Operación Barbarroja: la mayor batalla de la historia de la humanidad
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Operación Barbarroja: la mayor batalla de la historia de la humanidad

Hace justo 80 años La Alemania nazi invadía la Unión Soviética con tres millones de soldados: fue el principio del fin de la Segunda Guerra Mundial

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Operación Barbarroja: la Alemania nazi se lanza a la conquista de la URSS

Domingo 22 de junio de 1941. Tres y media de la madrugada. Tres millones de soldados alemanes cruzan la frontera e invaden la Unión Soviética para dar inicio a la mayor batalla de la historia de la humanidad, seguros por sus más de tres mil tanques, seiscientos mil vehículos motorizados, siete mil piezas de artillería y seiscientos veinticinco mil caballos.

Quien había sido si aliado hasta ese instante, tal como contemplaba el pacto del Kremlin firmado el 23 de agosto de 1939, podía plantar cara a la Wehrmacht al contar con un contingente similar de efectivos humanos y disponer de superioridad armamentística sobre el papel, no así en la acción, desbordado por el ataque en tres flancos dirigido por Ritter von Leeb en el norte, Fedor von Bock en el centro y Gerd von Runstedt en el sur. Al cabo de dos semanas, concretamente el 3 de julio, el coronel Franz Halder creyó haber culminado con éxito la campaña contra Rusia al tener el camino hacia Moscú casi expedito.

Se equivocaba, como también lo hizo Hitler meses antes al dar por finiquitada la lucha contra el Imperio Británico pese al fracaso de su acometida aérea contra la Isla. Quien le advirtió en primera instancia de su error fue el Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. En su visita a la capital del Reich durante la primera quincena de noviembre de 1940 Viacheslav Molotov, intrigado por los movimientos de tropa en Finlandia y el Pacto de acero firmado pocas semanas atrás, mantuvo el temple sin artistas ante Joachim von Ribbentrop, su homólogo germánico, y el mismísimo Führer. Una tarde, mientras se celebraba una fiesta en la embajada soviética, la Royal Air Force bombardeó Berlín. Para estar acabados mostraban un ímpetu colosal, impropio de un país derrotado.

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Mapa de la Operación Barbarroja

El 22 de junio de 1812 Napoleón rebasó el Niemen y empezó a cavar su tumba mientras respiraba un falso apogeo. El dictador austríaco correría la misma suerte porque siempre ignoramos las encrucijadas de la existencia. Las de la Historia nacen por planificaciones henchidas de megalomanía desde sillones de barro, firmes mientras el viento sopla a favor, fundidos cuando todo se desmorona.

Sobrevivir desde el Este

Por culpa de las torpezas de Benito Mussolini en Grecia, la Operación Barbarroja se retrasó entre un mes y cinco semanas. Según muchos de los inculpados en los Juicios de Núremberg este hecho fue determinante para la debacle, a la que ayudaría el mito de tomar Moscú antes de la llegada del General invierno. Las huestes nacionalsocialistas se quedaron, nunca mejor dicho, a las puertas, para ser más precisos en una estación de autobús periférica, pero en caso de haberse cumplido los plazos, el debut de las hostilidades podría haber tomado otro curso por lo lluvioso de la primavera en Europa Central, con terrenos más bien precarios y poco adaptados para perpetrar una ofensiva marca de la casa, con la Blitzkrieg desatada hacia una senda de no retorno.

El retraso de la invasión por el desastre de Mussolini en Grecia, llevó a la debacle

Hitler había hablado por vez primera de sus planes para con el gigante eslavo en una reunión celebrada el 31 de julio de 1940 en su guarida del Berghof. Según sus teorías Gran Bretaña daba por descontado el apoyo soviético para contener la potencia germánica en el Viejo Mundo, por lo tanto aplastar el peligro comunista era indispensable para liquidar cualquier atisbo de salvación del enemigo. Rusia debía ser liquidada en la primavera de 1941, y no bastaba con conquistar su territorio, debían aniquilarse sus posibilidades de existencia mediante una doble acometida simultánea; una hacia Kiev y el Dniéper; otra, previo paso por las repúblicas bálticas, hasta Moscú, donde se unirían las dos armadas. Cuando se consiguiera esta confluencia cuadrar el círculo con la toma de los yacimientos petrolíferos de Bakú sería coser y cantar. Toda Rusia quedaría asfixiada por el yugo de la reina de Europa y los ingleses, al fin, pedirían la capitulación, la ansiada alfombra roja para cimentar el Nuevo Orden en todo el continente, consolidado en Oriente por el empuje nipón.

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Hitler rodeado de miembros del OKW, el Alto Mando militar alemán - antrophistoria.jpg

La importancia de esa jornada puede medirse a partir de las discusiones de los meses sucesivos, muchas de ellas discrepantes con los postulados del jefe supremo. El Almirante Erich Raeder le aconsejó centrarse en el Mediterráneo desde una doble vertiente táctica y preventiva. Apoderarse de las Islas Canarias y el Canal de Suez tenía mucho más sentido, porque, sobre todo, hacerse con este último enclave abría el camino hacia Palestina y Siria, claves para dominar Turquía y atemorizar más si cabe a Stalin ante los hechos consumados. El Norte de África, en manos de Vichy, debía controlarse sin concesiones para disuadir a los anglosajones de intentar un eventual desembarco para poner contra las cuerdas al Eje, como sucedió en noviembre de 1942.

Más tarde Erwin Rommel pediría refuerzos a la desesperada mientras la cúpula hacía oídos sordos al sueño oriental del zorro del desierto. A lo largo de 1941, como destaca Brendam Simms en su reciente biografía de Hitler (Galaxia Gutenberg), las preferencias presupuestarias se decantaron por reforzar a la Marina y la Aviación para preparar el futuro, con Estados Unidos en el punto de mira. El presente se teñía de ambiciones hacia otro Este para realizar un expolio económico de hondísima magnitud.

La muerte de treinta a cuarenta millones de personas sería un mal menor gestionado por Hermann Goering

Ucrania era el granero de la URSS, y las demás regiones no aportaban tanto desde este factor. El bloqueo británico empujaba al nazismo hacia la toma de ese caudal alimenticio, y como las otras repúblicas soviéticas no gozaban de ese don debían morir de hambre, encajándose esta bestialidad con el anhelo, anunciado veinte años atrás en 'Mein Kampf', de adquirir espacio vital para los nuevos pobladores germánicos. La muerte de treinta a cuarenta millones de personas sería un mal menor gestionado en lo económico por Hermann Goering, partidario de mandar a Siberia a todos aquellos reacios a fallecer de inanición: la producción rusa debía destinarse a los conquistadores, quienes a lo sumo tolerarían el restablecimiento de cultivos agrícolas primitivos dentro de la nueva división administrativa, conducida por Alfred Rosenberg, nombrado en mayo de 1941 comisario de las Regiones de Europa Oriental.

El viejo mentor de Hitler, cuyos escalofriantes diarios pueden consultarse en la edición española de Crítica, trazó una división increíble por lo calculado de la misma. Polonia sería Ostland, un protectorado. A Ucrania se le concedería independencia para atarla al Reich. El Cáucaso, trascendental por su preciado oro negro, se gobernaría a través de un plenipotenciario nacionalsocialista, encomendado, como su homólogo de la Rusia Blanca y las Repúblicas Bálticas, de expulsar a todos aquellos habitantes de otra raza, reemplazados por individuos alemanes, a poder ser antiguos combatientes, como si así se retomara la tradición, vigente desde la República Romana, de conceder tierras a los combatientes como premio por los servicios prestados.

El odio ideológico y racial

El envite de Barbarroja se concibió por y para la supervivencia del Reich, aunque los argumentos esgrimidos podían desmontarse si atendemos al flujo constante de materias primas del coloso comunista hacia el Reich. En esa primavera con aroma a preludio la vía transiberiana transportaba más de cuatro mil toneladas de caucho, y nada hacía prever, pese a un estancamiento en invierno, una disminución del número de mercancías, entre otras cosas por la ceguera de Stalin ante la inminente conflagración.

Los argumentos a favor de la invasión podían desmontarse por el flujo constante de materias primas comunistas hacia el Reich

El 22 de abril el líder georgiano presentó una protesta oficial contra más de ochenta violaciones fronterizas de aviones de la Luftwaffe entre el 27 de marzo y el 18 de abril. Uno de estos aparatos cayó, y al examinarlo se descubrió una cámara, varios carretes de película impresionada y un alzado topográfico de las regiones occidentales de la Unión Soviética. Aun así no se tomaron cartas en el asunto, es más, los mensajes eran de conciliación y entendimiento, quizá con la esperanza de poder recuperar el aliento bélico perdido entre las purgas de 1937-38 y la frustración de la guerra contra Finlandia, saldada con una pírrica victoria, evidencia de la debilidad del Ejército Rojo ante retos venideros de mayor calado.

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Soldados alemanes atraviesan una aldea rusa incendiada en junio de 1941

En marzo de 1941 se ordenó a Heinrich Himmler la preparación de cuatro grupos, los Einsatzgruppen, no más de tres mil hombres, para desempeñar tareas especiales tras las líneas del frente, en esencia ejecuciones en masa de judíos y la potestad del cabecilla de las SS para obrar bajo su sola responsabilidad sin rendir cuentas al estamento militar. El 12 de mayo Hitler emitió la célebre Orden de los Comisarios, según la cual estos, reconocibles por la estrella roja con martillo y hoz de oro cruzadas sobre las mangas, debían ser asesinados de inmediato para eludir su influencia sobre los prisioneros. Eran portavoces de una ideología en las antípodas de la nacionalsocialista y como su patria no estaba adherida a la Convención de la Haya nada acaecería por contravenir leyes internacionales. De poco sirvió la queja de los generales, y si analizamos la cuestión a fondo podemos concluir que, con esta medida, la banalidad del mal se instalaba a sus anchas en la mentalidad de los responsables, pues sus lamentos por desgracia no fueron más allá de un mero berrinche.

Los cálculos de dos paranoicos

Stalin no creyó nunca en la plasmación de Barbarroja, e incluso en sus horas más tempranas, cuando sus aviones estacionados caían víctimas de los bombardeos rivales, buscó pactar una solución. Ante los continuos avisos de diplomacia anglosajona, tanto británica como estadounidense, solía sonreír burlón por los métodos empleados hasta la fecha por su socio, más bien poco sigiloso antes de todos sus golpes. Esta afirmación era un fallo tremendo de apreciación. Cada una de las vigilias había sido distinta, y en esta Hitler, salvo por el ruidoso traslado de divisiones a la frontera, aplicó un clamoroso silencio, sólo roto media hora antes del retumbar de los cañones.

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Medio millón de soldados soviéticos hechos prisioneros en el otoño de 1941

A las tres de la madrugada del 22 de junio de 1941 Friedich-Werner von Schulenberg, ahorcado en noviembre de 1944 por resistencia al nazismo, libró a Molotov la nota recibida desde Berlín. En ella se acusaba con todo el cinismo imaginable a la Unión Soviética de intensificar maniobras de zapa contrarias a Europa, aquí ya se perfilaba el bloque de satélites participantes, y Alemania, además de reprocharle el intensificar una política exterior siempre más afilada contra el Reich y concentrar al Ejército Rojo en el limes con pérfidas intenciones. Al leer esta trilogía de mentiras Molotov empalideció y pronunció una frase para la posteridad: ¿Cree usted, señor embajador, que esta guerra nos la hemos merecido?

A la misma hora se producía una ceremonia casi calcada en la Wilhemstrasse. Ribbentrop zanjó el enfado del embajador soviético Dekanozov, airado por las provocaciones teutonas, con un seco “esta cuestión está superada.” Hitler dormía como un niño pequeño. Antes, con su habitual pompa, había declarado que el mundo contendría el aliento. En Roma, Mussolini, avisado como siempre a altas horas de la madrugada, instó a redactar la declaración de guerra contra la Unión Soviética. La mecha para refundar el infierno acababa de prenderse y sus consecuencias serían terribles.

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