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Detrás de todo hombre sin WhatsApp siempre hay una mujer leyéndole los mensajes
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'TRINCHERA CULTURAL'

Detrás de todo hombre sin WhatsApp siempre hay una mujer leyéndole los mensajes

Deshacerte de las redes, apagar el teléfono o desaparecer de internet solo está al alcance de unos pocos. La mayoría caeríamos en el olvido si lo hiciésemos: no somos tan importantes

Foto: Usuaria de teléfonos móviles con un perro majísimo. (Reuters/Sergio Pérez)
Usuaria de teléfonos móviles con un perro majísimo. (Reuters/Sergio Pérez)

Le he preguntado a mi jefe qué me contestaría si le dijese que me he borrado WhatsApp y que, a partir de ahora, o que me llame por teléfono, o que me mande un correo electrónico y ya veré, o que no cuente conmigo. Su respuesta corta (la larga la dejo para una versión extendida de este artículo) es "no eres lo suficientemente privilegiado como para permitirte eso". Le he preguntado a él porque, como yo, compartió con la misma envidia la columna en la que el pasado fin de semana Manuel Jabois contaba que no tenía WhatsApp.

Supongo que le pasa como a mí, que, como ya he contado en alguna ocasión, tengo la bandeja de entrada de WhatsApp llena de preguntas insistentes, memes sin gracia, notas de prensa sin interés, gente de agencias de comunicación metiéndome prisa con algo que ni me interesa ni me interesará jamás y otras fuentes de distracción. Si paso un par de horas sin mirar el móvil, lo más probable es que, cuando lo consulte de nuevo, tenga 10 conversaciones abiertas. Ojalá poder cerrar el chiringuito y olvidarme, pero no puedo.

Por ahora, desconectar del todo está solo al alcance de unos pocos privilegiados

Hoy, que los lujos se han democratizado y uno puede viajar a cualquier rincón del mundo por un precio moderado o pedir por Shein copias perfectas de las prendas de moda, el lujo de verdad es borrarse las redes sociales, desaparecer de internet. Y, como lujo, está solo al alcance de unos pocos. Le dirán que todo es cuestión de querer, porque el que quiere puede, como hacerse rico. Hoy es patente la creciente obsesión por desconectar, pero me temo que, por ahora, solo está al alcance de unos pocos; o muy privilegiados, o todo lo contrario, pupilos de Diógenes dispuestos a vivir en el tonel del ostracismo.

Si me borrase WhatsApp, sería un paria social y un fracasado laboral en cuestión de semanas. Al principio puede que a mis amigos y compañeros les hiciese gracia, pero sospecho que tarde o temprano la gente que me paga por trabajar terminaría prefiriendo a alguien menos caprichoso. No dudo que, poco a poco, mi cara, convertida en un perfil vacío, desaparecería de las agendas de mis amigos, camino del olvido.

placeholder Cementerio de notificaciones. (Reuters/Rodrigo Garrido)
Cementerio de notificaciones. (Reuters/Rodrigo Garrido)

La clave es si eres lo suficientemente importante como para que la gente te persiga hasta dar contigo, o si eres tú el que tiene que perseguir a la gente. La mayoría pertenecemos a la segunda categoría. Si desapareciésemos, nadie nos echaría de menos. O, dicho de otra forma, si la única forma de hablar con nosotros fuese el teléfono, no nos llamaría nadie. No hay suficiente demanda de Héctor García Barnés como para obligar a los demás a adaptarse a mí, pero imagino que sí la hay de Jabois. Si eres el jefe de Jabois, si es que Jabois tiene jefes (supongo que sí, porque solo Dios no los tiene), sabes que tienes que hacer el esfuerzo de descolgar el teléfono si quieres que te escriba una columna. A mí, me mandan un wasap.

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La gente que prescinde de estos servicios de mensajería instantánea suele decir que, si quieres algo de ellos, ya les llamarás, que todo es cuestión de voluntad y buenas intenciones. Un colega lo hizo y, como suele pasar, le prometimos que no nos olvidaríamos de él, que, aunque hubiese decidido pasar al otro lado, seguiríamos llamándole. Por supuesto, es mentira: al cabo de las semanas, comunicarse con él requería un tiempo que no teníamos y un esfuerzo que no estaba en nuestra lista de propiedades, así que dejamos de hacerlo. La responsabilidad de decirle que habíamos quedado se repartía de manera difusa, así que, al final, nadie lo hacía.

Borrarme WhatsApp o Telegram sería una faena para compañeros, amigos y conocidos

Aquí ocurren varias cosas, como que la mensajería instantánea es un canal siempre abierto sin principio ni fin. Yo nunca doy los "buenos días" ni me despido. Las conversaciones simplemente quedan en suspenso, como la canción de Spotify que estás escuchando al cerrar el reproductor y que te espera en el mismo punto cuando lo abres. Seremos mala gente, pero es poco práctico en un mundo de comunicaciones sin principio ni fin tener que montar el pesado ritual de la llamada cada vez que te acuerdas de otra persona. Imagínate descolgar el teléfono para contarle un meme, que no dejan de ser mensajes cuyo significado implícito es decir "sigo ahí".

Lo que también ocurre es que deshacerte de ciertos canales de comunicación es una manera de aislarse a uno mismo, pero también de imponer exigencias a los demás. Borrarme WhatsApp (o Telegram) sería, básicamente, una faena para compañeros, amigos y conocidos, que de repente se verían exigidos a cambiar sus costumbres para adaptarse a las mías. Que yo entiendo que la gente haga esas cosas por Jabois (¡yo lo haría, que es más guapo y más talentoso que yo!), pero yo, sinceramente, no lo haría por Héctor García Barnés.

Foto: Ilustración: Irene de Pablo.

Desaparecer es un lujo: la mayoría de personas necesitamos ser accesibles, porque hoy la productividad es básicamente disponibilidad. Yo, como autor novel, tengo que insistir al lector que compre mi libro y, además, estar accesible para cualquiera que quiera hacerme unas preguntas, hacerme visible. Si puedes permitirte no tener WhatsApp, probablemente también puedas permitirte rechazar entrevistas. Hasta que uno alcanza ese estatus, como diría mi jefe, no tengo los suficientes privilegios para obligarte a llamarme. Como canta Kevin Morby en su último disco, si no apareces, estás desapareciendo.

Muros que no se ven

Vivimos rodeados de barreras que no se ven, que nos separan aunque no lo sepamos. Deshacerte de la mensajería instantánea es una de ellas. He conocido a lo largo de mi vida a muchas personas que no utilizaban móvil, pero que, convenientemente, siempre tenían a su lado a una persona que disponía de uno. Cuántas veces he oído a lo largo de las dos últimas décadas eso de "yo no tengo teléfono, pero puedes llamar a mi mujer/novia/amiga". Detrás de cada hombre sin WhatsApp, hay una mujer leyéndole los mensajes de los amigotes.

Borrarte WhatsApp es como fingir una voz y decir "el señorito no se encuentra disponible"

Antes, ese filtro eran las secretarias, que atendían las llamadas que no se querían atender, que se inventaban excusas cuando era necesario. El WhatsApp, como el correo electrónico, apareció como un arma que permitía puentear ese muro y dar la brasa directamente al señor del despacho. Dejar la mensajería instantánea es una nueva barrera: la del teléfono que no se coge tras leer el nombre de quien te llama, la del mensaje que se queda en 'visto'. Para alguien como yo, borrarse WhatsApp es como coger el teléfono con una voz impostada y decir "perdone, pero el señorito Héctor no se encuentra disponible".

La rebelión contra la tecnología es muy bonita, pero desigual si no nos damos cuenta de las implicaciones de nuestras prácticas, y desaparecer hoy por hoy es terminar provocando que el esfuerzo recaiga en aquel que necesita localizarte, que es posible que tarde o temprano se canse de tener que hacerlo. Hasta que sea Jabois, y me temo que no lo seré nunca, me tendré que contentar con ser Héctor García Barnés, y guardarme la desconexión digital para cuando me jubile, me toque la lotería o me muera, la desconexión definitiva.

Le he preguntado a mi jefe qué me contestaría si le dijese que me he borrado WhatsApp y que, a partir de ahora, o que me llame por teléfono, o que me mande un correo electrónico y ya veré, o que no cuente conmigo. Su respuesta corta (la larga la dejo para una versión extendida de este artículo) es "no eres lo suficientemente privilegiado como para permitirte eso". Le he preguntado a él porque, como yo, compartió con la misma envidia la columna en la que el pasado fin de semana Manuel Jabois contaba que no tenía WhatsApp.

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