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'Blade Runner 2049': grandiosa, espectacular... sin alma

Denis Villeneuve sale airoso del encargo envenenado de dirigir la secuela del clásico de Ridley Scott. Lo mejor: el poderío de sus imágenes. Lo peor: falta emoción dramática

Foto: Ryan Gosling y Harrison Ford, en 'Blade Runner 2049'. (Sony Pictures)
Ryan Gosling y Harrison Ford, en 'Blade Runner 2049'. (Sony Pictures)

¿Dónde subyace la esencia de lo real? ¿Qué distingue lo real de su imagen? ¿Dónde radica la humanidad? ¿En el nacer, crecer, reproducirse, morir? ¿Qué es un humano, qué es un replicante, qué soy yo? 35 años después de que Ridley Scott pusiese estas cuestiones sobre el tablero de 'Blade Runner', el director canadiense Denis Villeneuve recoge el testigo en una esperadísima secuela, que renueva sin traicionarlo el espíritu de la cinta original.

Villeneuve tenía entre manos la patata caliente del año: rodar una película que, incluso antes de terminar de rodarse, venía arrastrando la etiqueta de 'la película de 2017' y que, en base a la relevancia en la historia del cine y el papel icónico del filme original, más probabilidades podía sucumbir ante una ola de decepción. Si para Ridley Scott la cinta de 1982 es —junto a 'Alien, el octavo pasajero' (1979)— una obra definitoria de su carrera, Villeneuve tenía más posibilidades de fracasar que de conseguir soltar el lastre de su predecesora. Porque luchar contra la nostalgia tiene mucho de quijotesco.

'Blade Runner 2049' consigue navegar con sobrada habilidad en las turbulentas aguas que supone tratar de encontrar el equilibrio entre el respeto a la película original y la capacidad de construir una historia autónoma y renovada. Guionistas y director lo consiguen gracias a una vuelta de tuerca a los conceptos que supusieron las bases de 'Blade Runner' en 1982 y que han evolucionado dentro de la pantalla tanto como fuera de ella. Villeneuve entronca con el filme de Scott a través de una serie de guiños, del recurso de los sueños, de la reflexión sobre la esencia de la humanidad, de los cimientos sobre los que descansa la moral —y por ende la justicia— y de los retos a los que se enfrenta la bioética a medio plazo. Y, además, aprovecha ese juego referencial para proponer una interesante relectura y un nuevo significado a varios de los enigmas del clásico de Scott.

Ryan Gosling y Harrison Ford, en un momento de 'Blade Runner 2049'. (Sony Pictures)
Ryan Gosling y Harrison Ford, en un momento de 'Blade Runner 2049'. (Sony Pictures)

Dice el historiador israelí Yuval Noah Harari que antes de que acabe el siglo XXI el mundo asistirá al fin del Homo Sapiens tal y como lo conocemos, debido principalmente al desarrollo de la biotecnología y de la inteligencia artificial. Quizá llegue entonces el momento en que el límite diferenciador entre aquello que resulta de un código binario —0 y 1— y aquello que lo hace de una secuencia de adenina, timina, citosina y guanina —A, T, C, G— esté encaminado a difuminarse. La paradoja de la consecución de la semejanza, para después resaltar la diferencia.

El gran asidero que encuentra 'Blade Runner 2049' es, sobre todo, una puesta en escena absolutamente incontestable

A ese dilema, Villeneuve también añade cuestiones como la realidad virtual como sucedáneo de la realidad tangible, la utilización de ingeniería genética en la producción de alimentos o la exploración de nuevas fuentes nutritivas —los insectos, por ejemplo— para paliar la escasez de recursos, que están de plena actualidad, 35 años después del estreno de la primera película. Y en este ejercicio de malabarismo sobre la cuerda floja, la firma del guionista Hampton Francher —cuya pluma se ha visto restringida a productos y subproductos de la franquicia 'Blade Runner'— ha servido como garantía de puente entre los dos universos, los de 2019 y 2049. Han pasado más de tres décadas —diegéticas y extradiegéticas—, la sociedad ha evolucionado —o retrocedido, depende del desencanto de la óptica—, los códigos han evolucionado, la tecnología ha evolucionado y con ella los retos a los que se enfrentan la bioética y, en general, la humanidad. Y en este sentido, probablemente haya sido fundamental la visión de Michael Green, el artífice de la interesante vuelta de tuerca que ha supuesto 'Logan' en la reformulación del cine de superhéroes.

Ryan Gosling es K en 'Blade Runner 2049'. (Sony Pictures)
Ryan Gosling es K en 'Blade Runner 2049'. (Sony Pictures)

Pero el gran asidero que encuentra 'Blade Runner 2049' es, sobre todo, una puesta en escena absolutamente incontestable. Villeneuve consigue condensar en cada plano la potencia y la belleza del universo 'Blade Runner'. Aquí, De Chirico. Ahí, Hopper. Cada fotograma es un cuadro, una composición milimetrada, una simetría perfecta, un juego de geometría caleidoscópica, desde esa primera secuencia en que las parcelas de cultivos transgénicos se disponen una tras otra como las células de la piel, resumiendo en un solo vistazo el dilema entre lo sintético y lo 'natural'. Roger Deakins vuelve a demostrar su genialidad en el arte de dibujar con la luz. Y para sublimar el conjunto visual, ese murmullo constante y demoledor compuesto por Hans Zimmer y Benjamin Wallfish.

Villeneuve ha cambiado el espíritu de distopía ciberpunk por una especie de futurismo postsoviético, pálido y ceniciento

En los 30 años diegéticos que han pasado desde que el agente Rick Deckard (Harrison Ford) y Rachael (Sean Young) desaparecieron de la faz de la tierra, la ciudad de Los Ángeles ha cambiado su espíritu de distopía ciberpunk por una especie de futurismo postsoviético, pálido y ceniciento, mucho más desesperanzado que el imaginario construido por Scott. La crítica social se hace mucho más explícita: entornos productivos agrícolas y manufactureros, reminiscencias de la revolución industrial y frases como "el trabajo es lo que te convierte en alguien de provecho" en boca de las élites. Y si en 'Blade Runner' (1982) los elementos míticos pertenecían al presente, ahora son reliquias del pasado —existe cierto paralelismo con 'El planeta de los simios' (1968)—, como un recordatorio de que ninguna civilización está a salvo de la degeneración y de que la supervivencia de las especies radica en su capacidad de adaptarse al cambio.


Otra imagen de la película. (Sony Pictures)
Otra imagen de la película. (Sony Pictures)

Al igual que lo fue Deckard, el agente K (Ryan Gosling) es un 'blade runner' cuya misión en la vida —volvemos al utilitarismo recurrente en las distopías— es 'retirar' a todos aquellos ejemplares de un modelo de androides rebeldes que viven fuera de la ley. Un modelo de androides cuya rebeldía consiste en ejercer su libre albedrío contra las órdenes de sus creadores y, por ende, dueños: los humanos. Pero, de nuevo, ¿dónde radica la esencia de la humanidad? Si ya no es en el libre albedrío, ¿es en la capacidad de nacer, crecer y reproducirse? ¿Y si alguno de esos pilares esenciales sobre los que se sustenta el concepto de humanidad —y por ende, las bases de la justicia y el orden social— resultan ser falsos? ¿Qué es preferible, la verdad o el desmoronamiento de dicho orden social? "Todos buscamos un atisbo de la verdad", dicen en un momento de la película, y será precisamente esa búsqueda la que llevará al agente K a replantearse las bases no solo de su existencia, sino de la de toda la humanidad.

Cartel de 'Blade Runner 2049'. (Sony Pictures)
Cartel de 'Blade Runner 2049'. (Sony Pictures)

Sin embargo, a pesar de su perfección técnica y a lo interesante de su lectura y su trabajo simbólico, a 'Blade Runner 2049' se le podría acusar de lo mismo que a sus replicantes: de carecer de alma. La película se desarrolla en una especie de anestesia dramática en la que es imposible encontrar una escena tan icónica como la del discurso de las "lágrimas en la lluvia". Tampoco hay una gran historia de amor —sin tener que referirnos exclusivamente al amor carnal— . Y los vínculos que unen a los protagonistas son frágiles, con lo que tampoco tienen mucho que perder o por lo que, en principio, sacrificarse. Los personajes se mantienen en una especie de sopor emocional que se amplifica con la sensación de que todo en la película está tan milimetrado que no puede sino asfixiar cualquier rastro de vida, de escurridiza verdad, al otro lado del objetivo. Todo funciona como un reloj suizo, pero todo es tan impecable que resulta artificial. Una falta de la que uno se olvida cuando Villeneuve contraataca con su artillería audiovisual, dejando al espectador al borde del 'Stendhal' y a Villeneuve encaminado hacia el Olimpo de los grandes nombres de la historia del cine.

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