El regreso del gran Leonardo Sciascia y los libros que no volverán
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El regreso del gran Leonardo Sciascia y los libros que no volverán

El auge de los populismos de derecha y la inestabilidad del siglo avivan un interés nunca decaído por los líderes totalitarios del Novecientos, pero aun así no hay ningún escritor con el tesón de Sciascia

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Leonardo Sciascia

Si Albert Camus hubiera escrito novela negra tendría un gemelo llamado Leonardo Sciascia. Con motivo del centenario de su nacimiento, Tusquets recupera dos de sus mayores clásicos, dotados por esos azares de la edición de cierto sentido cronológico. 'A cada cual, lo suyo' se publicó por vez primera en 1966 y en su trama presenta una cautela cotidiana, como si estos hechos no tan aislados, el asesinato del farmacéutico y su compañero de caza, fueran prescindibles en esa Italia del boom, inmortalizada por tantos directores de su cine desde múltiples puntos de vista.

Elio Petri adaptará esta intriga al celuloide, así como 'Todo Modo', para muchos la obra cumbre del siciliano, quien con cada una de sus tramas escribía un episodio nacional con centro en la isla, y si bien las comparaciones son odiosas no deja de resultar curioso asociarlo desde lo periférico con el Carvalho de Vázquez Montalbán, cronista indirecto de la Barcelona finisecular. La diferencia radica en lo protagónico del investigador con despacho abajo la Rambla y el abanico de caracteres elegidos por Sciascia, quién así introduce más si cabe la pavorosa normalidad de lo contado.

'Todo Modo' vio la luz en 1974, cuando la Bota iba adentrándose en sus años de plomo. Un pintor de vacaciones llega a una ermita de extraño nombre. Está, desconociéndolo, en un confín del infierno donde directores de grandes industrias, ministros y religiosos se juntarán para unas jornadas espirituales regadas de una discreta compañía femenina. Como el lugar no existe lo acaecido es la nada, aunque esta incluya tres asesinatos, sin tener relevancia su resolución porque en Sciascia el noir es atípico, privilegiándose la atmósfera interior desde una firme voluntad en trazar frescos de su época

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'Todo modo' (Tusquets)

Italia, no como nosotros, siempre se ha destacado por la valentía de sus creadores a la hora de narrar un pasado recientísimo. El Neorrealismo inauguró esta senda con 'Roma Città Aperta', de Roberto Rossellini, o 'Sciuscià', de Vittorio de Sica, prolongándose este envite en otros campos. El literario abundó en este tipo de producción durante los años setenta, y sólo así puede comprenderse la trascendencia de la obra de Leonardo Sciascia, equiparada en su impacto a la de Pier Paolo Pasolini o Alberto Moravia. Durante ese turbio decenio el poeta reconvertido en cineasta publicó los artículos recopilados en sus 'Scritti corsari' y 'Lettere luterane', acusaciones de dedo en la llaga contra el Palacio, un poder de fachada, amigo de hilos imperceptibles y acciones de ponzoña contra sus gobernados. Pasolini murió asesinado la madrugada del 2 de noviembre de 1975. La versión oficial atribuyó el delito a Pino Pelosi, un chapero adolescente, un 'ragazzo di vita' de su cliente.

Desde entonces el episodio levanta ampollas, hasta adquirir el sumo grado de misterio italiano. Definirlo es una quimera por su propia idiosincrasia, pero no está de más intentarlo y atribuirle una representación en la superficie y otra en un subsuelo frecuentado por pocos y distinguidos próceres y sabuesos. Sciascia los olía, y en eso se desmarca de Moravia, quien en su tratamiento de este passato/ presente, como en la novela 'La vita interiore' de 1978, reincide en su querencia por enfoques psicológicos, marca de fábrica desde 'Gli indiferenti', su ópera prima.

El fascismo que nunca se va

En esos setenta brillantes y lóbregos Sciascia ofreció al lector varias piezas inolvidables. La viga maestra de su trayectoria es 'La scomparsa di Majorana', una no ficción a ritmo de nouvelle sobre la desaparición del físico Ettore Majorana, un genio al nivel de Enrico Fermi o Werner Heisenberg. El despliegue de recursos y las continuas breves notas sin anhelo de zanjar el asunto nutren un texto magistral, pequeña confesión de la metodología inherente a su autor, quien al abordar una nota al pie de los manuales la devuelve a su verdadero puesto en la realidad.

Majorana era un escéptico con el fascismo, apenas lo mencionaba pese a vivir una temporada en la incipiente Alemania hitleriana. Quizá intuyó cómo el uso de la energía atómica en un régimen totalitario podría derivar en desgracias universales. ¿Se ahogó en alta mar? ¿Se refugió en un convento sículo? ¿Huía del mundo para evitar su ruina? La única respuesta está en ese irse para no volver, como también pretendió Florent-Claude Labrousse en 'Serotonina', de Michel Houellebecq.

En esos setenta brillantes y lóbregos Sciascia ofreció al lector varias piezas inolvidables

En 'A cada cual', lo suyo un profesor de secundaria, Sciascia lo fue hasta su jubilación en 1970, se inmiscuye en la resolución del asesinato del apotecario Manno, hombre sin enemigos, amenazado el por un anónimo redactado en una página de L’osservatore romano, el periódico de la Santa Sede. Este personaje, así como el pintor de 'Todo Modo', se transforma en detective de minucias significantes para saciar su aburrimiento y diseccionar un microcosmos, pues en ambas novelas el espacio es ínfimo. El pueblo del crimen se vincula con Palermo por intereses político-económicos, aún sin la Mafia, sólo con mandamases ufanos de cumplir la advertencia del Príncipe de Lampedusa en El Gatopardo, cuando ante el caballero Chevalley sentencia que será reemplazado por hienas y chacales, todos ellos creyéndose la sal de la tierra.

Las hienas y los chacales de los años sesenta vestían traje y corbata, visitaban el Palacio de Justicia y, de vez en cuando, desfilaban ufanos por villorrios para intimar con primas, o al menos suscitar rumores. En los bares Sciascia ubica a su coro griego. Las conversaciones de los parroquianos, rodeados de lienzos y objetos antiguos, flotan en el aire, y en ellas la palabra fascismo emerge con la sinceridad propia de estas conversaciones. La ideología impregnó durante más de dos decenios a Italia, y ello empapó las mentes, reforzadas en el credo desde el maquillaje perpetrado por la Democracia Cristiana.

La literatura como deber ciudadano

Sciascia desmenuzó la política en toda su singladura, enrolándose desde la responsabilidad cívica en alguna aventura entre siglas, como las del PCI, marchándose desencantado, o los Radicales. En 1978 fue miembro de la comisión en torno al secuestro y asesinato de Aldo Moro por las Brigadas Rojas, justo antes de la votación parlamentaria para sellar el Compromiso Histórico, acuerdo entre las dos fuerzas hegemónicas para desbloquear el caos.

Poco más tarde publicó 'El Caso Moro', un sublime ensayo literario, de obvio trasfondo, con dos piedras miliares. La primera es el bosquejo de dos Aldo Moro, el previo al 16 de marzo de 1978, cuando su vehículo fue tiroteado, sería el padre de familia, primer ministro, par de Giulio Andreotti y símbolo de la DC, mientras el segundo, reverso de una moneda pervertida por medios y partidos, se edulcoraría desde la moralina, apelaciones a la ternura colectiva y agrias luchas entre bastidores por próceres temerosos de su retorno si era liberado por los terroristas de extrema izquierda.

placeholder A la izquierda, Aldo Moro durante su secuestro por las brigadas Rojas. A la derecha, su cadáver encontrado en el maletero de un coche.
A la izquierda, Aldo Moro durante su secuestro por las brigadas Rojas. A la derecha, su cadáver encontrado en el maletero de un coche.

La segunda concluye el volumen y lanza al lector el reto de adentrarse en las pesquisas al tener todas las pruebas al alcance de la mano. Este último apunte resume bien las ambiciones de nuestro protagonista, quien siempre exhibía lo disponible para averiguar la identidad del culpable(s) mientras se desesperaba con una sonrisa ante la utopía de verlo(s) entre rejas. Tanto en 'A cada cual, lo suyo' como en 'Todo Modo' el concepto de 'La carta robada', cuando está a la vista de todos en la mesilla de noche, de E.A. Poe reafirma el absurdo burlesco de los tejemanejes del poder, siempre omnisciente y omnipresente en el rompecabezas.

Tras el hallazgo del cadáver del líder conservador el 9 de mayo de 1978 algunos, imbuidos de la 'conspiranoia avant la lettre', conectaron la realidad con la ficción de 'Todo Modo', como si Sciascia supiera de antemano la estructura de entretelas hacia el desastre. Su versión fílmica, con el mítico Gian Maria Volonté en el papel de un caricaturesco Aldo Moro, fue inmediatamente retirada de la circulación.

Aquí no había bola de cristal, sólo la observación de unas constantes en la clase dirigente, una sagrada familia parodiable sin dificultad si vamos a sus ángulos ciegos, como este retiro espiritual a la puttanesca con tiros por la espalda, suicidios desde balcones, filosofía enmarcándose en unos anteojos y abundantes regueros de dudas. Las opciones de una sentencia condenatoria son más firmes por delitos no cometidos, quedándose los demás en un limbo de carpetas escondidas, folios guillotinados y amnesia selectiva. En esta ocasión el coro es el servicio del diabólico hotel, eximidos de cualquier culpa al justificar todos y cada uno de sus movimientos.

El auge de los populismos de derecha y la inestabilidad del siglo avivan un interés nunca decaído por los líderes totalitarios del Novecientos

Gian Maria volvió a interpretar a Moro en 1984, redimiéndose, aunque quizá había otros motivos, enterrados en las tinieblas de esa bestia actoral siempre a la carga en sus interpretaciones. Leonardo Sciascia falleció en Palermo el 20 de noviembre de 1989, víctima de cáncer. Desde entonces la cultura italiana no ha dejado de revisar ese pasado próximo, si bien la velocidad de nuestra época y la escasa potencia de los intelectuales obstaculizan películas u novelas basadas en la más rabiosa actualidad, con la salvedad del mejor Paolo Sorrentino, la heterodoxia de Matteo Garrone, la mirada de largo aliento de Marco Tullio Giordana, cuya mayor aportación fue 'La mejor juventud', o la unión de calidad fílmica y literaria en Roma Criminal, escrita por Giancarlo de Cataldo y trasladada a la gran pantalla por Michele Placido, correspondiendo su réplica televisiva a Stefano Sollima.

Series como 1992 son el formato contemporáneo para destripar los intestinos del monstruo, quedándose en los estertores del régimen democristiano o, si prefieren, los salvajes albores del berlusconismo. Los libros impresos no tienen una figura del calibre de Sciascia. Giorgio Fontana con 'Por ley Superior' y 'Muerte de un hombre feliz', publicados en España por Libros del Asteroide, se retrotrae a los años de plomo con su lastre de corrupción y violencia. En cambio, no es casual el éxito de Antonio Scurati con su biografía novelada de Benito Mussolini. El auge de los populismos de derecha y la inestabilidad del siglo avivan un interés nunca decaído por los líderes totalitarios del Novecientos, pero aun así no hay ningún escritor con el tesón de Sciascia, un doctor encerrado en su estudio, como fue en España Rafael Chirbes, a quien sin duda debemos con 'Crematorio' y 'En la orilla' los mejores retratos de la crisis brotada con la quiebra de Lehman Brothers.

Albert Camus, Manuel Vázquez Montalbán, Rafael Chirbes y Leonardo Sciascia asimismo confluían al tratar cada nuevo libro como una continuación del anterior desde una unidad, esa que solemos denominar obra, y en esta suelen localizarse monumentos con tanto peso como para sintetizarla. 'A cada cual, lo suyo' y 'Todo Modo' son integrantes de este panteón, aún más vigente por el inmenso desierto en la línea sucesoria, porque para escribir ciertos textos no basta sólo con albergar buenas intenciones.

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