Los escritores de obituarios sí que saben divertirse: "El trabajo no nos va a faltar"
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ARTE Y HUMOR NEGRO

Los escritores de obituarios sí que saben divertirse: "El trabajo no nos va a faltar"

Hablamos con Adam Bernstein, editor de las necrológicas del 'Washington Post' y presidente de la Sociedad de Escritores de Obituarios, sobre el arte de escribir sobre los muertos

placeholder Foto: Harrison Smith de 'The Washington Post', Hillel Italie de 'AP', Maureen O'Donnell de 'Chicago Sun-Times' y Tom Hawthorn, colaborador de 'The Globe and Mail', ganadores de los Grimmys de 2019.
Harrison Smith de 'The Washington Post', Hillel Italie de 'AP', Maureen O'Donnell de 'Chicago Sun-Times' y Tom Hawthorn, colaborador de 'The Globe and Mail', ganadores de los Grimmys de 2019.

¿Cuál es el colmo de un periodista? Que lo atropelle una rueda de prensa. Imagínese que mientras Iniesta marca su gol en la portería de Stekelenburg, los periodistas deportivos de España no estuviesen en Sudáfrica sino en algún rincón de La Mancha, celebrando su reunión anual. Algo semejante ocurrió en junio de 2004, cuando Ronald Reagan pasó a mejor vida y todos los grandes escritores de obituarios de Estados Unidos estaban de cena.

Enclave: Las Vegas. Pero no Las Vegas (Nevada), sino Las Vegas (Nuevo México), un pequeño pueblo a dos horas de Albuquerque. “Recuerdo vívidamente que en mitad de una conferencia alguien sacó uno de esos teléfonos móviles enormes de la época y de repente gritó: ‘¡Reagan ha muerto!’. Todos nos levantamos y salimos corriendo para llamar a la redacción”.

Es la maldición del escritor de obituarios: uno nunca está ahí para verlo. Quien cuenta la anécdota es Adam Bernstein, editor de la sección de necrológicas de ‘The Washington Post’ desde hace 15 años y, a la sazón, presidente de la SPOW, es decir, la Society of Professional Obituary Writers. Seguramente, una de las asociaciones más divertidas de todo EEUU, que también incluye a trabajadores de funerarias y profesionales de los panegíricos.

"Decían que esto era de borrachos y becarios, pero aquí están las mejores historias"

La SPOW celebra anualmente la ObitCon, equivalente macabro de la ComicCon, con su correspondiente entrega de premios, los Grimmys, juego de palabras entre 'grim' ('lúgubre') y Grammys, que reconoce cada dos años las mejores necrológicas. No dejen de visitar su tienda de ‘merchandising’, donde pueden adquirirse tazas con la inscripción “Keep calm and write obits” o una camiseta con el logo de la organización, que obviamente reza “Memento mori”.

“Son todos unos personajes”, explica Bernstein a El Confidencial vía Zoom. En la gala del año 2019, se puede ver a Tom Hawthorne, de ‘The Globe and Mail’, recibiendo su premio a toda una carrera. “Pensaba, por lo que se decía en la redacción, que esto de escribir obituarios era para borrachos, perdedores y chavales que están empezando, pero no, es donde están las mejores historias”. Hay algo de grupo de apoyo a lo Alcohólicos Anónimos en la ObitCon, como reconoce el propio Bernstein. No es fácil ganarse la vida escribiendo obituarios: “Cuando nos reunimos y compartimos nuestras frustraciones, nos sentimos menos solos”.

La ObitCon de 2019, recogida por CBS.

El repertorio de miembros de la SPOW es fascinante. Desde John Pope, del ‘The Times-Picayune’, y autor de ‘Getting Off at Elysian Fields’, un monográfico sobre los funerales de Nueva Orleans, hasta Kay Powell, del ‘Atlanta Journal’, apodada 'la decana del ritmo de la muerte', con más de 2.000 obituarios a sus espaldas. En algunos casos, estos periodistas son más fascinantes que sus retratados. El covid ha acabado por ahora con la ObitCon, pero la retomarán en cuanto puedan. Son los incomprendidos de la profesión, como el enterrador del pueblo en un ‘western’.

Tienen dos cosas en común: un cierto humor negro y considerar que el obituario puede ser el 'summum' del arte periodístico. “Las noticias de la mañana se olvidan por la tarde, son desechables, efímeras, pero los obituarios tienen una vida más larga”, razona Bernstein, que deja caer que tiene una primicia entre manos, pero todavía no puede hablar de ella. “Son los artículos definitivos sobre la responsabilidad de cada persona, porque es el balance que va a quedar, a veces para mejor, a veces para peor”. Los escándalos pasan, la muerte es para siempre.

"Mujeres gánsteres, Guinness, lobistas de dictadores: esos son los interesantes"

Un género que, aun incomprendido, ha ganado impulso en los últimos años gracias a la prensa ‘online’. Aunque el tamaño de las redacciones se ha reducido, como lamenta Bernstein, siguen siendo clave para el medio. “Si sacas un obituario en minutos, tienes cientos de miles de clics; si no eres el primero, decenas de miles, y si lo sacas después de un par de días, unos pocos miles”, explica. “La gente va a buscar el obituario que quieren leer en tu medio y, si no lo encuentran, no van a volver”.

El arte de una buena necrológica

Bernstein pospone nuestra primera cita porque está trabajando en un texto urgente. Se trata del obituario de Dianna Ortiz, la monja estadounidense secuestrada en Guatemala que denunció la complicidad de EEUU. La clase de obituario que le gusta. “Era un drama”, explica. “No hay nada peor que un obituario que es una lista de trabajos y éxitos. Eso, e intentar que todo el mundo se convierta en un héroe. Ella se enfrentó a gente poderosa y fracasó, pero, de alguna forma, tuvo éxito. Un obituario puede consistir en que alguien rinda cuentas, pero, en otras ocasiones, se trata de que a través de ellos los gobiernos rindan cuentas”.

placeholder Adam Bernstein, retratado en Chile. (Cedida)
Adam Bernstein, retratado en Chile. (Cedida)

En nuestro país, escritores como Andrés Trapiello se han dedicado con frecuencia a los obituarios, un género asaltado por literatos cada vez que una celebridad muere. El modelo anglosajón mezcla la sobriedad con la elocuencia y el humor. Eso es lo que llevó a Bernstein al negocio. “Tenía 21 años y a esa edad uno no piensa en la muerte, menos en los obituarios, pero mis padres me enviaban recortes de prensa y me mandaron el que el ‘New York Times’ había publicado sobre el inventor del Zoot Suit”, recuerda. Era 1996. “Me hizo darme cuenta de que podía ser divertido, así que me acerqué al editor y le pregunté si podía escribir obituarios. Su reacción fue: '¿Qué me estás contando?”.

La muerte de uno de los redactores de obituarios del ‘Post’ fue, irónicamente, lo que le llevó a la sección en 1999, de la que pasaría a ser jefe en 2006. “Me hicieron 11 entrevistas, nadie entendía por qué quería presentarme, y yo les explicaba que el género presenta muchas posibilidades porque mezcla historia, investigación y divulgación”, añade. Antes de ser periodista, Bernstein escribió una obra de teatro de un acto: era una comedia. “Por supuesto, no siempre puedes usarlo, pero es una buena manera de atraer a la gente a tu historia, que es de lo que se trata”.

"Tuve que escribir el obituario de la exmujer de mi editor y salí ileso"

Hablemos de su obituario preferido, el de Edward Von Kloberg III: “Era el lobista de la peor gente. De Sadam Huseín, de Mobutu, de la Junta de Guatemala. Tuve la oportunidad de entrevistarle para prepararlo. Le dije: ‘No quiero que hablemos todo el rato de lo bueno que eras y de lo poco que te han comprendido’, y me respondió: ‘No, no, ¡he sido una persona espantosa!’. Quedamos y me contó todo. Cuando Huseín era aliado de EEUU contra Teherán, cada vez que en un periódico aparecía una carta al director en la que alguien decía: ‘Hay que apoyar a Sadam contra esos tiranos de Irán’, le pasaba una factura al Gobierno iraquí diciendo: ‘He conseguido meter esto en prensa’. Era un estafador, pero daba mucho color, y esos son los más interesantes”.

Otro ejemplo, el de William Goldman, autor de ‘La princesa prometida’, ‘Todos los hombres del presidente’ y ‘Dos hombres y un destino’, que empieza así: “Con una mala resaca, el detective se levanta de una butaca plegable en su oficina. Apaga el televisor que ha estado encendido toda la noche, hunde su cabeza en agua helada, se arrastra hacia la cocina y prepara una cafetera antes de darse cuenta de que se ha quedado sin café”. Es la escena inicial de ‘Harper’: “Describir esa escena es la mejor manera de que te interese su historia”.

placeholder El logo de la Society of Professional Obituary Writers.  (Logo: Reid Rosati)
El logo de la Society of Professional Obituary Writers. (Logo: Reid Rosati)

“He escrito sobre gente que ha cruzado el océano sola, mujeres gánsteres, premios Guinness, lobistas de dictadores, y esa es la gente sobre la que merece la pena escribir”, recuerda Bernstein. “Siempre he pensado que la mayor mina se encuentra en toda esa gente que está por debajo de las figuras más conocidas, porque es la que hace la vida más colorida, no alguien famoso y predecible”, dice Bernstein. “Un antiguo jefe me decía que había que escribir sobre los físicos nucleares como si fuesen estrellas de cine y sobre las estrellas de cine como si fuesen físicos nucleares. La idea es ¡sorprende a la gente!”.

¿El más complicado? “Bueno, tuve que escribir el obituario de la exmujer de uno de los dueños del ‘Post”, recuerda mientras arquea las cejas. “Era terreno minado, pero salí indemne”. Un consejo: no fiarse demasiado de la memoria familiar, porque suele ser vaga (o, directamente, mentirosa), y acudir a la documentación. “Vas a gastar mucho tiempo en conseguir asegurarte de que los datos más básicos están bien, porque la gente no está acostumbrada a las preguntas”.

Quita tus manos de mis muertos

Acción y reacción. La mayor parte del tiempo, Bernstein no escribe sobre muertos, sino sobre vivos. El ‘Washington Post’ tiene actualmente alrededor de 800 obituarios sin publicar, y al editor le parecen pocos, muy pocos. Nunca hay suficientes. “Parece mucho, pero hay más de 800 personas en el mundo sobre las que merece la pena escribir”, dice. “La mayoría de gente va a morir, pero no puedes llegar a todo. Es lo que me quita el sueño por las noches”.

La pregunta morbosa: ¿cuántas figuras han sobrevivido a los autores de sus retratos mortuorios? “Está la Reina Madre, que durante mucho tiempo era el mejor encargo, porque te iba a seguir dando trabajo”, recuerda. “En EEUU, es muy famoso el caso del senador Strom Thurmond, célebre por apoyar el segregacionismo, que vivió más de 100 años y no solo sobrevivió a varios de sus obituarios, ¡sino también a los sistemas informáticos en los que se habían redactado!”.

"Hay periodistas increíblemente productivos después de morir"

Su compañero J.Y. Smith revolucionó el género desde las páginas del ‘Post’ en 1977, cuando se hizo cargo de la sección. Fue uno de los grandes defensores de la importancia de recoger la causa de la muerte en el obituario para no maquillar la realidad al lector, clave durante la epidemia de sida en los 80. Durante décadas, además, Smith había trabajado en su obituario de Fidel Castro. “En su lecho de muerte, agarró a uno de sus compañeros y le dijo ‘que nadie se cargue mi obituario de Castro”. Smith falleció en 2006 y, 10 años después, cuando el longevo líder cubano hizo lo propio, el ‘Post’ publicó la necrológica de Smith, cofirmada con Kevin Sullivan.

“Hay gente increíblemente productiva después de su muerte, su firma sigue apareciendo en nuevos artículos”, añade Bernstein.

Escribir obituarios cuando la mortalidad se dispara

La crisis del covid significó un antes y un después en su labor. Bernstein la ha definido como “un diluvio de muertes”. “Además de escribir dos o tres historias al día sobre personas bien conocidas, tenemos que dedicar pequeños sumarios a la vida de prácticamente cualquiera que haya vivido en Washington durante 20 años”, explica. “Eso supone al menos 1.000 pequeños textos al año, pero son los que más investigación y ‘fact checking’ requieren, porque a menudo la familia se equivoca con los nombres de las empresas, o de las personas, y hay que revisarlo”.

placeholder La reunión de Chicago de la ObitCon.
La reunión de Chicago de la ObitCon.

El covid, además, provocó que mucha más gente fuese de repente candidata a aparecer en las páginas negras del ‘Post’. “No solo escribíamos sobre los que acababan de morir, sino, sobre todo, de los que se habían contagiado, así que adivina quién se tuvo que hacer experto en política inglesa cuando Boris Johnson pilló el covid”, dice Bernstein. “Apareció un nuevo grupo de gente que era importante que tuviésemos preparados. Hemos trabajado sin parar durante el último año”. Con un equipo que es la mitad que el del ‘New York Times’, añade, compuesto por tres o cuatro autores y un puñado de ‘freelancers’. Él mismo redacta algunos obituarios, algo que muchos jefes de sección no suelen hacer.

La oveja negra de la redacción

Con la crisis del papel, las secciones de obituarios encogieron hasta la mínima expresión. El ‘Post’ es una de las contadas excepciones que siguen destinando tiempo y recursos al subgénero, junto con el ‘New York Times’, el ‘Boston Globe’ o el ‘LA Times’. El ritmo es distinto al británico, el del ‘Daily Telegraph’, ‘The Guardian’ o ‘The Independent’, donde pueden pasar meses sin publicar un obituario en profundidad.

placeholder La redacción del 'Washingston Post', en 2018. (EFE)
La redacción del 'Washingston Post', en 2018. (EFE)

Es un subgénero tan emocional que suele propiciar los mayores elogios (y las peores injurias). “Uno de mis colegas había trabajado en el ‘Post’ desde principios de los 60, era un editor sénior en la época del Watergate, y terminó escribiendo obituarios durante los últimos 20 años de su carrera”, recuerda el periodista. “Solía decirme que en 40 años de carrera, nunca había recibido tanto ‘feedback’. No somos los más glamurosos del periódico, nuestros colegas no terminan de entender lo que hacemos, pero los lectores que pagan nos escriben más que a ninguna otra sección”. ¿Elogios? “Por lo general, pero no siempre. Si alguien siente una gran pasión por el protagonista y te equivocas en algo, no te van a decir ‘gran trabajo, pero…”.

Lo más difícil es no meter la pata. Bernstein está orgulloso de poder presumir de ello. “Nunca he tenido que mirar un obituario y decir ‘la cagué”. Como todos los periodistas, no obstante, tiene su “lector furioso favorito”. “Escribí una noticia de última hora sobre la cantante de ópera Elizabeth Schwarzkopf”, explica. “Su historia era difícil, porque no había quedado clara cuál era su relación con los nazis. Aunque para entonces ya existía el 'mail', recibí una carta de un lector (era la clase de persona que te envía una carta) que comenzaba con un: ‘Querido burro’, y la cosa no mejoraba. Se la pasé al crítico de música clásica del ‘Post’, que es premio Pulitzer, y me dijo: ‘No te preocupes, la gente de la ópera son lo peor”.

"No vamos a dejar de tener trabajo durante mucho tiempo"

Una última pregunta: ¿qué le parece la inmortalidad? “Me parece bien. Por ahora, no vamos a dejar de tener trabajo durante mucho tiempo”. Pocos minutos después de terminar la entrevista, entra en mi bandeja un 'mail' de Bernstein: “En esta ocasión, les hemos ganado a todos”. Es el obituario del poeta Lawrence Ferlinghetti, que durante al menos media hora solo se pudo ver en la portada del ‘Washington Post’. Para millones de personas, esa será la imagen con la que se queden de una de las cumbres de la cultura americana del siglo XX. Calma, y a seguir leyendo necrológicas.

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