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Hay un momento exacto en el que tu vida se irá a pique (y seguramente no llegue nunca)
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'TRINCHERA CULTURAL'

Hay un momento exacto en el que tu vida se irá a pique (y seguramente no llegue nunca)

Del miedo de los padres a no poder meter a su hijo de un año en la escuela infantil que quieren a la ansiedad por equivocarnos de pareja, vivimos bajo el terror de elegir mal

Foto: Una mujer cruzando la calle. (Reuters/Vincent West)
Una mujer cruzando la calle. (Reuters/Vincent West)

Hace poco, un conocido enumeraba todas las cosas terribles que le ocurrirán a su hijo recién nacido si no consigue que entre en la mejor Escuela Infantil del barrio. Si no lo logra, dentro de unos años tampoco podrá optar al colegio asociado a dicho centro y, por lo tanto, cuando sea adolescente, no entrará en el mejor instituto de la zona, lo que determinará para siempre su futuro.

Completé mentalmente la lista de desgracias. Si eso ocurre, claro, que se olvide de la universidad. Lo más probable es que se dedique al menudeo de droga influido por las malas compañías que conocerá en ese otro instituto que no es el bueno. Su destino natural es la cárcel y la soltería. Será, inevitablemente, un paria social. Morirá solo y en el paro. La vida es un dominó de causas y consecuencias y basta con que una ficha esté mal colocada para que todo se eche a perder.

El mundo está lleno de casados añorando soltería y de solteros suspirando por sus ex

Existe la sensación cada vez más extendida de que nuestra vida es una sucesión inacabable de decisiones clave en las que resulta muy fácil equivocarse y muy difícil acertar. Un paso en falso y no hay vuelta atrás. Puede ser el colegio del niño, elegir entre ciencias o letras cuando somos adolescentes, casarte con la pareja equivocada a los 30 o entrar a trabajar en la empresa que no deberíamos. Nuestro camino vital está minado.

Si esto sucede es porque probablemente nunca antes el mundo nos había parecido tan complejo, tan difícil de comprender, tan opaco. Nuestra vida es puro caos: somos incapaces de calcular qué consecuencias tendrán exactamente nuestros actos. Por eso, cuando en nuestro camino se cruza un evento que realmente nos fuerza a tomar una decisión clara, como la selectividad o una oposición, aparecen la ansiedad, el miedo y el terror. No me sorprende que abunden los artículos que refieren ataques de pánico ante el examen de acceso a la universidad: la sensación de que todo tu futuro se decide en una prueba debe ser difícil de aguantar.

placeholder Examen de EBAU en Valladolid. (EFE/Nacho Gallego)
Examen de EBAU en Valladolid. (EFE/Nacho Gallego)

Eso si eres joven. Si ya tienes una edad, es probable que tengas la sensación de que todo se truncó en un momento determinado. Ya sea a nivel global, como en una crisis económica, o privado e íntimo: ese momento en el que decidimos dedicarnos a algo que no nos iba a hacer felices (y luego a otra cosa, y tal vez a otra, y ninguna de ellas nos terminaría de satisfacer), cuando abandonamos a aquella novia a los 18 años, cuando no nos atrevimos a declararnos ante aquel compañero que nos hacía tilín, cuando en la crisis de los 40 nos dio por dejarlo todo y nos quedamos sin nada. Cunde la sensación de que la correcta habría sido la decisión totalmente opuesta: el mundo está lleno de casados añorando su soltería y de solteros suspirando por aquella pareja que dejaron escapar.

Siempre hay un motivo para dudar que hicimos lo correcto. Como en aquellas viejas páginas de internet en la que introducías tu nombre y tu fecha de nacimiento y te devolvían la fecha exacta en la que ibas a morir y la causa de muerte, tenemos la sensación de que en cualquier momento algo se va a romper (o se rompió). Un momento que lo explica todo, un instante decisivo. Pero seguramente no lo haya.

La vida infinita en la que solo hay una opción posible

Hoy se da la paradoja de que podemos hacer casi cualquier cosa, pero sabemos que de todas ellas solo hay una correcta (la que nos convierte en lo que realmente nosotros). Las posibilidades de equivocarnos y dar al traste con nuestra vida son infinitas; las de dar con la tecla adecuada son muy reducidas. Es la gran tragedia del mundo contemporáneo, en el que la abundancia de opciones tan solo han provocado bulimia, miedo a tomar decisiones, la ansiedad ante ese futuro en el que comprobaremos finalmente que nos equivocamos.

Nos da miedo desperdiciar nuestro amor en la persona equivocada

En nuestro fuero interno sospechamos que la mayoría de opciones son malas o peligrosas, como en uno de esos libros de "elige tu propia aventura" en los que seleccionabas una opción, morías, volvías atrás, volvías a morir y así hasta que te topabas con la única opción válida que te permitiese acabar el juego. Ocurre en el amor y en el trabajo: nos da miedo que todo ese esfuerzo, que toda esa ilusión, que todos esos sacrificios y noches sin dormir se desperdicien en la persona equivocada, por lo que preferimos no sentir nada. Ni pasión ni vocación.

Antes no existían tantas posibilidades, y, por lo tanto, tampoco esa ansiedad por equivocarnos. Uno era lo que era, y ni siquiera se planteaba la posibilidad de ser otra persona. Ahora podemos ser cualquier cosa, lo que nos obliga a descartar continuamente millones de "yoes" alternativos que quizá sí entraron en el colegio indicado cuando tenían un año de edad. Por eso la gente vuelve a sus raíces cuando deja de entender quién es; porque de repente se da cuenta de que en algún momento tomó la decisión equivocada y volviendo a la casilla de salida, a lo que siempre fue, puede volver a empezar. Podríamos llamarlo "ansiedad anticipatoria" o futurofobia.

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Vivimos instalado en el FOMO continuo, ese concepto que se refiere al miedo a estarnos perdiendo cosas. Por cada decisión que tomamos, nos vemos obligados a descartar el resto del universo, y por ello, aspiramos a hacerlo todo al mismo tiempo. A estar en casa y de fiesta a la vez, a estar permanentemente conectados para no llegar tarde nada, a no descansar jamás. A hacer una cosa y su opuesto al mismo tiempo. Una mujer y un amante; un doble grado en la universidad; bufete mejor que elegir dos platos en la carta.

Hacerse viejo, sin embargo, consiste en darse cuenta de que todo importa menos de lo que parece, que nuestra vida es mucho más arbitraria de lo que estaríamos dispuestos a aceptar. Que tu carrera laboral depende más de conocer en el momento adecuado a la persona que te va a abrir una puerta, que a pasar horas y horas y horas estudiando para sacar unas décimas más; que el amor está sujeto a una sucesión de serendipias y azares que se escapan a todo control. Suena nihilista, pero es todo lo contrario. Quizá sea mejor abrazar el caos y aceptar que sí, tal vez haya un momento en el que todo se vaya al garete, pero solo lo sabremos cuando sea demasiado tarde y no podamos hacer nada. Mientras tanto, solo queda disfrutar el viaje.

Hace poco, un conocido enumeraba todas las cosas terribles que le ocurrirán a su hijo recién nacido si no consigue que entre en la mejor Escuela Infantil del barrio. Si no lo logra, dentro de unos años tampoco podrá optar al colegio asociado a dicho centro y, por lo tanto, cuando sea adolescente, no entrará en el mejor instituto de la zona, lo que determinará para siempre su futuro.

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