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Matar el tiempo mientras el tiempo nos mata

Pepe Viyuela y Alberto Jiménez protagonizan en el Bellas Artes una versión espectral (y esperanzadora) de 'Esperando a Godot' de Beckett

Foto: El elenco de 'Esperando a Godot'. (Foto: Javier Naval)
El elenco de 'Esperando a Godot'. (Foto: Javier Naval)

“Un camino en el campo. Un árbol. De tarde”. Las referencias escénicas de 'Esperando a Godot' (1952) son tan concisas que otorgan al director de escena un extraordinario margen interpretativo. Samuel Beckett concede todas las libertades, pero exige responsabilizarse de ellas. Tantas veces se ha representado esta obra maestra como tantas versiones ha habido. Radicales, minimalistas. Extravagantes, sobrias. Compatibles, excluyentes. Y casi todas ellas son válidas. Por la universalidad que exuda el texto de Beckett. Y porque “Esperando a Godot” es al mismo tiempo una obra imposible de representar.

Antonio Simón se acerca a ella en el Teatro Bellas Artes de Madrid valiéndose de la escenografía espectral de Francisco Azorín. Un árbol. De tarde, pero el camino en el campo lo atraviesan una vía muerta y otra operativa que suscita la expectativa de la llegada de Godot. Se lo aguarda igual que el poeta René Char definía la libertad: hay que ponerle el cubierto en la mesa, aún sabiendo que el comensal nunca va a presentarse. Se trata de convertir la esperanza en una razón para vivir. Y en una manera de resarcirse de la angustia de la existencia. Los protagonistas de “Esperando a Godot” matan el tiempo sin percatarse de que el tiempo los está matando a ellos. El mañana es igual que el ayer mientras envejecen y agonizan los fantasmas de Beckett.

Corresponde a Alberto Jiménez y a Pepe Viyuela la misión principal de representarlos. No pertenece a ninguna época ni a ninguna edad la obra del dramaturgo irlandés, pero Antonio Simón los convierte en una especie de cómicos de la legua. Por la indumentaria que los caricaturiza. Por una gestualidad extrovertida que recuerda al cine mudo. Y porque los personajes de Beckett itineran e itineran sin moverse del sitio. El árbol es el eje, el centro de gravedad, la aguja del reloj que martiriza el paso de las horas, de los días, de los años.

Una versión sombría y angustiosa

Es la de Simón una versión sombría y angustiosa que taladra la cuarta pared con la ironía y la claustrofobia. La naturalidad de Alberto Jiménez y el carisma de Viyuela matizan la máscara alegre y la triste. Representan la razón para vivir y para morir. Se los reconoce a ambos atrapados la ceguera del destino, pero las vías del tren que les ha puesto Antonio Simón también les proporcionan la alegoría de la esperanza. Un acto de fe. Un plato y un cubierto en la mesa de los espectros. Porque no es una obra humorística 'Esperando a Godot'. Acaso dolorosa y sarcástica. Las carcajadas que la dislocan conceden a los espectadores la oportunidad de sacudirse la angustia y el nihilismo. Aullar de risa, llorar de rabia. Lo demuestra el monólogo de Lucky en la letanía del hombre esclavizado. Tan conmovedora fue la interpretación de Juan Díaz que los espectadores prorrumpieron en ovaciones, como si se tratara del aria de un tenor en un dramón verdiano. Y como si los aplausos nos redimieran de mirar el árbol funerario que domina la escena. Es una naturaleza muerta. Una cruz cuyas ramas ofrecen a Vladimir y Estragón la oportunidad de ahorcarse. La pulsión suicida coexiste con la pulsión creativa. El camino de la vida y de la muerte dirimen la vía del tren -el destino- mientras el metrónomo -tic, tac, tic, tac- desmiente que Godot vaya a presentarse. Lo tiene escrito Cavafis en su poema sobre el reloj del campanario de catedral de Gante. Las primeras agujas hieren. La última mata.

Godot no es Dios, es un concepto abstracto, evanescente, “abierto”, pero quizá la acepción más verosímil sea la esperanza

Godot no es Dios, pese a la tentación etimológica (God). Es un concepto abstracto, evanescente, “abierto”, pero quizá la acepción más verosímil sea la esperanza. O la esperanza que decepciona siempre, como diría la princesa Turandot en la ópera de Puccini. “En la noche sombría vuela un fantasma iridiscente. Se eleva y se despliega las alas sobre la negra e infinita humanidad. Todo el mundo lo invoca y todo el mundo lo implora, pero el fantasma desaparece con la aurora para renacer en el corazón. Y cada noche nace, y cada día muere”.

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