ESTRENOS DE CINE

'Adiós': los gitanos de las 3.000 Viviendas de Sevilla aún sueñan con Triana

Mario Casas y Natalia de Molina protagonizan este 'thriller' con acento andaluz que convierte las 3.000 Viviendas en el escenario de una trama con regusto de tragedia lorquiana

Foto: Mario Casas se reencuentra con Paco Cabezas en 'Adiós'. (Sony)
Mario Casas se reencuentra con Paco Cabezas en 'Adiós'. (Sony)

"Welcome to Fabulous 3000 Maravillas - Sevilla”, reza un mural en la pared que reproduce el famoso cartel de bienvenida a Las Vegas con sus luces de neón y sus vivos colores. El grafiti, que pintó el artista sevillano Joe King en 2014, saluda a quienes llegan al barrio de Martínez Montañés, conocido popularmente en la capital andaluza como Las Vegas y uno de los núcleos de las llamadas 3.000 Viviendas. En los años cincuenta, se trasladó allí a un número similar de familias gitanas que habían poblado durante siglos el mucho más céntrico barrio de Triana, en uno de los episodios de deportación intraurbana más ignominiosos de la historia reciente de España. Los gitanos expulsados de su hogar y reubicados en una zona inevitablemente conflictiva conservaron el recuerdo de Triana como el de ese paraíso perdido al que se sueña volver algún día.

Triana (Natalia de Molina) también es el nombre de la protagonista de 'Adiós', una mujer que acude con su hija pequeña Estrella a recibir a la estación a su marido, Juan (Mario Casas), preso en tercer grado, cuando este regresa de la cárcel. Siguen viviendo en las 3.000 a pesar de que la familia de Juan, los Santos, fue expulsada del barrio después de una reyerta entre clanes. Por eso, Triana ve con malos ojos que el tío y el hermano chico de Juan vengan a buscarle. Para ella, son sinónimo de problemas. Juan intenta salir adelante y disfrutar el día de la Primera Comunión de la niña, que les permite un paréntesis de esplendor barroco entre tanta austeridad cotidiana. Un trágico accidente cambiará sin embargo sus vidas...

'Adiós' significa el retorno de Paco Cabezas al cine español. El realizador sevillano forma parte de esa hornada de cineastas surgidos en el cambio de siglo que, forjados en una cinefilia de raigambre hollywoodiense y con una preparación técnica de la que no podían presumir generaciones anteriores, se han mudado a Estados Unidos para acabar integrándose en la industria de ese país. Cabezas debutó en el largo con 'Aparecidos' (2008), una de esas óperas primas que utilizaban como tarjeta de presentación internacional su adscripción al fantástico, para pasarse al 'thriller' de tono posmoderno con 'Carne de neón' (2010). De aquí se trasladó a Norteamérica, donde ha trabajado sobre todo en el ámbito de la ficción televisiva. Ha firmado episodios para algunas de las series más populares de los últimos años, como ese memorable capítulo con regusto a 'western' de la tercera temporada de 'Penny Dreadful'. Ahora regresa a su ciudad natal con este 'thriller' que entronca con el 'boom' actual del género en España, en su combinación de modos globales e idiosincrasia local. Un modelo que ha cuajado en especial en Andalucía, en tanto uno de sus iniciadores fue Alberto Rodríguez con títulos como 'Grupo 7' y 'La isla mínima' (incluso, en cierta medida, '7 vírgenes'), a los que se han añadido películas como 'El niño', de Daniel Monzón, 'Tu hijo', de Miguel Ángel Vivas, o incluso la serie de TVE 'Malaka'.

La nueva película de Cabezas convierte en escenario de su trama las 3.000 Viviendas, un distrito más proclive a aparecer en programas amarillistas o en documentales tan reivindicables como 'Polígono Sur. El arte de las 3.000' (2003), de la francesa Dominique Abel, pero poco frecuentado desde la ficción. Uno de los méritos de 'Adiós' es adentrarse en el barrio desde una perspectiva realista que no redunda en la estigmatización de sus habitantes. En parte, porque los protagonistas están encarnados por dos intérpretes tan populares como la siempre de fiar Natalia de Molina y el más irregular Mario Casas, que pocas veces ha estado tan convincente como en el papel de Juan. Su presentación como joven pareja enamorada que quiere hacer feliz a su hija a pesar de los pesares resulta una buena forma de meter a la audiencia en la historia y en el contexto humano en que se mueven los personajes.

Cuando en una película se traza una escena de dicha familiar, resulta inevitable prever que la tragedia acecha a los protagonistas

Pero la ficción es poco dada a retratar la felicidad sin más. Así que cuando en una película se traza una escena de dicha familiar, resulta inevitable prever que la tragedia acecha a los protagonistas. Así, esos momentos felices se utilizan como caja de resonancia para que, por contraste, el estallido del drama resuene con más fuerza. De paso, se blinda la simpatía hacia los protagonistas: ¿quién no siente comprensión por unos padres que han perdido a su hija?

Cabezas y sus coguionistas, José Rodríguez y Carmen Jiménez, desarrollan un 'thriller' dramático en un contexto reconocible de conflictividad social que aparece atravesado por la idea de tragedia vinculada a la paternidad y la maternidad desde diversos personajes: tenemos a la madre sufriente y a la vez generadora de vida que representa Triana, la matriarca terrible de gesto lorquiano de la familia Santos a quien da vida Mona Martínez, la policía 'yerma' que encarna Ruth Díaz, su colega con los rasgos de Carlos Bardem, capaz de cualquier cosa para proteger a su hijo, así como a Juan, que tampoco parará hasta dar con los responsables de la muerte de la suya. Esta oscuridad del alma en muchos de los personajes se subraya en una ambientación en buena parte nocturna, incluso lluviosa, y un uso del primer plano más frecuente de lo habitual en un 'thriller'.

'Adiós'.
'Adiós'.

Pero 'Adiós' acaba transmitiendo la idea de que busca más la intensidad por adición y subrayado que por un trabajo de profundidad en la psicología de los personajes. Sucede algo similar con la amalgama de referencias a la cultura gitana, desde la versión un tanto descafeinada de 'Me quedo contigo', de Los Chunguitos (difícil superar la original), que suena en la banda sonora, hasta los guiños a la iconografía religiosa y a los tatuajes profanos. La película brilla sobre todo cuando se detiene y deja respirar a los personajes, incluso con sus inesperados momentos de humor (el gag del alargo para el taladro es de lo mejor del filme, así como la secuencia con el yonqui escondido por su madre) y pierde fuelle paradójicamente cuando se somete en demasía a los engranajes previsibles del 'thriller'.

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