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'Los últimos años del artista', el pintor perseguido por Stalin que nunca se rindió

La película póstuma del maestro polaco Andrzej Wajda

Foto: 'Los últimos días del artista'.
'Los últimos días del artista'.

Pocos cineastas significan tanto para su país como Andrzej Wajda. De hecho, el conjunto de su obra funciona como reflejo de la conciencia colectiva polaca en tanto que el tema que vehicula toda su carrera es el dramático modo en que la identidad nacional de su pueblo ha sido definida por la influencia rusa. Por eso es apropiado que la última película que hizo antes de su muerte —a los 90 años en octubre pasado— sea un drama sobre el ocaso del pintor vanguardista Władysław Strzemiński, y sobre la persecución estalinista que sufrió por negarse a poner su arte al servicio de la propaganda.

Strzemiński, que había perdido un brazo y una pierna en la Primera Guerra Mundial, se convirtió después en el más apasionado defensor en Polonia del constructivismo y el futurismo antes de impulsar el unismo. Pero a finales de los cuarenta el socialismo realista se convirtió en el único estilo artístico oficialmente legitimado. Según el eufemismo, todo arte debía satisfacer las necesidades del pueblo, y como resultado el arte abstracto pasó a estar bajo sospecha.

En ese contexto opera 'Los últimos días del artista', que retrata el agónico castigo burocrático impuesto a Strzemiński por su empeño en pintar exclusivamente de acuerdo a sus propios principios estéticos: fue despedido de su plaza docente en la universidad y vetado de cualquier empleo remunerado; contempló cómo sus obras eran arrancadas de las paredes de las galerías e incluso destruidas; hasta se le impidió adquirir las pinturas necesarias para seguir creando. Fue abandonado a la pobreza y la enfermedad, y nunca, ni a su muerte, se quitó las botas.

Siempre que un artista retrata de algún modo a otro es tentador asumir que en el proceso también está hablando de sí mismo. Y lo cierto es que a primera vista Strzemiński parece un álter ego idóneo para Wajda: ambos destacaron por su dinamismo formal, y ambos sufrieron el yugo soviético. Pero, pese a las conexiones que su título invita a hacer, esta película dista de tener validez como autorretrato.

El director deja claro que el martirio es una solución del todo ineficaz contra la tiranía

De hecho, Strzemiński es en muchos aspectos una figura opuesta a Wajda. Si el uno consideraba que la pintura no debería tener relación alguna con aquello externo a ella, la obra del otro, decíamos, permanecerá como la más profunda inmersión de un director en la trágica historia de un país. Y aunque Wajda a menudo tuvo que afrontar críticas y censura por enfrentarse a las injusticias del comunismo, asimismo fue capaz de librarse del grado de persecución que Strzemiński sí vivió, gracias tanto a su reputación internacional como a su astucia y su agilidad sorteando los obstáculos de ese sistema de producción.

Sin duda resulta irónico que una película rinda tributo al arte de vanguardia y experimental usando métodos narrativos tan convencionales y ortodoxos como los que aquí se usan. Entre ellos, sin duda destaca cierta santificación de su protagonista: Strzemiński es presentado como un valeroso luchador por la libertad a quien sus estudiantes tratan como un mesías, y se desentiende de ciertos aspectos turbios de su biografía.

Libertad individual

Dicho esto, por otra parte Wajda ningunea hábilmente el potencial sentimental o proselitista del relato; y, si bien es cierto que idealiza el rechazo del pintor a renunciar al arte abstracto, también deja claro que el martirio es una solución del todo ineficaz contra la tiranía. Sea como sea, esta película es un adiós más que adecuado para un cineasta que hizo del sufrimiento, y especialmente del impuesto al individuo por la autoridad, un asunto de cabecera.

En psicología, el término 'afterimage' —lo que en este idioma llamamos 'imagen remanente'— alude a una imagen que permanece un tiempo en la retina del ojo después de que el ojo haya dejado esa imagen y se haya movido a otra. En esta película es, ante todo, una metáfora perfecta, de un artista que fue testigo de lo peor de la historia de su país y pide que nunca deje de ser recordado; un artista, además, que será para siempre sobrevivido por su obra.

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