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'Green Book': humor blandengue y homilías

Su premisa supone una inversión de la de 'Paseando a Miss Daisy' (1989), comúnmente considerada como la peor de las ficciones jamás galardonadas con el Oscar a la mejor película

Foto: Mahershala Ali y Viggo Mortensen, en 'Green Book'. (E One)
Mahershala Ali y Viggo Mortensen, en 'Green Book'. (E One)

Al principio de 'Green Book', un esbirro italoamericano que acostumbra a llamar “berenjenas” a las personas negras tira a la basura de su cocina dos vasos previamente usados por dos afroamericanos; alrededor de dos horas de metraje después, lo veremos abrazar a un hombre negro. Y, entre ambas escenas, prácticamente no hay un solo momento en este cuento de amistad interracial que no se vea venir desde muy, muy lejos.

Su premisa supone una inversión de la de 'Paseando a Miss Daisy' (1989), comúnmente considerada como la peor de las ficciones jamás galardonadas con el Oscar a la mejor película: aquí, pues, el chófer es un hombre blanco de clase baja y escasos medios, y su jefe es un hombre rico y culto. Inspirándose en un caso real, 'Green Book' sostiene que, a lo largo de un viaje de ocho semanas, los dos juntos solucionaron el problema del racismo en Estados Unidos.

En concreto, la película se sitúa en 1962 para recrear la relación personal y profesional que se establece entre el pianista Don Shirley (Mahershala Ali) y el citado esbirro, Tony Vallelonga (Viggo Mortensen), contratado para conducirlo por carretera durante una gira de conciertos. Inicialmente, ambos sienten desdén recíproco pero se aceptan a regañadientes: Tony necesita el trabajo y Don requiere a alquien que lo proteja, especialmente cuando el viaje los lleve a la América sureña y segregacionista.

El director, Peter Farrelly —sí, el codirector de comedias deliciosamente vulgares como 'Dos tontos muy tontos' (1994) y 'Algo pasa con Mary' (1998)—, enfatiza desde el primer momento la oposición entre los personajes: Don es un intelectual y un esteta, y un remilgado incapaz de tolerar la chabacanería o la falta de elegancia. También es gay, aunque la película trata esa particularidad casi como si fuera una patata caliente. Por otro lado, Tony es un paleto charlatán que se pasa el día comiendo o fumando o haciendo las dos cosas a la vez. En una escena, reclinado sobre una cama de hotel, dobla una pizza entera por la mitad y se la mete en la boca. La pizza entera.

'Green Book'.
'Green Book'.

El guion de 'Green Book' ha sido escrito por Nick Vallelonga, hijo de Tony, y por tanto no sorprende que se dedique a glorificar a un valeroso proletario de caliente sangre italiana que protege, guía y defiende a un desvalido hombre negro, y en el proceso supera sus propios prejuicios racistas. Dicho de otro modo, aquí Don es el mero instrumento del que Tony se sirve para alcanzar la bondad, y por tanto casi todas sus escenas en la película son momentos en los que necesita la ayuda del chófer para ser rescatado de ataques racistas o aceptado por ser quien es. Es cierto que Farrelly también da al músico la oportunidad de mejorar como persona, aunque sugiriendo que las palizas han contribuido a ello.

Amigos pese a todo

A lo largo del viaje, decimos, obviamente Don y Tony mitigan sus diferencias y se hacen amigos. Y al parecer eso mismo es lo que hicieron también las versiones reales de los personajes, por lo que contemplar ese proceso en pantalla debería resultar creíble. El problema es que Farrelly y Vallelonga se esfuerzan tanto por hacer un retrato del pianista libre de estereotipos que acaban convirtiéndolo en una caricatura de otro tipo. Don viste trajes hechos a medida y fulares, y es tan refinado que ni ha comido pollo frito ni escuchado las canciones de Chubby Checker en su vida. Además, está tan bien conectado que se permite el lujo de llamar al mismísimo Bobby Kennedy en mitad de la noche para pedirle un favor. Y no tiene un doctorado sino tres; es decir, tres doctorados más de los que el verdadero Shirley tuvo jamás. En cambio, Tony a duras penas es capaz de escribir correctamente una frase con sujeto y predicado. En otras palabras, 'Green Book' es una película que, para condenar los prejuicios contra los afroamericanos, retrata a los italoamericanos como albóndigas ambulantes.

Es la misma falta de sutileza que la película muestra en su retrato de la América profunda. Todos los sureños de raza blanca que se cruzan en el camino de Don lo someten a algún tipo de vejación. Mejor dicho, todos menos uno. Hacia el final del viaje, un policía blanco lo trata con decencia y hasta ayuda a Tony a cambiar una rueda pinchada. Parece ser que el episodio sucedió así, y el agente probablemente mostró esa actitud diligente porque quería ver a aquel hombre negro fuera de su territorio lo antes posible. En cambio, la película usa el episodio para introducir un final feliz y generar así en el espectador la sensación de que, decíamos, aquella aventura sobre ruedas logró poner fin al racismo, y que para ello sus protagonistas solo necesitaron un par de charlas sinceras y algún cubo lleno de reboce del KFC.

Cartel de 'Green Book'.
Cartel de 'Green Book'.

Sí, 'Green Book' es una de esas películas con mensaje empeñadas en reconfortar al espectador convenciéndole de que los males sociales que retratan ya han sido solucionados, y en hacerle sentir satisfecho consigo mismo por tener la postura ideológica correcta y, por tanto, la autoridad moral. Y, para ello, recurre a una mezcla de humor blandengue y homilías sobre la tolerancia racial cuidadosamente diseñada para atraer a los encargados de repartir premios. Es lógico, pues, que aspire a ganar el Oscar a la mejor película, e igual hasta lo gana. Y, en ese caso, arrebatará a 'Paseando a Miss Daisy' el poco honroso título citado al principio de este artículo. Qué bonito será si sucede.

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