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Todos los intelectuales envidian la vida de las cajeras del Mercadona
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'TRINCHERA CULTURAL'

Todos los intelectuales envidian la vida de las cajeras del Mercadona

Hay un 'boom' del antitrabajismo fomentado por gente que suele matarse a trabajar

Foto: Foto: EFE/Enric Fontcuberta.
Foto: EFE/Enric Fontcuberta.

Hay un fragmento de 'Frágiles', el fantástico ensayo de Remedios Zafra, que me viene a la mente en la ducha, en el autobús, en el trabajo, como cuando de repente recuerdas esa metedura de pata imperdonable de la Nochevieja de 2005.

En dicho fragmento, la escritora relata su intercambio epistolar con una periodista que le confiesa sentir cierta envidia hacia bedeles o cajeras de supermercado. El motivo de la rencilla: que dichos empleos son igual de precarios, pero que al menos proporcionan la posibilidad de desconectar; son trabajos no intelectuales que uno no puede llevarse a casa. Por el contrario, el trabajo de periodista (y adyacentes) está repleto de exigencias y autoexigencias que, unidas a la creciente precarización de profesiones como la de investigador, dificultan "la concentración y autonomía" que deberían ser la base intelectual de esa clase de empleos.

"Si trabajara de dependienta, al menos podría tener tiempo al terminar el trabajo"

"Así, le confieso que me siento algo confuso y doloroso cuando veo a estas cajeras, porque entiendo cuando usted impulsivamente me dice que las envidia en su trabajo concreto y mal pagado, mientras que el suyo, siendo también mal pagado, es además un trabajo difuso e interminable", le responde la cordobesa. "Como balance, si trabajara de dependienta, al menos podría tener un 'tiempo limpio' y libre al terminar el trabajo con sueldo y comenzar en casa su trabajo creativo". Por supuesto, un pensamiento perverso, concede. Pero ahí queda enunciada la sombra de la envidia.

Recuerdo este rencor confesado porque yo mismo me siento identificado en él. Sintetiza a la perfección algunas de las trampas mentales en las que solemos caer los que hacemos trabajo más o menos intelectual, más o menos creativo (que cada vez son más, pues cada vez más empleos tienen una parte creativa o imaginativa, no digamos ya vocacional) y que derivan en una discutible pelusa al obrero, que idealizamos como si fuese un cándido robot que se apaga cuando llega a casa. Ojalá nosotros pudiésemos apagarnos también, pensamos, pues entonces nos sería más fácil crear.

placeholder Un trabajador del Ninot Market. (Reuters/Nacho Doce)
Un trabajador del Ninot Market. (Reuters/Nacho Doce)

Se supone que una cajera no tiene que pensar en su casa cómo va a pasar por el lector los códigos de barras al día siguiente, mientras que el profesor se sienta en el sofá barruntando su siguiente publicación. O peor aún, sentándose delante del ordenador para escribirla. Sospecho, sin embargo, que si mi trabajo fuese ser cajero del Mercadona, probablemente pasaría gran parte de mi tiempo libre, ese supuesto paréntesis de desconexión, pensando en cómo cuadrar cuentas a final de mes o haciendo malabarismos con los cuadrantes de horarios anunciados de semana en semana. El césped siempre es más verde en la casa de al lado, aunque los vecinos sean tan pobres que no tengan ni jardín.

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Tengo la sensación de que poco a poco comienza a circular esa idea de que existe un reducto de trabajos "manuales", "no cualificados" donde se conservan las esencias de los oficios pasados. La cercanía al consumidor o a la comunidad, como ese bedel que le abre la puerta a los niños para que puedan entrar en clase o ese tendero que te sirve el pescado que acaba de llegar a la lonja. Currantes privilegiados que cada noche se meten en la cama con la satisfacción del deber cumplido. Trabajos sin vocación pero de servicio, lo opuesto a los 'bullshit jobs'. Todos los escritores hemos pensado en algún momento que nuestro estilo mejoraría si, como Herman Melville, trabajásemos como oficinistas durante el día y pudiésemos dedicar toda la noche a nuestra pasión. Por el contrario, dedicar el día a nuestra vocación es una tragedia, pues el entusiasmo se agota.

Hay un 'boom' del antitrabajismo fomentado por gente que suele matarse a trabajar

Conozco a profesores que viven siempre con el agua al cuello, que nunca tienen tiempo de nada, y que una vez a la semana se preguntan si no sería mejor pasar al otro lado de la barra de la cafetería de la facultad. La universidad ha generado un sistema de acreditaciones, de hipervisibilización del propio trabajo, de "publica o muere", que obliga a estar en continuo movimiento ante la amenaza de quedarse atrás. Pero el modelo se extiende a cada vez a más empleos y profesiones. Seguramente programadores, agricultores o dentistas sientan cada vez con más frecuencia que ellos también han caído en la trampa de la vocación y la ultracompetividad.

Al mismo tiempo, y es la clave de lo que Zafra cuenta, esas mismas cargas proporcionan satisfacción y reconocimiento que nos convierten en yonquis de la atención de los demás. La autora utiliza la metáfora de las sábanas, que en un primer momento proporcionan calorcito en la fría noche del anónimo siglo XXI, y que a medida que se acumulan, terminan ahogándote hasta que tu 'hacer' deja de tener sentido. La clave en esta muerte por aplastamiento de autoexplotación se encuentra en que, en un primer momento, no se dudaba en decir "sí" a todo. ¿Una publicación? Claro. ¿Un congreso? Por supuesto. ¿Una presentación? Qué bien que piensen en mí. Gusta sentirse deseado, hasta que no puedes decir "no".

placeholder '¿Y si fuera camarero...?' (Reuters/Eric Gaillard)
'¿Y si fuera camarero...?' (Reuters/Eric Gaillard)

Hay un 'boom' del discurso antitrabajo fomentado por gente que suele matarse a trabajar. Presentadores, columnistas, autores y periodistas (lo sé, porque soy uno de ellos) que aparecen sin parar en periódicos, programas de televisión, Twitch y libros colaborativos durante las 24 horas del día explicando las maldades de la autoexplotación, pero que parecen incapaces de aplicarse el cuento. Porque, al fin y al cabo, es de lo que viven (vivimos). Primero, de autoexplotarnos, luego, de lamentar esa autoexplotación, aunque hayamos sido los principales culpables de consolidar esa nueva esclavitud en la que hay que estar a todas horas en todas partes para que no se olviden de ti.

La gran paradoja de esta situación es que uno sigue autoexplotándose mientras critica la autoexplotación (o la cultura del esfuerzo, o la meritocracia) porque es un tema que hoy genera simpatías. Quien más habla es probablemente quien más tenga que callar, y al fin y al cabo han (hemos) sido los trabajadores "creativos" incapaces de decir que no al jabón recibido entre canapés y promesas los que han contribuido a fomentar esta competición salvaje. Y lo han hecho porque, en el fondo, todos adoramos ser adorados, que nos hagan caso, tener un nombre.

Las envidias a vidas que no conocemos son una respuesta a la complejidad

A todos esos intelectuales les (nos) disgustaría la vida anónima de un bedel o de una cajera de supermercado, no solo porque tendríamos que enfrentarnos a una clase de precariedad que no se parece a la de un trabajo creativo, en la cual ya ni siquiera existen esas zanahorias al final del palo de la carrera y la vocación, en la que no hay expectativas sino resignación, sino también porque deberíamos renunciar al subidón de dopamina del reconocimiento. ¿De verdad estaríamos dispuestos a ser anónimos?

Nostalgia de sencillez

Esta envidia de la vida precaria de los demás no está tan lejos de la de envidiar la vida de tus padres. En ambos casos se echa de menos la supuesta simplicidad de una vida que no se ha conocido frente a la complejidad del mundo actual, que, por extensión, es también la del trabajo intelectual. Qué difícil es filosofar, debe resultar mucho más fácil colocar botes en estanterías. Los trabajos intelectuales se perciben como "difusos e interminables", lo que presupone que los otros son concretos y finitos. Y quizá la gran pregunta sea si no son esos trabajos de-toda-la-vida cada vez, también, más inconcretos e infinitos, más burocráticos y absurdos; que se lo pregunten al dependiente que intenta cuadrar una caja a última hora o administrar cientos de devoluciones de productos comprados por internet.

Foto: La sede central de Al Jazeera en Doha. (Reuters/Fadi Al-Assad) Opinión

No es de extrañar que todos esos empleos que se envidian se perciban como trabajos "del pasado", de personaje secundario de una 'sitcom' de los años 90; la clase de empleo que podría haber tenido tu padre y que se antepone a la percibida trampa de la vocación intelectual. En realidad, nadie se plantea dejarlo todo, echar el currículum en el Mercadona, y cruzar los dedos para que le cojan y así poder disponer de un preciado tiempo libre cada tarde que le permita dedicarse al arte. Eso no ocurre, porque una cajera lo que recibe son broncas, no palmaditas en la espalda.

Hay un fragmento de 'Frágiles', el fantástico ensayo de Remedios Zafra, que me viene a la mente en la ducha, en el autobús, en el trabajo, como cuando de repente recuerdas esa metedura de pata imperdonable de la Nochevieja de 2005.

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