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'La muerte de Stalin': una comedia negra y deslumbrante sobre el poder absoluto

Si no existiera un talento como el de Armando Iannucci, sin duda una de las mentes satíricas más afiladas de nuestro tiempo, habría que inventarlo

Foto:  Escena de 'La muerte de Stalin'.
Escena de 'La muerte de Stalin'.

Si estamos de acuerdo con Woody Allen, que dijo que comedia es igual a tragedia más tiempo, coincidiremos en que sigue siendo demasiado pronto —varias décadas— para hacer chistes sobre la barbarie del estalinismo. O al menos así sería si no existiera un talento como el de Armando Iannucci, sin duda una de las mentes satíricas más afiladas de nuestro tiempo. El escocés se dio a conocer como el creador de la desternillante teleserie 'The Thick of It', que retrataba los mecanismos internos del Gobierno británico durante la segunda mitad de la pasada década. A partir de ella urdió el 'spin-off' 'In The Loop', su primer largometraje, que se burlaba de —entre otras muchas cosas— la cateta brutalidad mostrada por la administración Bush en los prolegómenos de la guerra de Irak. Y luego creó 'Veep', la aclamada comedia de HBO sobre los tejemanejes en los despachos de Washington. Y entonces quedó confirmado: el tipo es un genio.

Iannucci dejó la serie poco antes de que la Casa Blanca se convirtiera en una parodia de sí misma y, en el proceso, nos hiciera sospechar que, en este mundo actual en el que la realidad política es tan delirante, la sátira se ha convertido en algo inevitablemente redundante. Afortunadamente para él y para nosotros, para encontrar la fealdad humana que la sed de poder hace aflorar se puede mirar hacia cualquier lado y cualquier época. Y eso queda claro contemplando la jauría humana que 'La muerte de Stalin' retrata, compuesta a partir de partes iguales de ambición, mezquindad, salvajismo, debilidad y estupidez.

Culto a la personalidad

La película transcurre en Moscú en 1953, instantes después de la muerte del dictador y en medio del vacío de liderazgo dejado por esta, que empuja a varios miembros de su camarilla a apuñalarse los unos a los otros en la espalda para consolidarse en el poder. Buena parte del humor que Iannucci extrae de esa premisa está en el culto que el tirano erigió alrededor de su propia personalidad, en virtud del que la más mínima afrenta a su autoridad podía provocar muertes instantáneas. En base a eso, el director presenta a sus protagonistas como porquería que sale a la superficie después de décadas de purgas de disidentes y rivales.

Escena de 'La muerte de Stalin'.
Escena de 'La muerte de Stalin'.

Entre ellos, los dos únicos que aparecen dotados de cierta astucia son por un lado Nikita Khrushchev (Steve Buscemi), cuyo hiriente sarcasmo funciona a modo de variante cómica de su habilidad para detectar las debilidades ajenas, y por otro el jefe de la policía secreta, Lavrentiy Beria (Simon Russell Beale), que exuda una tranquilidad del todo inquietante capaz de convertir todo cuanto dice en una amenaza. Inmediatamente tras el óbito los dos entran en guerra, y para librarla intentan rodearse del mayor número de aliados posible.

Las escenas de ejecuciones acentúan el clima de demencia que imperaba en ese mundo

Mientras retrata a esos y otros personajes, Iannucci ofrece su descripción más compleja y pesimista hasta la fecha de lo que realmente es la política: un grupo de personas miserables y de mentalidad débil que quieren ostentar el poder sobre todo para que no lo ostente nadie más. Tipos como los que retrata esta película no deberían dirigir un país, especialmente porque sus disputas no solo no tienen en cuenta el bienestar del pueblo sino que, al contrario, contribuyen a que los ciudadanos sean oprimidos y aniquilados de forma arbitraria. La franqueza con la que Iannucci refleja esa realidad quizá lleve a algunos espectadores a preguntarse qué pintan esas escenas de ejecuciones en una comedia. Y es un argumento válido, pero lo cierto es que esos momentos acentúan el clima de demencia que imperaba en ese mundo.

Cartel de 'La muerte de Stalin'.
Cartel de 'La muerte de Stalin'.

En ese sentido, el equilibrismo practicado por Iannucci resulta absolutamente deslumbrante. 'La muerte de Stalin' es una película que mira a un abismo de vileza y mientras lo hace se las arregla para ser a la vez despiadadamente oscura y escandalosamente divertida; es difícil de creer que una película sobre torturas y genocidio sea capaz de hacernos reír tanto, pero es que es así. Y el control tonal de Iannucci es tal que unas pocas líneas de diálogo le bastan para hacernos oscilar entre la hilaridad y la repugnancia. A complicar ese equilibrio sin duda contribuye una obviedad: que, aunque ambientada en Rusia a mediados del siglo pasado, esta película habla de nuestro tiempo. Y las intrigas palaciegas y la corrupción moral que retrata, aunque terribles, tienen un mensaje aterrador pero a la vez casi reconfortante: que aquí y ahora las cosas están mal, pero siempre podrían estar peor.

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