesús Gil incorporó a 166 jugadores durante sus 17 temporadas al frente del club, a casi diez fichajes cada verano. "Yo creo que, sobre todo en esa época, este tipo de sobreprecios eran habituales en el fútbol, porque si un jugador vale 100 y tú pagas 120, nadie te puede demostrar nada. Engordar un 15% o un 20% era normal, lo de Gil lo descubrimos porque él los inflaba un 80% y un 90%. Realmente creía que podía hacer lo que le diese la gana", sigue Rubí.

Por último, el administrador descubrió los problemas derivados del uso de la caja única. Gil transfería fondos entre el Atlético de Madrid, las cuentas del ayuntamiento de Marbella y sus empresas constantemente y sin recato. En una ocasión, para solventar una deuda de 2.700 millones que el Atlético de Madrid tenía con una de sus empresas, cedió a cuatro jóvenes jugadores al club por valor de esa cantidad. Fueron Abbas Lawal (nigeriano, valorado en 1.000 millones), Bernado Matías Djana (angoleño, 350 millones), Limamou Mbengue (senegalés, 190 millones) y Maximiliano de Oliveira (brasileño, 1.100 millones). Ellos protagonizan otra de las causas de Gil, el caso Negritos.

Solo Lawal llegó a jugar con el primer equipo, seis partidos en la 2000/01. "Eran chavales que habían salido de centros de acogida. Ninguno era profesional. Les daban un bonobús para ir al entrenar al Cerro del Espino y un bocata, no vieron un duro de sus fichajes", relata Rubí. Matía Djana, uno de los fichajes más chocantes, salió del centro de acogida de los Padres Mercedarios en San Blas: "Me sentí engañado", dice a este periódico. "¿Cómo si no? No me pagaron nada por ese traspaso", explica. Esta experiencia, comenta, le alejó del fútbol para siempre: "Probablemente en otra situación habría seguido jugando". Pese a que sufrió después de salir de Atleti, Djana se asentó en España, tiene familia y se dedica a la exportación.

Rubí conserva en su despacho una tira cómica de su época al frente del Atlético de Madrid. (A.P.)
Rubí conserva en su despacho una tira cómica de su época al frente del Atlético de Madrid. (A.P.)

Ya alejado de la función pública, y al frente de un imponente despacho cerca del Bernabéu, Rubí recuerda aquellos días con nostalgia: "Aprendí mucho, porque fue duro. Yo no podía ir al palco, porque la gente me insultaba y se podía producir un altercado. Veía los partidos en el despacho de Clemente Villaverde, por televisión, con dos Policías Nacionales en la puerta. Lo pasaba fatal, sufría mucha frustración porque la pelota no entraba… y escuchaba a la grada rugir y cantar contra mí… a veces me asustaba, miraba a los policías y era consciente de que si venían varios, no había nada que hacer. Me venía mucho a la cabeza, sin duda por deformación de abogado, una figura jurídica, el homicidio en riña tumultuaria. Viene a decir que había mucha gente y que alguien ha matado a alguien, pero no sabemos quién, así que se aplican penas mínimas o ninguna. Pensaba: ‘Estos un día van a entrar a matarme y encima se van a ir de rositas", bromea el abogado.

Por momentos la presión fue insoportable para Rubí: "Por un lado tenía a la afición en contra. Incluso me reuní un par de veces con el Frente Atlético para explicar qué estaba haciendo allí, y pasé miedo, eran personas que no tenían nada que perder", dice, "y por otro lado los jugadores no querían ganar. Gil, que es muy astuto, les pidió que bajasen el ritmo, porque perdiendo era más posible que acabase la intervención... y tenía razón. Además, ellos estaban cogidos por los testículos, porque hasta que no volviese Gil, no cobraban lo que les habían prometido".

Aunque Rubí dejó el equipo fuera de los puestos de descenso, cree que el daño para esa temporada era irreparable: "Gil picó demasiado el avión y no le dio tiempo a remontar el vuelo. Se pasaron muchos partidos arrastrando los pies y, cuando hubo que volver al máximo nivel, era tarde y se fueron a Segunda". No fue la derrota que más le dolió al abogado, sino cuando la Audiencia Nacional acabó con su gestión: "Tenían sobre la mesa un informe con varios delitos y consideraron que la intervención fue acertada, pero que podía haberse hecho con menos intensidad. Por 'menos intensidad' se referían a un interventor que llegase allí y sellase los papeles, como sucedió. Creo que le mandamos a la sociedad el mensaje de que el fútbol es intocable y que puede hacer lo que quiera", dice Rubí.

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