La mala suerte geográfica de la ciudad que vio nacer a Kant (y arrasó el Ejército Rojo)
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La mala suerte geográfica de la ciudad que vio nacer a Kant (y arrasó el Ejército Rojo)

El filósofo, que nació cuando Kaliningrado se llamaba Königsberg y era prusiana, es todavía el eje del debate identitario desde los años noventa en Rusia y fuente habitual de tensiones

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Königsberg, devastada por el bombardeo soviético

La última semana de agosto de 1944 fue nefasta para Königsberg, en Prusia Oriental. La Royal Air Force Británica la bombardeó durante cuatro noches. La belleza de la ciudad báltica pereció entre las llamas, convirtiéndose en un mar de ruinas con más de cinco mil fallecidos, doscientos mil habitantes sin techo y el centro de la villa medieval, donde se coronó Federico I como Rey de Prusia en 1701, la catedral y muchos otros tesoros desaparecidos casi para siempre.

Era una antesala del gran desastre, el preludio de ser más aun una rareza. El 25 de enero de 1945 el Ejército rojo llegó a sus puertas y según la leyenda sus soldados, sedientos de venganza, catapultaron toda su ira contra la población civil alemana al ver sus viviendas con jardín, brillantes y magníficas, paradigma de un nivel de vida tan sensacional como para no deber plantear ninguna guerra como la vivida desde el 22 de junio de 1941, cuando detonó la Operación Barbarroja y las tropas nazis abrieron tres frentes en la Unión Soviética.

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Esos jóvenes eslavos no necesitaban de ese acicate para convertirse en un flagelo incombustible, causantes de un éxodo de más de dos millones de personas hacia los territorios del Reich, en fuga y expulsados por el invasor, lento en conquistar la urbe portuaria ante la resistencia de la Wehrmacht. No se enarboló bandera blanca hasta el 9 de abril de 1945, poco antes del inicio de la batalla de Berlín.

Reparto de cromos para la URSS

Tras la rendición incondicional nazi llegó la hora del reparto. En 1944 Churchill y Stalin habían dibujado en Moscú los porcentajes con su influencia en los territorios liberados, pero el tío Joe quería ir mucho más allá y aspiraba a un botín de otro calado, devorador. Antes del Telón de Acero no tuvo problemas en obtener la parte norte de Prusia Oriental, rubricándose su anexión durante la Conferencia de Postdam, última concordia de los Aliados antes de la carrera hacia la Guerra Fría.

En un principio se pensó en conceder la pieza a la RSS de Lituania, adjudicándose a Rusia desde el simbolismo de ocupar quince mil quilómetros cuadrados usurpados al Tercer Reich hasta alterar por completo la tipología de Prusia Oriental; cien mil de los ciento veinte mil supervivientes en abril de 1945 murieron por hambre, violencia o enfermedad. El resto fueron deportados a la República Federal Alemana, reemplazándose por ciudadanos soviéticos de varias regiones, y con ellos se procedió al lavado estético, con los edificios de origen alemán derruidos para ensalzar la gris funcionalidad comunista y enterrar, a priori, cualquier atisbo del pasado.

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Fue una de las grandes derrotas alemanas en la II Guerra Mundial

Para remachar ese año cero quiso morirse Mijaíl Ivanovich Kalininin, el presidente oficial del Soviet Supremo y fiel seguidor de todos los dictámenes de su amo, como aprobar durante la primavera de 1940 la orden para ejecutar en Katyn a más de veinte mil ciudadanos de Polonia. Stalin, no sabemos si muy afectado, mató dos pájaros de un tiro porque conseguía borrar Königsberg del mapa, o más bien su topónimo, demasiado alemán, y homenajear al compañero de fatigas. Así fue como nació Kaliningrado, entre 1946 y 1991 inaccesible a los extranjeros y a los soviéticos de otras regiones, un bastión de lo rusificador y un enigma por su ausencia, inexistente en las imágenes, ausente de testimonios, invisible para el resto del planeta, como su territorio colindante, el Oblast ruso de Kaliningrado.

El oasis y la iglesia

Uno de los primeros europeos en visitar la región fue el escritor francés Jean-Paul Kauffman, quien en su libro 'Outre-Terre' nos proporciona apuntes muy valiosos para comprender la esencia de este gran interrogante. Su viaje a Kaliningrado se argumentaba a partir de querer visualizar el campo de la batalla de Eylau, hoy en día Bagrationovsk, donde comprobó como la pintura de Gross tras el combate era fidedigna en su plasmación de ese gris celestial único, intrigándose mucho por la iglesia, referencia en el cuadro, convertida en una fábrica, y más aún por la denominación del Oblast, más allá de la tierra, ajeno a la misma.

Durante la batalla de febrero de 1807 no se supo nunca a ciencia cierta el ganador. Napoleón la brindó como tal desde la propaganda, con su fuero interno roído por los acontecimientos del día, salvado por la proverbial carga de caballería de Murat. Ese aroma de no saber el ganador entre los dos bandos también flota en la novela 'El coronel Chabert', de Honoré de Balzac. El militar dado por muerto y revivido sin nadie dispuesto a devolverle lo perdido durante unos segundos, durante el fragor de un punto de no retorno.

Kauffmann, un autor por desgracia muy desconocido en España, advierte una traza del camino. Los raíles del tranvía siguen los mismos recorridos que en la época prusiana de Kaliningrado. De este modo recuperar su legado sería posible al no irse nunca del todo, como si se respirara en el ambiente.

No adelantemos acontecimientos. La gran paradoja para Kaliningrado fue 1991 y la disolución de la Unión Soviética. De ser punta de lanza devino un núcleo ruso aislado entre Polonia y Lituania, casi como si fuera el reverso de la moneda del corredor de Danzig de 1939, cuando distaba centenares de millas de la madre patria, como ahora mismo, entonces con Alemania.

Kaliningrado, como Trieste, son sitios en tensión permanente, fuente de una anómala energía y una crisis perpetua

A veces abusamos de la palabra enclave. El Oblast de Kaliningrado lo es, así como Trieste y sus aledaños. Ambos comparten en distintas fases históricas ser un punto aislado rodeado de un universo hostil, aunque cercano. Esto último dio al Puerto Franco del Imperio Austrohúngaro una singularidad étnica y cultural por la mezcla de italianos, eslovenos y germano parlantes entre el comercio, el café y una explosión literaria en la vanguardia de su tiempo. Son sitios en tensión permanente, fuente de una anómala energía y una crisis perpetua. Son renombrados, salen en todos los planisferios y, sin embargo, conservan una idiosincrasia independiente, de república delimitada en lo físico y lo mental, con otras fronteras sobre el papel.

No sabemos si la actual Kaliningrado pretenderá tanto, tampoco puede programarse la primavera, pero reúne una serie de vasos comunicantes, como la salida del armario de las minorías nacionales lituana, polonesa y alemana o la reivindicación del patrimonio alemán, conectándolo con lo ruso desde la objetividad e importancia de sus respectivos legados, con muchos carteles con Königsberg igualándose a Kaliningrado, un paso más hacia una reformulación ideológica inspirada en su fundación moderna de 1724, cuando se unieron las tres villas de su escudo.

Kant nunca se irá

Ese mismo año nació el único reclamo turístico de la capital del Oblast, gran ciudad, en el centro de un Estado que reúne las asambleas del gobierno, una universidad y una situación favorable al tráfico marítimo, permitiendo un comercio fluvial entre el interior del país y territorios limítrofes, de diferentes costumbres y lenguas.

placeholder Estatua de Kant en la actual Kaliningrado
Estatua de Kant en la actual Kaliningrado

Así veía Immanuel Kant su Königsberg, ese monte real donde era un relojero por la puntualidad de sus paseos, tan fundamentales para adentrarnos en la esencia del yo, quizá por haber asumido la representación exterior, siempre la misma, hasta destapar la conciencia interior, con su imperativo categórico siempre vigente.

Kant murió en 1804 y fue enterrado en la cripta de la catedral. En 1880 se sacaron sus huesos para trasladarlos a una capilla en su honor. La iniciativa popular llegó a buen puerto, pero cuando sacaron los restos mortales del filósofo descubrieron la presencia de otro esqueleto en el sepulcro, jamás identificado. Reposó desde 1924 en un mausoleo adyacente a la catedral, y el verbo tiene toda su intención, pues su milagrosa salvación tras la invasión soviética no evitó verlo saqueado en 1950 por unos ladrones a la búsqueda de joyas y otras fortunas, perdiéndose los despojos del autor de 'Crítica de la razón práctica'. Su tumba ahora es un cenotafio, como el florentino de Dante.

Kant nunca se irá y suscita pasiones en Rusia. Durante el periodo soviético fue bien tratado por ser un antecedente para el marxismo

Kant nunca se irá y suscita pasiones en Rusia. Durante el periodo soviético fue bien tratado por ser un antecedente para el marxismo. En 2013, muchos la creerán una noticia inventada, un hombre recibió un disparo durante una discusión sobre el filósofo. Ignoramos si los habitantes de Kaliningrado son tan aguerridos como los borrachos de Rostov del Don. Kant es el eje del debate identitario desde los años noventa. En 2018 se propuso su nombre para el aeropuerto de Kaliningrado. Encabezó las encuestas, quedando relegado al segundo lugar por Isabel I tras una furibunda campaña, con folletos nacionalistas acusándole de traidor, pintadas en su cenotafio y declaraciones de un vicealmirante de la Flota rusa del Báltico criticándolo por escribir textos incomprensibles que nadie lee ni leerá. La victoria de estos postulados amenaza entroncar la hegemonía ideológica de Moscú en ese oasis, siempre manifestándose en masa como muestra de su relativa independencia.

En su plaza central la estatua de Kant convive con un tanque T-34, reconocible como emblema del triunfo contra los nazis y memoria de cómo Königsberg cedió a Kaliningrado

Al otro lado del ring están sus partidarios. Entre sus propuestas figura rebautizar Kaliningrado por Kantogrado, algo contundente por eliminar al secuaz de Stalin de la ecuación y sutil por el sufijo. La sola existencia de una disensión capaz de hilvanar un contrapunto desmiente la habitual cantinela nacionalista. La discrepancia es natural. Lo preocupante son los métodos empleados por algún contendiente. La realidad exhibe asimismo en lo simbólico los dos lazos para configurar un carácter.

En su plaza central la estatua de Kant convive con un tanque T-34, casi la perfección de su especie, reconocible como emblema del triunfo contra los nazis y memoria de cómo Königsberg cedió a Kaliningrado. Kant, todo conduce a esta letra, parece aplacar toda esa exaltación conquistadora y producir un equilibrio en la balanza. No mucho más lejos, donde descansaba, su epitafio reza “Dos cosas me llenan la mente con un siempre renovado y acrecentado asombro y admiración por mucho que continuamente reflexione sobre ellas: el firmamento estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí.” Podemos leerlo in situ en ruso y alemán. La mujer de Vladimir Putin es de Kaliningrado.

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