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Enrique Bunbury, el espectáculo de una estrella sin canciones

El rockero debuta en el Teatro Real con una actitud imponente y un repertorio que no siempre está a la altura

Foto: Concierto de Enrique Bunbury. Foto: EFE/Javier Carrión
Concierto de Enrique Bunbury. Foto: EFE/Javier Carrión
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Ver salir a Enrique Bunbury a un escenario siempre es un espectáculo: gafas oscuras, traje negro con llamas rojas y derroche de confianza rockera. Rompe el hielo con 'Ahora', balada con pausa sobre el paso del tiempo, publicada en su disco a medias con Nacho Vegas. Nada más sonar la última nota, empiezan los cánticos de “Enrique, Enrique, Enrique”. Sigue otra canción poderosa: 'Dos clavos a mis alas', canción que escribió para el mismísimo Raphael y que ha incorporado a su repertorio. Funciona de maravilla. Le sigue 'Sirena Varada', de los Héroes del Silencio, con una de esas letras místico-bohemias que resultan impenetrables.

Hablemos claro: a pesar de su look, entre Jim Morrison y The Cult, los Héroes fueron una boy band, de esas que vuelven locos a sus fanáticos y resultan difíciles de comprender al resto de la humanidad. Algo parecido, a menor escala, ocurre con la carrera en solitario de Bunbury, mucho más abierta en lo sonoro, pero que todavía no ha dado una canción verdaderamente popular, de esas que puede cantar tu madre o tu vecino sin darse cuenta. Lo más cerca que se ha quedado es alguna de 'Pequeño' (1999) o de 'Flamingos' (2002). Desde entonces, son catorce años ya, se está convirtiendo en un artista para iniciados, del que cuesta encontrar un estribillo que haya llegado más allá del círculo de fieles (que, a cambio, son los más entregados del planeta rock).

Enrique Bunbury, el espectáculo de una estrella sin canciones

Mejor intérprete que compositor

Resumimos la tesis: Bunbury es un intérprete como la copa de un pino, tiene una voz perfecta para su repertorio, pero no acaba de dar la talla como compositor. En algunos momentos, sus canciones convencen, en otros suenan previsibles, desangeladas y hasta ramplonas. Su disco doble 'El viaje a ninguna parte'  (2004), presunta obra magna, es el mejor ejemplo de naufragio creativo, pero no el único. El tiempo no ha tratado especialmente bien a 'Que tengas suertecita', igual que a 'Una canción triste', recitado de autoayuda tirando a soso y predecible.

Bunbury es un intérprete como la copa de un pino, tiene una voz perfecta para su repertorio, pero no acaba de dar la talla como compositor

Unos pocos temas antes cae 'El camino del exceso', de la etapa Héroes, himno de flipamiento adolescente con William Blake donde  aprovecha para tirar la chaqueta y quedarse con su icónico chaleco sin nada debajo. El gesto se lleva la primera gran ovación de la noche. Le sigue 'Avalancha', también de Héroes, donde el cantante lo da todo sin que la cosa llegue a prender. Bunbury tiene tanta energía que hace que cualquier partitura normalita suene musculosa, pero a mitad de canción ya notas que hay más estrella que canciones. La banda, Los Santos Inocentes, suena sólida durante todo el concierto, adáptandose a cualquiera de los registros del jefe y ofreciendo un buen andamio para que se luzca.

Enrique Bunbury, el espectáculo de una estrella sin canciones

La fuerza de la sencillez

Se supone que la adrenalina debería subir con 'El extranjero', primer sencillo del emblemático 'Pequeño', con su acordeón y sus aires balcánicos, pero queda más machacona que radiante. Lo más contagioso son las palmas y los coros del público. La letra en plan “soy ciudadano del mundo” peca también de tópica. A pesar de todo, provoca el primer karaoke colectivo. El nivel sube con 'Desmejorado', otra balada a medida de Raphael, tan sencilla como sentida y bien resuelta. A Bunbury, tan histriónico, le favorecen más los registros directos que los rebuscados y pomposos, como demuestra el partido que le saca a la pegajosa 'Infinito', en la que aprovecha para repartir apretones de manos en las primeras filas y cantar algún verso mirando a los ojos de las asistentes de las primera fila.

A Bunbury, tan histriónico, le favorecen más los registros directos que los rebuscados y pomposos

El problema del concierto es que cuesta enganchar tres canciones buenas seguidas. 'El hombre delgado que no flaqueará jamás', de 'Hellville deluxe' (2008), ofrece más ruido que nueces, electricidad desbocada sin un ritmo, melodía ni letra destacable. Un historia de “fuera de la ley” bastante más floja que otras que no tocó, por ejemplo 'El club de los imposibles'. Sigue con 'Despierta', de 'Palosanto' (2013), pieza presuntamente política escrita al calor del 15M, pero sus versos son tan generales que se se quedan en agua de borrajas.

Enrique Bunbury, el espectáculo de una estrella sin canciones

Gran final

Para la traca final empalma dos clasicazos de Héroes del Silencio. El primero es 'Mar adentro', una de sus primeras composiciones, que suena increíblemente fresca y ligera. Como un soplo de inspiración adolescente. Lo mejor de la noche. El segundo es 'Maldito duende', as del repertorio, que cumple su función con robustez. Le pone pimienta cantando la mitad entre el patio de butacas, con los fans acariciando la melena y tocando los músculos de su ídolo. En la parte vocal, Bunbury llega a sus registros más emocionantes, confirmado su potencia como vocalista. Remata el triplete 'Lady Blue', el estribillo más conocido de su carrera en solitario, un logrado tributo al David Bowie de la etapa setentera, entre 'Space Oddity' y 'Starman'.

Este excelente nivel no llega nunca a recuperarse en los seis bises, a pesar de la bonita 'El rescate' o  la reptante 'La chispa adecuada', otro clásico de los Héroes. Le faltó regularidad. Flojean, por ejemplo, 'Más alto que nosotros solo el cielo', 'Los habitantes' y 'De todo el mundo'. No por la energía, que tienen suficiente, sino por lo anodino de las composiciones, que suenan como hechas con piloto automático, afeando la despedida. Tampoco remonta 'Y al final', de 'Flamingos', a la que podría haber sacado más partido. Resumiendo: un concierto con buenos momentos, pero no un gran concierto

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