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El enemigo justifica los medios: las nuevas formas de protesta que asustan a los gobiernos
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'TRINCHERA CULTURAL'

El enemigo justifica los medios: las nuevas formas de protesta que asustan a los gobiernos

En Internet, no pasa un segundo sin que revienten las redes con cuentas paródicas. Podemos ser diseñadores, comunicadores y activistas de nuestras propias consignas

Foto: Manifestantes protestan con folios en blanco frente a la embajada rusa en Madrid. (EFE/Fernando Villar)
Manifestantes protestan con folios en blanco frente a la embajada rusa en Madrid. (EFE/Fernando Villar)

Marchas carnavalescas, manifestaciones satíricas, pancartas surrealistas, lemas estrafalarios, memes, grafitis… y congas, varias congas. En la última década, este ha sido el repertorio formal de una subversión basada en la sorpresa (se trata, precisamente, de pillarnos con el pie cambiado), que no obedece al típico verticalismo de los partidos o a las oposiciones parlamentarias al uso. A simple vista, parecen performances divertidas; parodias encaminadas a sacudir la política en tiempos pospolíticos o reactivar la democracia en momentos posdemocráticos.

Confrontaciones nacidas en paralelo a una deriva autoritaria que se explaya por el mundo bajo coartadas ideológicas distintas, si no contrapuestas, esgrimidas justo en ese punto en que capitalismo y democracia andan entretenidos en el papeleo de su divorcio. Estamos, pues, ante unas revueltas lanzadas contra las distintas versiones de esos regímenes que a la sociología política le ha dado por llamar "iliberales".

Estos movimientos un día le disparan al neoliberalismo y otro al capitalcomunismo chino

Van contra todas las banderas y no dejan títere con cabeza. En el amplio espectro de sus dianas, estos movimientos un día le disparan al neoliberalismo y otro al capitalcomunismo chino, un día a las teocracias petroleras árabes y otro al régimen oligárquico ruso, un día a la actualización del colonialismo y otro a los detritos del sandinismo. Y al machismo, el cambio climático, el maltrato animal, la pobreza, la guerra, cualquier cosa que se ponga por delante.

Intentar encuadrarlas ideológicamente en términos convencionales se antoja una misión imposible. (A los adalides de la guerra cultural en España, quizá les bastaría con denostarlas como "posmos", acreditando una vez más su retraso de treinta años en este debate). Bien mirado, lo que define estas prácticas no es tanto lo que reafirman, sino contra quien van enfiladas: aquí el enemigo justifica los medios. Tal vez, por eso no se mueven en las utopías de las grandes causas, sino en el terreno más escabroso de las consecuencias de estos modelos puestos ahora bajo sospecha y sus respectivos fracasos. Es en la acción y no en sus objetivos, en la forma y no en el fondo, donde encontramos sus claves.

Foto: Protestas contra la OTAN en Madrid. (EFE/Sergio Pérez)

Una pintada procaz contra las falsas tallas de las mujeres junto a una tienda en Barcelona. Una coreografía en los bajos de una Torre Trump en Nueva York. Otro baile frente el Congreso en Santiago de Chile. Una conga en el oriente cubano cantando una lista de carencias, denunciando los apagones o retando directamente a la policía…

En Internet, no pasa un segundo sin que revienten las redes con cuentas paródicas, memes y otras intervenciones que sacuden el viejo 'agitprop' en estos tiempos del "Hágalo Usted Mismo". Aquí, y ahora, todos podemos ser diseñadores, comunicadores y activistas de nuestras propias consignas.

En inglés, esas iniciativas ya cuentan con un término que las describe: Monstrations. Y fue el sociólogo ruso Alexei Yurchak el primero que llamó mi atención sobre ellas en su aportación al libro colectivo El ensayo empieza aquí (Caniche, 2021). Aparte de ofrecer un abanico de ejemplos de estas prácticas, o entenderlas como políticas jíbaras que crecen en los límites del liberalismo, Yurchak destacó su desmarque del frentismo, de ese claroscuro que reduce los problemas a una película del Oeste encaminada indefectiblemente a la batalla final entre las dos Rusias, las dos Españas, las dos Américas, el "conmigo o contra mí", el “patria o muerte”, la muy rentable demolición de la ambigüedad.

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En línea con 'Ironía On', ensayo de Santiago Gerchunoff, es constatable en ellas un emplazamiento del ágora en el extrarradio de la política. Mediante una conversación en red que, a la cascada de imágenes de la actualidad, vendría a añadir su correspondiente catarata de opiniones. Un liberalismo a la "riposta" que ya solo puede subsistir como una tertulia que es pública porque necesita ponerse en escena: esto es, tener público. Hay, todavía, dos asuntos importantes a los que apuntan estos disturbios. El primero está conectado directamente con el llevado y traído desplome de las élites. Acaso porque proyectan una guerra cultural sin gurús y un futuro sin mesianismo, alcanzando una magnitud que esas élites intelectuales no pueden explicar, ni las políticas representar, ni las económicas comprar. El segundo, nos habla de una política posterior a la Guerra Fría, justo en un mundo en el que no pocos analistas, a la primera de cambio, se agarran al comodín de su eterno retorno.

¿Cómo responden los poderes políticos ante todo esto?

Pues, por un lado, estigmatizando estos movimientos como alborotos de escasa entidad. Por el otro, y aquí su gran contradicción, persiguiéndolos y reprimiéndolos. Un ejemplo acabamos de verlo en Moscú, en plena invasión a Ucrania, con la marcha de las pancartas en blanco. Otro, un poco antes en La Habana, capital de un país donde el partido comunista se enfrenta cada día a la paradoja de gobernar a una sociedad que ya es poscomunista. Allí, un grupo de 300 jóvenes se plantaron frente al Ministerio de Cultura proponiendo un diálogo con las autoridades que nunca ocurrió. En ambos casos, la sociedad extendió una página en blanco que demandaba ser completada en aras de un nuevo contrato social. Y en ambos, las autoridades no tuvieron más respuesta que la represión.

Si los escritores sienten terror ante la página en blanco, los gobiernos parecen tenerlo ante estas pancartas en blanco que, incapaces de rellenar con el lenguaje de los nuevos tiempos, se dedican a aplastar con el estilo de los viejos. Lo curioso es que esos mismos gobiernos se han dejado arrastrar por la conga hasta saturarnos con sus propios tuits, sus directas, los selfis de sus presidentes, ministros y su recua de alabarderos. Siempre dispuestos a imponer sus esperpentos para hacer más evidente su autismo con respecto a la sociedad que dicen representar. Ante su realidad paralela, estas marchas responden con una realidad aumentada que las descoloca. Y sí, sabemos que no van a conseguir tumbar esos gobiernos, pero al menos van a pincharle su increíble burbuja.

Marchas carnavalescas, manifestaciones satíricas, pancartas surrealistas, lemas estrafalarios, memes, grafitis… y congas, varias congas. En la última década, este ha sido el repertorio formal de una subversión basada en la sorpresa (se trata, precisamente, de pillarnos con el pie cambiado), que no obedece al típico verticalismo de los partidos o a las oposiciones parlamentarias al uso. A simple vista, parecen performances divertidas; parodias encaminadas a sacudir la política en tiempos pospolíticos o reactivar la democracia en momentos posdemocráticos.

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