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'Verónica': posesiones demoníacas a ritmo de Héroes del Silencio

El director Paco Plaza vuelve al margen de la saga '[REC]' con una cinta costumbrista y oscura sobre el 'expediente Vallecas', un caso paranormal en el Madrid de los noventa

Foto: Sandra Escacena es la protagonista de 'Verónica'. (Sony)
Sandra Escacena es la protagonista de 'Verónica'. (Sony)

La primera vez que me bajó la regla sentí lo que era el miedo a la muerte. Tenía 12 años. Acababa de salir de la piscina y mientras me quitaba el cloro bajo la ducha, un hilillo de sangre empezó a resbalar por mi pierna, hasta formar un enorme charco escarlata alrededor del sumidero. La primera intuición fue la de un corte con algún azulejo roto. Pero cuando no encontré la herida, deduje que sangraba por el reventón de algún órgano interno y que probablemente iba a morir. Lloré.

Fue terrorífico. Luego me explicaron lo de la menstruación. Y lloré más fuerte todavía.

'Verónica' es una historia de terror. De dos tipos de terrores: el miedo a lo paranormal y el miedo a crecer, a la adolescencia, a los cambios, a la soledad, a lo desconocido, a no poder controlar tu propio cuerpo, a no reconocerte en el espejo, a que te cambie la voz, a sentirse como poseído por algún ente externo. Paco Plaza vuelve al cine de género, pero lo hace de una forma muy diferente a la de la saga '[REC]'. Con un estilo sobrio y costumbrista y una cámara elegante —rodada en digital, pero con ópticas antiguas, lo que da mucha textura a la imagen—, Plaza traza el paralelismo entre los estragos de la entrada en la adolescencia y los de una posesión demoníaca. Y todo en plena transformación de una España que se despertaba del letargo y entraba en la modernidad de mano de las televisiones privadas y de unos Héroes del Silencio que con 'Senderos de traición' ponían una pica en Alemania, en Europa, en el mundo.

Son los de Enrique Bunbury los que abren la primera secuencia de la película. Aunque Verónica (Sandra Escacena) viste todavía el uniforme del colegio, también le ha tocado ponerse el traje de madre postiza de sus tres hermanos pequeños —interpretados por Bruna González, Claudia Placer e Iván Chavero—, a los que despierta todas las mañanas, da de desayunar y de comer, peina, lava y acuesta todos los días ante la falta paterna y la ausencia de una verdadera madre (Ana Torrent) que trabaja de sol a sol en un bar para sacar a sus hijos adelante.

Plaza se centra en ese relato de adolescencia, contenida entre los bloques de ladrillo del madrileño barrio de Vallecas en los noventa

Plaza se centra primero en ese relato de adolescencia —al estilo de 'It', 'Stranger Things' o 'E.T.'—, contenida entre los bloques de ladrillo rojo del madrileño barrio de Vallecas en el albor de los noventa. Con una cotidianidad contemplativa, el director valenciano se pasea por las entrañas de aquella década, por las habitaciones de pared de gotelé y pósteres del Morrison de Zaragoza, por los colegios de diadema y flequillo convexo, por los platos de Duralex y por una época en la que los juegos de mesa —'Línea directa' para ellas, 'El imperio cobra' para ellos— todavía eran lo más. Esos años noventa en los que también vivió Estefanía Gutiérrez Lázaro, la joven vallecana que murió en extrañas circunstancias en 1991 tras jugar a la ouija con unas amigas y que protagonizó uno de los casos paranormales más inquietantes de la crónica de misterio en España, en el que se inspira la película: el 'expediente Vallecas'.

Un fotograma de la película. (Sony)
Un fotograma de la película. (Sony)

Después de una primera parte dominada por una mirada costumbrista, Plaza va añadiendo elementos sugestivos que crean una atmósfera cada vez más densa y asfixiante. El terror, de primeras, no se materializa. Se conforma con hacerse sentir. A la manera de 'Una vuelta de tuerca' de Henry James, no se sabe bien dónde está el peligro que acecha, si dentro o fuera de la cabeza. En el colegio, todos los alumnos aguardan en la azotea a un eclipse total. Un momento de atractivo misticismo. En el sótano, Verónica y sus amigas juegan con una ouija comprada en un fascículo de quiosco. A partir de ese momento, se desencadena ¿el mal o la psicosis? Verónica empieza a experimentar sensaciones extrañas, cambios en su cuerpo. ¿Será la pubertad o un espíritu demoníaco? No hay nada más confuso que la aparición de una gran mancha de sangre en las sábanas.

Con una cadencia de 'crescendo' sostenido, Plaza consigue conectar al espectador con los miedos de Verónica

Con una cadencia de 'crescendo' sostenido, Plaza consigue conectar al espectador con los miedos de Verónica. Plaza juega con la sensación constante de que hay algo que nos observa, pero que ni Verónica ni nosotros podemos ver. Y todo transmite verdad: el trabajo de arte —que reproduce un Madrid suburbial con aroma pre Olimpiada—, la interpretación de unos actores primerizos que transpiran naturalidad y el punto de vista de un director que ha sabido llevar a su terreno una película que podría haber tropezado en la falta de la fabricación en serie.

Sandra Escacena, en otro momento de la película. (Sony)
Sandra Escacena, en otro momento de la película. (Sony)

'Verónica' es una película poco convencional dentro del género, que ha querido trascender sus propios moldes y aportar más capas de lectura sin llegar a perder la esencia. Plaza maneja el terror desde varios frentes y acudiendo a los miedos más primordiales: el miedo racional a la exclusión social en el instituto, a ser diana de rumores, a perder a las amigas, se mezcla con el miedo irracional a un armario entreabierto, a un pasillo largo y oscuro, a una bombilla titilante. ¿Qué es preferible, vivir con la incertidumbre o verse con lo terrible cara a cara?

Cartel de 'Verónica'.
Cartel de 'Verónica'.

'Verónica' puede ser la película con la que Plaza demuestre su capacidad autoral más allá del buen olfato comercial que exhibió con la saga '[REC]'. Ya enseñó en la tercera entrega su versatilidad y un afán de búsqueda fuera de los márgenes de la zona de confort: convirtió uno de los mayores taquillazos del cine de terror en una comedia musical. Y ahora vuelve con un palimpsesto cinematográfico que bajo la apariencia de una producción comercial esconde algo más profundo, visceral e inquietante. Esa consciencia de mortalidad que detona una simple mancha roja en unas sábanas blancas de algodón.

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