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¿Qué propone exactamente Marine Le Pen?
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Tratará de dar la sorpresa ante Macron

¿Qué propone exactamente Marine Le Pen?

Le Pen llega a las urnas con el cartel de 'underdog', 13 puntos por debajo del presidente Emmanuel Macron en el promedio de encuestas. Pero con la esperanza de que el resultado sea mucho más ajustado esta vez

Foto: Ilustración: L. Martín.
Ilustración: L. Martín.
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"Seré la presidenta de lo real, del renacimiento democrático, de la vida cotidiana, de la armonía restaurada entre todos los franceses, de la justicia, de la fraternidad nacional, de la paz civil". Así se presentó Marine Le Pen, candidata del antiguo Frente Nacional (rebautizado como Agrupación Nacional en 2018), en el único debate electoral de la campaña de las presidenciales francesas. Una descripción que concuerda con su campaña maquillada de tintes sociales con los que ha buscado ensanchar su base electoral por la izquierda y el giro discursivo con el que se ha alejado de la imagen de su padre y fundador del FN, Jean-Marie Le Pen. El objetivo: lograr la "desdiabolización" de la extrema derecha, siendo este último un término que ella rechaza. En sus palabras, no es "ni de izquierdas ni de derechas".

Cinco años después de su primera aparición en la segunda ronda, Le Pen ha renunciado a algunas de sus medidas estrella, como un referéndum sobre la salida de Francia de la Unión Europea y el abandono del euro. "Es posible reformar la UE desde dentro", asegura la candidata, pero la salida del mercado energético europeo o su voluntad de recuperar el control de las fronteras con un espacio Schengen a la carta —ahora promete una renegociación en lugar de una suspensión— son un buen ejemplo de su actual estrategia: introducir matices y pequeñas cesiones, mientras la mayoría de su programa permanece inalterable y choca de manera frontal con el contexto de Europa. Un análisis exhaustivo del mismo por parte del periodista del diario 'Le Monde' Adrien Sénécat revela que, en 23 de los 40 temas del manifiesto electoral lepenista, las propuestas son idénticas a las que proponía su padre en 2007.

Le Pen llega a las urnas con el cartel de 'underdog', 13 puntos por debajo del presidente Emmanuel Macron en el promedio de encuestas. Nunca un aspirante ha remontado una diferencia tan grande en los sondeos, pero Le Pen mantiene esperanza de que el resultado sea mucho más ajustado esta vez y lanza el mensaje de que las opciones siguen abiertas: "Si el pueblo vota, el pueblo gana". El miércoles, en la reedición del duelo televisivo con Macron —que en 2017 la ridiculizó ante 16,4 millones de franceses—, la líder de Agrupación Nacional no logró vencer, pero sí mostró una imagen mucho más profesional, lejos del nerviosismo y agresividad que la hundieron hace cinco años.

Entonces, no se presentaba el polemista Éric Zemmour, aún más extremista que Le Pen y una de las causas de que esta haya logrado recomponer su imagen hasta hacerla "presidenciable". El propio Zemmour rescata en su último libro ('Francia no ha dicho su última palabra') un diálogo con Le Pen que ilustra la aparente parábola de la candidata:

"Yo misma, después de ese debate, pensé que no me recuperaría. Quería dejarlo todo... No me perdonaste...", le dijo Le Pen a Zemmour antes de que este pudiera interrumpirla.

"Lo siento, pero estuviste patética. Nos humillaste a todos. Ya que somos familia, si mi hermana hace algo, se lo digo", recuerda haber remachado el candidato fallido.

Y, sin embargo, Le Pen ha aumentado su penetración entre el electorado francés hasta obtener más de ocho millones de votos y el 23,15% en primera vuelta, casi medio millón de votos y dos puntos por encima de su último resultado, que ya fue el mejor de la historia para la extrema derecha en Francia. Junto a los de Zemmour, ambos suman más de 10 millones de votos y un 30% del total del electorado francés que, según todas las encuestas, irá a parar casi por completo a la candidata de ultraderecha en la votación del domingo. ¿Pero cómo se ha plantado Le Pen de nuevo ante las puertas del Elíseo? ¿Ha cambiado el fondo, además de la forma?

El giro socialpopulista

Si bien la mayor parte del programa de Le Pen se mantiene intacto, los cambios van en una dirección muy clara. Un reciente análisis estadístico del programa de Le Pen llevado a cabo por el politólogo francés Gilles Ivaldi, experto en la extrema derecha e investigador del Centro de Investigación Política de Sciences Po (CEVIPOF), muestra cómo ha virado desde el liberalismo hacia el socialpopulismo. Un 66% de las propuestas económicas que Agrupación Nacional en 2022 son consideradas "redistributivas" por el estudio, en contraste con el 43% de 2017 o el 14% que incluía Le Pen padre en sus primeras elecciones, en 1986.

"Proteger a nuestro pueblo significa también garantizar que todos los franceses puedan vivir con dignidad", afirmó Le Pen en febrero en la convención que lanzó su carrera al Elíseo, siguiendo los sondeos que situaban (y sitúan) el poder adquisitivo como la primera preocupación de sus compatriotas a la hora de votar, muy por encima de la inmigración, la sanidad, el medioambiente o la jubilación. Casualidad o no, eligió el mismo lugar en el que el izquierdista Jean-Luc Mélenchon presentó su candidatura el pasado octubre, la ciudad de Reims, para pronunciar sus primeras palabras como candidata: "El empobrecimiento de los franceses no es inevitable y en dos meses os lo demostraré".

Foto: Mercadillo de los martes por la mañana en Bondy. (Á. F. C.)
En casa de Mbappé se juega la batalla entre Macron y Le Pen por la Francia cabreada
Álvaro F. Cruz. Bondy (Francia) Gráficos: Unidad de Datos

Hoy, la gran batalla es por los casi ocho millones de votantes de Mélenchon, que, según la última encuesta de Ipsos previa a la votación del domingo, continúan divididos: el 19% optaría por Le Pen, el 33% por Macron y el 48% restante iría a parar al saco de abstencionistas, votos nulos o en blanco. Ya antes de que Mélenchon quedara tercero en primera vuelta y rozara el sorpaso a última hora, Le Pen había afirmado estar dispuesta a liderar un "Gobierno de unidad nacional" en caso de ser elegida, que incluiría personalidades de "la izquierda soberanista". Tras los resultados del pasado 20 de abril, se han redoblado sus esfuerzos y los de Macron por conquistar tanto a los votantes de Mélenchon como a los abstencionistas, el verdadero partido de las clases populares francesas.

En las '22 medidas para 2022' de la ultraderechista hay que bajar hasta el cuarto lugar para encontrar a la que ha sido su bandera en campaña: bajar el IVA de los productos energéticos (combustible, petróleo, gas y electricidad) del 20% al 5,5%. En total, la reducción afectaría a una cesta de 100 productos considerados de primera necesidad, según anunció Le Pen, que omite de manera interesada un detalle: el necesario visto bueno de la Comisión Europea. Sin él, su hipotético Gobierno tendría que enfrentarse a las sanciones de Bruselas para cumplir lo prometido.

Foto: El presidente francés, Emmanuel Macron, al comparecer tras conocer los resultados. (Reuters/Benoit Tessier)

Una mirada más atenta al programa de Le Pen, más allá de su estrategia electoral, revela, no obstante, cómo sus temas de siempre el control de la inmigración, la lucha contra "la ideología islamista" y la seguridad en "todas partes"— copan el podio de sus prioridades. Para llevarlas a cabo, su programa incluye, entre otras medidas: el fin de la reagrupación de las familias inmigrantes, la tramitación de solicitudes de asilo solo en el extranjero, la reserva de las ayudas sociales a los franceses y un mínimo de cinco años de trabajo en el país para tener acceso a "prestaciones de solidaridad", la abolición del derecho a obtener la nacionalidad por nacer en territorio francés o la prohibición del velo islámico en los espacios públicos.

Además, la candidata de ultraderecha todavía arrastra un importante saco proteccionista, que define como un "nuevo modelo económico basado en el localismo y el patriotismo económico". Desde la prohibición de importaciones que no respeten las normas de producción francesas —que podría romper el mercado único europeo—, hasta la revisión de los acuerdos de libre comercio firmados por Francia y la salida del mando militar de la OTAN. Aunque haya dejado el 'Frexit' a un lado, el caballo de Troya de Le Pen sería una reforma constitucional que declare la primacía del derecho francés sobre el internacional.

¿Un cambio de apariencia real?

"Es innegable que Marine Le Pen ha transformado su partido. Pero no ha eliminado los pilares tradicionales de su familia política, los ha actualizado. No ha derribado los muros de la casa de la extrema derecha para reconstruir un nuevo hogar. Solo ha cambiado los muebles de sitio", afirmaba el filósofo Michel Eltchaninoff en su obra 'Dentro de la mente de Marine Le Pen', publicada unos meses antes de las presidenciales de 2017.

Desde entonces, el proceso de mutación de Le Pen se ha acelerado hasta dar la vuelta a su imagen y popularizar la idea de que ya está "lista gobernar". Hace cinco años, solo un 21% de los franceses creía que tenía "madera para ser presidenta". Hoy, ese porcentaje casi se ha doblado hasta un 39%, como mostraba una encuesta de Ipsos en la semana de la primera vuelta de las elecciones, situándola muy por encima del resto de candidatos (Mélenchon, 27% o Pécresse, 24%), con la excepción de Macron (65%).

Ni siquiera los lazos de Le Pen con Vladímir Putin, sus repetidas negativas a enviar ayuda militar a Ucrania y los casi 13 millones de euros de financiación para su campaña de 2017 que todavía debe a un contratista militar ruso sancionado por EEUU han frenado su ascendencia entre cada vez más franceses. El 'Dossier Le Pen' de la Fundación Jean-Jaurès, publicado a comienzos del mes de abril, defiende que su "desdiabolización" es meramente discursiva y se explica tanto por el "efecto espejo" de Zemmour como por las posiciones cada vez más duras en inmigración y seguridad de la derecha tradicional francesa. "Si el posicionamiento económico es menos liberal, las posiciones adoptadas por el partido de Marine Le Pen en cuestiones culturales son tan estrictas como siempre", concluyen sus autores.

Foto: Carteles electorales en Gundershoffen. (Á. F. C.)

En 2015, el historiador François Durpaire imaginó el día después de una victoria de Le Pen en las presidenciales de 2017 junto al ilustrador Farid Boudjellal. En la serie de novelas gráficas ‘La Présidente’, ambos plantean una Francia donde las propuestas de Agrupación Nacional se aplican punto por punto. El resultado no es otro que el caos tanto dentro como fuera de las fronteras de Francia y el final de la V República, previo paso de Marion Maréchal Le Pen y Éric Zemmour por el Palacio del Elíseo. En caso de que se cumplan los pronósticos y Le Pen no consiga en su tercer intento una victoria que la convierta en la primera presidenta de la historia de Francia, se espera una batalla encarnizada entre los tres por liderar todo el espectro político a la derecha de Macron de cara a las elecciones de 2027, cuando este no podría presentarse a un tercer mandato.

Caricaturas y política ficción aparte, la ultraderecha se encuentra ante su mejor oportunidad histórica para gobernar Francia. El todavía presidente y candidato Macron cerró la campaña confiado en su victoria, pero con un aviso a quienes todavía estén dispuestos a escucharle entre los indecisos: “En caso contrario, el futuro será difícil. No creo en los días felices que acaban en resaca".

"Seré la presidenta de lo real, del renacimiento democrático, de la vida cotidiana, de la armonía restaurada entre todos los franceses, de la justicia, de la fraternidad nacional, de la paz civil". Así se presentó Marine Le Pen, candidata del antiguo Frente Nacional (rebautizado como Agrupación Nacional en 2018), en el único debate electoral de la campaña de las presidenciales francesas. Una descripción que concuerda con su campaña maquillada de tintes sociales con los que ha buscado ensanchar su base electoral por la izquierda y el giro discursivo con el que se ha alejado de la imagen de su padre y fundador del FN, Jean-Marie Le Pen. El objetivo: lograr la "desdiabolización" de la extrema derecha, siendo este último un término que ella rechaza. En sus palabras, no es "ni de izquierdas ni de derechas".

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