Grecia 1940: la tumba de Mussolini (y de Hitler)
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Grecia 1940: la tumba de Mussolini (y de Hitler)

En los regímenes de carácter totalitario un buen indicio de acciones contundentes se halla en el aniversario del origen. Esa es la única similitud, por ejemplo,

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Soldados italianos cargan un cañón durante la incursión italiana en Grecia en 1940

En los regímenes de carácter totalitario un buen indicio de acciones contundentes se halla en el aniversario del origen. Esa es la única similitud, por ejemplo, entre Benito Mussolini y los Bonaparte. Si Napoleón se autocoronó el 2 de diciembre de 1804 y venció en Austerlitz trescientos sesenta y cinco días más tarde, su sobrino también eligió esa jornada para endosarse la púrpura y significar esa hoja del calendario como un asunto crucial en el curso del tiempo desde su poder.

Para el Duce el 28 de octubre era el día por excelencia. En 1922 había tumbado la fragilidad del Estado con la Marcha sobre Roma y en 1940 atendía la llegada de su principal aliado en la estación florentina de Santa María Novella. Adolf Hitler bajó de la locomotora, ambos dictadores se abrazaron y un joven de quince años anotó en su diario íntimo sus impresiones sobre el encuentro. Para Giorgio Santarelli, Mussolini era tal cual lo había imaginado; en cambio Hitler le resultó un hombrecito insignificante, recordándole a esos tipos apostados al lado de las escuelas napolitanas para ofrecer masa frita con relleno a los estudiantes.

Ese señor con bigotito no tenía aspecto de haber puesto el Globo Terráqueo a sus pies, pero ese era su objetivo y su mes de octubre había sido un incesante ir y venir por varios países europeos a la búsqueda de corroborar alianzas para dinamitar al precario Imperio Británico. La primera cita del Führer fue el 23 de octubre, en Hendaya. La larga reunión con Franco fue un fracaso sin parangón entre la verborrea del vencedor de la Guerra Civil y sus alocadas pretensiones sin pegar un palo al agua. Al fin y al cabo, el único lance patrio durante la Segunda Guerra Mundial fue la toma de Tánger en junio de 1940, y no era precisamente un prodigio, sólo un aprovechamiento de las circunstancias a partir del desmoronamiento francés en el Viejo Mundo.

placeholder Reunión entre Mussolini y Hitler
Reunión entre Mussolini y Hitler

La segunda parada de ese tour nefasto fue la visita al Mariscal Pétain, héroe de la Primra Guerra Mundial y líder de la Francia liberada sólo de palabra del yugo alemán. La implicación de Vichy en el esfuerzo bélico podía ser fundamental por la importancia de las posesiones coloniales de esos vencidos, reducidos a resarcir con dominios del Reino Unido en Ultramar. Hitler no arrancó promesas de nada y se dispuso a un último hálito de esperanza. Mussolini, su antigua inspiración, era mediocre y también útil, un mal menor a controlar para atar bien los cabos de la embarcación del eje.

El Duce, pese a la pésima situación transalpina, aún creía en la posibilidad de equilibrio con el Tercer Reich. Lo demostró esa misma mañana, cuando anunció a su homólogo nazi la invasión de Grecia, acaecida pocas horas antes. De este modo se desquitaba de su frustración por ir siempre detrás de su gran amigo, al menos sobre el tapete. Ahora era Italia quien podía presentar hechos consumados, desagradables para Berlín, reacia desde verano a ninguna empresa en los Balcanes desde la preocupación por las zonas petrolíferas de Rumania y un hipotético desembarco aliado en la península helénica.

El desastre fascista

Mussolini dudó mucho antes de entrar en guerra. Iba a rebufo de su entusiasta cómplice y no podía ofrecerle ningún tipo de garantías pese a enmascarar muy bien una realidad apabullante por nefasta. El fascismo inauguró fastos ideológicos y marcó cierto camino, pero sus estructuras políticas fueron baldías para organizar la marcha hacia las armas, tanto como para exhibir su debilidad sin par una vez estas coparon todo el protagonismo. Ello se debió, entre muchos otros motivos, a un ejército precario, una industria bélica misérrima, en 1941 Estados Unidos fabricaba en una semana la producción anual de aviones italiana, y un escaso apego cívico a los ideales propugnados por el Régimen.

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El 10 de junio de 1940 el Duce declaró la guerra a Francia y Gran Bretaña en el proverbial balcón de piazza Venezia

El 10 de junio de 1940 el Duce declaró la guerra a Francia y Gran Bretaña en el proverbial balcón de piazza Venezia. Las escaramuzas con el vecino galo se saldaron con una victoria pírrica fruto del armisticio del 22 de junio en el vagón donde, asimismo, se rubricó la derrota germánica en la Gran Guerra. Mussolini tenía en su haber dos ases pasados para vanagloriarse y otro fruto de los sedimentos históricos. En 1935 nació el Imperio con la conquista de Abisinia, condenada por la Sociedad de las Naciones sin ningún efecto práctico. En abril de 1939, casi en coincidencia con nuestro cautivo y desarmado, desbarató la independencia albanesa.

Para posibilitar sus ansias de hegemonía mediterránea Libia, colonia de la bota desde 1911, suponía un buen punto de arranque. Movido por la urgencia ordenó al general Graziani cruzar la frontera egipcia el 9 de septiembre de 1940. Su contingente avanzó unos cien quilómetros, hasta la localidad de Sidi Barrani, donde se paró por falta de suministros, acicate perfecto para los ingleses, quienes contraatacaron a través de reforzar el número de soldados en el país de los faraones. Anular a Graziani, inepto como la mayoría del alto mando fascista, fue un juego de niños para la Commonwealth, culminado con la toma de la Cirenaica.

En el instante de la ofensiva casi la mitad del ejército se hallaba enfrascado en recoger la cosecha o trabajar en las fábricas

Todas estas apuestas del tablero se vieron determinadas por el liderazgo de su inductor, Mussolini, eufórico por invadir Grecia desde Albania sin importarle en demasía la desmovilización previa de sus tropas tras la breve campaña francesa. En el instante de la ofensiva casi la mitad del ejército se hallaba enfrascado en recoger la cosecha o trabajar en las fábricas, y eso muestra el amateurismo de su envite, aplacado por los helénicos hasta penetrar en territorio albanés, bien secundados por la Royal Air Force. Ante esta tesitura Roma relevó a varios generales, todos ellos calamidades, como Ubaldo Soddu, más interesado en escribir bandas sonoras para el cine mientras sus soldados sucumbían al empuje de su oponente hasta febrero de 1941, cuando el frente se estabilizó para remediar ese esperpento.

La furia de Hitler y el principio del fin

Dos semanas después del 28 de octubre el Estado Mayor de la Kriegsmarine dirigió a Hitler un memorando devastador. El bochorno fascista en Grecia afirmaba la posición británica en el Mare Nostrum y reafirmaba su prestigio mundial, algo realzado al no comprender los italianos la situación, con un comando paupérrimo y fuerzas inútiles en aprehender las esencias para desencadenar las operaciones requeridas y llevarlas a buen término con la autoridad y el ritmo acelerado que debía imponerse. El austríaco tomó nota y no se dejó convencer porque en su mente figuraban otras prioridades, con la Unión Soviética como suprema meta ideológica para apuntalar lo escrito durante los años veinte en el Mein Kampf, en retrospectiva un aciago y sensacional aviso para navegantes.

Los planes de Hitler en el Mediterráneo eran tan fabulosos como inverosímiles. En la directriz 18 desplegó tres operaciones. La Félix abarcaba la toma de Gibraltar, del archipiélago español de las Canarias y las islas portuguesas de Cabo Verde. La Isabel pretendía ocupar Madeira, las Azores e incluso el mismo Portugal, sometida a tres divisiones reunidas en la frontera hispano lusa. Por último, se confiaba en la intervención de ciertas unidades francesas para asegurar la defensa del Magreb contra los británicos.

En febrero de 1941 Erwin Rommel fue enviado a África para remediar el desaguisado de ese socio demencial

Todo esto era papel mojado y sólo los acontecimientos hicieron virar la rueda desde una doble vertiente. En febrero de 1941 Erwin Rommel fue enviado a África para remediar el desaguisado de ese socio demencial. Poco después los alemanes realizaron una serie de movimientos como antesala de su entrada en el escenario balcánico para asegurar ese flanco ante la inminencia de la Operación Barbarroja, prevista para mediados de mayo. Esta última frase podría desbaratar el mito según el cual Mussolini arruinó las posibilidades de victoria nazi. Antes de deducir con precipitación es mejor temperar el pensamiento y analizar tantas vicisitudes. Para la Wehrmacht terminar con Grecia y Yugoslavia fue un paseo con consecuencias más bien ominosas por un exceso de vehemencia y una obstinación enfermiza contra la raza eslava y el comunismo soviético, aún en tratos con Alemania por el pacto de no agresión del 23 de agosto de 1939.

La incompetencia fascista en los Balcanes y África del Norte, refrendada en noviembre de 1940 con el hundimiento de buques de guerra en Taranto en un blitz de la RAF, supuso demorar Barbarroja hasta junio de 1941, ignorándose las súplicas del Almirante Raeder, para quien precipitarse contra la Unión Soviética era un disparate si antes no se eliminaba del Mediterráneo la potencia británica. Haciéndolo podían centrarse todos los ánimos contra Rusia al tener el flanco continental bien cubierto. De no de ser así era fácil diagnosticar un vendaval imprevisible por la siesta parcial norteamericana, un gigante dormido ya entregado a la ayuda a su primo isleño, en grandes dificultades, pero tranquilo por ese maná caído del cielo en forma de miles de millones de dólares para tanques, aviones, suministros, municiones, balas y alimentos.

Ese mes de retraso como encrucijada también es un lugar común. Estos siempre encierran una parte de verdad. Las torpezas mussolinianas fueron ingentes y lo supeditaron a la potencia alemana. Constataron el statu quo y propiciaron el respiro británico, aun así a la deriva en los meses venideros, cuando el mundo contuvo el respiro. Giorgio Santarelli fue poético en su metáfora florentina. Lo increíble, oculto en sus apreciaciones, es recordar cómo ese bigotito con pinta de repartir masa frita con relleno era un caballo desbocado hacia su propio ocaso por obcecarse en la fortuna del presente. Apagar fuegos colaterales y seguir ese estropicio denominado destino fue el prolegómeno para cavar su tumba espeluznante, donde yacerían millones de europeos.

Segunda Guerra Mundial