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Mi Verano en el Norte III: el volumen del iPad silencia el de las olas
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Mi Verano en el Norte III: el volumen del iPad silencia el de las olas

Cuando éramos niños jugábamos en la bolera del Muelle y nos pegábamos con tal de pinar las partidas que se jugaban en la arena. El rollo era clavarlo haciendo sonar el metal

Foto: El puerto de Comillas, en Cantabria. (P. B. Obregón)
El puerto de Comillas, en Cantabria. (P. B. Obregón)

El Muelle de Comillas tenía una bolera lindando al faro. Cuando éramos niños, nos pegábamos con tal de pinar las partidas que se jugaban en la arena. No era nada fácil, todos miraban, jugadores, mayores, pescadores, y si tardabas un poco más de lo justo te cambiaban al instante. No digamos si uno de los bolos no quedaba recto o tuviese la mala fortuna de caer por el viento. Siempre azotaba uno del demonio en esa esquina que ya hubiera querido Sorolla, y entonces, fuera, te cubría otro de los niños con el que partir beneficios y encima pagabas durante varias semanas, el tropiezo sin ser apto para volver a pinar. El rollo era clavarlo haciendo sonar el metal que servía de base, y si conseguías hacerlo suficientemente sonoro, los mayores te aprobaban con la barbilla. A mi abuelo, al que apodaban 'el Pulga', le gustaba observar los partidos de bolos desde una de las mesitas de la Taberna del Muelle. No había placer mayor que poder sentarte con él a tomar un KAS limón, pero muchos nietos y pocas sillas lo convertían casi en una coronación real.

Por eso a los que pinábamos, además de aprender las normas y costumbres de los bolos montañeses, nos aguardaba una propina de cincuenta o cien pesetas, que pagaba el refresco en caso de tener que respetar el lugar en la fila de primos. Hacerlo rápido y dejarlos bien rectos garantizaba mejores resultados que meter un gol por la escuadra. Ronaldos, Messis y Oyarazábales eran para nosotros el 'Tete' Rodríguez o el Zurdo de Bielva, de quien aseguran que tumbó los nueve bolos en un birle que nadie recuerda del todo. Y así pasábamos los niños, comiéndonos las horas con cáscaras de pipas y un calabobos que duraba días enteros y sonaba a golpe de madera lanzando desde el tiro. Si te aburrías siempre podías aguantarte un poco más. Y de vez en poco, pasearte por las mesas de la taberna del Muelle, que si ya no estaba el Pulga, alguna raba podías llevarte a la boca, recién traída a puerto por los marineros que llegaban a medio día con las cajas llenas de calamares y maganos.

"También crece la impaciencia de los padres, quienes ya han desplegado un iPad para que la más pequeña se tome el biberón"

De todo aquello lo único que queda es la taberna de Iñaki, que siempre ha sido lo mejor del Muelle, y aunque ya no tenga en su falda la bolera que antaño doraba nuestro nublado, sigue dando las mejores marmitas de bonito, aprovechando la temporada que se acaba de inaugurar. Esta mañana, en la mesa contigua, hay una familia con tres hijos que no suman diez años en total. Como ya no se fuma en las terrazas del cantábrico y me da cierto apuro por los niños, me levanto y me distancio hasta el borde, donde hace treinta años no me llegaban los pies al suelo. Ahí me enciendo el cigarro más tranquilo y recuerdo el sonido de los bolos mientras caen las primeras gotas del final de esta sequía. Ojalá cayera igual en toda España.

"Ahora se escucha más fuerte el volumen de la tableta que las olas que rompen debajo"

Al volver a la mesa, los gritos de los niños no dejan de aumentar. También crece la impaciencia de sus padres, quienes ya han desplegado un iPad para que la más pequeña se tome el biberón. Ahora se escucha más fuerte el volumen de la tableta que las olas que rompen debajo, pero bueno, peor lo llevan sus hermanos. Uno le protesta a la madre pidiéndole el móvil. Contra todo pronóstico, esta le ha plantado el teléfono en las manos y ahora son dos los turbios sonidos que desprende la mesa, además de los crecientes llantos del mayor de todos, quien se atreve incluso a dar un manotazo, porque según él, sus hermanos solo ven memeces. Aún no les han servido las bebidas y el padre claudica dejándole el teléfono al tercer tirano. Mientras tanto, ellos no paran de vigilar que cada uno no lance el dichoso cacharro al suelo y se cargue la última adquisición de celular niñera que cuesta más que un salario mínimo. Son tres niños que no pueden estar veinte minutos quietos sin mirar una pantalla, en una taberna situada sobre la lonja de uno de los puertos más bonitos del norte. Y luego me pregunto por qué ya nadie juega a los bolos.

Foto: Ruiloba, Cantabria. (iStock)

Quizás todo sería un poco mejor, si en vez de robarles la infancia con las pantallas, estos gritones supieran que esas rabas que acaban de pedir sus padres son de calamar y no de pota, y por eso cuestan más de doce euros la ración. Que salen a pescar a las tres y cuatro de la madrugada, y tras ocho horas de seda y agua, vuelven a puerto en unos barcos enanos de madera que hacen marearse al mismísimo Capitán Nemo. Enséñenselos, están justo ahí delante. Cuéntenles, también, que el bonito se pesca con caña, que los mejillones se pelean con los percebes por las mejores solanas, y que también se pagan al doble porque se han llevado más de una vida al arrancarlos de las rocas entre olas y espuma. Desconfíen sí llevan arena. Aquí son de roca. Cuéntenles que los bocartes van abiertos y que de cada uno salen dos anchoas. Ojalá tengan suerte y prueben las almejas, apenas se ven de las finas de antes, todas son japónicas ahora, pero si hay suerte y quedan unas pocas, no probarán bocado igual. Y que aprendan a pincharse con el alfiler sacando los bígaros de su caracol. Esa punta de sangre primera la merecen también ellos por mucho que griten.

Díganles que se callen un poco, que no pasa nada, que se aguanten y que no den el coñazo. Y si continúan así, no se apuren. Mándenles a dar un paseo a la playa que hay marea baja y tienen una pila de metros donde poder cansarse, hacer castillos de arena o lo que se les ocurra. Pero apaguen las pantallas y dejen que sus hijos se aburran. Es lo mejor que tiene la infancia.

El Muelle de Comillas tenía una bolera lindando al faro. Cuando éramos niños, nos pegábamos con tal de pinar las partidas que se jugaban en la arena. No era nada fácil, todos miraban, jugadores, mayores, pescadores, y si tardabas un poco más de lo justo te cambiaban al instante. No digamos si uno de los bolos no quedaba recto o tuviese la mala fortuna de caer por el viento. Siempre azotaba uno del demonio en esa esquina que ya hubiera querido Sorolla, y entonces, fuera, te cubría otro de los niños con el que partir beneficios y encima pagabas durante varias semanas, el tropiezo sin ser apto para volver a pinar. El rollo era clavarlo haciendo sonar el metal que servía de base, y si conseguías hacerlo suficientemente sonoro, los mayores te aprobaban con la barbilla. A mi abuelo, al que apodaban 'el Pulga', le gustaba observar los partidos de bolos desde una de las mesitas de la Taberna del Muelle. No había placer mayor que poder sentarte con él a tomar un KAS limón, pero muchos nietos y pocas sillas lo convertían casi en una coronación real.

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