El cocido no es de derechas: cómo la izquierda está reconquistando lo castizo
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CUERPOS DE VERBENA

El cocido no es de derechas: cómo la izquierda está reconquistando lo castizo

Todo empezó con las magdalenas de Carmena y ha terminado derivando en una utilización de signos considerados rancios hace no tanto que apelan al votante joven y progresista

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Aquí se deciden las elecciones.

Cuando Manuela Carmena se fotografió en Instagram haciendo magdalenas, el tonto miró el ‘muffin’ pero el listo observó el delantal de flores, unas margaritas algo desvaídas por el uso. Eso, y el azulejo blanco. La clave de aquella popular y polémica imagen de diciembre de 2018 no era el acto de cocinar, como acusaban sus críticos, sino el costumbrismo íntimo y afectuoso. Tu abuela te hace magdalenas.

El pasado domingo, Más Madrid publicó una serie de imágenes electorales. Más Madriz de escenarios, Más Madriz de paseíto por el campo, Más Madriz de fiestas de barrios y Más Madriz de cocido de tu madre. Una vez más, tu abuela te hace un cocido, ese plato inequívocamente madrileño que ya antes de la Guerra Civil era el más popular en la capital junto a los callos, según el historiador Néstor Luján. Un plato popular que ha recibido acusaciones de hipercalorismo por parte de nutricionistas ‘influencers’ y recuerdo de una época en la que estar gordito aún era de ricos.

"La campaña de Madrid no va sobre libertad o comunismo, va sobre lo afectivo"

Entre una imagen y otra, Jonás Trueba ha estrenado ‘La virgen de agosto’, donde aparecen las fiestas de San Cayetano y San Lorenzo; Ana Iris Simón ha publicado ‘Feria’, y C. Tangana ha ‘sampleado’ el ‘Campanera’ de Joselito en ‘El madrileño’, un disco presentado en Lhardy, kilómetro cero del cocido. Tres estrellas que forman un pequeño cinturón de Orión de retorno a un casticismo que hace no tanto tiempo habría sido considerado casposo, cuando no tradicionalista o retrógrado, y que hoy ha entrado en campaña, especialmente desde la izquierda.

“Lo interpreto como ese deseo de volver a los lazos cotidianos a través del cocido de la abuela, que está muy presente en la campaña de Madrid por ambas partes”, valora el filósofo Fernando Broncano (nacido en 1954), catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad Carlos III y autor de libros como ‘Espacios de intimidad y cultura material’. “Más que libertad o comunismo, la campaña trata del cocido de la abuela, de convertir una necesidad psicológica de contacto físico y afectivo propia de la vida en la ciudad en potencia política”.

Foto: El madrileño. (EFE) Opinión

En una línea semejante se manifiesta desde el otro extremo generacional el sociólogo Iago Moreno (22 años), que colaboró en anteriores campañas de Más Madrid e identifica tres niveles de lectura. “Uno, que a España le rugen las tripas de ganas de verbena, de volver a una cotidianidad que tal vez antes no se valoraba y ahora le han arrebatado, y esa es una de las cosas que también expresa el disco de Tangana”, valora. “A eso se suma algo generacional de los ‘zoomers’ y los ‘millennials’, que es que la cultura se basa en un naufragio, somos terriblemente nostálgicos para lo jóvenes que somos”.

El último nivel trasciende lo generacional y lo pandémico. “El mundo globalizado es anómico, rompe raíces, y la tendencia es buscar ese punto de agarre, esa reconexión con lo que se considera primigenio, con el orden natural de las cosas”, añade. Cada uno lo hace a su manera. Ya sea a través de la ley y el orden natural de las cosas, como Jorge Buxadé, de Vox, “su Steve Bannon”, de lo religioso o del nacionalismo. “En campaña se mezcla todo, esa voluntad de declarar la guerra a la nueva normalidad que es incierta, pero también el hambre por un pasado que nunca existió”. Para saciar esa hambre, están los tres vuelcos.

Las cosas sencillas te hacen feliz si eres 'bobo'

El 7 de abril de 2019, en plena campaña electoral, Íñigo Errejón se plantó en el cocido popular organizado por Más Madrid-Leganemos. “Las mejores cosas que tenemos en Madrid son sencillas, y vienen de hace mucho tiempo”, publicaba en un tuit, dándole la razón indirectamente a Broncano, que recuerda que “empieza a haber entre esas visiones más municipalistas de recuperar el barrio la necesidad de recuperar la densidad de nuestras relaciones personales como un lugar donde se construye la política en el buen sentido”.

“Es un proceso de largo recorrido, desde hace unos cinco o 10 años todo lo que tiene que ve con la verbena se ha convertido en una cosa muy de moderno, de caspa agradable, como también ocurrió con la fabada”, valora por su parte Rubén Sánchez Medero, profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid. “Hay una especie de integración entre lo pop y lo ‘kistch’ castizo, y eso se asocia muy bien con la cultura de Instagram”. Pero Sánchez Medero recuerda, como sugería en un tuit, que se trata de una visión que se ciñe a la del votante de izquierdas que vive en Malasaña o Lavapiés.

“La gentrificación ha ido produciendo que se llenen de ‘modernos’, profesionales liberales en su mayoría, con valores basados en el bienestar, la conciliación, el medio ambiente, un urbanismo más amable, con buena formación y nivel adquisitivo y mayormente de izquierdas, y que no tienen ni siquiera por qué ser de Madrid”, añade el profesor. Es el perfil que encaja con el votante de Más Madrid (y menos con el de Podemos), que ha enarbolado propuestas como la semana laboral de cuatro días y que acude a las elecciones en coalición con Verdes Equo. “Más que abrazar lo popular, es abrazar las cosas sencillas: el cocido de tu madre, pero combinado con otras cosas como lo laboral”.

"La izquierda malasañera se distancia de la obrera, pero obtiene réditos electorales"

Una de las recriminaciones que se han realizado a estas visiones es un carácter urbanista, ‘bobo’ a la española —burgués bohemio—, como la definía Esteban Hernández, “moderada, diversa, creativa, empática, LGTBI 'friendly', ecologista, feminista y dialogante”. “Es una izquierda más sofisticada frente a otra más obrera de Villaverde, Vallecas o Parla”, valora Sánchez Medero. “El problema de la izquierda malasañera es su distancia con la obrera: Errejón habla de la salud mental en las cosas cotidianas, pero mucha gente en Vallecas a la que le hace falta salud mental también necesita llegar a fin de mes”.

Es una de las tres fórmulas posibles para una izquierda que tiene que aspirar a sumar. Como recuerda Sánchez Medero, esta visión, aunque controvertida en algunos municipios del sur o barrios madrileños —como el escrache a Errejón por parte de Frente Obrero en Hortaleza—, “ha tenido rédito electoral”. “Pero desde el punto de vista de la identidad, esa izquierda sofisticada y exquisita de Tom Wolfe es difícil trasladarla a esa izquierda que busca otras fórmulas”, concluye. “La ventaja es que las tres pueden funcionar bien: a lo mejor a ese voto más profesional y sofisticado tampoco le cae bien Iglesias y Podemos, ni le gusta la propuesta del PSOE, que lleva mucho sin ganar en estos barrios del centro”.

Las dos ciudades

Nunca antes en una campaña electoral madrileña se había debatido tanto sobre la idea de qué significa ser madrileño. Ello ha provocado la aparición de imaginarios en pugna por parte de ambos partidos. “La buena política tendría que ser crear relatos colectivos, y desde la Transición no había visto una campaña con tanta reflexión sobre qué es Madrid, una noción de diferencia que Ayuso explota muy bien”, recuerda Broncano. “Lo que definía Madrid eran esas cosas que se van perdiendo con la 'uberización': lo llamamos casticismo, pero es cierto que el cocido, el bar o ciertos locales icónicos son donde se nota lo común. Si se pierde eso, es un desierto, es Singapur, donde todo el mundo está en su casa”.

placeholder Ayuso, en Las Ventas. (EFE)
Ayuso, en Las Ventas. (EFE)

“Hay una cosa que decía Laclau: cuando una sociedad es anómica, cuando carece de normas y puntos de agarre, la necesidad de un orden pesa más que el tipo de orden que se da”, añade Moreno. “A unos les gustaría ir a la Vallecas del movimiento vecinal y sindical, a otros a un idilio verde y localista, de consumo cercano y paseos en bicicleta, a otros volver a apoyarse en las barras y sentarse en Las Ventas a disfrutar de una corrida... Es un sentimiento que no quiero denostar, es como se está sintiendo todo el mundo. Lo que hace Ayuso de ondear la bandera tiene un correlato en el sentido de que la gente necesita recuperar el 'habitus', es una pelea por definir lo que debería ser la normalidad de Madrid”.

Entre esos paradigmas, se encuentra el de la ciudad neoliberal de la derecha del PP, la de “grandes oportunidades inmobiliarias, desarrollo tecnológico y colegios concertados, un pasado mítico para los votantes del PP, casi la mitad de la población madrileña”, como resume Sánchez Medero. “Cómo los estados afectivos se convierten en política sigue rutas extrañas”, añade Broncano. “La derecha puede recuperar cosas que suele reivindicar la izquierda y viceversa. Cuando hay una pérdida de afectos y las ciudades son máquinas de construir soledad, eso se puede anclar de muchas formas, ya sea por la izquierda o la derecha, lo puedes recuperar como forma de afectos colectivos o como comercio”.

"Un joven en una verbena dice ‘lo que nos hemos perdido’, porque hay comunidad"

Uno de los iconos del legado de Manuela Carmena son los carteles de las fiestas de San Isidro realizados por Mercedes deBellard, que llegaron a convertirse en pieza de coleccionismo. Abuelas, flores, mantillas y multiculturalidad. Como anunció el ayuntamiento de la jueza en 2018, “este año en San Isidro habrá más actividades castizas: zarzuela, chotis, organillo, gastronomía”. “La verbena es muy distinta a la tiendita individual del festival de Benicàssim, estás con el abuelete que te está criticando, el vecino, el cuñado, hay un desbordamiento de afectos que es transversal a toda la comunidad, se junta todo el mundo para lo bueno y lo malo”, añade Broncano.

“Por eso, cuando un joven va a una verbena, dice ‘ostras, lo que nos hemos perdido”, valora. “Lo bueno que tenían las orquestas era que cantaban para todos los públicos, desde la copla hasta lo que estaba de moda, y construían un relato colectivo que escuchaban todos”. Ya no es el consumo masivo pero individual, sino el comunitario como el de la copla, “que la cantaba el albañil porque se le ha metido dentro del cuerpo”. En esos relatos colectivos que combatan la asfixiante brutalidad de Madrid, acentuada por la pandemia, se encuentra la “buena política”, concluye el filósofo.

Para terminar, quizá sea interesante volver a Unamuno y ‘En torno al casticismo’: “Conforme he ido metiéndome en mis errabundas pesquisas en torno al casticismo, se me ha ido poniendo cada vez más en claro lo descabellado del empeño de discernir en un pueblo o en una cultura, en formación siempre, lo nativo de lo adventicio. Es tal el arte con que el sujeto condensa en sí el ambiente, tal la madeja de acciones y reacciones y reciprocidades entre ellos, que es entrar en intrincado laberinto el pretender hallar lo característico y propio de un hombre o de un pueblo, que no son nunca idénticos en dos sucesivos momentos de su vida”. El casticismo es como el río de Heráclito, que nunca es dos veces el mismo, ni es igual quien apela culturalmente a él.

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