ESTRENOS DE CINE

'Mug': 'thrash metal', trasplantes de cara y exorcismos

La directora polaca Malgorzata Szumowska ganó el Oso de Plata del Premio del Jurado en la Berlinale 2018 con esta sátira contra las sociedades cerradas y catetas

Foto: Una imagen de 'Mug', la última película de Malgorzata Szumowska. (Vercine)
Una imagen de 'Mug', la última película de Malgorzata Szumowska. (Vercine)

Probablemente alguien dijo —la memoria no da para recordar quién— que dos pueblos pequeños de, en este caso, Polonia y España se parecen más que Madrid y un municipio serrano cualquiera. Las tradiciones, el paisaje, el idioma de, pongamos, Zakoków y Urbaneja de Abajo —pueblos ficticios, no vayamos a herir sensibilidades— son diferentes, pero la esencia es la misma. En 'Mug', la directora polaca Malgorzata Szumowska se adentra con una mirada satírica en las dinámicas gregarias dentro de un pequeño pueblo de la Polonia rural en el que vive Jacek (Mateusz Kosciukiewicz), un metalero optimista fan de Metallica, que tiene la mirada puesta fuera de su pueblo y de su país. Un rarito en una comunidad gris y alienada que sigue anclada en las tradiciones religiosas y la reivindicación de la identidad nacional por encima de todo. Imaginen cualquier conversación 'cuñada', cambien la palabra España por Polonia y el resultado será una inmersión total en la sobremesa navideña en casa de la familia de Jacek. Los mismos chistes racistas, las mismas coñas sobre países con más fortuna para sentirse, aunque sea un milisegundo, mejores.

La película de Szumowska es libre e imprevisible y pasa de un género a otro de una forma extrañamente orgánica. Del drama amoroso al social o a la fantasía: la cámara de 'Mug' sigue la cruzada del entusiasmo de Jacek contra la rigidez y la frialdad de su contexto. Al gregarismo apunta Szumowska desde la primera escena, donde una multitud se agolpa frente a unos grandes almacenes que anuncian "Rebajas navideñas en ropa interior". Una multitud de caras largas se agolpan frente a la puerta, que en cuanto se abre da paso a una turbamulta de carnes flácidas, de carnes enjutas, que corren primero como antílopes en una selva de poliéster para después pelearse como hienas por una televisión de plasma al 70%. Pero muchas veces hay alguien que se distancia unos metros, se mira desde fuera y piensa: "¿Qué coño hago yo aquí?".

Mateusz Kosciukiewicz es Jacek en 'Mug'. (Vercine)
Mateusz Kosciukiewicz es Jacek en 'Mug'. (Vercine)

Mientras en el pueblo los mayores luchan contra el alcoholismo, el hastío y la falta de perspectivas —el paisaje urbano de bloques de hormigón—, las ganas de libertad de Jacek y Dagmara quedan representadas en la pareja montada a caballo, atravesando la naturaleza indómita al atardecer. "¡Que os follen, catetos!", gritan en varias ocasiones. El alarido de guerra de los inadaptados. "Sé libre y sé tú mismo. Y sal de esta casa, vete lejos", es el deseo que le regala su hermana (Agnieszka Podsiadlik), que hace de puente entre Jacek y los demás.

Las viejas de su pueblo se santiguan y los niños le gritan "satanista" al verle pasar

Jacek trabaja a ratos en la vaquería de su familia y a ratos en la construcción de una estatua gigante de un Cristo similar al de Río de Janeiro. Las viejas de su pueblo se santiguan y los niños le gritan "satanista" al verle pasar. Ese aislamiento de Jacek en su comunidad —su novia Dagmara (Malgorzata Gorol) y él parecen los únicos habitantes espontáneos y alegres del lugar— queda subrayado por el trabajo de fotografía expresivo de Michal Englert, que utiliza lentes anamórficas, muy panorámicas y que difuminan los bordes del cuadro, centrando el foco en el protagonista, con un efecto 'bokeh' muy pronunciado. Esa incomunicación también queda resaltada en el guion: la expresión más repetida durante la película —aparte de 'kurwa', que en polaco puede ser desde 'puta' a 'joder'— es "no te entiendo".

La nueva cara de Jacek. (Vercine)
La nueva cara de Jacek. (Vercine)

"¿Por qué quieres irte a Londres? Ya no quieren inmigrantes. Se han puesto serios con esa mierda", le espeta a Jacek su cuñado cuando este le habla de abandonar Polonia. Una Polonia que Szumowska no desliga de la tradición católica. Casi todas las escenas costumbristas, casi desde una narrativa documental —si no fuese por la trabajadísima puesta en escena—, reflejan ritos sacramentales: una comunión, una confesión, una eucaristía, un funeral. Todos ellos muy arraigados en la identidad del país eslavo. Y es que, precisamente, la película entra de lleno en la cuestión de la identidad cuando el protagonista sufre un accidente laboral durante los trabajos de construcción de la escultura y tiene que someterse a un trasplante de cara.

Jacek sufre un accidente laboral durante los trabajos de construcción de la escultura y tiene que someterse a un trasplante de cara

Tras una larga rehabilitación, Jacek vuelve a su pueblo con otra cara, deforme y llena de suturas. Aunque él sigue manteniendo una actitud jovial, en su entorno cunden la pesadumbre, por un lado, y el miedo y la superstición por otro. Aquí, la directora apunta al mal endémico de la sociedad contemporánea: la hegemonía de la imagen —no solo la apariencia, sino del símbolo, de la representación— frente a lo material. La televisión convierte al joven en una especie de milagro melodramático, consigue acuerdos publicitarios y la atención de sus convecinos. Pero por otro lado, el Estado no se hace cargo de los gastos médicos ni le facilita el día a día en su nueva condición. Debajo del culto a lo simbólico, sin lo material, solo queda la hipocresía. Y sin aquello que nos define como individuos —nuestra cara, nuestras palabras, nuestro trabajo, nuestra pareja, nuestros amigos—, ¿quiénes somos?

Cartel de 'Mug'.
Cartel de 'Mug'.

A pesar del drama, el filme no pierde el humor. La escena más delirante de 'Mug' es el momento en el que la madre de Jacek, convencida de que el trasplante de rostro ha metido al diablo en el cuerpo de su hijo, pide que le practiquen un exorcismo. Szumowska, de forma muy inteligente, desconcierta pasando del terror a la sátira y volviendo a poner el foco en los aspectos más retrógrados de ciertas comunidades, cuyo único camino hacia la felicidad pasa por la carretera de salida.

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