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Nueva Babilonia: el proyecto olvidado del genio Constant, que ideó una sociedad sin trabajo
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EL URBANISMO UNITARIO

Nueva Babilonia: el proyecto olvidado del genio Constant, que ideó una sociedad sin trabajo

Este artista, muy poco reconocido por el mundo del urbanismo o la arquitectura, diseñó una ciudad utópica en la que la humanidad habría sido liberada de sus más firmes ataduras. ¿Qué queda de su legado?

Foto: Constant en su taller, en julio de 1966. (Wikipedia / Fotopersbureau De Boer)
Constant en su taller, en julio de 1966. (Wikipedia / Fotopersbureau De Boer)

Debió de suceder en algún momento a comienzos del nuevo milenio. Un artista europeo paseaba con su esposa por el Museo Reina Sofía de Madrid y, tras ver las distintas exposiciones, le espetó con tristeza: "¿Por qué yo nunca he expuesto aquí?". Su nombre era Constant Nieuwenhuys, más conocido simplemente como Constant. Años antes, en un arrebato de furia colérica y autodestructiva, arrojó por la ventana algunas de las maquetas de su mayor obra: la ciudad utópica de Nueva Babilonia. Sus amigos le habían abandonado y los que le frecuentaban le tenían por loco o directamente no le comprendían. Su creación no tuvo el eco que merecía, a pesar de que con solo echar un vistazo rápido a sus bocetos podemos ver elementos que coinciden de manera muy aproximada con las narraciones cinematográficas futuristas de nuestro tiempo: plataformas suspendidas de cables sobre las ruinas de las grandes ciudades, distintos accesos a naves y compartimentos que se reconfiguran constantemente (muy similares a los dibujados por Michael Bay en su película 'La isla', por citar un ejemplo) o torres de telecomunicaciones destinadas a poner en conexión a los distintos estratos arquitectónicos repartidos por todo el globo terráqueo.

Le Corbusier, padre del urbanismo funcionalista, dividió la estructura de las ciudades atendiendo a las actividades que se daban en ella: habitar, trabajar, circular y recrear

Antes de que existiera Internet, de que estuviera en auge el fenómeno de la globalización o que irrumpiera la inteligencia artificial y los robots en la esfera laboral, Constant esbozó lo que sería esa sociedad del futuro bajo la premisa de tantos urbanistas predecesores: si cambiamos la estructura física de las ciudades también estaremos cambiando la vida de las personas y su forma de organización social. Esto es lo que pensaron en su día mitos clásicos de la arquitectura y del urbanismo como Hipodamo de Mileto, de quien luego hablaría Aristóteles en la 'Política' para lanzar sus propuestas sobre cómo debería ser y administrarse una ciudad. Más tarde, los pensadores del Renacimiento se inspiraron de estas teorías para diseñar los entramados urbanos que nos han sido legados según la idea de que para llevar una vida armoniosa y ordenada, en mitad de un mundo social difícil y con tendencia al desorden, tan solo habría que dibujar figuras geométricas sobre el suelo, círculos y líneas rectas. Y, de esta forma, los seres humanos alcanzarían la virtud, el orden y el equilibrio que les permitiera regir y gestionar grandes grupos de personas.

Urbanismo funcionalista vs. urbanismo unitario

Esta idea alcanzó su máxima expresión en el siglo XIX con Le Corbusier, padre del urbanismo moderno y funcionalista, el cual dividió la estructura de las ciudades según las necesidades que sus habitantes realizaban en ella, en concreto cuatro: habitar, trabajar, circular y recrear. Con la finalidad de disolver a las fuerzas que pugnaban por destruir el capitalismo moderno que se acababa de fundar, el urbanista atendió las necesidades de la burguesía de la época para no compartir espacio con los obreros a los que explotaban, quienes empezaban a organizarse en movimientos que amenazaban el sistema socioeconómico vigente, trayendo conflictividad social a los centros de las ciudades en los que también residían las clases altas. Es cuando emergen zonas como la de Arturo Soria en Madrid o la del Eixample de Barcelona, creadas bajo el propósito de generar distancias entre el centro y la periferia, pues como la riqueza de unos pocos no dejaba de aumentar a la par que la pobreza de muchos, los estratos más acaudalados de la sociedad sintieron la necesidad de protegerse. Aunque solo fuera geográficamente.

"Quizá no lleguemos a ver ni vivir una sociedad sin trabajo, pero si lanzamos propuestas, tal vez los tiempos que hay hasta ella se reduzcan"

Constant atentaría contra este modelo, a día de hoy vigente con sus respectivas diferencias temporales, y patentó el urbanismo unitario, el cual estaría llamado a acabar no solo con las desigualdades sociales generadas por el capitalismo -como también buscaba el socialismo de maneras muy distintas-, sino con la propia concepción de tener que vivir para trabajar, "el mayor engaño", en sus propias palabras. Un fundamento, el de tener que vivir para trabajar, que el socialismo real de la Unión Soviética también adscribía como imperativo en la vida del individuo, de ahí que se distanciara de las doctrinas marxistas de la época y se juntara con los situacionistas.

"Quería liberar a la humanidad de sus limitaciones históricas, centradas en el trabajo, para alcanzar su bienestar o realización personal", sentencia Juan Pro, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) e investigador de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla en el CSIC, a este diario. "Y, por ello, creía que había que dejar de pensar desde arriba a la hora de ordenar el espacio urbano, creando una gran ciudad que fuera adecuada para ejercer esa libertad e imaginación total que produjera encuentros inesperados basados en el juego, pues para él el contacto entre las distintas capas sociales era enriquecedor y estimulante, ya que a partir de ese encuentro se despertaban nuevos sentimientos, deseos y horizontes de posibilidad entre las personas".

placeholder Portada de 'Nueva Babilonia. La utopía de la ciudad ideal en el siglo XX', de Constant. (Edición de Juan Pro, Cátedra, 2021)
Portada de 'Nueva Babilonia. La utopía de la ciudad ideal en el siglo XX', de Constant. (Edición de Juan Pro, Cátedra, 2021)

Pro ha escrito una extraordinaria introducción para acercarnos a la vida y obra de este pensador utópico enmarcado en la corriente situacionista, considerado más artista que arquitecto por la academia y relativamente olvidado en las escuelas de urbanismo, tal vez por su visión utópica de la que sería esa ciudad del futuro destinada a liberar a la humanidad del yugo del trabajo. Alojada en 'Nueva Babilonia. La utopía de la ciudad ideal en el siglo XIX' (Cátedra, 2021), el profesor ha reunido todos los textos de Constant, desperdigados en innumerables trabajos y ediciones, nunca traducidos de manera completa al español. A través de ellos podemos asomarnos a ese horizonte que el propio artista renegaba de su calificación de utópico, pues creía que algún día en el que ya no estuviera vivo (y posiblemente nosotros tampoco), iba a hacerse realidad. "La misión de utopías como la de Constant es establecer una brújula que marque un rumbo", sostiene Pro. "Quizá no lleguemos a ver ni vivir una sociedad sin trabajo, pero si proponemos una tendencia, tal vez los tiempos que hay hasta ella se reduzcan".

Foto: Los Banana Flats de Leith, en Edimburgo. Y una imagen de la película Trainspotting.

Y, precisamente, como el catedrático advierte, vivimos en una era un tanto yerma de utopías. Más bien al contrario: "nunca ha habido un despliegue creativo tan increíble a la hora de imaginar catástrofes". Citando la célebre frase de Jameson, "no hay ninguna alternativa ideológica real o posible sobre cómo podríamos superar el sistema económico en el que estamos inmersos". El mundo de hoy en día, asolado por pandemias y una emergencia climática que cada día nos recuerda con una ola de calor extrema que no hay marcha atrás, se ha quedado sin ideas positivas. Mientras tanto, nos afanamos en llevar una forma de vida metropolitana muy cercana a la ideada por Le Corbusier. A pesar de que el horizonte de posibilidad se haya abierto tras la crisis sanitaria y social, los gobernantes se han apresurado a volver a la normalidad lo antes posible, "al corto plazo" como sugiere Pro, "en vez de pensar con la distancia y longitud que exigen los tiempos".

placeholder Maqueta de Nueva Babilonia. (Flickr/André)
Maqueta de Nueva Babilonia. (Flickr/André)

Ahora bien, ¿en qué consistía concretamente el proyecto del artista holandés? Su idea para Nueba Babilonia parte de que el ser humano ya no podía vivir más sobre el suelo. "El paisaje que tenemos es la consecuencia de siglos de evolución, de derechos de propiedad, de construcciones que ya existen y de una relación de separación entre lo urbano y lo rural que a Constant ya no le funcionaba", explica el catedrático. "Su idea partía de crear un nuevo hábitat a partir de plataformas y cables supendidos a lo largo de todo el planeta que se podría reconfigurar al antojo de sus habitantes y cuyas normas ya no se regían por la moral del trabajo, sino por la del juego. Quien quisiera vivir en el suelo, donde descansaban las ruinas de las grandes ciudades y los paisajes naturales estaría en su derecho, Constant no quería obligar a nadie porque primaba en el la tolerancia basada en un principio libertario de que cada uno escogiera dónde quería habitar".

"Lo que no tuvo en cuenta Constant era el gran poder adictivo del consumo, uno de los motivos por las que la gente no se plantea otro tipo de sociedad"

Mientras tanto, debajo de la tierra, quedarían las fábricas con su ruido y contaminación, que ya nunca más serían pobladas por humanos, sino que las máquinas harían todos los trabajos productivos para subastecer a los habitantes de las materias primas necesarias para vivir en esta gran metrópoli. Es sin duda curioso que cuando todavía no se había popularizado si quiera el uso de Internet, alguien como Constant ya profetizaba un mundo de automatizaciones laborales, el mantra tan repetido hoy en día por gurús tecnológicos.

Urbanitas, pero poco

Precisamente, pensadores y empresarios de éxito ya no sitúan como escenario de sus utopías a la Tierra, sino otros planetas como Marte. Esto, según Pro, no obedece tanto a un agotamiento de la imaginación, sino más bien a una "imposibilidad de pensar en otra alternativa al capitalismo", cuyo mayor símbolo y representación cotidiana no deja de ser la ciudad, ese lugar "tan incómodo al que solo acude la gente para trabajar".

"Las urbes se han convertido en autopistas enormes en las que solo hay edificios apostados a cada lado"

"El coche es el mayor enemigo del centro urbano, lo invade todo, contamina, hace ruido...", prosigue el investigador del CSIC. Pero, a pesar de las promesas surgidas al calor de la pandemia de conceder más espacio a los peatones y ensanchar las zonas verdes, da la sensación de que la situación ha vuelto a lo mismo de siempre: los atascos, las alertas por contaminación y las horas desperdiciadas en el transporte público de los trabajadores que acuden todas las mañanas desde sus barrios a trabajar hasta el centro. Tal y como lo estructuró Le Corbusier. Y, mientras tanto, una gran parte del territorio se sigue despoblando día a día debido a la ausencia de oportunidades, trasladando el talento joven a las grandes urbes.

"La separación entre rural y urbano es artificial, tiene que ver con la tutela del poder político de las ciudades que se instaura en el entorno natural"

Una vez llega el fin de semana o un puente largo, se repite la escena de miles de personas saliendo de las grandes ciudades al campo. "Esto es lo que más desactiva las energías para pensar sobre cómo vivir en unas ciudades más habitables y humanas", añade el experto en Constant. "Las urbes se han convertido en autopistas enormes en las que solo hay edificios apostados a cada lado". Y, por otro lado, también está la trampa del consumismo: "Lo que no tuvo en cuenta Constant en su día era el gran poder adictivo del consumo, uno de los motivos por las que la gente no deja de trabajar y no se plantea otro tipo de sociedad".

placeholder Uno de los muchos dibujos de Constant sobre Nueva Babilonia. (Wikimedia)
Uno de los muchos dibujos de Constant sobre Nueva Babilonia. (Wikimedia)

"Para qué encerrarnos en ciudades, pensó Constant, el espacio del mundo es muy amplio, la separación entre rural y urbano es artificial, tiene que ver con la tutela del poder político de las ciudades que se instaura en el entorno natural", remarca Pro. "La gente debería instalarse a su gusto, donde quisiera, y poder construir su propio hábitat en cualquier parte. Esto es lo que facilitaría su capacidad de imaginar y de que se produzcan encuentros inesperados e inspiradores".

Silencio e incomprensión

Volviendo al inicio del artículo, aquel hombre que visitaba el Museo Reina Sofía en Madrid ya no viviría para ver cómo en 2015 se inauguró una exposición sobre su Nueva Babilonia en dicho espacio. Cuando preguntamos a Pro por la influencia que ha dejado en la arquitectura y en el urbanismo, admite que cada vez más profesionales y académicos están tomando su propuesta con la seriedad que se merece y no como una mera utopía inalcanzable. "No estoy seguro de si el urbanismo actual está atendiendo lo suficiente a Constant", admite el investigador. "Pero en términos ideales, sí que creo que es una buena propuesta a tener en cuenta frente al desafío medioambiental al que nos enfrentamos y la recuperación de los valores que se están perdiendo en las ciudades".

Foto: ¿Pertenecemos al tejido informático de nuestro mundo? (iStock)

En la actualidad, existe una fundación en Utrecht, Holanda, que lleva su nombre, protege su obra y organiza ciclos e investigaciones sobre su legado artístico e intelectual. Constant nunca pasó a las grandes páginas de la historia como otros coetáneos suyos de su misma corriente filosófica, como Guy Debord y los situacionistas del Mayo del 68 francés, con los que acabó enemistado de por vida.

"Su mensaje se está recuperando con la traducción de sus textos, y seguramente no tardemos mucho en ver su nombre en los libros de historia de la arquitectura", concluye Pro. Su vida estuvo plagada de silencio e incomprensión, pero ¿quién sabe? Tal vez dentro de unos años, décadas o unos pocos siglos, la Tierra sea una superficie de plataformas interconectadas habitada por seres humanos que ya no estén esclavizados por un salario y un horario laboral demasiado extenso, teniendo todo el tiempo del mundo para seguir creando futuros utópicos mejores, hacer canciones y estrechar enriquecedoras alianzas.

Debió de suceder en algún momento a comienzos del nuevo milenio. Un artista europeo paseaba con su esposa por el Museo Reina Sofía de Madrid y, tras ver las distintas exposiciones, le espetó con tristeza: "¿Por qué yo nunca he expuesto aquí?". Su nombre era Constant Nieuwenhuys, más conocido simplemente como Constant. Años antes, en un arrebato de furia colérica y autodestructiva, arrojó por la ventana algunas de las maquetas de su mayor obra: la ciudad utópica de Nueva Babilonia. Sus amigos le habían abandonado y los que le frecuentaban le tenían por loco o directamente no le comprendían. Su creación no tuvo el eco que merecía, a pesar de que con solo echar un vistazo rápido a sus bocetos podemos ver elementos que coinciden de manera muy aproximada con las narraciones cinematográficas futuristas de nuestro tiempo: plataformas suspendidas de cables sobre las ruinas de las grandes ciudades, distintos accesos a naves y compartimentos que se reconfiguran constantemente (muy similares a los dibujados por Michael Bay en su película 'La isla', por citar un ejemplo) o torres de telecomunicaciones destinadas a poner en conexión a los distintos estratos arquitectónicos repartidos por todo el globo terráqueo.

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