Historia

Nazi bueno, nazi muerto: cómo se prepararon los juicios de Núremberg

Se cumplen 75 años de los procesos del siglo XX donde sin duda lo más interesante fue la tramoya de capturas, suicidios y revelaciones terroríficas

Foto: Jerarcas nazis acusados en los Juicios de Núremberg.
Jerarcas nazis acusados en los Juicios de Núremberg.

Una pantalla llena de luz la sala del Tribunal Militar Internacional en Núremberg. En ese espacio todo es nuevo. Las imágenes muestran cuerpos de los campos de exterminio, hombres escuchimizados, mujeres arruinadas y cadáveres esparcidos entre la arena, medio descuidados por sus captores.

La mayoría del público congregado conoce las imágenes. Joseph Kessel, periodista francés, narra en su crónica de finales de 1945 (el juicio empezó el 20 de noviembre de ese año y las sentencias se dictaminaron el primero de octubre de 1946) cómo de repente los espectadores fijaron su mirada en los acusados, causantes de ese horror fílmico. Estaban hipnotizados por el celuloide, pero al cabo de pocos segundos la fascinación viró en malestar. Hermann Goering apretó la mandíbula. Keitel se cubrió los ojos mientras Julius Streicher, gran antisemita, emanaba miedo en sus ojos, controlable en el antiguo ministro de Asuntos Exteriores Joachim von Ribbentrop, humedeciéndose los labios. Hans Frank, Gobernador General de los territorios ocupados en Polonia, rompió a llorar.

Ese llanto era una asunción de los cargos atribuidos y la impotencia por saberse condenados a muerte, como si ese estrado y todo el inmenso armazón documental de aquellos meses fueran una agonía antes del cadalso. No se equivocaban. Habían llegado a esa situación tras desencadenar la Segunda Guerra Mundial y establecer el infierno en una vasta porción de la Tierra. Sin embargo, este episodio clave de la Historia Contemporánea se veía determinado por infinitud de factores entrelazados entre el ayer y el mañana. Para consolidar el segundo debía generarse una tabula rasa con el primero desde la ejemplaridad y así emitir al mundo la imposibilidad de repetir tantas atrocidades, saldadas con millones de muertos.

Campo de prisioneros nazis en el balneario luxemburgués de Mondorf-Les Bains en el verano de 1945.
Campo de prisioneros nazis en el balneario luxemburgués de Mondorf-Les Bains en el verano de 1945.

Este alud funéreo era increíble, y por ello mismo el léxico y el ordenamiento jurídico debían adaptarse al fenómeno. En su obra maestra 'Calle Este Oeste' (Anagrama) Philippe Sands resume esta situación a partir de dos jueces participantes en el proceso y nacidos en la ciudad ucraniana de Lviv, con anterioridad perteneciente al Imperio Austrohúngaro y por ende símbolo de esa Mittel Europa desgarrada en su diversidad étnica por la obcecación nazi en acabar con todos los elementos ajenos a su credo racial.

'Calle Este-Oeste'. (Anagrama)
'Calle Este-Oeste'. (Anagrama)

Hersch Lauterpacht fue clave en la elaboración del concepto 'crímenes contra la humanidad', uno de los cuatro cargos esenciales contra los imputados, y su paisano Rafael Lemkin elaboró el de 'genocidio' para referirse a las prácticas empleadas por ciertos Estados contra minorías étnicas o nacionales. Ambos eran judíos y perdieron a familiares durante la Segunda Guerra Mundial. Ambos eran hijos de un contexto demasiado reciente para todos los involucrados en Núremberg, elegida como sede de la causa por haber sido la ciudad de las grandes concentraciones nazis donde, justo una década atrás, se aprobaron las homónimas leyes para precisar purezas de raza y preludiar las persecuciones contra la población judía.

¿Cómo hacerlo?

Winston Churchill, furibundo enemigo del Tercer Reich, no quería juzgar a ninguno de los gerifaltes nacionalsocialistas. En su universo lógico bastaba con detener a esa caterva de asesinos, identificar a cada uno y pasarlos por las armas sin necesidad de apelar a tribunales superiores. La radicalidad del método ahorraría los enredos del procedimiento legal. Su postura fue respaldada por un documento del ministro de Justicia de Su Majestad. Para apoyar ese derramamiento de sangre tan contundente se escudaba en precedentes de la Inglaterra Medieval, cuando un jurado preliminar podía declarar proscrito a un delincuente si no se presentaba para dar cuenta de las atrocidades supuestamente cometidas.

Churchill no quería juzgarlos sino identificarlos uno a uno y pasarlos directamente por las armas

La ira del Premier se desvaneció ante la cerrazón de sus socios soviéticos y estadounidenses, con los franceses incluidos casi por cortesía. Para Moscú el juicio era vital desde una serie de antecedentes más bien escabrosos. Cualquier oponente tenía derecho a defenderse, aunque todo el acto fuera una mascarada. Las purgas de los años treinta sintetizarían el porqué del punto de vista soviético, afín al norteamericano por casualidades del destino, pues desde Washington se apostó por "crear lo antes posible un tribunal militar internacional y establecer una norma de enjuiciamiento para garantizar rapidez e impedir evasivas o demoras, no sin enmarcarse en una coherencia propia de nuestra tradicional imparcialidad". Harry S. Truman, sucesor de Franklin Delano Rooseevelt tras su no tan inesperado deceso el 12 de abril de 1945, capitaneaba la operación y era reacio a cualquier otro desenlace.

Ficha policial de Herman Goering.
Ficha policial de Herman Goering.

Anthony Eden, responsable del Foreign Office, clamaba por no cometer el error de 1918, cuando el káiser Guillermo II se salvó de la horca. El Reino Unido solo cedió el 6 de mayo de 1945, durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Organización Internacional, cuando aceptó la propuesta de su primo lejano: los nazis debían ser juzgados por un tribunal internacional militar internacional, con un juez y un fiscal jefe de cada una de las cuatro potencias vencedoras. Este pacto se rubricó de forma definitiva el 8 de agosto con la Carta de Londres, arquitrabe para los juicios de Núremberg, con su complicadísima arquitectura capaz de juzgar a los encausados por crímenes de guerra, contra la paz y la Humanidad, añadiéndose a posteriori el delito de conspiración contra la paz, comprometido como tantos otros matices al ser muy difícil de verificar la intencionalidad del Tercer Reich en su despliegue para conquistar el mundo y proceder desde fechas tan remotas como 1933 hacia esa meta.

Hitler, Himmler, Goebbels y los demás

Antes del 30 de abril de 1945 uno de los grandes miedos de los aliados era enjuiciar a Hitler al temer el genio del dictador para reconducir el rumbo de los acontecimientos a su favor. Su suicidio no terminó con ese pavor. La Unión Soviética daba fe de la desaparición del líder, no así las habladurías recogidas en la prensa de aquel entonces, con suculentas informaciones sobre el Führer en Irlanda travestido de mujer. Como el cuerpo se había esfumado entre las llamas producto de la gasolina prendida al lado del bunker se dudó mucho sobre si incorporarlo al elenco de criminales de guerra, donde en cambio sí figuró su secretario Martin Bormann, cuyo cadáver no se descubrió hasta 1972 en Berlín.

Uno de los grandes miedos de los aliados era enjuiciar a Hitler al temer el genio del dictador para reconducir el rumbo de los acontecimientos

Goebbels y Himmler tampoco podían sentarse en el banquillo. El genio de la propaganda se pegó un tiro de gracia tras descerrajar otro contra su mujer. Antes, la inmensa camada del breve canciller, lo fue solo durante veinticuatro horas, expiró entre inyecciones de morfina y cápsulas de cianuro para endulzar su último sueño. Quien también se aplicó esa medicina fue Heinrich Himmler, quien tras ser capturado evitó someterse a Núremberg suicidándose el 23 de mayo de 1945 ante el estupor de un médico norteamericano, alucinado ante la negativa del prisionero a abrir la boca mientras detonaba el veneno en su interior.

Hitler y Goebbels.
Hitler y Goebbels.

Los otros grandes capitostes fueron encarcelados poco a poco. El principal superviviente fue Hermann Goering, rindiéndose a tropas estadounidenses, confiado en tener un mejor trato, el sueño utópico de un armisticio por separado y evitar al ejército rojo. Tras su arresto, ni corto ni perezoso, convocó una conferencia de prensa, inútil por la prohibición de Eisenhower de publicar cualquier exclusiva sobre la misma.

¿Quién debía ser criminal de guerra? Los nazis detenidos en el balneario luxemburgués de Mondorf-Les Bains y el castillo de Kransberg eran solo los rostros reconocibles del horror, conocido por los hechos e ignorado en sus estructuras, de ahí la trascendencia de los interrogatorios a los cautivos, vigilados día y noche por guardias y sometidos a un régimen alimenticio de mil quinientas calorías diarias para igualar su ración a la servida por los aliados al resto de alemanes. Esas sesiones de preguntas y respuestas se efectuaron desde un intachable respeto, y según Richard Overy, autor del excelente 'Interrogatorios' (Tusquets), ese trato de caballeros provocó la verborrea de los interlocutores, algunos excesivos en querer agradar como Albert Speer y otros sumidos en farsas amnésicas como Rudolf Hess, quien durante la celebración del juicio confesó haber simulado su desmemoria, tal como previeron los psicólogos.

Los mil entresijos de Núremberg

La preparación de Núremberg es casi más fundamental que los once meses del juicio. Los aliados pudieron observar con mucha atención cómo la ausencia de Hitler y Himmler derivó en una especie de exculpación generalizada como consecuencia de la obediencia debida. Como el Führer estaba en la cúspide los demás se calificaban como peleles a las órdenes de ese ente superior, fascinante para sus subordinados, quienes por temor a represalias se limitaron a cumplir con su cometido. La banalidad del mal, acuñada por Hannah Arendt tras el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, se insinuaba entre bastidores.

Esta postura se contradecía con una flagrante falta de arrepentimiento, más palpable si cabe en Goering. Sus declaraciones casi justificaban todo ese entramado trasnacional donde nació la traducción simultánea moderna de la mano de IBM por mor de la inmediatez anhelada, más vital si cabe porque el juicio principal solo era la guinda de un pastel, con otros doce procesos contra jueces, doctores, industrias químicas, empresas como la Krupp y organigramas del Tercer Reich sin los que no hubiera podido apuntalar toda su funesta maquinaria.

Como el Führer estaba en la cúspide los demás se calificaban como peleles a las órdenes de ese ente superior, fascinante para sus subordinados

Por lo demás los claroscuros abundan. Hoy en día queda claro cómo los mismos enjuiciadores podían haber padecido el mismo trance si atendemos al secretismo del pacto germano-soviético de agosto de 1939 o a los bombardeos ingleses sobre suelo alemán, recuperados desde esta tesitura criminal por W. G. Sebald en 'Sobre la historia natural de la destrucción'.

Estos temas y otros se ocultaron porque el juicio se englobaba en la tarea de desnazificar Alemania tras la guerra. Las placas de las calles se vaciaron de tantas esvásticas y ponderaron valores democráticos. Los habitantes cercanos a los lager fueron impelidos a visitarlos para impedir cualquier desmentido de lo acaecido entre hornos y vallas de espino. A finales de 1945 este empeño iba viento en popa y Núremberg era la ratificación mundial para eliminar a los mayores responsables y enhebrar un futuro descargado de ese virus, con tanta fuerza como para sacar lo peor de una nación tan prestigiosa en tantos ámbitos, de la cultura a la tecnología.

Palacio de Justicia de Núremberg donde se desarrollaron los juicios principales a los jerarcas nazis.
Palacio de Justicia de Núremberg donde se desarrollaron los juicios principales a los jerarcas nazis.

Poco antes del 20 de noviembre Robert Ley, uno de los veinticuatro custodiados, se ahorcó con una toalla húmeda atada al retrete de su cubículo. Durante las sesiones solo Albert Speer se declaró arrepentido. Era el más listo de la banda y logró con creces su redención pese a los veinte años de prisión emanados por el fiscal Jackson y sus homólogos de la Unión Soviética, Francia e Inglaterra, convencidos desde el minuto cero de la culpabilidad de los jerarcas, otra mancha en el juicio subsanada con la absolución de eslabones débiles como Franz Von Papen, Hans Fritzsche o Hjalmar Schacht. Así, con la libertad de este trío conservador, se guardaban las apariencias de justicia y equidad. Wilhem Frick, Alfred Jodl, Wilhem Keitel, Ernst Kaltenbrunner, Joachim von Ribbentrop, Alfred Rosenberg, Fritz Sauckel. Julius Streicher y Arthur Seyss Inquart fueron ejecutados la noche del 15 al 16 de octubre de 1946. Rudolf Hess, Erich Raeder y Walter Funk recibieron cadena perpetua, Baldur Von Schirach a veinte años de reclusión, Konstantin Von Neurath a quince y Alfred Dönitz, heredero de Hitler, a diez.

Hermann Goering burló todo el dispositivo de control, suicidándose en su celda tras ingerir cianuro potásico. Durante el juicio estalló en carcajadas cuando se reprodujo una conversación suya con Von Ribbentrop en 1938, durante los prolegómenos del Anchluss austríaco. Reía entre la histeria de ser cazado en ese paripé, tanto él como el Ministro de Asuntos Exteriores eran conscientes de ser registrados desde el espionaje británico, y el recuerdo de sus fechorías. Su última risotada retumbó silenciosa en los pasillos, helados por el truco de evitar la soga para darse muerte sin ceñirse al protocolo estipulado.

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