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Cuando el silencio no es la paz sino la mordaza del terror

Patrick Radden Keefe 'redacta' un memorial espeluznante sobre los 30 años del conflicto de Irlanda del Norte y sobre la precariedad del armisticio

Foto: Detalle de portada de 'No digas nada'. (Reservoir Books)
Detalle de portada de 'No digas nada'. (Reservoir Books)

No está claro si es una novela o un ensayo, pero está bastante claro que 'No digas nada' (Reservoir Books) es un libro de terror. O una caja de nitroglicerina. O una bomba de relojería. Lo ha escrito el periodista estadounidense Patrick Radden Keefe y evoca la hemorragia del conflicto de Irlanda del Norte, aunque no escasean los términos edulcorantes para definir la guerra implícita y explícita que se libró entre Londres y Belfast durante tres décadas (1968-1998).

El eufemismo más recurrente fue 'the troubles'. Los problemas, traduciríamos literalmente. O los disturbios. Una manera casi frívola de inventariar un balance de 3.500 muertos. Incluidos los menores de edad (274). Y excluidos los heridos, los mutilados, los desaparecidos. Puede que hayan pasado suficientes años para hacer memoria desde el armisticio —el Viernes Santo de 1998—, pero la novela de Keefe —así la define él mismo— se lee con congoja y con pavor. No solo por la brutalidad que desquició la convivencia entre católicos y protestantes, o entre unionistas y lealistas, sino porque el título del memorial, 'No digas nada', sobrentiende un cierre en falso del conflicto y demuestra que la 'omertà' amenaza la expectativa de una paz duradera.

'No digas nada'. (Reservoir Books)
'No digas nada'. (Reservoir Books)

Keefe cita el ejemplo de la escolarización. Transcurridos 20 años desde el acuerdo entre los gobiernos británico e irlandés, resulta que el 90% de los niños estudia en colegios segregados. Las comunidades recelan entre sí tanto como lo hace el principio de la ley del silencio. Más todavía cuando uno de los artífices del armisticio, Gerry Adams, reciclado como líder del Sinn Féin, bien pudo haber cometido con sus manos 50 asesinatos.

Es uno de los cabos sueltos, pero Keefe menciona otros más cuando se trata de evocar o de convocar las atrocidades cotidianas. Empezando por la guerra atroz de los servicios de contrainteligencia londinense. Fue Frank Kinston el artífice de las operaciones especiales. Unas terminaban con redadas sanguinarias. Y otras se restringían al ajetreo de confidentes y delatores, de tal manera que se precipitó en Belfast un estado del terror y de crímenes preventivos. El IRA ajusticiaba a cualquier sospechoso. Y Kinston prodigaba en fértil represalia sus escuadrones de la muerte.

“Conflicto de baja intensidad”, vino en llamarse este periodo socio-bélico de 30 años. Keefe lo retrata con una prosa trepidante y carnosa, a la altura de una intensidad que refleja la virulencia de una guerra 'in crescendo'. La única razón por la que se detuvo consistió en la extenuación, el agotamiento, el empobrecimiento, la cotidianidad de los funerales, la proliferación de las torturas y el veneno de los sermones, pues los púlpitos de una y otra Iglesia propagaron los versículos satánicos como si fueran gasolina en el incendio.

Un conflicto sin ganadores

La novela angustiosa y detallista de Keefe elude una responsabilidad concreta con la realidad, la historia, pero las libertades narrativas predisponen el camino hacia la verdad, entendiéndose como la verdad la crónica de un conflicto monstruoso que no tuvo ganadores porque solo tuvo perdedores. Sería el caso de Dolours Price y de su hermana Marian. Las detuvieron como artífices de un atentado múltiple que iba a organizarse en Londres y se convirtieron en heroínas de la causa unionista porque fueron capaces de prolongar durante 208 días una huelga en la capital británica hasta conseguir su traslado a una prisión de Irlanda del Norte.

La proeza alimentó la propaganda del IRA y la réplica clandestina de los servicios de Inteligencia londinense. Se había instalado e instaurado la dialéctica del escarmiento y de la escalada, de tal manera que el transcurso de los años describía un envilecimiento y una sofisticación de los métodos sanguinarios. No es posible contabilizar los desaparecidos, como tampoco se puede evaluar el trastorno de la psicología colectiva ni el peligro que puede acarrear la tentación de poner a prueba el pacto de silencio.

La precaria paz entre católicos y protestantes no proviene de la reconciliación, sino de una fragilísima fidelidad al silencio

'No digas nada' adquiere la inspiración de un poema del Nobel irlandés Seamus Heaney. 'Digas lo que digas, no digas nada'. Es una manera de reflejar que la precaria paz entre católicos y protestantes no proviene de la reconciliación, sino de una fragilísima fidelidad y sugestión al silencio. Que se lo digan a Jean McConville. El IRA la secuestró y la asesinó en 1972 por considerarla una soplona. No apareció su cuerpo hasta 2003. Y no se ha juzgado ni detenido a los responsables del crimen. Era protestante. Y tenía 10 hijos. ¿Cuántos de ellos están dispuestos a callar y callarse?

Impresiona la inutilidad del conflicto. Y llama la atención que tanto dolor y tanta sangre hayan tenido menos repercusión en la expectativa de la unión con Irlanda de cuanto ha sucedido con el Brexit. Podría suceder, en efecto, que la adhesión a la Unión Europa de los norirlandeses prevaleciera sobre la voluntad de permanecer al socaire de la Union Jack.

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