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Cuando te toca limpiarle el culo a tu padre
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Cuando te toca limpiarle el culo a tu padre

El escritor rebelde Hernán Migoya cuenta en su nuevo libro cómo, tras muchos tumbos por Perú, regresó a casa junto a sus padres viejos y enfermos

Foto: Una enfermera ayuda a un paciente de alzhéimer en un centro especializado. (iStock)
Una enfermera ayuda a un paciente de alzhéimer en un centro especializado. (iStock)

Varias veces al día tengo que limpiarle el culo a mi hijo, cosa que hago con orgullo escatológico cada vez que el crío llena el pañal hasta los bordes. Es como si esa ominosa carga fuera una obra de su genio, yo qué sé, una novela muy larga que ha escrito, o así la recibo yo. ¡Esta te ha quedado sensacional, pequeño Musil! Tampoco es que me haya vuelto loco. Sospecho que encontrar gusto en semejante tarea responde a la programación profunda de la humanidad, la genética. Es un trabajo objetivamente asqueroso que difícilmente haríamos con otra persona a menos que nos ofrecieran un sueldo, pero que, en virtud de un cortocircuito cerebral, los padres hacemos encantados con los hijos. Las miradas de complicidad del bebé cagón, que se entretiene espatarrado mientras husmeamos en su porquería, son pago suficiente.

Quizás nos pasa algo parecido con el sexo: si nos parásemos a pensar con frialdad analítica en las cosas que hacemos con nuestras parejas, lo lógico sería deducir que la humanidad tiene los días contados y se dirige a la extinción, puesto que nadie querría hacerlo, ni siquiera para procrear. La fecundación humana no es una cosa menos horrible que la de las arañas, pero llamamos deseo a la trampa de nuestro cerebro que convierte esa mecánica pringosa en placer.

Después de muchos tumbos, Migoya ha regresado a casa para acompañar a sus padres viejos y enfermos

Una prueba de que el gusto de estas actividades es producto de una trampa es que los enlaces posibles están muy limitados. Para el sexo tenemos un montón de tabúes (incesto, adulterio, violación) y para las tareas escatológicas pasa lo mismo. Limpiar el culo a tu hijo no provoca la más mínima molestia, pero limpiar el culo a tu padre es insoportable. La misma actividad está prohibida si cambia el sujeto paciente. Pues bien: este es el nudo dramático de un libro que, en apariencia, habla de muchas otras cosas: 'Y si quieren saber de nuestro pasado' (DQ). Es la última obra de Hernán Migoya, autor rebelde que fuera apaleado en su debut ('Todas putas') y que ahora, después de muchos tumbos por Perú, ha regresado a casa justo antes de la pandemia para acompañar a sus padres viejos y enfermos.

placeholder 'Y si quieren saber de nuestro pasado'. (DQ)
'Y si quieren saber de nuestro pasado'. (DQ)

Producto de esta convivencia es este libro que, como 'Baricentro', su anterior novela, demuestra que Hernán es mucho más que un agitador o un polemista: una persona extraordinariamente sensible y, además, muy poco 'bienqueda'. Airea sus propias miserias como hijo, se aparta cualquier medalla que el lector quiera colgarle por haber vuelto con sus padres enfermos, manosea los trapos sucios lo mismo que los limpios y se empeña, página tras página, en reflejar la humanidad tal como es, empezando por sus propias mezquindades.

El dilema

La situación es esta: su madre tiene cáncer, su padre tiene alzhéimer, y Hernán, el hijo, tiene un dilema. Sabe que tendrá que limpiarle el culo a su padre y espera la cita con la aprehensión con la que aguardamos nuestro turno para una colonoscopia. Esto es, en realidad, una metáfora de otra espera que también aparece: la de la orfandad. Aunque se niega a sí mismo que será capaz de hacerlo (limpiar el culo, aceptar la muerte), este horizonte martillea su prosa y salpica la narración como una alarma.

¿Hasta qué punto es egoísta negarse a limpiar el culo a tu padre y permitir que lo haga tu madre enferma? ¿Tiene uno derecho a mantenerse limpio cuando la mierda devora a la familia? ¿Por qué sí puede ayudarlo a ducharse —enjabonando a conciencia ese pito paterno que jamás deberíamos contemplar— pero la idea de limpiarle el culo le provoca ansiedad e insomnio?

La muerte tarda en llegar y los hijos se ven obligados a convertirse en padres de sus padres

Parece una tontería, pero yo creo que es una cuestión fundamental. Limpiar el culo a tu padre es la consecuencia de haber roto el ciclo natural: la muerte tarda demasiado en llegar y los hijos se ven obligados a convertirse en padres de sus padres. Ahora que la medicina es capaz de mantener sus corazones funcionando cuando el cerebro está totalmente desmantelado por la enfermedad, cada vez más personas se ven ante el dilema. Los hay que racionalizan la operación y la hacen sin darle más vueltas. Bien por ellos. Pero esto no implica que no sea un asunto sobre el que vale la pena pensar.

Girando alrededor del eje, en el libro de Migoya vamos viendo cómo el padre pierde la memoria trozo a trozo hasta convertirse en un bebé. Asistimos a las tácticas de su madre para sacarle una sonrisa, a las provocaciones, a los episodios divertidos y estrafalarios de tener un padre progresivamente idiotizado, y el autor no aparta la mirada ni la prosa de las bombas que la desmemoria desentierra. Aquí se llega hasta el fondo del amor paternofilial sin una gota de cursilería o complacencia, pero con ternura. Nos está narrando la historia de una familia feliz, de una familia pobre, de una familia normal, de una familia desgraciada: es decir, de una familia. Hay muchas más espinas ahí dentro de lo que nos cuentan los timoratos.

Siempre que leo a Migoya, sea el brutal o el sensible, llego a la misma conclusión. Hace falta tenerlos bien puestos para escribir así.

Varias veces al día tengo que limpiarle el culo a mi hijo, cosa que hago con orgullo escatológico cada vez que el crío llena el pañal hasta los bordes. Es como si esa ominosa carga fuera una obra de su genio, yo qué sé, una novela muy larga que ha escrito, o así la recibo yo. ¡Esta te ha quedado sensacional, pequeño Musil! Tampoco es que me haya vuelto loco. Sospecho que encontrar gusto en semejante tarea responde a la programación profunda de la humanidad, la genética. Es un trabajo objetivamente asqueroso que difícilmente haríamos con otra persona a menos que nos ofrecieran un sueldo, pero que, en virtud de un cortocircuito cerebral, los padres hacemos encantados con los hijos. Las miradas de complicidad del bebé cagón, que se entretiene espatarrado mientras husmeamos en su porquería, son pago suficiente.

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