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Santiago Posteguillo y Ayanta Barilli, dos escritores españoles conquistan Roma

Los autores premiados de 'Yo, Julia' y 'Un mar violeta oscuro' recorren la ciudad inmortal a la busca de los escenarios de sus novelas

Foto: Santiago Posteguillo y Ayanta Barilli recorren la Roma que les inspiró. (EFE)
Santiago Posteguillo y Ayanta Barilli recorren la Roma que les inspiró. (EFE)

En Roma llevan décadas para construir una tercera línea de metro. Las grúas se entremezclan con los turistas frente al coliseo y el foro en un bullicio que puede resultar exasperante en una ciudad que suele llevar con desparpajo su idiosincrasia destartalada. Todo el mundo desearía que acabara, pero no es fácil. Con cada excavación aparecen ruinas, nuevas historias de una ciudad que fue cuna de una de las civilizaciones más importantes. La ciudad eterna, la que nunca termina.

Entre estos relatos este año se han colado los de las novelas ganadora y finalista del último premio Planeta: 'Yo, Julia', de Santiago Posteguillo, que alude al siglo II y la dinastía de la emperatriz Julia Domna, y 'Un mar violeta oscuro', de Ayanta Barilli, que recoge la historia de las mujeres italianas de su familia en el siglo XX y XXI. La novela de Barilli saldrá a comienzos de junio traducida al italiano mientras que la de Posteguillo, que también tiene un buen número de lectores en Italia, lo hará en los próximos meses.

'Yo, Julia'. (Planeta)
'Yo, Julia'. (Planeta)

Los autores desembarcaron la pasada semana en la capital italiana para presentar allí sus novelas y los escenarios en los que suceden. La primera parada fue la casa familiar de las Barilli en el barrio de Monteverde, al sureste de Roma y muy cerca del Trastevere. Una casa construida en 1931, con un jardín donde dominan los nísperos y a la que llegó Ángela, la abuela de Barilli tras la II Guerra Mundial, casi con una mano delante y otra detrás. Ayanta Barilli vivió allí con su madre, Caterina, hasta que esta falleció cuando sólo contaba con nueve años. Después estuvo bajo el cuidado de su tía hasta los doce, cuando se marchó con su padre –el escritor Fernando Sánchez-Dragó- a Nairobi (Kenia). Regresaría a los 18, pero al ver el triunfo del primer Berlusconi huyó a España. “Me pareció insoportable”, recordó Barilli mientras enseñaba una casa llena de fotografías de familiares –todas las mujeres que aparecen en su novela- entre los que no faltan pintores ni bailarines.

Como mezcla entre la época contemporánea y la Roma antigua, el siguiente punto del recorrido fue la plaza de San Pedro en el Vaticano. Allí domina un obelisco, que según contó Posteguillo fue traído de Egipto por el emperador Calígula, “y es el único que no se ha caído en todos los terremotos que ha habido en Roma”, señaló el escritor que relaciona así el símbolo del cristianismo con la Roma imperial.

De vuelta al siglo XX, Barilli pasea en su libro por la plaza Fontanone en el Gianicolo, una de las colinas romanas. Allí se encuentra la residencia del embajador español y abajo a la derecha quedan el foro y el Trastevere. Aquel era el lugar en el que la Ayanta adolescente acudía con sus amigos tras salir del Liceo Cervantes en el que estudiaba –colegio fundamentalmente de hijos de diplomáticos y ex patriados. “Esto era una isla de una España libre”, rememoró. También, unos cuantos siglos atrás, este era el lugar por donde huyó la emperatriz Julia, con lo que las dos novelas quedan unidas.

Puntos en común

De hecho, hay varios puntos de conexión entre las novelas ganadora y finalista del Planeta. Durante la presentación de ambas en el Instituto Cervantes romano, y a la que acudió el embajador Alfonso Dastis –ex ministro de Exteriores con Mariano Rajoy- los autores hicieron hincapié en su pasión por la ciudad imperial y en el protagonismo que tienen las mujeres. “Roma era una gigantesca unidad administrativa. Funcionaba con un engranaje común, parecido a lo que puede ser la Unión Europea. Yo creo que es bueno recrear el pasado para ver las cosas buenas y los errores que se cometieron en la época de la República (romana) y la caída del imperio, para no reproducirlos en el presente”, señaló Posteguillo. Barilli, por su parte, manifestó que su Roma era íntima, “como ese amor fallido que siempre lo estás buscando y nunca lo encuentras. He nacido, me he criado aquí. Tengo una ambigüedad de sentimientos. Es el amor imperfecto, y como tal, el único posible”.

'Un mar violeta oscuro'. (Planeta)
'Un mar violeta oscuro'. (Planeta)

Sobre los personajes femeninos, Posteguillo subrayó que la emperatriz Julia, “era una mujer adelantada a su tiempo”, ya que en una época en la que hasta las mujeres más poderosas no tenían voz en la política, “consiguió instaurar una dinastía basada en su familia. Cambio la Historia, pero la Historia la silenció durante siglos. La Historia que han contado los hombres tiene que ser completada hablando sobre las mujeres”. Barilli se detuvo en las mujeres de su familia, aquellas que vivieron entre 1868 –desde su bisabuela- hasta 2017 –ella misma-. “Quería descubrir qué pasó en la intimidad. Y entender los mecanismos perversos por los cuales les hemos permitido a los hombres cosas que incluso nos han puesto en peligro a las mujeres. Las mujeres de mi familia se salieron de las normas sociales, y esto, cuando una mujer lo hace tiene problemas graves”, apuntó.

Los hombres de su familia no salen nada bien parados en su novela y Barilli abundó en este tema. “Quería saber por qué mi madre también establece relaciones tóxicas con sus parejas. Por qué se perpetran este tipo de relaciones, pero cuando nos relacionamos en desigualdad el problema ya está ahí”, manifestó. La conversación incluso giró hacia temas más políticos hablando de la paridad. Ambos autores la defendieron aunque para Posteguillo no eran tan necesarias las cuotas, pese a que “es cierto que cuando se va subiendo hacia arriba la desigualdad surge”. Barilli sí recalcó la necesidad de las cuotas, “porque a veces todo tarda y acelerarlo no está mal”. Y hasta admitió que se sintió “muy contenta” con el primer gobierno paritario en alusión al gabinete de José Luis Rodríguez Zapatero.

La Roma Imperial

Al día siguiente el paseo se bifurcó entre la Roma de los emperadores y un lugar especial para Ayanta Barilli, el cementerio de los poetas –y personas no católicas-, donde está enterrada su abuela, que comparte descanso junto a las tumbas de poetas románticos como John Keats, Percy Shelley, el político Antonio Gramsci y el beat Gregory Corso. Un lugar de remanso, que pese a sus incentivos culturales, apenas suele formar parte de los circuitos turísticos.

Donde los turistas sí abruman es entre las ruinas de lo que fue el imperio. Excepto en las termas de Caracalla, un antiguo e inmenso spa –salut por aqua- construido a comienzos del siglo III d.C por Basiano Antonino, el hijo de la emperatriz Julia llamado Caracalla por la capa que vestía. Un enorme centro comercial, ya que también había tiendas, además de las piscinas de agua fría, templada y caliente, que el emperador utilizó para ganarse el favor de los romanos. La obra pública ya generaba aplausos en aquel entonces. “La población en Roma era de un millón de habitantes y aunque existían las termas de Tito y Trajano, era una manera de congraciarse con el pueblo”, resaltó Posteguillo, que también tiene a Caracalla como uno de sus personajes en la novela.

Ayanta Barilli y santiago Posteguillo en el Coliseo de Roma. (Planeta)
Ayanta Barilli y santiago Posteguillo en el Coliseo de Roma. (Planeta)

No muy lejos de allí se haya el Circo Máximo, un gigantesco estadio con capacidad para 250.000 espectadores que acudían a ver las carreras de cuadrigas. Aquí también transcurre parte de Yo, Julia, con una de esas escenas que hacen del imperio una época a veces muy surrealista. “Cuando Julia se escapa de Roma, Severo (su marido) se rebela contra Juliano y avanza sobre la ciudad. Es entonces cuando Juliano decide adiestrar a elefantes en este circo para utilizarlos como tanques. Fue un desastre, claro”, contó Posteguillo. En este Circo aún es posible admirar los espacios de donde salían los doce carros con sus aurigas y dónde daban las vueltas. Como nota del placer estético por la sangre en estas carreras: no ganaba el primer auriga que cruzaba la meta, sino el primer carro, fuera este con auriga, sin él o con un cadáver.

No es el único dato de la crueldad romana. Las luchas por el poder fueron atroces. Y muchas se desarrollaron dentro de las familias. En el foro, la última parada de esta visita, el arco de Septimio Severo muestra un detalle en el texto de la inscripción que, si bien en un principio hacía referencia a sus dos hijos, Basiano y Geta, este último nombre desapareció años después. Fue quien no consiguió el poder. Los romanos también hicieron lo que siglos después harían otros con las fotografías. Posteguillo pretende contar este relato en un libro que será la continuación de Yo, Julia. Una historia más de las miles que hay en Roma, a poco que levantes una piedra.

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