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El enigma de Gladio: los ejércitos secretos de la OTAN en la Guerra Fría
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El enigma de Gladio: los ejércitos secretos de la OTAN en la Guerra Fría

Pocos son los historiadores y periodistas con el atrevimiento, y paciencia, necesarios para adentrarse en el laberinto de la 'stay behind' y la red Gladio

Foto: La misteriosa Operación Gladio
La misteriosa Operación Gladio

Todo se precipitó el miércoles 24 de octubre de 1990, cuando Giulio Andreotti reconoció en el Parlamento italiano la existencia, durante casi toda la Guerra Fría, de una estructura de información, respuesta y salvaguarda con depósitos de armas en escondites y oficiales de reserva supervisados por la OTAN desde 1959. La idea inicial de este entramado, dirigido desde los cuarteles centrales de la Organización del Atlántico Norte en Europa, era tener una serie de ejércitos detrás de las líneas como defensa esencial en caso de una invasión del Pacto de Varsovia al Viejo Mundo occidental.

Andreotti fue un diabólico prestidigitador de la política. Una de sus frases más célebres era aquella de los trapos sucios se lavan en casa. Si se vio impelido a declarar la realidad de esas fuerzas de retaguardia ante las investigaciones del juez Felice Casson en torno a un atentado acaecido el 31 de mayo de 1972 en Peteano, cerca de Gorizia, en el norte de Italia. Esa noche, cinco militares fueron advertidos de la presencia de un FIAT 500 con dos agujeros en el parabrisas. Cuando acudieron, estalló la bomba, con el balance de tres muertos y dos heridos. El atentado se atribuyó durante años a las Brigadas Rojas, quizá el más significativo grupo armado de extrema izquierda surgido de la resaca del 68, si bien por aquel entonces aún no había alcanzado la sofisticación mostrada a posteriori en sus métodos y acciones.

placeholder Atentado del 31 de mayo de 1972 en Peteano, Gorizia, al norte de Italia
Atentado del 31 de mayo de 1972 en Peteano, Gorizia, al norte de Italia

El magistrado Casson, casi como si fuera el protagonista de una novela de Leonardo Sciascia, ató cabos y relacionó el artefacto con un hallazgo ocurrido en febrero de 1972, cuando unos carabinieri localizaron un escondrijo de armas, municiones y explosivos del tipo C4, empleado en el arsenal de la OTAN e idéntico al explosivo usado en Peteano. El avance de las pesquisas dio un vuelco por completo a la versión canónica y terminó por implicar a tres miembros de Ordine Nuovo, un grupúsculo de extrema derecha, asimismo conectado con el SID, el servicio secreto italiano, clave para comprender una estrategia no sólo nacional, sino de largo alcance para evitar cualquier posibilidad de ascenso de las izquierdas al poder, fijándose más su punto de mira en los partidos comunistas. Esa red en el país de la bota se denominó Gladio.

Contener al Pacto de Varsovia

En noviembre de 1990, Manfred Worner, secretario general de la Alianza Atlántica, confirmó a los dieciséis representantes de los países aliados la función de ese nodo confidencial destinado a organizar la resistencia ante la eventualidad de un ataque soviético. El comando de militar de las fuerzas aliadas, el SHAPE, coordinaba Gladio, instaurada en 1952 desde los servicios secretos, con respaldo de la CIA, muy bien dispuesta al entrenamiento de reclutas para este dispositivo. Ese mismo mes, el general John Hackett desgranó más detalles, entre ellos el mensaje de quedarse atrás y resistir en profundidad porque durante décadas el contingente de la OTAN era menor al del enemigo, voraz en caso de ofensiva con la meta puesta en alcanzar en pocas jornadas el paso de Calais para aprovechar su superioridad numérica y armamentística mientras no desembarcaran las tropas anglosajonas.

Todo este escándalo, mitigado por la inminencia de la Primera Guerra de Irak y suscitado como excusa oficial por la caída del Telón de Acero, provocó una declaración del Parlamento Europeo el 22 de noviembre de 1990, criticándose esas “organizaciones que operaban y continúan a operar fuera de la legalidad al no estar sujetas a ningún control parlamentario, requiriéndose una investigación sobre su naturaleza, estructura y todos los aspectos de esta clandestinidad.” La guinda para ese otoño de frágil desenlace, aún son infinitas las lagunas sobre el 'stay behind esparcido' por todo nuestro continente, fue el hallazgo en un apartamento de Milán de las últimas páginas del Memorial escrito por Aldo Moro durante su secuestro entre el 16 de marzo y el 9 de mayo de 1978 a manos de las Brigadas Rojas.

placeholder A la izquierda, Aldo Moro durante su secuestro por las brigadas Rojas. A la derecha, su cadáver encontrado en el maletero de un coche.
A la izquierda, Aldo Moro durante su secuestro por las brigadas Rojas. A la derecha, su cadáver encontrado en el maletero de un coche.

Los terroristas exprimieron a un prisionero indignado, dejado a su suerte tanto por su Democracia Cristiana como por el Partido Comunista Italiano, y feliz de tener una ocupación tan jugosa. En esos cuadernos constató cómo Gladio era un asunto conocido por unos pocos elegidos, del Presidente de la República al Ministro de Defensa, cargo en posesión de Carlo Emilio Taviani durante un lustro de los años cincuenta. El 28 de noviembre de 1956 el SIFAR, servicio de información de las fuerzas armadas, y la CIA firmaron un acuerdo bilateral para la colaboración en la organización, adiestramiento y actividad operativa de una red oculta con el fin de actuar en tareas de sabotaje, evasión, fuga, guerrilla y propaganda si el territorio italiano era ocupado por el bloque comunista.

El 28 de noviembre de 1956 el SIFAR, servicio de información de las fuerzas armadas, y la CIA firmaron un acuerdo bilateral

La cronología es coetánea al refinamiento de Gladio, con su chispa en 1948 a través de un comité clandestino, amparado en el seno de la OTAN desde 1951 y coordinado por el SHAPE. En 1957 se estableció un segundo centro del mando secreto, el Comité Clandestino Aliado a instancia del SACEUR, el comandante supremo de la Alianza Atlántica en el Viejo Mundo. Esto encendió un engranaje dirigido por los servicios secretos militares europeos, bien regulados en sus estratagemas desde el Departamento de Acción Encubierta de Langley.

Por lo demás, sorprende todo esta planificación en ese instante histórico, justo cuando la intervención soviética en Hungría y el episodio del Canal de Suez habían exhibido la aceptación de un statu quo de la Guerra Fría en 1956, con las fronteras de ambos bandos bien delimitadas, no de Trieste a Stettin como pregonó Winston Churchill en Fulton un decenio atrás, pero con una línea similar y sólido donde una de las mayores amenazas, de ahí hasta cierto punto la trascendencia italiana, se focalizaba en la Yugoslavia de Tito, problemática desde los últimos compases de la Segunda Guerra Mundial.

Italia y las lagunas.

Pocos son los historiadores con atrevimiento, y paciencia, para adentrarse en el laberinto de la 'stay behind' y Gladio. El suizo Daniele Ganser (Lugano, 1972) publicó un estudio donde ahondaba en los tentáculos transnacionales de la trama, de vez en cuando recuperados por la justicia incluso en países como Suecia, ajena a la OTAN y víctima de este terrible juego a partir de posibles vínculos con el asesinato de Olof Palme. En Luxemburgo, la cuestión provocó de modo indirecto, hubo frecuentes atentados entre 1984 y 1986, la dimisión del primer ministro Jean-Claude Juncker, desbordado por el descontrol del espionaje patrio.

Ganser, con detractores acérrimos acusándolo de conspiranoico de manual, pone al acento en las operaciones de falsa bandera una vez de descartó la tan temida invasión del Pacto de Varsovia. Esta fue omnipresente en Italia desde otras vertientes de la stay behind, como en las elecciones de 1948, cuando las prédicas del Papa y hasta cartas enviadas por transalpinos residentes en Estados Unidos consiguieron frenar el miedo a la victoria del PCI de Palmiro Togliatti. Según la leyenda, el triunfo de la fortaleza política encabezada por Alcide de Gasperi fructificó porque las maletas de la CIA eran más pesadas que las del KGB.

La desilusión de la juventud con la izquierda tradicional fue el preludio de los conocidos como Años de Plomo

El punto de ruptura para un giro en el proceder de Gladio fueron los años sesenta. La desilusión de la juventud con la izquierda tradicional fue el preludio de los conocidos como Años de Plomo, determinados en su piel por la estrategia de la tensión, con atentados terroristas a gran escala de 1969 a 1980, de la bomba de Piazza Fontana en Milán a la de la estación de Bologna, esta última con ochenta y cinco víctimas mortales.

Todas estas masacres sirvieron para atizar el fuego de la izquierda como mal a liquidar, cuando eran operaciones de falsa bandera del terrorismo negro de extrema derecha, útil al Estado y a la cúpula occidental para parar los pies al Comunismo, en boga entre las clases medias tras 1968 por el auge del consumismo, la política de la Détente en la Guerra Fría y una homologación cultural contradictoria con trazos alienados en toda Europa, donde el crecimiento económico comportaba la petición de mayor libertad, ratificada en Italia sin ir más lejos con el referéndum del Divorcio en 1974.

El pánico al progreso del PCI por el espíritu conciliador de Enrico Berlinguer y Aldo Moro, padres de un inacabado compromiso histórico, se tildaba de riesgo, y para evitar el supremo acto de un golpe de Estado a la chilena era mejor desestabilizar para sedar las urnas y proseguir con esa ley no escrita de veto a las formaciones comunistas en los gobiernos occidentales. Si se requería violencia esta debía recaer en los hombres preparados para ella con la muleta de los ultras, una cadena para encarcelar a sus opuestos y condenarlos ante la opinión pública.

Durante esos años de plomo algunos periodistas tuvieron el coraje de hablar sin tapujos de sus intuiciones sobre Gladio. Uno de ellos, Mino Pecorelli, escribió artículos donde aligeraba a las Brigadas Rojas de la carga por el secuestro y ejecución de Aldo Moro, pertrechado por un súper poder orientado por la lógica de Yalta. El director de Osservatorio Politico era miembro de la logia masónica P2. Fue asesinado a balazos el 20 de marzo de 1979 en un barrio pudiente de Roma. El 25 de octubre 2002, el tribunal de Apelación de Perugia condenó a 25 años de prisión a Giulio Andreotti y al jefe mafioso Gaetano Badalamenti como instigadores del homicidio, sentencia anulada al año siguiente.

En España, subsisten las dudas de la incidencia de Gladio en el proceso de Transición posterior a la muerte del general Franco. Stefano delle Chiaie, notorio neofascista de Avanguardia Nazionale, una escisión del Movimento Sociale Italiano, participó en los sucesos de Montejurra y siempre fue locuaz con relación al crimen de los abogados de Atocha. En 1990 se teorizó sobre si Gladio había usado una vieja estación de la NASA en Maspalomas como campo de entrenamiento, quedándose la hipótesis en una nebulosa más de este rompecabezas con demasiadas piezas a completar entre mutismos y deliberada desinformación.

Todo se precipitó el miércoles 24 de octubre de 1990, cuando Giulio Andreotti reconoció en el Parlamento italiano la existencia, durante casi toda la Guerra Fría, de una estructura de información, respuesta y salvaguarda con depósitos de armas en escondites y oficiales de reserva supervisados por la OTAN desde 1959. La idea inicial de este entramado, dirigido desde los cuarteles centrales de la Organización del Atlántico Norte en Europa, era tener una serie de ejércitos detrás de las líneas como defensa esencial en caso de una invasión del Pacto de Varsovia al Viejo Mundo occidental.

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