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'Aniquilación' es un tostón: la imparable decadencia de Michel Houellebecq
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'Aniquilación' es un tostón: la imparable decadencia de Michel Houellebecq

La última novela del que fuera gran maldito de las letras francesas logra algo que su autor aún no había conseguido en toda su carrera: aburrir mortalmente al lector

Foto: Michel Houellebecq en San Sebastián en 2019. (EFE/ Javier Etxezarreta)
Michel Houellebecq en San Sebastián en 2019. (EFE/ Javier Etxezarreta)

En 'Desde dentro', su reciente, lúcida, divertida y no lo suficientemente valorada autobiografía, Martin Amis regala una impagable colección de consejos para narradores principiantes. El primero de ellos es innegociable: evita describir sueños. Una máxima atribuida a Henry James reza "relata un sueño y pierdes un lector", y Amis añade: "los sueños están bien mientras se agoten en una media frase; una vez que se les permite explayarse, y una vez que los detalles empiezan a amontonarse, los sueños se vuelven recetas bien para comidas indigestas o bien para papillas livianas". Esto es algo que ya sabe intuitivamente cualquier lector de gusto intachable que suele saltarse por norma las insoportables descripciones oníricas con las que algunos autores siguen aún empeñados en lastrar sus novelas.

Pues bien, Michel Houellebecq no solo tachona a martillazos tantas descripciones de sueños en su última novela que uno pierde la cuenta entre el fastidio y el mareo, sino que además, según ha explicado en público, ¡es lo que más le enorgullece del libro! No es lo peor de 'Aniquilación' (Anagrama), sin embargo, pero sí afianza en el lector la fúnebre sensación que le procuran las páginas a medida que caen pesadas como el plomo: el que fuera no solo el más asombroso testigo de nuestro tiempo, sino también uno de los más divertidos, se ha vuelto aburrido. Eso es triste, eso es dramático, eso no tiene vuelta atrás. Seamos claros: 'Aniquilación' es un tostón.

placeholder 'Aniquilación' (Houellebecq)
'Aniquilación' (Houellebecq)

Podrá discutirse acerca de la decreciente pendiente narrativa del escritor francés más famoso del mundo, el que más expectación alimenta, aquel cuyo nuevo título no solo ilumina como nadie los recovecos más oscuros de las sociedades turbocapitalistas, sino que anticipa casi mágicamente sus retos futuros. 'Ampliación del campo de batalla' (1994) fue un debut bestial que giraba en torno a la soledad. La espectacular 'Las partículas elementales' (1998), su mejor novela, desplegaba una tragicomedia salvaje sobre la basura acumulada en las playas de la civilización tras las aciagas revoluciones de los 60. 'Plataforma' (2001) levantaba acta de cómo el turismo se empezaba a erigir en una apisonadora mundial y en ella además asomaba ya anticipadamente la amenaza del terrorismo islamista. 'La posibilidad de una isla' (2005) y 'El mapa del territorio' (2010) fueron dos interesantes aunque fallidas —sobre todo la primera— novelas de transición. Con la implacable 'Sumisión' (2015) que imaginaba una Francia dominada por el Islam y fue publicada justo antes de la masacre de Charlie Hebdo, volvió el mejor genio anticipador de Houellebecq, al igual que ocurrió también en 'Serotonina' (2019), obra menor, pero lúcida en su descripción de los males del campo francés que prendieron el fuego de los chalecos amarillos.

'Aniquilación' arranca muy bien incluso al presentar un misterio fascinante en torno a un misterioso grupo terrorista

Y 'Aniquilación' (2022) arranca bien, muy bien incluso. En unas pocas páginas iniciales, Houellebecq presenta un misterio fascinante en tono a un misterioso grupo terrorista que en la Francia de 2027 difunde videos falsos sobre ejecuciones de políticos, hunde cargueros y hace saltar por los aires depósitos de esperma. El lector avezado entiende sin lamentarlo que se trata de un trampantojo, que el anteriormente conocido como 'escritor maldito' francés se servirá de la intriga como suele hacer para enjuiciar con su acostumbrado y demoledor talento el mundo moderno, esbozar sus irresistibles y apesadumbrados personajes y colocar escenas de sexo, las mejores que nadie es capaz de escribir hoy. Y a ese lector avezado todo esto le parece perfecto. Pero luego descubre que los juicios son de cartón piedra, los personajes prolijamente tediosos y, por si todo esto fuera poco, ¡(casi) no hay sexo!

Política y enfermedad

Paul Raison es el fontanero del extraño y eficaz ministro de Finanzas Bruno Juge que, como a nadie se le ha escapado, es un trasunto del actual ministro francés Bruno Le Maire, gran amigo de Houellebecq. El protagonista ofrece así una prometedora visión de la alta política desde la segunda fila en un futuro cercano en el que Francia vuelve a ser una potencia económica —algo tan absurdo que la narración ni siquiera se ve en la obligación de explicar muy bien por qué—, la extrema derecha lepenista sigue ejerciendo de eterna segunda en las presidenciales que se avecinan y un presentador de televisión supuestamente agresivo y populista, pero muy desdibujado en la historia, es la apuesta del establishment después de Macron.

Houellebecq escribe tan mal como siempre, pero sin ofrecer esta vez nada a cambio

El matrimonio de Paul se encuentra en respiración asistida, pero mejorará inesperadamente a lo largo del libro —al tiempo que le asalta una grave enfermedad—, sirviendo así en bandeja a los críticos más perezosos bautizar a 'Aniquilación' como "una historia de amor". Su padre, un misterioso agente de los servicios secretos, entra en coma a las pocas páginas, pero también se recuperará de forma milagrosa. Y la familia del protagonista, tan desestructurada y triste como cualquier otra —una hermana fanática religiosa, pero de buen corazón, y otro hermano preso de un matrimonio infernal con una periodista malvada—, pues también prospera y atesora cada vez más momentos luminosos de una felicidad que no parecía tener un lugar en un mundo en derrumbe acelerado. Algunas cosas mejoran, la narración, definitivamente, no lo hace.

Hay destellos, claro, como el horizonte cada vez más aterrador de una sociedad ya sin clases medias, envejecida, de una especie que ha perdido el apetito por el sexo emasculada por el porno y las sirenas digitales, de una política donde la izquierda solo es un fantasma de cadenas cada vez más inaudibles y de un totalitarismo difuso que se extiende como una llovizna pertinaz: "Le disgustaban las hamburguesas creativas, los espacios zen, el etiquetado 'por motivos de seguridad', en fin, aquel sesgo pseudolúdico pero en realidad cuasi fascista que infestaba hasta los menores recovecos de la vida cotidiana". Houellebecq escribe por lo demás tan mal como siempre, pero sin ofrecer esta vez gran cosa a cambio, divaga y se extravía en puntillosas idas y venidas de unos personajes cuya desgana dice más de la decadencia acelerada del autor que de propósito literario alguno.

En 'Desde dentro', su reciente, lúcida, divertida y no lo suficientemente valorada autobiografía, Martin Amis regala una impagable colección de consejos para narradores principiantes. El primero de ellos es innegociable: evita describir sueños. Una máxima atribuida a Henry James reza "relata un sueño y pierdes un lector", y Amis añade: "los sueños están bien mientras se agoten en una media frase; una vez que se les permite explayarse, y una vez que los detalles empiezan a amontonarse, los sueños se vuelven recetas bien para comidas indigestas o bien para papillas livianas". Esto es algo que ya sabe intuitivamente cualquier lector de gusto intachable que suele saltarse por norma las insoportables descripciones oníricas con las que algunos autores siguen aún empeñados en lastrar sus novelas.

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