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Hemos politizado todo para que nunca cambie nada
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'TRINCHERA CULTURAL'

Hemos politizado todo para que nunca cambie nada

Ahora que nos hemos puesto de acuerdo en que "todo lo personal es político", hemos conseguido que todo sea personal y nada sea político

Foto: Foto: EFE/Manuel Lorenzo.
Foto: EFE/Manuel Lorenzo.

A estas alturas, ya se habrá dado cuenta: hoy todo es político o está a un tris de serlo. Eurovisión es político. La próxima serie que verá en Netflix y que olvidará a la mañana siguiente es también política. No conozco la próxima canción de Rosalía, pero estoy seguro de que tendrá una lectura política.

Si enciende el televisor y sintoniza cualquier 'magazine' matinal, esos que antes se limitaban a aterrorizar a los ancianos con okupaciones de segundas residencias e infartos de miocardio inesperados, comprobará que la prensa rosa ha hecho hueco al cuchicheo político. La historia es política, la gastronomía es política, toda la cultura es ya por definición política. Perdón: el entretenimiento. La política está por todas partes porque todo es política y cada cosa que usted haga, diga o piense corre el riesgo de ser interpretado como una declaración de intenciones que le sitúa en un lugar muy determinado.

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La política ha llegado a entrar donde nunca pensé que entraría: en casa. De repente, mis padres expresan sus observaciones políticas (bueno: filias y fobias) a la hora del aperitivo. Da la impresión de que nadie ya tiene reparo en meterse en la polémica de la semana, ni siquiera en las reuniones de más de dos núcleos de convivientes, con el riesgo que conlleva. Si Ana Rosa puede, ¿por qué nosotros no?

En principio, no tiene nada de malo. España estuvo demasiado acostumbrada a hacer caso a aquello que tan bien se le dio a Franco, es decir, no meterse en política. "En la mesa, ni política ni chistes verdes", solía decir mi padre, y se lo recuerdo cada vez que rompe su regla. Ojalá le diese por las bromas zafias.

Los que nos criamos durante los años 90 lo hicimos en una época en la que, salvo los hiperpolitizados, que estos sí hablaban de política, mucho y sin parar, hasta conseguir el efecto indeseado de que el resto terminase odiándola, no estaba bien visto hablar de estas cuestiones. Era el signo del fin de la historia y del 'boom' económico, también el legado de una actitud heredada de décadas de dictadura en la que más valía callarse por lo que pudiese pasar. No había que significarse.

placeholder Sabemos más de Alberto Casero que del contenido de la reforma laboral. (Casa América)
Sabemos más de Alberto Casero que del contenido de la reforma laboral. (Casa América)

Frente a ello, estábamos los que poco a poco empezamos a adquirir la conciencia de que, como decía Godard, "el travelling es una cuestión moral" y que todo podía ser político. Es decir, que bajo todas nuestras decisiones aparentemente inocentes está en marcha un complejo mecanismo ideológico que determina nuestra vida. Si nos dábamos cuenta de cómo funcionaban las cosas, podríamos cambiarlas, aunque sugerir que todo era político resultaba espinoso a la hora de la comida.

Hoy estamos en el extremo completamente opuesto y todo es política, pero lo es de la misma manera que lo fueron en otro momento el último cotilleo de la tonadillera de moda o el penalti no pitado al Madrid. Como un ruido blanco que demanda nuestra atención durante días hasta que es sustituido por otro, un engranaje más del entretenimiento que sirve para rellenar contenido y movilizar pasiones, y en la era de internet, lo importante es que nos enfademos, que nos indignemos o que sintamos miedo.

La política que lo ocupa todo es en realidad el opuesto a la política, porque raramente afecta a la vida de los ciudadanos. No se discute el contenido de la reforma laboral, se discute al diputado que se equivocó. No se discuten las propuestas de partido, se debaten los hábitos de vida de los legisladores. No es política, es chismorreo, que en última instancia solo tiene como objetivo recordarnos quiénes somos, no quiénes queremos ser.

Bienvenidos a la hiperpolítica

Un paréntesis teórico. En enero, el politólogo Anton Jäger publicó un artículo en el que resumía esta tendencia que tanto contrasta con lo que vivimos en las dos décadas que precedieron a la crisis. "Hoy, todo es política", escribe. "Y a pesar de ello, aunque la gente esté intensamente politizada en todas las dimensiones, pocos se implican en la clase de conflictos organizados que habríamos descrito como políticos en el sentido clásico, el del siglo XX".

Jäger tiene para todos. Para la derecha, donde muchos sienten que "la sociedad es un permanente caso Dreyfus, algo que divide las cenas de familia, las copas con los amigos o la comida del trabajo". Verbigracia: qué vergüenza lo de Plácido Domingo.

"La nueva hiperpolítica se centra en lo personal, en su incesante moralismo"

Para el centro, que "ha generado el anhelo de una era precedente a la de la hiperpolítica, 'una nostalgia de la poshistoria' de los noventa y los dos miles, en la que los mercados y los tecnócratas estaban al mando". Verbigracia: ni machismo ni feminismo.

Para la izquierda, que ha provocado que "la nueva 'hiperpolítica' sea diferente al centrarse en lo interpersonal y en lo personal, en su incesante moralismo e incapacidad para pensar en dimensiones colectivas de lucha", escribe. "Las preguntas acerca de quién es propietario y qué posee se reemplazan por preguntas de quién o qué es la gente, reemplazando la lucha de clases por la mezcla de identidades". Verbigracia: este comentario en el videoclip de 'Mamá' de Rigoberta Bandini: "He de decir que España ha perdido una gran oportunidad de ganar el festival; creo firmemente que está melodía maravillosa y pegadiza ha entrado en colisión con los encorsetados cánones del certamen que no permitiría a un tetamundi en el escenario; su mensaje progresista y presentación audaz han sido su tumba".

La política como marca personal

Ahora que todos nos hemos puesto de acuerdo en que "lo personal es político", hemos llegado al punto en el que todo es personal y nada es político. La política, o lo que entendemos como política, sirve como lubricante de ese flujo incesante de mensajes en redes sociales al que llamamos "contenido", un signo que nos proporciona una identidad. Como cuando durante las protestas del movimiento Black Lives Matter todo el mundo subió su cuadradito negro en Instagram hasta que alguien recordó que en realidad lo que estábamos consiguiendo era inutilizar a través de la saturación un espacio que los manifestantes habían empleado para intercambiar información importante.

Nos gusta tanto esta forma de hacer política que no nos compromete mucho porque nos sirve para defender cualquier argumento, es como un test de Rorschach cuya forma siempre nos da la razón. Así, podemos entender el fenómeno Rigoberta y su fracaso como una muestra de que el feminismo sigue siendo molesto para la gran industria, o podemos entender el éxito de Chanel como la muestra de la desconexión de la izquierda con lo que verdaderamente quiere la gente.

Lo atractivo de la posibilidad de extraer una lectura política de lo que antes no era más que un espectáculo de masas es que podemos adaptar la realidad a nuestro discurso inmovilista, en el que buscamos continuamente ejemplos de lo que queremos defender. En la era hiperpolítica, desde luego, lo que sabemos es quiénes somos nosotros y quiénes son nuestros enemigos. Como cantaba Pete Seeger, 'which side are you on?'.

La política parecía necesaria y ha quedado reducida a una estrategia de 'marketing', un símbolo más a interpretar como la longitud de las uñas de Rosalía o los guiños eruditos de la serie de moda que tienen como objetivo que el debate se prolongue en las redes sociales, y desde ahí, salte a las televisiones y los periódicos (porque los periodistas pasamos el día mirando Twitter), y finalmente a todos los hogares, donde se recibe una visión debidamente simplificada de la complejidad de la política. La hiperpolítica hoy sirve para vender discos, artículos, libros, películas. Cualquier cosa menos cuestionar el 'statu quo'.

Las discusiones sobre política real siguen siendo tan impopulares como siempre

La hiperpolitización lo inunda hoy todo porque se queda en el cómodo nivel del discurso, porque en realidad nunca pretende ir más allá. Ocurre en la derecha, contenta con que la guerra cultural haga olvidar los debates sobre quién tiene en realidad el poder y el dinero, y en la izquierda, que se refugia ante las decepciones pasadas con una militancia cultural y discursiva.

Se trata de un pin en la solapa, una opinión debidamente suavizada que uno expresa para ganarse unas palmaditas en la espalda, una identidad personal que nos permite definirnos frente a los demás, decir bien alto quiénes somos y rezar para que las cosas no cambien demasiado, para que no se nos acabe el chollo. Es un intercambio de discursos que al final, a quien sirve, es a Mark Zuckerberg, Jack Dorsey, Mediaset y Atresmedia.

Foto: Las integrantes del grupo Tanxugueiras en la semifinal del Benidorm Fest. (EFE)

Mientras tanto, las discusiones sobre política real siguen siendo tan impopulares como siempre, porque ¿cómo nos vamos a acordar de ella si ya todo es política? A lo mejor hasta empiezo a echar de menos la época en la que no todo era política, en la que esta tenía su parcela para muy cafeteros y no todo evento cultural o expresión social podía ser simplificado reduciéndolo a los mismos debates (cancelación, feminismo, 'wokeismo').

Yo también quiero volver a disfrutar de una película o una canción sin pensar en sus implicaciones políticas, o sabiendo que están porque no puede ser de otra manera, pero no porque alguien las colocó para que publicásemos doscientos artículos sobre ello. Cuando todo es política, nada es política.

A estas alturas, ya se habrá dado cuenta: hoy todo es político o está a un tris de serlo. Eurovisión es político. La próxima serie que verá en Netflix y que olvidará a la mañana siguiente es también política. No conozco la próxima canción de Rosalía, pero estoy seguro de que tendrá una lectura política.

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