ESTRENOS DE CINE

'El creyente': quitarse de la heroína rezando a Dios

Al fin y al cabo, las drogas y la religión comparten la naturaleza ritual. Ceremonias ambas de la transmutación. Otra coincidencia se encuentra en la etimología

Foto: Anthony Bajon es Thomas en 'El creyente'. (Surtsey)
Anthony Bajon es Thomas en 'El creyente'. (Surtsey)

Al fin y al cabo, las drogas y la religión comparten la naturaleza ritual. Ceremonias ambas de la transmutación. Otra coincidencia se encuentra en la etimología: el término adicto procede del concepto 'esclavo', una palabra que no es ajena a los textos sagrados. Y luego está la cuestión de la fe: unos se entregan al pan, otros a la química. Y como un clavo quita otro clavo y una adicción sustituye a la anterior, o eso dicen, no es extraño que ambos extremos acaben confluyendo en la última película de Cédric Kahn, que en 'El creyente' vuelve a explorar los caminos de la pulsión, que no son tan inescrutables, como ya lo hizo en 'Tedio' (1998) —en este caso, sobre un hombre obsesionado por una mujer— y 'Roberto Succo' (2001), un 'thriller' basado en la historia real de un asesino en serie italiano de los años ochenta.

La batalla más larga de la historia ha sido la de la naturaleza del hombre con su propia civilización. Y cuando la pulsión se desboca, la reeducación reconduce. En esta ocasión, Kahn parte de la adicción a la heroína de Thomas, un chaval barbilampiño que entra en un programa de desintoxicación después de sufrir una sobredosis de heroína. El proceso de purga pasa indefectiblemente por el sufrimiento y muchas horas de oración —precisamente el título original es 'La Prière', es decir, 'La oración'—. Y la película resulta ser tan fría, tan austera y tan acrítica como el más devoto de los devotos.

Fotograma de 'El creyente'. (Surtsey)
Fotograma de 'El creyente'. (Surtsey)

Casi como un procedimental de la desintoxicación, Kahn se limita en un principio a seguir los pasos para desengancharse. Hay algo de carcelario, desde el rapado de pelo hasta los camastros. Y para distraer el deseo, trabajo físico y reclinatorio. "Ni drogas, ni tabaco, ni alcohol ni chicas", le impone amablemente el cura interpretado por Alex Brendemühl, que no es el único sacerdote que acabó en el seminario por culpa de una adicción. Y de nuevo, en el proceso, hay algo de comunión, de unión común, en la que solo se sale con ayuda de la comunidad.

Casi como un procedimental de la desintoxicación, Kahn se limita en un principio a seguir los pasos para desengancharse

En el camino hacia la recuperación de Thomas el espectador asiste, casi de manera clínica, a la evolución de un adicto en la lucha contra su propia biología. Una vez pasados los vómitos, los estertores, los desvanecimientos, rodados de la manera más cruda y aséptica, Kahn introduce, cercano a la forma documental, los testimonios de los personajes, casi como en una entrevista a cámara. Y ahí despoja del estigma, porque todos ellos son chavales normales —si es que la normalidad existe— que tomaron decisiones equivocadas.

Anthony Bajon, en un momento de 'El creyente'. (Surtsey)
Anthony Bajon, en un momento de 'El creyente'. (Surtsey)

Sin embargo, 'El creyente' plantea la fina línea entre la necesidad de apoyo por parte del grupo y los comportamientos sectarios, e incluso intimidantes. Los desvíos se penalizan hasta con la fuerza bruta, pero Kahn no deja lugar a otra opción. Hay redención en la violencia. Incluso en el papel de la hermana Myriam, a quien da vida Hanna Schygulla, que se muestra afable y bondadosa, también cuando abofetea. Si la letra con sangre entra, con sangre la droga sale, parece decir. Las heridas son externas, pero sobre todo internas, por eso la película bascula entre la espiritualidad y lo puramente físico.

Si la letra con sangre entra, con sangre la droga sale, parece decir

La frialdad antes mencionada se acentúa con una fotografía desaturada, pálida, en la que la naturaleza que rodea al caserón en el que se recluyen los adictos se presenta hostil, mortecina. Los espacios interiores tampoco ayudan a una calidez empática. Paredes vacías, espacios amplios ocupados tan solo por el grupo de chavales vestidos de uniforme (azules y grises), neutralizados como individuos. Es cuando aparecen las mujeres —y el buen tiempo— cuando el escenario se vuelve vibrante y colorido, como el rayo de sol esperanzador de una de las últimas secuencias, uno de los pocos momentos de calidez en, por otro lado, la gran interpretación del actor protagonista, Anthony Bajon, que ganó gracias a este papel el Oso de Plata a mejor actor en Berlín.

Cartel de 'El creyente'.
Cartel de 'El creyente'.

Y, de nuevo, es cuestión de fe, como uno de los compañeros le espeta a Thomas: "Siempre serás un adicto, aunque consigas estar limpio". Solo la fe, el autoconvencimiento y algo semejante a un milagro mariano pueden ayudar a mantenerse lejos de la adicción. 'El creyente' es, al final, un drama aséptico como un quirófano y sin demasiadas dobleces, una historia espartana que no logra conmover ni transmitir la fuerza de la lucha interna de unos protagonistas que no pueden aspirar mucho más que a seguir sufriendo. O a que se les aparezca la virgen. O no tan virgen.

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