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El Vaticano no quiso una Cruzada: Franco y los mártires de la Iglesia en la Guerra Civil
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El Vaticano no quiso una Cruzada: Franco y los mártires de la Iglesia en la Guerra Civil

Se cumplen 80 años de las disputas entre el papa Pio XI y los obispos españoles para alinear a la Iglesia con el bando nacional

Foto: Obispos celebran el día de Santiago durante la Guerra Civil
Obispos celebran el día de Santiago durante la Guerra Civil

Cuando el 14 de septiembre de 1936 el papa Pio XI recibió en su residencia veraniega de Castelgandolfo a un grupo de prófugos españoles de la guerra, se estaba produciendo en España una persecución y una matanza de católicos desde hacía dos meses. El martirio de los eclesiásticos y religiosos españoles desencadenado por el terror revolucionario. La reunión debía servir para la primera alocución pública del papa sobre la Guerra Civil española, pero para sorpresa de la Junta Militar de Burgos sus palabras no instaron ni mucho menos a una guerra santa.

"La misión de defender los derechos y el honor de Dios es difícil y peligrosa, también porque muy fácilmente el esfuerzo y la dificultad de la defensa la hacen excesiva y no plenamente justificable, además de que no menos fácilmente intereses no rectos e intenciones egoístas o de partido se introducen para enturbiar y alterar toda la moralidad de la acción y toda la responsabilidad".

Foto: El cardenal Gomá, Millán Astray y otras sublevados celebran en Salamanca la toma de Tarragona por las tropas de Franco en la guerra civil.

La jefatura del gobierno de Burgos entró en cólera: el papa no sólo no respondía a lo que ellos consideraban ya una Cruzada, sino que incluso les amonestaba claramente, igual que había hecho al principio del discurso con el comunismo. Pio XI era antifascista, temía a los totalitarismos y desde el comienzo de la guerra mostró enormes recelos a la pretensión de los franquistas de convertir "una lucha entre hermanos" en una guerra santa.

Quema de conventos

Las tensiones se acrecentaron en torno a la célebre carta de los obispos españoles publicada en julio de 1937 y destinada al mundo entero, en la que se denunciaba la persecución religiosa en España y se pregonaba la alineación de los católicos con el bando sublevado que dirigía el general Francisco Franco. La ilusión se fundamentó además en que este restauraría los valores de la Iglesia Católica respecto al estado tras el periodo de la Segunda República, que había cercenado muchas de las atribuciones que tenía.

Cabe recordar en este caso que fue el mismo papa Pio XI quien ordenó a los obispos españoles colaborar con el nuevo régimen político republicano, y eso a pesar de que poco después de la proclamación de la II República comenzaron las primeras quemas de conventos e iglesias (que no ordenó el gobierno provisional).

placeholder Saqueo de iglesias durante la Guerra Civil
Saqueo de iglesias durante la Guerra Civil

Así, se ha dado por sentado que la Iglesia Católica propugnó una Cruzada, que estaba con el bando sublevado y que El Vaticano lo apoyó, pero lo cierto es que la Iglesia no participó de ninguna forma en el golpe del 18 de julio de 1936 y que El Vaticano no sólo no se alineó con Franco desde el comienzo, sino que le puso muchas trabas antes de reconocer oficialmente su gobierno a finales de 1938. Es decir que ni Cruzada, ni Guerra Santa. Diplomacia vaticana de toda la vida tal y como recoge el hispanista Alfonso Botti en su reciente obra 'Con la Tercera España: Luigi Sturzo, la Iglesia y la Guerra Civil Española' (Alianza Editorial).

la Iglesia Católica no participó de ninguna forma en el golpe del 18 de julio de 1936

El origen de todo no puede buscarse más allá de la indiscriminada y salvaje persecución religiosa que se desató tras el fallido golpe de Estado, que abocó a los eclesiásticos españoles a echarse en brazos de los sublevados y a apoyar en la gran mayoría de los casos al ejército rebelde que acabaría encabezando Franco. Hay que recordar los terribles seis primeros meses de guerra.

Cinco disidentes

Sin embargo, una cosa son las pastorales de los obispos a sus fieles, otra la carta colectiva de todo el obispado y otra más la bendición del papa. El primado en España, el cardenal Isidro Gomá representaría la adhesión a Franco, pero en realidad tuvo también sus dudas, lo consensuó con el resto de obispos -cinco de ellos no firmaron- y además mantuvo comunicación con la Secretaría de Estado de El Vaticano, es decir con el cardenal Pacelli, futuro Pio XII.

placeholder El cardenal y primado Isidro Gomá
El cardenal y primado Isidro Gomá

Por su parte el papa Pio XI actuaba con cautela porque la obra de dios no es la de la política de los hombres y Franco, por mucho que se empeñara su propaganda en mostrarle como tal, podía ser un gran general, pero no un salvador ni un mesías. El punto álgido de la adhesión de la Iglesia con los nacionales fue por tanto la publicación de la carta colectiva de los obispos. Un momento crucial que propiciaría aún más si cabe en España la imagen de una Iglesia Católica unida para siempre a la derecha política. Antes de que se fraguara la carta, la misma propaganda trató de engañar a los católicos, tal y como explica Hilari Raguer en 'La pólvora y el incienso. La Iglesia Católica y la Guerra Civil Española' (Península).

La propaganda franquista cercenó el discurso del papa para sus propios intereses

Lo hizo cercenando el discurso de Pio XI de Castelgandolfo y resaltando las partes que más les convenían, el fragmento que abre este artículo, por ejemplo, se omitió siempre de los boletines franquistas e incluso confundió al obispo de Salamanca Enrique Pla y Deniel que tuvo que modificar una de sus pastorales cuando lo supo. Pla y Deniel fue uno de los revisores y correctores de la célebre carta colectiva. Además, ni siquiera el cardenal Isidro Gomá estaba seguro de que una carta de ese tipo ayudara en nada a los católicos que estaban sufriendo la persecución y el martirio del Terror Rojo como explicó el historiador franquista Luis Suárez en su biografía de Franco.

Carta colectiva

A pesar de todo las presiones de Burgos y el nombramiento del cardenal Isidro Gomá como representante del gobierno nacional en la Santa Sede propiciaron que se fraguar un texto alrededor de la persecución religiosa, sólo que no fue como unos y otros esperaban. Suárez ha reclamado que fue la Santa Sede quién pidió en febrero a Gomá que escribiera una carta colectiva, pero en realidad se refería a la situación de los curas vascos: un espinoso tema en el que el papa y Franco forcejearon infructuosamente.

placeholder El cardenal Pacelli, a la izquierda, junto al papa Pío XI
El cardenal Pacelli, a la izquierda, junto al papa Pío XI

El secretario de Estado Pacelli anunció a Gomá que "El Vaticano estaba dispuesto a enviar una carta pastoral dirigida al clero vasco pidiendo una ruptura con el gobierno ateo del Frente Popular si Franco ofrecía condiciones generosas sobre la autonomía del territorio y también en relación con los dirigentes nacionalistas" -L. Suárez, 'Franco', (Ariel)-. Se estaba produciendo la ofensiva del norte en ese momento y Bilbao estaba a punto de caer. Franco desoyó cualquier mediación de ese tipo por lo que la comunicación con la Santa Sede se resintió. Fue poco después cuando el mismo Franco -sin El Vaticano- pidió al cardenal Gomá que elaboraran la carta conjunta. Es decir fue a petición civil, por mucho que duela reconocer que el obispado se plegó a tales instancias y no a petición de Roma, como han clamado algunos historiadores.

Gomá elaboró una extensa carta en la que se omitió cualquier referencia a una Cruzada

Gomá elaboró una extensa carta en la que se moderó todo lo posible a fin de que Pío XI respaldara el documento para lo que, claro está, hubo de omitir cualquier referencia a una Cruzada. Es más se dijo más bien lo contrario para que quedase claro ante Roma. Ni siquiera los obispos afines a Franco clamaron ante el mundo que hubiera una cruzada por mucho que la propaganda franquista alimentara el mito. La carta la firmaron todos los obispos menos cinco, entre los que destacó siempre el Vidal i Barraquer que se opuso enérgicamente por lo que ni siquiera fue unánime. También el obispo de Vitoria, Múgica, fue beligerante con esta deriva desde el principio de la guerra y ambos tenían influencia en Roma.

Adhesión sin límites

Por lo demás, la carta sí denunciaba con precisión la persecución religiosa, pero aludía al periodo 31-36 de atosigamiento de la Iglesia con excesivo partidismo y negaba en cambio cualquier atrocidad cometida por parte de los nacionales. Lo más importante sin embargo lo constituía la adhesión casi sin límites con el bando nacional de Franco:

"Afirmamos que el levantamiento cívico-militar ha tenido en el fondo de la conciencia popular de un doble arraigo: el del sentido patriótico, que ha visto en él la única manera de levantar a España y evitar su ruina definitiva; y el sentido religioso, que lo consideró como la fuerza que debía reducir a la impotencia a los enemigos de Dios, y como la garantía de la continuidad de su fe y de la práctica de su religión".

Roma tardó ocho meses en hacer acuso de recibo a pesar de que ya había dado la vuelta al mundo

La carta no gustó nada en Roma que tardó ocho meses en hacer acuso de recibo a pesar de que ya había dado la vuelta en todo el mundo católico, debido a su evidente denuncia de la persecución religiosa. Es lo que quería Franco. No se respaldó e incluso como descubrió Hilari Raguer en los Archivos Secretos del Vaticano se dejó de enviar una carta del cardenal Pacelli a Gomá en la que le afeaba el documento colectivo:

"Con el más vivo interés he visto la citada Carta Colectiva apreciando los nobles sentimientos que la han inspirado. Sin embargo, tratándose de una cosa muy delicada que se refiere a todos los Excmos. Obispos de España, esta Secretaría de Estado sería del parecer de que para la publicación de un documento de tanta importancia, como es la mencionada carta, sería deseable la unanimidad de ese Excmo. Episcopado.

Ya que el Excmo. Señor Vidal y Barraquer, como Usted hace notar en su citada carta N. 88, no estima conveniente la publicación de dicho documento, y por otra parte S. E. Mons. Mugica y tal vez otros Obispos españoles no piensan firmarlo, la misma Secretaría remite a la conocida prudencia de Su Eminencia que vea si no sería del caso suspender por ahora su publicación".

La Santa Sede

No se envió porque Pacelli la redactó refiriéndose a las "pruebas de imprenta" que le había enviado Gomá y suponiendo que aún no se había publicado. Como para el día 31 de julio ya llevaba un mes dando vueltas por todo el mundo católico, era inútil y quizás una confrontación excesiva con el bando de Franco. Es cierto pues que una gran mayoría de la Iglesia Católica se alineó totalmente con Franco e incluso se plegó a su estrategia pero si lo hizo fue empujada por el asesinato masivo de los religiosos en el territorio republicano, una persecución cristiana sin parangón desde la Revolución Rusa. Finalmente El Vaticano reconoció al gobierno de Franco por razones evidentes en 1938 próxima su victoria y en el marco de la más pura diplomacia. No sería el último encontronazo de Franco con la Santa Sede, tras el periodo de paz de la posguerra llegó el Concilio Vaticano II de Juan XXIII y las tensiones volvieron contra el nacionalcatolicismo.

Cuando el 14 de septiembre de 1936 el papa Pio XI recibió en su residencia veraniega de Castelgandolfo a un grupo de prófugos españoles de la guerra, se estaba produciendo en España una persecución y una matanza de católicos desde hacía dos meses. El martirio de los eclesiásticos y religiosos españoles desencadenado por el terror revolucionario. La reunión debía servir para la primera alocución pública del papa sobre la Guerra Civil española, pero para sorpresa de la Junta Militar de Burgos sus palabras no instaron ni mucho menos a una guerra santa.

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